Rescatamos un comentario del fondo del mar, firmado por Salvador, que podría generar un interesante debate.
Quedan ustedes expresamente invitados a participar en él.
“Tendemos a hacer Leyes Universales de nuestros gustos y pecamos [a veces] faltando a los que no los comparten.
En algunos casos existen más valores objetivos a la hora de valorar una voz o una interpretación de los que pensamos, pero generalmente despreciamos/obviamos esos valores para mantener nuestras posiciones, y en ocasiones vemos/oímos cosas que no existen.
Qué valoramos más en una voz, la personalidad del cantante (su plante, nación, etc.), qué nos emociona más, qué nos conmueve más: su timbre, su tesitura, su musicalidad, su color, su luz, su cuerpo, su volumen, su fuerza, su potencia, su bravura, su lirismo, sus agudos, sus medios tonos, su fraseo, su versatilidad, su fiato…, su técnica (colocación, fonación, emisión, proyección, acústica, longevidad…)…
El tenor que simplemente se aproxime a la combinación de estos valores que más nos gustan será nuestro tenor favorito.
Soy un enamorado de la voz de tenor, y me gustan, en mayor o menor medida, prácticamente todos, Kraus, Pavarotti, Carreras, J. Aragall, Domingo, M. Fleta, Fernando de la Mora, Fabio Armiliato, Mauro Ermanno, Di Stefano, Gigli, N. Gedda, M. Lanza, etc., etc.
Todos tienen mejores y peores interpretaciones, algunas son realmente maravillosas, otras mediocres. No existe nadie que cante todo mejor que los otros, hay temas que los hacen mejor unos y otros (…).
Flórez ha mejorado muchísimo a lo largo de estos años. El repertorio rossiniano, bien interpretado, requiere unas agilidades que muy pocos pueden realizarlas (algunos hacen unas pocas y además desafinan).
No voy a entrar a la calidad de musicólogo, que es reconocida hasta por los que le aborrecen (que desgraciadamente son muchos), sino al tenor: vocalmente Blake tiene varias épocas: la de los años 70 (finales) y primeros de los 80, la de mediados de los 80 principios de los 90, mediados a finales de los 90, y 2000.
La diferencia tímbrica y de coloratura de Blake en esos períodos es substancial, pasando de lo único y excepcional, para llegar ahora a la decadencia; eso lo podemos comprobar en las versiones colgadas en You Tube.
A veces existe alguna versión que demuestra la capacidad de un tenor, por favor, comprobad esta maravilla. Coged cualquier versión de este aria “Sì, ritrovarla io giuro”, por ejemplo:
¿Cómo se puede decir que este aria está mal cantada/interpretada? (…).
Sin embargo, escucho la siguiente versión y aún no me creo que se pueda hacer esto (en su primera época, naturalmente):
Sin ánimo de nada, no he visto estas facultades a nadie.
Reitero, en ocasiones sí existen valores objetivos.
Gracias, Salvador

¿Qué opinan ustedes?
1. ¿Solemos ser objetivos cuando valoramos la voz o la actuación de un cantante determinado?
2. ¿Mostramos tendencia a sustentar, consciente o inconscientemente, un juicio previo ya formado?
3. ¿La objetividad absoluta existe o en cierto modo la ‘fabricamos’ a nuestra medida?
Tags: sì ritrovarla io giuro
muy cierto su comentario Sr. tantas discusiones que se dan, pero en parte la pasión de la Opera en cierta forma es perderse tambien un poco en la locura de ella, pero si todos opinaran con conciencia y sin ningun fanatismo por un cantate, creo que llegariamos a ponernos mas de acuerdo, pero tambien esta la opinion de la vision de cada quien respecto a la Opera como una Obra de arte y ahi cada quien tiene su vision.
En fin buena nota, y magnifico Blake, de los mejores en su repertorio que años aqellos, Un gran Bravo por él, Saludos y que Viva la Opera.
Uy, a esto tengo que contestar yo, que peco mucho de fanatismo con cierta soprano… XD En cuanto tenga un rato.
