Gracias mil a todos por estar ahí.
¡Aaaah…!;-)
Nos vemos en septiembre. Que todo vaya bien. Chaíto,
Gio
(Gracias, Mefisto)
[Fotografía: cortesía de Ópera Nostalgia]
Agosto 2010 (versión actualizada)
El pasado lunes, 9 de agosto de 2010, a los 88 años de edad, falleció en Viena, la soprano croata Dragica (Carla) Martinis.
Había nacido en Danculovice (Yugoslavia) el 19 de enero de 1922, y tomó el apellido Martinis de su profesor de canto en el Conservatorio de Zagreb, con quien contrajo matrimonio.
Debutó en Zagreb, en 1942, como Mimì en La bohéme. En 1949 ganó el primer premio en el Concurso Internacional de Canto de Ginebra. Después de cantar en Zagreb y Praga, fue contratada para la New York City Center, debutando en el rol titular de Turandot, en 1950. Permaneció con esta compañía durante dos temporadas.
Debutó en la Ópera Estatal de Viena el 14 de diciembre de 1950, en Turandot, junto a la soprano Irmgard Seefried (Liu) y el tenor Helge Roswänge (Calaf). El 18 de diciembre fue Tosca, nuevamente con Roswänge y el barítono Alfred Jerger. La crítica la celebró como sigue:
“Para este exigente rol, la señorita Martinis tiene una voz opulenta y extensa, que es aún más rica en el registro agudo, un sonido de inmenso brillo que sin embargo agrada al oírlo” (Wiener Zeitung- Turandot)
“La voz, brillante y cálida, asciende sin esfuerzo al registro agudo, con un ataque ligero y libre. El fraseo, apoyo y cambio de registro son impecables. El registro medio, pleno y rico. Tiene una maravillosa presencia escénica, que contribuyó a conquistar rápidamente a la audiencia” (Neues Oesterreich- Tosca).
El 5 de febrero de 1951, siempre en Viena, fue escogida por Herbert von Karajan para una versión concierto de Aida con el tenor alemán Lorenz Fehenberger, la mezzosoprano estadounidense Nell Rankin y el barítono italiano Giampiero Malaspina. Cantaron en italiano y fue transmitida por radio, lo que ha permitido que actualmente pueda ser disfrutada en CD.
El 1 de julio de 1951, junto al conjunto del Teatro San Carlo de Nápoles, debutó en la Opera de París como Amelia en Un ballo in maschera, con Ferruccio Tagliavini, Ebe Stignani, Alda Noni, y Paolo Silveri.
El 7 de agosto de 1951 participó en el Festival de Salzburgo, cantando Desdémona junto al Otello del tenor chileno Ramón Vinay, el barítono Paul Schöffler y el tenor Anton Dermota (Cassio), dirigiendo Wilhelm Furtwängler.
El 14 de febrero de 1952 hizo su debut oficial en el Teatro San Carlo de Nápoles, en Tosca, con Ferruccio Tagliavini y Giampiero Malaspina. El 22 de febrero repitió el rol, pero con el tenor Gianni Poggi. El 1 de marzo cantó en el mismo teatro, Un ballo in maschera, con Tagliavini, Dora Minarchi y Silveri.
El 12 de abril de 1952 debutó en el Teatro alla Scala de Milán, como Elena en Mefistofele, teniendo como colegas a Renata Tebaldi, Ferruccio Tagliavini y Nicola Rossi-Lemeni. Dirigió Victor De Sabata.
El 22 de mayo fue Elisabetta en Don Carlo, junto a Gino Penno, Ebe Stignani, Paolo Silveri y Nicola Rossi-Lemeni, dirigiendo Antonino Votto.
El 5 de julio volvió a Nápoles, pero ahora a la Arena Flagrea (Mosta d’Oltremare) para cantar Aida con Elena Nicolai, Mario Filippeschi, Ugo Savarese e Italo Tajo, bajo la batuta de Tullio Serafin.
Carla Martinis cantó una sola temporada en Sudamérica, y en Brasil. El 12 de agosto de 1952 debutó en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, como Turandot, junto al tenor Roberto Turrini, el bajo Mario Petri y la soprano brasileña Aracy Beles Campos. El 29 de agosto cantó La Gioconda con Giulietta Simionato, Giacinto Prandelli, Ugo Savarese y Mario Petri.
En 1952 cantó en el Festival de Aix-en-Provence, doña Ana en Don Giovanni.
