—El peso de los montajes escénicos ha dado un vuelco al concepto de la lírica.
—¡Qué puedo decir al respecto! Cuando se habla actualmente de las puestas en escena debe tenerse en cuenta que no es el mismo concepto que se empleaba décadas atrás. Antes, reitero, la música era lo más importante. Cuando cantaba en los inicios de mi carrera óperas como La flauta mágica, Lucia o Ariadna, quien mandaba era el director musical. Recuerdo, en este sentido, el trabajo que realizaba Giuseppe Patané. Y desde la escena no se realizaba una dirección contra la música porque profesionales como Giorgio Strehler, Franco Zefirelli o Jean Pierre Ponelle, entre otros muchos, pertenecían a una generación que hacía teatro de verdad, a nivel muy alto y con una gran cultura musical. O lo que es lo mismo, entendían la música y sobre ella construían la escena.
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—Ahora en la elección de un cantante da la impresión de que antes de ver la calidad de una voz se valora primero que se tengan unas piernas bonitas y esto ha llevado a que sólo tengan importancia los aspectos visuales. No quiero que se me interprete que estoy defendiendo el arquetipo de cantante de 200 kilos interpretando Wagner, está claro que no me refiero a estos extremos. Pero todos debemos hacer una reflexión, porque tengo colegas que han sido expulsados de los teatros por su físico y que han tenido que someterse a intervenciones quirúrgicas o a dietas agresivas para seguir trabajando, y esto no puede ser. Queremos ver, pero también debemos saber escuchar.
Un año después del disco-homenaje a Luis Mariano, y entre los escándalos antes y después de su paso por La Scala el pasado mes de diciembre, Roberto Alagna repite la experiencia con canción mejicana. El tenor franco-italiano habla de su carrera y acepta sin complejos la influencia de la canción popular, un género que le abrió más tarde las puertas de la ópera.
Otras se le están empezando a cerrar. La del teatro milanés, sin ir más lejos.
Realizamos esta entrevista tres semanas antes de la Aida que abría temporada en La Scala; y que se saldó con la airosa reacción de un tenor que parece contradecirse en sus respuestas: “El público siempre tiene razón”, afirma. Nos hubiera gustado, mientras se retiraba del escenario del teatro lombardo, preguntar a Roberto Alagna si se retractaba de lo que nos había dicho. Rápido (quizá demasiado) en sus respuestas ante el periodista que tiene delante, Alagna habla por los descosidos. Hijo de la inmigración italiana, el tenor posee la espontaneidad itálica pero la capacidad de discutir y de rebatir propias de la racionalidad francesa en la que se ha educado y en la que piensa cada día. No tiene nada por demostrar, aunque se mantiene apasionadamente pegado a lo que constituye su razón de ser artística y humana: el canto.
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—¿Seguro que el público siempre tiene razón?
—Sí, porque el público recibe una emoción por parte nuestra y que es más fuerte que la emoción natural. No viene a pedirnos que seamos de un modo u otro, acude al teatro para soñar, para recibir una vibración y si no la recibe es normal que la pida, porque están ahí para divertirse y olvidar su vida diaria. No tienen por qué asumir si hemos dormido mal o si tenemos problemas con los impuestos. Se trata de teatro, y eso es lo que me gusta del papel de Canio de I Pagliacci, y cuando canto el “Recitar” entiendo que esa es la vida del artista que, a pesar de tener problemas en la vida privada, debe entregarse al público, porque este ha pagado, ha venido a recibir y es un honor que vengan a escucharte. “Siempre hay que respetar al público”.
Toscanini (1867-1957), el más célebre director en la historia de la Scala, no tenía una gran opinión sobre los intérpretes operísticos. Para él, había tres categorías humanas despreciables: los tontos, los muy tontos y los tenores. Su prohibición de los bises en el templo milanés no se basaba, sin embargo, en manías personales, sino en la convicción de que la música estaba por encima de las voces, de los instrumentos y del público, y no debía verse alterada por arrebatos de entusiasmo o egolatría.
El non possumus de Arturo Toscanini rigió de forma indiscutida hasta que el peruano Juan Diego Flórez, con la arrogancia que le permitían su juventud, 34 años recién cumplidos, y sus apabullantes dotes naturales, anunció que aspiraba al bis en el estreno scalífero de La fille du régiment, de Gaetano Donizetti. Fue todo un desafío al público y, sobre todo, a Stephan Lissner, el superintendente del teatro. Flórez ya había obtenido en Londres un gran triunfo con La fille du régiment. ¿Iba a rendirse Milán ante él?