Mordiskitos ^^
Ja, ratito encontrado ^^
Ya que Gio nos facilita tanto comentar, planteando las preguntas (ordenadas y todo), sigamos el esquema, que para eso está XD
1) Yo lo intento, pero no me sale siempre… XD Las primeras impresiones cuentan mucho, y puede que si en lugar de escuchar por primera vez a un cantante en una determinada interpretación, lo hubiera escuchado en otra, me habría causado otra impresión.
Por ejemplo, si en lugar de haber a escuchado a Gruberova (conscientemente) por primera vez como a la Reina de la Noche, la hubiera escuchado como la Violetta del segundo acto, posiblemente le perdonaría muchas más cosas de las que le perdono. ¿Por qué? Porque su Reina no me gustó nada, e hizo que la pobre Edita ‘me cayera mal’ XD Su Violetta, en cambio, es sublime, y si esa hubiera sido mi primera impresión, quizás no hubiera juzgado a su Reina siendo tan puntillosa.
Lo mismo (nah, lo mismo no XD) con Diana. Si en vez de a su Reina la hubiera escuchado antes en un papel menos brillante, pongamos por caso a Barbarina, de ‘Le Nozze’ (que fue su primera aparición en una ópera, si no contamos ‘My Fair Lady’ como algo “serio” XD), no me hubiera impresionado tanto. Luego me hubiera encontrado con su Reina y todo hubiera seguido su curso natural, por supuesto, pero un poquito más tarde XD
Con Sutherland… No sé qué me pasa con ella. Lo primero que le oí (repito, conscientemente) fue su Lakmé. Y me gustó, la verdad. Pero le tengo manía. Misterios de la vida XD
2) Continuando la respuesta ‘number one’, en mi opinión, definitivamente sí. Cuando escuchamos a alguien no lo escuchamos sólo en ese momento, quiero decir, recordamos también todo lo que ha cantado en un pasado y si nos había gustado o no. Dependiendo de si esa impresión general es positiva o negativa, volvemos a juzgarle, comparándolo con sí mismo. Y si las comparaciones con los demás ya son odiosas, las comparaciones con uno mismo, no suelen mejorar con los años, en el tema que nos ocupa…
La voz mejora desde los veinte a los cuarenta, si hay suerte hasta los cincuenta, pero después es muy difícil mantener el nivel vocal, simplemente porque las cuerdas vocales, el diafragma, etc. pierden elasticidad.
Lo que sí mejora es la técnica, evidentemente, pero suplir la voz con la técnica es, digamos, “complicado”. La experiencia y el saber estar también entran en juego, pero lo más importante siempre es la voz.
Sin ir más lejos, ahí está Montserrat Caballé, a la que adoro con todo el ser que me queda después de adorar a Diana (que es bastante, para los que lo estén calculando. Soy alta XD). Su presencia escénica era y es increíble (no hablo desde la experiencia directa, pero mi madre sí la escuchó en directo en el Liceu en varias ocasiones, y me lo ha contado), pero su voz ha perdido con los años.
A pesar de ello, y aquí quería llegar, por “rota” que esté su voz ahora, por mucho que desafine, por mucho que se equivoque, seguiré amando su forma de cantar, que no es sólo su voz, sino todo el conjunto. Un artista marca una vez, y puede mejorar o empeorar esa impresión, pero siempre hay un punto de partida.
Con Diana, no esperaba encontrarme con que todas sus interpretaciones fueran tan “perfectas” para mi gusto, pero lo han sido. Y, que conste en acta, siempre le busco los “fallos” (entiéndase como “pequeñísimas imprecisiones” XD), y casi siempre se los encuentro. Pero me importa muy poco… En realidad, es parte de su encanto.
3) La fabricamos. Si la objetividad absoluta existiera estaríamos todos de acuerdo… XD Ejemplo claro: Salvador prefiere las voces de tenor, yo las de soprano. Primera diferencia.
Si acotáramos el terreno a un solo registro vocal, estaríamos en las mismas… Hablemos de las sopranos, que me es más fácil. Los adornos en coloratura, se pueden hacer de muchas formas. Pero lo que a mí me puede sonar “justo” en cuanto a “medida”, a otro lo puede resultar excesivo.