El 20 de noviembre de 1952 se presentó en la Deutsche Oper de Berlín, en Tosca con el tenor Sebastian Hauser y el barítono Josef Herrman, dirigidos por Artur Rother.
El 28 de enero de 1953 hizo sus últimas presentaciones en la Scala milanesa, en Don Giovanni. En el reparto figuraban Elisabeth Schwarzkopf (Elvira), Alda Noni (Zerlina), Mario Petri (Don Giovanni), Sesto Bruscantini (Leporello) y los tenores Leopold Simoneau y Nicolai Gedda se alternaron como Don Octavio. Dirigió Herbert von Karajan.
A partir de 1953 y hasta 1962 fue miembro del elenco estable de la Ópera de Viena. Cantó 14 roles diferentes en más de 250 representaciones. Algunos de estos roles fueron en las óperas Boheme, Madama Butterfly, Manon Lescaut, Tosca y Turandot (Puccini); Aida, Ballo in maschera, Trovatore y Forza del destino (Verdi); Andrea Chénier (Giordano), Don Giovanni (Mozart) y Los Cuentos de Hoffmann (Offenbach).
El 8 de junio de 1953 participó en un concierto en el Musikverein, GrosserSaal, de Viena, con la soprano Martha Mödl y los tenores Giuseppe Di Stefano y Wolfgang Windgassen. La Martinis cantó ‘Tu che la vanità’ de Don Carlos y el dúo de amor (’Viene la sera’) de Madama Butterfly, con Di Stefano. El concierto fue transmitido por radio.
El 9 de agosto de 1953 cantó en Roma (al parecer por única vez), en las Termas de Caracalla, Aida con Elena Nicolai, Mario Filippeschi y Raffaele De Falchi.
En 1954 volvió a los Estados Unidos para presentarse en la War Memorial Opera House de San Francisco. Cantó La forza del destino con Claramae Turner, Richard Tucker/Roberto Turrini, Leonard Warren, Cesare Siepi y Salvatore Baccaloni (septiembre, 21 y 30); y Turandot, con Licia Albanese, Roberto Turrini y Nicola Moscona (octubre, 8).
Luego pasó a Los Ángeles donde cantó Turandot, con el mismo reparto (23 de octubre) y fue Giorgetta en Il Tabarro con Roberto Turrini, Robert Weede, Nicola Moscona y Claramae Turner (27 de octubre).
El 2 de julio de 1955 cantó por última vez en Nápoles, en la Arena Flagrea, Otello, con Mario del Monaco y Giuseppe Taddei.
A Italia volvió solamente para algunas determinadas representaciones, generalmente en las temporadas de verano. El 22 de julio de 1956, en el Castello San Giusto de Trieste cantó La Gioconda con Carlo Bergonzi y Aldo Protti.
El 14 de febrero de 1957, en el Teatro La Fenice de Venecia cantó Turandot con Orietta Moscucci y Roberto Turrini. El 29 de marzo de 1957, en el Teatro Municipale de Reggio Emilia fue Sieglinda en La Walkiria con Elena Nicolai (Brunilda) y el tenor Alexander Miltschinoff. El 25 de julio de 1957, en los Giardini Margherita de Bolonia, La Gioconda con Giuseppe Gismondo y Aldo Protti.
El 20 de enero de 1960 cantó Un ballo in maschera en la Staatsoper de Viena, con Giuseppe Di Stefano y Aldo Protti.
En los años ’60 (no he podido precisar la fecha) una tragedia familiar golpeó su vida, al fallecer su hijo en un accidente. Esto la afectó de tal manera que le hizo retirarse prematuramente de la vida artística, en 1962, a los 40 años de edad. Esto explica por qué es tan poco conocida por las generaciones actuales.
Compartió la misma época, los años post segunda guerra mundial, con Renata Tebaldi, Maria Callas, Antonietta Stella, Caterina Mancini, Clara Petrella, Adriana Guerrini, Maria Pedrini, Marcella Pobbe, Carla Gavazzi, Gigliola Frazzoni, Anita Corridori, Lucy Kelston, Anna Di Cavalieri, Leyla Gencer, Anita Cerquetti y muchísimas más. Tal vez el retrato que de ella hace Elena Nicolai contribuyó a ello:
“Era una artista muy seria, hacía una vida muy retirada, no salía nunca excepto cuando debía cantar. No era una gran intérprete, pero cantaba bien, tenía una hermosa voz” (Elena Nicolai: La mia vita fra i grandi del melodramma, Azzali, Parma, 1993).