Hace poco mantuve una discusión similar en youtube. Hablábamos de la interpretación del ‘Glitter and be gay’ de Diana. Había un par de personas que creían que el fa sobreagudo que había cantado en la cadenza sobraba. Depués estábamos el resto del mundo, a los que nos encantaba su fa XD Lo que más me sorprendió es que se fijaran tanto en el fa de Diana, cuando Natalie Dessay había hecho exactamente lo mismo. Quizás porque estaban predispuestos a oír ese fa en la voz de Natalie, mucho más “metálica” (en el sentido más positivo del término), y no en la de Diana, algo más… A mí me gusta llamarla “consistente” XD
Concluyendo, no somos objetivos por naturaleza, y ni siquiera al intentarlo podemos serlo, puestos que estamos (mal)influenciados no sólo por lo que nos dicen los demás sino por nuestra propia opinión. Ya véis, nos entorpecemos a nosotros mismos XD
Y si no me he dejado nada, eso es todo.
Mordiskitos ^^
Trataré de no aburrir mucho al personal, pero que conste que soy profe de filosofía y esto del problema de la objetividad nos ha dado siempre muchos quebraderos de cabeza.
Al conocer no podemos librarnos ni de las estructuras cognitivas “innatas” (si acaso las hay) ni de los esquemas mentales heredados. No podemos escapar al sistema de marcos de referencia con que hemos aprendido a conocer y actuar y no podemos saber cómo son las cosas en sí mismas, al margen de esas “gafas” que siempre llevamos puestas y a través de las cuales hemos conocido el mundo. Para el que entienda un poco de filosofía, esto sería una formulación kantiana del problema del conocimiento. Ahora bien, afirmar la imposibilidad de conocimiento inmediato de la realidad tal y como es en sí misma (la “cosa en sí” kantiana) ¿equivale a afirmar que es imposible un conocimiento objetivo de los “fenómenos” a la luz de nuestras categorías, esquemas mentales, etc., o sea, que el conocimiento es necesariamente subjetivo? Si al menos fuera posible establecer unas condiciones de subjetividad universales o en las que todos estuviéramos de acuerdo (“intersubjetividad”), el problema podría solucionarse, pero… miremos a los físicos: los depositarios del saber que supuestamente permite desvelar cómo es el mundo se alinean y escinden en paradigmas o modelos cosmofísicos completamente divergentes: newtonianos, relativistas, cuánticos… ¿Cuál de los modelos cosmofísicos es “el” correcto? Parece que el conocimiento del mundo lleva a una indeterminación insalvable, a un callejón relativista o subjetivista sin salida. ¿Todo es según el color del cristal con que se mira?
El propio principio de indeterminación de Heisenberg nos puede servir para ilustrar el problema de los juicios estéticos en música. Nunca podremos predecir al mismo tiempo con exactitud la posición y la velocidad de una partícula, porque sea cual sea el instrumento que utilicemos para medir una de las variables, produciremos una distorsión en la otra variable. De la misma manera, por poner un ejemplo más trivial, nunca podremos saber la temperatura exacta de un líquido, porque al introducir en él el termómetro ya habremos alterado su temperatura.
Dejemos la metafísica y la física y hablemos de música. Siempre que entre el cantante y el espectador medie algún tipo de vínculo emocional, la objetividad del juicio se verá seriamente comprometida. Por ejemplo, yo he de confesar cierta animadversión a la imagen pública de cantantes como Plácido Domingo, José Carreras, Anna Netrebko, Roberto Alagna, Rolando Villazón o José Cura. Si no los escucho al menos dos veces antes de emitir un veredicto sobre ellos, lo más probable es que los valore negativamente sin siquiera tener elementos de juicio. Por tanto, he de tratar de buscar, entre los criterios científicos y objetivos que proporciona la música, aquellos que me permitan desprenderme de los prejuicios sesgados por su origen emocional o visceral. Y cuando, tras una escucha concienzuda, concluyo que este cantante es brillante o mediocre, a que aquello está bien o mal cantado, todavía me asaltan las dudas de si mi juicio es ecuánime.