Para completar este retrato, debo decir que sin duda alguna Carla o Dragica Martinis completa el grupo de las tres más importantes sopranos yugoslavas del siglo veinte, junto a Zinka Milanov y Sena Jurinac.
Una hija, Pauline Pfeffer, también soprano, ha realizado una carrera como soprano de conciertos.
Sus grabaciones fueron, lamentablemente, pocas. Para el sello Ariola-Eurodisc grabó selecciones de Un ballo in maschera (1952), junto al célebre tenor danés Helge Roswänge y Theo Bayle; y Tosca (1953), con Rudolph Schock y Joseph Metternich. Ambas en alemán. También existe una versión completa de La forza del destino con Martha Mödl (haciendo de Preziosilla), Rudolph Schock, Joseph Metternich y Gottlob Frick.
La justamente célebre grabación del Otello de Salzburgo (1951) ha sido reeditada innumerables veces en diferentes sellos y puede actualmente obtenerse en formato CD.
El sello austriaco Preiser ha editado un CD (90126) con arias de las óperas Aida, Un ballo in maschera, La forza del destino, Otello, Manon Lescaut, Tosca, Madama Butterfly, Turandot, Louise y Russalka. Son todas grabaciones entre 1951 y 1956. Muy recomendable.

Algunas de las películas protagonizadas por José Mojica obtuvieron gran éxito en España, Norteamérica e Hispanoamérica. A decir de la prensa española de aquellos años, especialmente “entre el género femenino”.
Entre sus films: One Mad Kiss /El precio de un beso (1930), Cuando el amor ríe /Ladrón de amor (1930), Hay que casar al príncipe (1931), La ley del harem (1931), Mi último amor (1931), El caballero de la noche (1932), El rey de los gitanos (1933), Melodía prohibida (1933), Un capitán de cosacos (1934), Las fronteras del amor (1934), La cruz y la espada (1934), El capitán aventurero (1938), La canción del milagro (1940), Melodías de América (1941), El pórtico de la gloria (1953), Yo, pecador (1959), Seguiré tus pasos (1966).
En diciembre de 1930, aún faltan trece años para que el divo José Mojica se convierta, convencido y por vocación, en el Padre José Francisco de Guadalupe Mojica. Pero aún siguió ofreciendo recitales, especialmente por la radio. Las tres últimas películas en las que interviene, ya como Fray José Mojica (El pórtico de la gloria, Yo, pecador, Seguiré tus pasos) son posteriores a su ordenación como sacerdote franciscano, en 1943. Pero las intenciones son muy otras: recaudar fondos destinados a la formación de nuevos sacerdotes, a la fundación de un seminario en Arequipa (Perú) y otras causas benéficas.
(Gracias, Nicolás, por el vídeo y las grabaciones)
El segundo testimonio sobre Mojica (frívolo, decíamos;-) El tercero y último, mañana.

Instantáneas de la estancia en Madrid de José Mojica
José Mojica, el famoso tenor mejicano y estrella primerísima de films hispanoparlantes —cuya biografía ha publicado hace poco, en estas mismas columnas, un querido compañero radicado en Los Ángeles— acaba de pasar por Madrid. Y le han limpiado los zapatos tres o cuatro veces cada día. Él miraba orgulloso el cuero reluciente, y me decía:
—En Estados Unidos no es costumbre esto de engrasar el calzado en el café…
Luego, subía a su habitación del hotel, se ponía otro par de zapatos, y bajaba de nuevo al café:
—Camarero: ¿quiere hacerme el favor de avisar al limpia?…
* * *
* * *
Chocolate a la española. A Mojica le encanta. A Leopoldo Rosales—su amigo, más que su secretario— le entusiasma. Y mientras ellos mastican churros y más churros, yo charlo distraídamente con míster Sanders, pianista de Mojica. De pronto suelto, sin poderlo evitar, una carcajada, al ver cómo los dos mejicanos hincan el diente en los azucarillos…
—Nosotros creíamos que esto era algo así como merengue…
* * *
En Royalty. Acaban de proyectar, para Muñoz Seca, la última película de Mojica: Ladrón de amor. Don Pedro opina, elogiosamente, sobre la película y su protagonista. Y Rosales opina sobre don Pedro.
—Magnífico este señor. Pero, dígame. Gandía: esos bigotes son postizos, ¿no?… ¡Vamos! No me diga…
* * *
Museos. Mojica quiere ver todos los de pintura, arte que cultivó hace años. Hemos salido del hotel, hacia el Museo del Prado, hacia el Romántico, hacia el de Arte Moderno…
—¿Usted no viene, Leopoldo?
—Me interesa mucho la pintura, no vaya a creerse… Pero, por lo pronto, me voy a echar una siestecita…
* * *
Fin de año. Puerta del Sol. Las doce. Va cayendo la bola… Mojica —entre un albañil que arma con dos latas un ruido infernal y una vieja que baila La canastera— lleva a su boca, uno tras otro, los doce granos tradicionales. Y cuando acaba:
—Yo no creo en supersticiones. Pero, por si acaso…
* *
Vamos con el primero de los tres testimonios sobre José Mojica (el segundo, mañana). Fue publicado en la revista Mundo gráfico, Madrid, el 10 de octubre de 1930.
Los vídeos y las audiciones son de Nicolás Camilo (gracias, Nicolás).

Artistas de Méjico
Unas horas con José Mojica
“Marchar bajo el cielo del Sur de California, azul, claro, transparente casi de continuo, es un placer tan grande siempre!… Vamos en automóvil, desde Hollywood hasta las bellas cercanías de Santa Mónica, un joven mejicano, correcto y amable, secretario de José Mojica, que guía el coche; el artista compatriota nuestro Francisco Moré de la Torre y yo.
Avanzamos por caminos a trechos sombreados por eucaliptos, palmeras y pimenteros, alineados e inmóviles. Pasamos frente a casitas rodeadas de jardines, junto a huertas de naranjos y manzanares pomposos, ante abullonadas colinas de tierra parduzca, medio vestidas de matojos de verdor obscuro, sobre los cuales alzan aquí y allí su copa maciza y redonda encinas de tronco retorcido y rotundo.
El automóvil, por caminos que serpean caprichosamente entre campos verdegueantes y descampados arenosos, trepa a una cuesta empinada o se lanza en rápido descenso al fondo de un vallecito entapizado de hierba jugosa, sobre cuya felpa de esmeralda se han abierto hoy multitud de flores diminutas, doradas, azules, de un malva suave, de un rojo sanguinolento o de una blancura inmaculada.
Allá a lo lejos, en el fondo azul del horizonte ilimitado, centellea el mar, que nos saluda azotando nuestro rostro y revolviéndonos los cabellos con su brisa fresca y salina, que respiramos deliciosamente. Desde esta altura distinguimos ya el tejado, y en parte los muros de la casa de José Mojica, el tenor mejicano, tan querido del público de este país, en donde su dueño nos espera.
Esta casa, en que el artista lleva una vida retirada, sencilla y laboriosa, situada en pleno campo y no lejos del mar, es —nos acaba de decir su secretario—reproducción casi exacta del rancho de San Gabriel, o Cerrito Colorado, donde nació y pasó los primeros años de su existencia el aplaudido tenor, allá en su país, en el estado de Jalisco, y cerca del volcán Colima.
A la puerta de su casa, con gesto fino y acogedor, salea a recibirnos José Mojica. Y momentos después nos hallamos en una morada que en todo revela el bienestar, la sencillez, el buen gusto en el mobiliario, en los libros y los objetos de arte que tenemos ante la vista. Y se respira en ella un ambiente de paz sedante y de familiaridad encantadora que rara vez, si alguna, pudiéramos encontrar en las casas de los artistas de Hollywood más favorecidos por la diosa Fortuna.
Charlamos un buen rato en la biblioteca de Mojica, junto a la chimenea llameante, éste, Moré de la Torre y yo. Y mientras hablamos, y luego, al pasear por el jardín, a medio plantar todavía, pienso, con el caprichoso desorden de la imaginación, que gusta volar a su antojo sin preocuparse de la sucesión precisa de tiempos y lugares, en hechos de la vida de nuestro amigo, que fui conociendo poco a poco, y en los cuales pongo ahora algún orden para satisfacer las curiosidades del público lector.
Como ya indiqué cantes, José Mojica nació en Jalisco (Méjico) y en el rancho de Cerrito Colorado o de San Gabriel, hacienda azucarera y de café. Cuando contaba el futuro artista seis años murió su padre. Pasaron su madre y él a Guadalajara y a la ciudad de Méjico. Se educó en el Colegio Católico Francés del Sagrado Corazón y en las Escuelas Nacionales.