Podemos comprobar, pues, que al igual que en la física hay distintos criterios o paradigmas divergentes desde los que explicar la realidad, en el canto hay también diversos criterios, reconocidos por separado como objetivos, que pueden entrar en colisión y llevarnos a contradicción o controversia. Por ejemplo: para algunos el mejor tenor es Plácido Domingo, porque es el más versátil y posee el repertorio más amplio: desde zarzuela española hasta ópera de Wagner, y lo mismo se marca un dúo con Julio Iglesias o con John Denver, que un “menage a trois” en las Termas de Caracalla; para otros, el modelo a seguir es el de Alfredo Kraus, cuya fidelidad insobornable a un repertorio restringido durante 40 años le permitió convertirse en especialista de referencia del “bel canto”, aunque prescindiera de papeles del repertorio verista muy vistosos escénicamente. Ese argumento es el que ahora se utiliza también para ensalzar la figura del peruano Juan Diego Flórez, auténtico “doctor” en Donizetti y Rossini. Pero ¿qué criterio es más acertado? ¿El de la amplitud de repertorio o el de la especialización? Pasemos al caso de Rockwell Blake: ¿es su caso el de un mal cantante que no ha sabido utilizar su voz de forma saludable y duradera, o nos quedamos solo con sus primeros años, en los que su superioridad en el repertorio rossiniano era apabullante e incontestable?
Otro ejemplo. Para muchos aficionados a la ópera, algunas de las interpretaciones de Maria Callas no tienen parangón, pero es patente (y objetivo) que su timbre de voz no era especialmente atractivo, y se vio afeado cada vez más por notorios defectos de emisión, consecuencia de una técnica bastante deficiente. Sin embargo, el dramatismo y el colorido de sus versiones de Norma, de Tosca o de La Traviata son de una intensidad difícilmente alcanzable. En el otro extremo, están la belleza tímbrica, el refinamiento y la depuradísima técnica de Victoria de los Ángeles o de Renata Tebaldi, aunque sean algo más comedidas en la intensidad dramática del canto. ¿Con qué nos quedamos? ¿Interpretación convincente, pese a los límites de la voz, o belleza tímbrica y técnica refinada, en detrimento del “pathos” interpretativo?
¿Qué decimos de Tito Schipa? No era un tenor capaz de ponernos los pelos de punta con sobreeagudos acerados, pero era insuperable en el tratamiento de la línea melódica de sus interpretaciones. ¿Preferimos en su lugar a Franco Corelli, de bello y broncíneo timbre, con agudos espeluznantes, pero de tosca técnica e interpretaciones de dudoso gusto? ¿Es lícito lapidar a José Cura por no dar el sobreagudo en el “Di quella pira” de Il Trovatore? ¿Podemos patalear y abuchear a Alagna porque haga lo mismo en el aria de Aida? ¿Basta una nota (no escrita, por cierto) para evaluar a un cantante? Y, si apelamos a la fidelidad a la partitura, ¿qué hacemos con las libérrimas versiones de Miguel Fleta? ¿Acaso no son bellas y meritorias sus interpretaciones, pese a esas licencias que se tomaba en contra incluso de la voluntad de los compositores de la época, como a Puccini, a quien llevaba por el camino de la amargura?
Sigamos con la belleza de la voz: mucho se ha ponderado la belleza de la voz de Jaime Aragall, pero ¿es la voz expediente suficiente para ser valorado como cantante? O el caso de Fritz Wunderlich: ¿cómo valoramos su preciosa e irrepetible voz dentro del exclusivo repertorio germano en el que se movió en su lamentablemente breve carrera?