En Méjico se percibía a la sazón por todas partes, más intensa en unos lugares que en otros, pero viva por dondequiera, una sed, una verdadera fiebre impulsiva de cultura. Mojica, el adolescente de espíritu curioso y entusiasta, vacila entre distintos rumbos. Ingresa en la Escuela de Agricultura, a fin de continuar la labor paterna, ensanchándola y aumentando su rendimiento, mientras comienza entonces a sentir la poderosa atracción del arte.
Desde aquella época es un inteligente aficionado de la pintura, y ya por entonces se iba iniciando en los estudios musicales. Comienza a cantar en coros, por pasar el tiempo, como una distracción ligera e inocente en un principio. Pero muy pronto decide consagrar al canto su vida entera. Y ya no habrá de apartarse jamás de esa ruta, en la que le aguardaban, como a la mayoría de los grandes artistas, luchas, pruebas y sacrificios numerosos y duros antes del triunfo definitivo.
Una de las revoluciones mejicanas privó a los Mojica de la hacienda de San Gabriel. En medio de las dificultades mayores y más descorazonadoras por que quizá hayan atravesado nunca el tenor de la Chicago Civic Opera y su madre, la bondadosa y simpática señora a quien acabamos de conocer, toda devoción y espíritu de sacrificio para su hijo (una madre muy de nuestra raza), se toma la decisión de no perdonar medio —¡y se dispone de tan pocos!— para que Mojica, si ha de consagrar su vida al arte, llegue a ser un gran artista.
Y la dama ejemplar, que me parece estar reviviendo al escribir estas líneas, da a su hijo casi todo el dinero con que cuenta: los últimos quinientos dólares puede decirse, resto del naufragio de una buena fortuna, amasada por el talento, la honradez y la laboriosidad, y destruida por los golpes del azar y de las pasiones y los fanatismos desbordados.
Mojica se dirige entonces a Nueva York, decidido a luchar sin tregua ni respiro hasta conquistar el triunfo y la fortuna. Pero la época de su llegada es la menos propicia que pudiera haber para la realización de los planes del joven entusiasta e inexperto.
Los Estados Unidos acababan de entrar en la guerra europea, y no le era posible encontrar ocupación como cantante en ningún sitio. La bohemia artística, trabajosa, amarga en todo lugar, ha de ser terrible en una ciudad monstruosa y dura como Nueva York, sobre todo al estar, como entonces, en plena agitación guerrera.
José Mojica, el exquisito artista de hoy, tuvo que decidirse a trabajar entonces en una oficina, recibiendo como retribución de sus tareas enojosas doce dólares por semana, de los cuales enviaba una parte a Méjico, a la buena madre que allí —desposeída de todo— esperaba y soñaba con el triunfo del hijo.
Después de ocho meses regresa a Méjico para cantar como segundo tenor en una Compañía organizada por Sigaldi, y de la que formaba parte Polacco, como director de orquesta; Rosa Raisa, Lázaro, Edith Mason, entre otros.
Vuelve con esos artistas a los Estados Unidos para cantar en Chicago como segundo tenor igualmente. Al día siguiente de su primera aparición firmó un contrato por cinco años. Empezó a cantar como primer tenor en las óperas de Le Pardon de Ploërme y Thais, con Amelita Galli-Curci y Mary Garden, a quienes recuerda siempre con simpatía y gratitud.
Mojica, no sólo en las temporadas de ópera de Chicago, sino en sus tournées de conciertos por todo el país, ha obtenido grandes éxitos. También los principales estudios de Hollywood se han disputado a José Mojica ofreciéndole enviables contratos. Después de algunas vacilaciones por parte del artista, aceptó las proposiciones de Fox, en cuyos estudios ya ha representado la figura principal en dos películas, cantadas en inglés y en español: One Mad Kiss (El precio de un beso) y The Love Gambler, de la cual desconozco aún el título castellano. Ya ha triunfado también José Mojica en este nuevo aspecto de su actividad, en el cual le aguardan, sin duda, numerosos triunfos.
Pero no puede uno menos de preguntarse, un tanto indeciso, si será el cinematógrafo la verdadera, la definitiva ruta para un artista de tanto talento como Mojica.
Después de tomar el lunch al aire libre, paseamos por el jardín que se ha ido formando bajo la dirección de su dueño, y en el cual él trabaja un buen rato cada día. Hay en este jardín árboles muy viejos, macizos de flores plantados y cuidados por la mano del artista; un huertecito de verduras, al que dedica también una pequeña parte de su tiempo; una piscina de natación, en cuyas aguas quietas se refleja el cielo claro y profundo.