Y podríamos seguir ad infinitum. Yo recuerdo aún un debate que tuve con Lilith acerca de Diana Damrau en el papel de “Reina de la Noche”. Su argumentación era plenamente coherente de acuerdo con los criterios que manejaba, y para ella Diana era insuperable. Yo, apelando a otros criterios diferentes, argumentaba mi preferencia por otras sopranos, aun reconociendo la mayor brillantez vocal de Damrau y pese a que la alemana, por su imagen pública y por sus declaraciones, me cae muy bien. Pero yo trataba, casi sin saber por qué, de racionalizar algo irracional que me impulsaba a preferir a las otras cantantes.
Por eso creo que todos estos criterios aparentemente objetivos funcionan a veces como dogmas. Tenemos que adherirnos a ellos, como en un acto de fe, para salir del paso y formular un juicio. A veces podemos escoger deliberadamente un criterio u otro para concluir en un juicio que ya poseíamos de antemano: si quiero denostar a tal cantante, digo que no tiene técnica; si lo quiero elogiar, resalto la belleza de su voz.
Muchas veces, como hemos visto, esos criterios musicales son divergentes. No podemos utilizarlos todos simultáneamente: ¿qué ocurriría si le pidiéramos a un cantante que tuviese una voz bella, exquisita técnica, teatralidad, repertorio total, carrera longeva y sin altibajos, simpatía exenta de frivolidad, honradez, desinterés por hacerse rico con su voz…? Por fortuna, no existe el cantante perfecto que dé la máxima calificación en todos estos apartados. Si eso ocurriera, la ópera se convertiría en un espectáculo terriblemente aburrido. Y entonces este blog dejaría de tener sentido, lo cual no es deseable (¿verdad, Gio?). Así que prefiero que sigamos con nuestra infinita variedad de gustos, con nuestra indomable subjetividad, pero solo con una condición: que sea cual sea nuestra opinión, tratemos de justificarla, aunque esa justificación carezca de un fundamento último y absoluto
Disculpad mi largo periodo de letargo pero después de tanto tiempo vuelvo a las andadas.
Yo creo que la objetividad en el arte y en la música en particular no existe. Un buen cantante debe ser capaz de transmitir sensaciones y, sobretodo, emociones. Hay gente que nos cae bien o mal dependiendo de lo que dice y también de como lo dice y creo que eso es lo mismo que pasa con los cantantes.
Es notorio en éste foro que deliro por Victoria de los Ángeles e introduzco el tema sólo para decir que a veces no es cuestión de subjetividad sinó de dogmatismo.
Si eres partidario de Victoria tienes que admirar a Schwarzkopff, Gedda, Kraus, Nilsson, Berganza, Björling o Corelli , entre otros. Y tienes que odiar a Caballé, Domingo, Carreras, etc.
Pues bien, yo no lo creo. Pasados los años he aprendido a disfrutar enormemente con la Norma de la primera época de Caballé, he disfrutado enormemente con múltiples personajes de Plácido Domingo y lo de Carreras, bueno, carreras no lo he conseguido pero no creo que tenga que ver con “política operística”, no me llega y juro que lo he intentado.
Lo que quería decir es que los cantantes que nos gustan nos gustan porque sí y luego vienen los amiguismos y las tonterías.
Blake fue genial en su época (con otros genios cerca) y Florez debe ser igual o peor que él pero su contexto histórico es diferente.
Un beso a todos
Julia, bienvenida de nuevo por estos senderos…..
Tremenda intervención Sparafucille. Para nada resultó aburrida….al menos a mí (opinión absolutamente personal y subjetiva jeje).
La verdad que si bien parece este un tema complicado, no creo que lo sea.
El mundo de la música (como otros artes) está lleno de emociones, de pasión, de sentimientos que afloran…….
No todos tenemos la misma capacidad de sentir. Y no me refiero a que unos sientan mejor o peor, sino más bien a que cada uno siente de una forma determinada. Es por ello que a cada uno nos gustarán más unas cosas u otras.
La perfección, la belleza…..la Belleza….
”…la Belleza es la vida cuando la vida alza el velo y muestra su rostro esencial y sagrado. Mas vosotros sois la vida y el velo. La Belleza es la eternidad contemplándose en un espejo. Y vosotros sois la eternidad y el espejo.”
Lo objetivo y subjetivo….a veces el conflicto entre la razón y la pasión…..
“…Vuestra alma es a menudo campo de batalla en el que vuestra razón y vuestro juicio combaten contra vuestra pasión y vuestros apetitos……. …Porque si la razón gobierna sola es una fuerza que limita; y la pasión desgobernada es una llama que arde hasta su propia destrucción. Por tanto, dejad que vuestra alma exalte, alce vuestra razón hasta la altura de la pasión, para que ésta pueda cantar. Y dejadla dirigir vuestra pasión con el razonamiento, para que aquella pueda vivir en su diaria resurrección y como el ave fénix renacer de sus propias cenizas….”.
Cada uno tenemos una dosis determinada de ese equilibrio razón-pasión y un concepto subjetivo de la belleza.
¿Cómo hay que analizar lo que escuchamos? ¿con la razón, con el corazón o un cóctel de ambos? ….¡al final todo queda en uno mismo!
Espero, al igual que Sparafucille, no haberles aburrido con mi intervención, hoy tan mística…..
Un beso a todos.
Me parece que el apasionante tema que suscita la gestora del foro sobre nuestra objetividad/subjetividad a la hora de enjuiciar a un determinado cantante es lo suficientemente atractivo como para que esta entrada, a no tardar mucho, se vea desbordada por las improntas de (al menos) los asiduos a tertulia tan amable. Ya lo decía el clásico, “nada es, hasta que nuestro pensamiento no haga que sea”; y claro está, nuestro (“contaminado”) pensamiento, bien repleto de prejuicios cognitivos (generados por el individuo) y sociales (generados por el entorno), desde luego que, las más de las veces, tiende a distorsionar la realidad y no es un juez todo lo solvente que nos gustaría al que se pueda apelar con total garantía de que imparta justicia. En resolución, que no me quiero extender mucho, si entendemos que la subjetividad es/hace al sujeto (diría que en buena medida éste es condicionado y conformado por ella) lo que la objetividad es/hace al objeto, entonces bendita sea la primera por más que nos la llevemos a la tumba –ya saben, “genio y figura…-. Ahora bien, donde sí podemos hacer algo más que “resignarnos” a la mayor o menor bonhomía de nuestra subjetividad/objetividad es en este otro binomio, el cual me gusta utilizar mucho más, parcialidad/imparcialidad. Por el tenor del razonamiento seguido en algunas –desde luego que no en todas- de las valoraciones-votaciones, emitidas con ocasión del hoy desaparecido concurso de “Los favoritos”, me pareció entrever –puedo estar equivocado- que éstas tenían una no menor carga de parcialidad (incluso irracionalidad), esto es, se votaba no tanto la calidad de cada interpretación en sí misma, su mayor o menor adecuación al canon correspondiente, cuanto la filia/fobia que nos producían los cantantes sometidos a cotejo. Al igual que el músculo del atleta se puede poner a punto para la competición por medio del duro entrenamiento perseverante, así una buena dosis de imparcialidad en las opiniones que nos sean solicitadas, ambicioso objetivo sin duda, pero que todos podemos y debemos marcarnos, es posible conseguirla a base de ejercitarnos, con disciplina y ascesis –nadie dice que sea fácil-, en ecuanimidad, honestidad, neutralidad e independencia; virtudes todas ellas que –esta es mi opinión- constituyen un imperativo ético.
En lo que respecta a la, es muy cierta, citada decadencia vocal del tenor Blake (cuya épica carrera bien pueden comprender que seguí muy de cerca: hasta en ocho ocasiones tuve la fortuna de verle actuar en directo) sufrida a partir de los últimos años noventas del pasado siglo, sólo señalar que la misma se debe al natural y lógico desgaste del instrumento del norteamericano tras más de dos décadas, toda una hazaña canora para un tenor, consagradas en plenitud, sin rebaja alguna y haciéndole justicia al tan gravoso como exigente al límite pentagrama rossiniano. Todo un ejemplo a seguir de honrada profesionalidad, coherencia y fidelidad a prueba de tentaciones en forma de suculentas ofertas económicas para que frecuentara otros repertorios más comerciales, que las tuvo, pero mucho menos satisfactorias intelectual y artísticamente. Saludos muy cordiales.