Vamos de un lado para otro. Nuestra conversación salta caprichosamente de uno a otro tema. Y prolongamos nuestra visita quizá más de lo debido. Hablar con José Mojica es uno de esos placeres que se desearía prolongar indefinidamente, porque nuestro interlocutor es un gran artista, un espíritu agudo y cultivado y, además, un perfecto caballero.
Ya bien avanzada la tarde, damos la vuelta hacia Hollywood, recorriendo los mismos lugares, aunque en dirección opuesta, que cruzamos esta mañana”.
Hollywood (California), octubre de 1930
* *
Hace unas pocas semanas;-) que Nicolás Camilo preparó para todos nosotros, y con mucho arte, unos vídeos con arias y canciones del tenor mexicano José Mojica (1896-1974). Las audiciones que pueden escuchar en este post también son regalo suyo. Gracias mil, Nicolás.
Acompañaremos las grabaciones con tres artículos sobre José Mojica que hemos hallado en el fondo del mar. Tres instantáneas. Tres testimonios que de alguna manera resumen lo que José Mojica fue en su vida: tenor, estrella del cine y sacerdote franciscano.
El primero es una entrevista reportaje sobre José Mojica publicada en 1930, año en que el tenor adquiere para su madre la Villa Santa Mónica en San Miguel de Allende, Guanajuato (México), donde doña Virginia residirá hasta su fallecimiento, en 1940. En ella se relata, a grandes rasgos, los orígenes de Mojica, los inicios de su carrera artística, sus primeras actuaciones como tenor y como divo de la pantalla.
Mojica / Ni de día ni de noche
El segundo es un curioso y frívolo apunte sobre el paso del tenor José Mojica por Madrid en diciembre de 1930.
El tercero es de 1974, año en que falleció Mojica, y remite a 1952, cuando Fray José Francisco de Guadalupe Mojica reside en Madrid, en el Convento de San Francisco el Grande, y visita de incógnito el Teatro del Liceo de Barcelona, donde había cantado El barbero de Sevilla en mayo de 1931. El motivo de su viaje nada tenía que ver con la lírica. Participaba Fray José Mojica en el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en la ciudad condal en 1952.
Ahí [plaza de Cataluña, Barcelona] tuve uno de los éxitos de los cuales guardo el más feliz recuerdo. El día de Santa Cecilia [...] me pidieron unas modistillas y estudiantes que cantara algunas canciones, a lo cual accedí muy gustoso. En cambio lo del Liceo fue lamentable, no sé si porque estaba mal de voz, o por la grandiosidad del local.
—Y también porque el empresario había doblado los precios. La butaca de platea costaba los domingos por la tarde quince pesetas, y para la representación de El barbero de Sevilla, en la cual desempeñaba usted el papel de Conde de Almaviva, la puso a veinticinco pesetas aprovechándose de su popularidad en el cine.
—Lo ignoraba y le agradezco este consuelo.
* *
En diciembre de 1930, José Mojica tiene 34 años y ha protagonizado en la pantalla El precio de un beso /One Mad Kiss y Cuando el amor ríe /Ladrón de amor. Es todo un acontecimiento su estancia en Madrid, y los periodistas lo persiguen para conseguir una entrevista.
El objetivo de su visita, según él mismo manifiesta, es “respirar el aire que fue la cuna de sus antepasados. Y otro muy laudable: contrastar con la realidad el concepto que él tenía formado de España, a fin de no incurrir en equivocación cuando tenga que representar tipos españoles” (Crónica, Madrid, 18 de enero de 1931). Pero hubo otros:
—¿A qué obedece su viaje a España?
—No vaya a figurarse que es un viaje de placer. He querido conocer este bello país, porque deseo que el ambiente de mis próximas producciones sea verdadero. No quisiera filmar por ignorancia alguna ‘españolada’. Por otra parte, quiero buscar una muchacha que reúna condiciones para la pantalla, con el objeto de que interprete la principal figura femenina de mis películas. Pero hasta ahora no la he encontrado. He visto a varias, y aunque todas son muy lindas, no se aproximan a la muchacha que yo quiero.
¿La encontró?… En su siguiente película (Hay que casar al príncipe) comparte protagonismo con la donostiarra Conchita Montenegro; en la siguiente (La ley del harem), con la bilbaína Carmen Larrabeiti; y en la que siguió a ésta, con la sevillana Ana María Custodio.
Mojica / Je crois entendre encore
Causó gran revuelo José Mojica en Madrid en diciembre de 1930. En la redacción del Heraldo de Madrid, le hicieron corro. Literalmente. Uno de los reporteros que allí se encontraba describe a Mojica, y sus primeros triunfos cinematográficos, con las siguientes palabras:
“Sus éxitos como cantante no podían pasar inadvertidos para los productores de films parlantes. Fue requerido por diversas empresas, y a la Fox le cupo el honor de incorporarle a su elenco. Ha filmado varias películas en inglés y en español: de estas últimas, el público madrileño conoce la titulada El precio de un beso, y no tardará en recrearse con otra que se estrenará muy en breve en Royalty con el sugestivo título de Ladrón de amor. [...]
El protagonista de Ladrón de amor es el único galán que puede competir con los galanes que brillaron en el cinema mudo. A la maravilla de su voz —voz de oro, como la dicen en Norteamérica— une la prestancia gentil, atrayente y arrogante del hombre simpático y una exquisita sensibilidad que jamás pudimos ‘ver’ en los galanes de patrón afeminado, tan en boga hace un lustro. José Mojica es todo lo contrario a aquellos. De aspecto viril, agradable, sin ser guapo: artista, muy artista, y de perfecta fotogenia. Optimismo de juventud, juventud de amor y amor hecho arte. En unas palabras: José Mojica es la futura estrella del cinema parlante; en la hora presente, es la única”:
—Hablemos del cine (…) ¡Piensa usted hacer más películas!
—Hasta el momento, tengo firmados compromisos para tres más.
—¿En español?
—En español. Precisamente mi viaje tiene relación con estas cintas. Vengo a buscar varios tipos que ‘vayan’ bien y a entrevistarme con algunos escritores para que los diálogos sean netamente españoles y… literarios. He hablado con los Hermanos Quintero, con Muñoz Seca…
—Eso es lo que debieran hacer todos los productores.
—Yo soy amante del detalle y de la fidelidad. El traje que me ha visto usted en Ladrón de amor es reproducción exacta de un traje que pertenecía a mi abuelo y que yo conservo como reliquia. [...]
—¿Piensa usted permanecer más días con nosotros?
—Desgraciadamente, salgo mañana.
—¡Mañana! Eso no puede ser. Usted se queda aquí hasta el próximo enero. Quiero que tome las uvas el último día del año y en la Puerta del Sol.
—Pero…
—Es inútil. Usted come las doce uvas en mi compañía. A lo mejor encuentra motivo para una película.
¿Tomó Mojica las 12 uvas en la Puerta del Sol en la Nochevieja de 1930?… Tendrán que esperar a mañana…;-) Mañana, también, el primer testimonio.

Mona Maris y José Mojica en 'Ladrón de amor'. En Madrid, el film se estrenó en el Royalty en enero de 1931.
* *
“La carrera internacional de Celso Albelo parece haber entrado en una autopista por la que el joven cantante tinerfeño —en tantos sentidos heredero del gran Alfredo Kraus—circula con más prudencia que velocidad.
Atento a cada uno de sus pasos, el tenor lagunero va enriqueciendo su repertorio con nuevos personajes, obteniendo paulatinos reconocimientos, como el obtenido en los V Premios Nacionales de la Lírica, y conquistando nuevos destinos”
—Se encuentra en el festival romano que se celebra en las termas de Caracalla, representando Rigoletto, o lo que es lo mismo reencarnando al duque de Mantua, caballo de batalla de muchos tenores. ¿Cuál es su visión del personaje? ¿Sigue a través de él la línea “krausiana” que guía su trayectoria?
—Kraus siempre ha sido, para mí, referencia absoluta a la hora de afrontar los personajes. Entre ellos está, desde luego, el Duque de Mantua, pero es que además en esta ocasión tengo la oportunidad de cantar bajo la dirección del maestro Renzetti, que alguna vez dirigió a Kraus.
—Es fundamental para mí realizar un Duque elegante, basado en la palabra, remarcando las intenciones y reguladores musicales que Verdi escribe, y así destacar ese carácter libertino, caprichoso pero a la vez aristocrático del Duca. He tenido la suerte de hacer muchas veces el papel con el gran Leo Nucci, quien compartiera escenario con Alfredo, y cada vez que nos encontramos para cantar esta ópera, Leo me indica ciertos matices que me ayudan a encontrar el camino. Sin duda, otra buena guía para mí.