Mini-intervención: Pues un cóctel, Dinora, está clarísimo. ¿Qué pone en la barra de direcciones? XD
Mordiskitos ^^
¿En qué barra de direcciones?? Ay Lilith que no me entero…..
¡Hola a tod@s!
Antes de nada, dejarles claro que yo les leo, pero no siempre dispongo del tiempo para poder escribir. Y ahora que tengo un huequito, voy a ser breve.
Me parece interesantísimo el tema, por es no podia dejarlo pasar, XD.
1º- Pienso que nunca somos realmente objetivos, pero porque tampoco se requiere serlo. No somos críticos de opera ni de música profesionales. Asi que, en cierto modo, tampoco tiene ningun sentido: lo divertido de este foro, es el intercambio de opiniones entre todos, y lo increible es el enorme respeto que todos nos tenemos, ya que no es normal en foros de ópera. Decimos lo que pensamos y lo que sentimos. Y eso, nos enriquece a todos.
2º Pienso que siempre estamos condicionados, al escuchar o al ver a algun cantante, por ideas que estan “aceptadas”, y si alguien nos las cuestiona, entramos en “discordia”.
3º No creo que se pueda ser objetivo 100% nunca. Cada uno partimos de una base distinta, de un gusto diferente. Aquellos que, por trabajo, tienen que ser “objetivos”, creo que les cuesta mucho, porque tienen que valorar, en una interpretación, montones de cosas. Por ejemplo: La belleza de la voz, la dicción, el estilo, la musicalidad, la teatralidad (si se trata de opera y no otro género lírico), la técnica, la sonoridad, el sentimiento, y por supuesto una visión en conjunto de todo esto…. creo que entre todos podríamos hacer una larga lista.
Pero, en mi opinion, todo ese juicio sobra un poco. Pienso que solemos buscar el defecto, y no nos paramos a disfrutar de la música. Las personas somos así. Pienso que la diferencia entre un “cantante” y un “artista” es que, un cantante puede tener la mejor voz del mundo, pero un artista, segun pisa el escenario, lo llena. Según abre la boca, hace sentir a los espectadores el sentimiento que él quiere, el que el está sintiendo. Y eso es lo verdaderamente importante.
Los niños, muchas veces, son los más criticos de todos. Simplemente, si algo no les gusta, lo dicen, y si algo les gusta, también. Espontáneamente, dicen lo que piensan (aunque olvidan la educación muchas veces a la hora de decirlo). Si cantas delante de ellos, te dicen lo que sienten cuando te oyen. No se paran a pensar en cómo esta hecho esto o si ha hecho lo otro o si debería estar mejor aquello. Simplemente, dicen la impresión en conjunto que tienen de todo lo que has hecho.
NO es objetiva evidentemente, pero esta libre de ideas anteriores porque las desconocen.
Y bueno, no les aburro mas porque tampoco tengo mas tiempo para poder escribir, jijiji
Un besiño para tod@s, y que les vaya genial!
¿Por qué todo el mundo dice que va a ser breve para pasar a contradecirse enseguida? XD Yo ya no lo digo. ¿Pa’ qué? XDDD
¡Te echaba de menos, allfor!
Mordiskitos ^^
Y yo a ti lilith querida!
Vaya, vaya. Unas increibles preguntas para discutir desde muchos puntos de vista; y en realidad no podia pasar por alto tan maravillosa invitación a opinar.
Quiero comentar algo, desde muy pequeño he sido aficionado a la opera y mi primera impresión de ella fue escucharla mientras mi abuela me cuidaba y yo me encontraba jugando o haciendo la tarea. Posteriormente, se reforzo con las enseñazas de uno de mis tíos que además de la opera me llevo al mundo de la “musica clasica” -por nombrale de alguna manera- y entonces entre a un coro infantil facinado por aquella musica, cuando paso el tiempo, llegando el cambio de voz y hasta cierto punto los cambios propios de la adolecencia deje a un lado este bello mundo y experimente con otro tipo de musica.