Sobre el barítono catalán (barcelonés, dicen en algunas crónicas de prensa) Inocencio Navarro se sabe más bien poco. Hernández Girbal no lo incluye en ninguno de sus dos volúmenes de Cien cantantes españoles de ópera y zarzuela. Tampoco Sagarmínaga, en su Diccionario, heredero este libro, en buena parte, de esa obra de Girbal.
Enrique (Enrique Paz Escudero, el auténtico;-) me envió hace unas semanas una grabación de Inocencio Navarro. Creo que bien merece la pena que la escuchemos todos. Gracias, Enrique.
Ya el trueno apagado
más lejos resuena;
el viento ha callado,
la mar se serena.
Volvió la alegría;
renace la calma,
lo mismo que el día
serénese el alma.¿Por qué, por qué temblar?
El cielo está sin nubes,
azul está la mar.
¿Por qué temblar?…
Inocencio Navarro debutó en el Teatro Real de Madrid en 1916 (66ª temporada). El 15 de febrero canta en Los hugonotes, de Meyerbeer, junto a Matilde de Lerma, Luisa Garibaldi, Mercedes Capsir, José Palet, Gaudio Mansueto, José Torres de Luna y un jovencísimo Antonio Cortis. Dirigió Ricardo Villa. La actuación se repitió, con el mismo elenco, los días 17 y 20.
Vuelve a cantar en el Real ese mismo año, el 17 de marzo: IV Acto de Los Hugonotes, Centón a beneficio de la Asociación de la Prensa, junto a De Lerma, Palet, Battistini, Torres de Luna… Por aquí lo tenemos.
¿Qué más podemos contar sobre Navarro? En la hemeroteca on line de la Biblioteca Nacional de España (que encarecidamente les recomiendo cuando deseen saber algo más sobre un cantante lírico del pasado), hallamos una crítica de prensa molto interessante. Corresponde a una actuación de Navarro en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, el sábado 27 de enero de 1917, donde canta Maruxa, de Amadeo Vives. Junto a Inocencio Navarro, Esther Oliver, Carmen Alfonso, el tenor Belenguer y el bajo Sr. Casas.
El éxito fue… a_po_te_ó_si_co. Y entre acto y acto, canciones de propina…
Ahí va (sin marear;-):
“El extraordinario reclamo que se había hecho del baritono Inocencio Navarro, diciendo que era un ‘divo’ que cantaba ‘Maruxa’ como hasta ahora no se había oído, llevó anoche al teatro de la Zarzuela un público numerosísimo.
El reclamo pudo perjudicar al Sr. Navarro, pues los espectadores se mostraron exigentes en grado sumo, y esperaban desde la primera escena algo estupendo y nunca visto.
Si el Sr. Navarro no llega a ser, en efecto, un gran barítono y un gran actor, anoche hubiese tenido un ruidoso fracaso.
Salvado el peligro, el Sr. Navarro, que posee una voz pastosa y extensa, una gran escuela de canto a la manera italiana, clara vocalización y que sabe dar expresión a las frases, se adueñó de los espectadores, trocando en frenético entusiasmo las impaciencias del principio.
Al terminar el dúo con la tiple en el primer acto, el público en masa tributó a los artistas calurosas ovaciones, que se repitieron al caer el telón. El maestro Vives fue llamado a escena repetidas veces.
En el acto segundo confirmó y acrecentó Inocencio Navarro la buena impresión, y también se hizo aplaudir calurosamente.
Con tanto entusiasmo y con tantos aplausos como el Sr. Navarro fue acogida la señorita Carmen Alfonso, que cantó su parte admirablemente y se reveló como una gran artista.
El resto del reparto es también digno de mención. Esther Oliver hace una gentil Maruxa y el tenor Belenguer y el bajo Sr. Casas están muy justos.
Realmente la ‘Maruxa’ que vimos anoche en la Zarzuela es algo excepcional, tanto por el conjunto como por los méritos personales de la señorita Alfonso y el Sr. Navarro.
La orquesta, muy bien concertada y peritísimamente dirigida por el maestro Barrera, que también fue llamado al proscenio al final de ambos actos, en unión de Vives.
En el intermedio el Sr. Navarro cantó varias canciones, con las que demostró nuevamente sus excepcionales facultades y buen gusto”.
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Actualización (1 de agosto de 2010):

Inocencio Navarro / Lolita: Serenata spagnola
“ Por el pueblo y para el pueblo”… ¡Aúpa, Coro de la AGAO!
Y a todo esto, ¿qué cara puso Hemingway?…;-)
(Gracias, Enrique)