Nuevamente paso el tiempo y coincidiendo con el apogeo de los “tres tenores” regreso mi interés a la opera, y nuevamente coincidio que uno de mis mejores amigos comenzo a estudiar para cantante de opera. Entonces de haber conocido la opera con Corelli, Kraus, Di Stefano, etc., entre nuevamente con Domingo, Pavarotti y Carreras.
A medida que ha pasado el tiempo, y que he escuchado más obras, más cantantes, más te tesituras; que leo y aprendo más -sea el caso de este blog-; y que mis amigos han aprendido más, mis juicios evolucionan, se confunden, se cuestionan renacen y revaloran lo perdido o hacen juicios más severos.
Por tanto, mis respuestan son sencillas.
¿Solemos ser objetivos cuando valoramos la voz o la actuación de un cantante determinado?
No, ya que somos subjetivos cuando valoramos la voz de un cantante o su actuación, ya que nuestro juicio siempre esta influenciado por el entorno o los momentos que vivimos – y vaya que ya se han tomado un tiempo algunos participantes de este blog para explicarlo-.
¿Mostramos tendencia a sustentar, consciente o inconscientemente, un juicio previo ya formado?
Sí, pero esta tendencia puede aumentar o desaparecer con el tiempo, conocimiento y madurez de la persona que juzga o este caso escucha.
¿La objetividad absoluta existe o en cierto modo la ‘fabricamos’ a nuestra medida?
Como cualquier otro adjetivo categórico -todos, ninguno- “absoluto” no existe. Pero la objetividad de un juicio, más que fabricada, se encuentra modificada por la situación del sujeto que juzga/escucha y será medida en base a patrones impuestos socialmente, para un tiempo y lugar determinado.
Ahora bien, ¿tiene algo de malo preferir a un cantante por que se le tiene un cariño especial aunque su voz o desempeño sea tan bueno, o que en igualdad de circunstancias preferimos a un cantante por su mejor actitud frente al publico? Pues para mi no, ya que lo que me importa es lo que me hace sentir al expresar con su voz una obra. Por lo tanto, yo desearia no matar el arte con una serie juicios extremadamente tecnicos sobre la calidad de la voz y el desempeño de un cantante, el cual para llegar a ser juzgado por ello ya ha tenido que luchar bastante. Preferencias abra muchas, como personas hay en el mundo; y los grupos de expertos en la mayoria de las ocasiones son pequeños, y ellos mismos serán subjetivos ante el gesto técnico por más que igualen sus juicios.
En fin, deseo seguir teniendo mis cantantes preferidos como haces dentro de mi baraja, pero nunca dejare de reconocer al resto, ya que si dejará de hacerlo no aprenderia de este gigantesco mundo que es la opera y que siempre nos da sorpresar tanto en lo antiguo como en lo contemporaneo. Alguna vez aprendi que para apreciar a los grandes toreros no era necesario solo ver las corridas de las plazas grandes, sino que al contrario, para apreciar esas faenas era necesario ver aquellos toreros que van empezando y que aún comente errores, entonces aprecias el desempeño de los grandes.
“Dejemos que la Ópera siga siendo un arte, y no la convirtamos en una ciencia”
Mil gracias y un fuerte abrazo para la moderadora y los participantes de este blog. Siempre es un placer leerlos.
“Dejemos que la Ópera siga siendo un arte, y no la convirtamos en una ciencia”
Es para mí, un grandísimo comentario, una frase enorme. Rafael Manjarrez Montes de Oca, creo que resumes en una frase, uno de mis pensamientos. Unos tienen directamente ese pensamiento, otros, evidentemente, vamos aprendiendo que esto es arte, como lo es la pintura, la escultura, la arquitectura, la literatura… a fin de cuentas, lo que vale es lo que transmite, el mensaje que lleva escrito.
Los que aprendemos, aprendemos como poder dar lo mejor de nosotros mismos, pero, nos enseñan a que lo demos técnicamente, nunca como artistas. No nos enseñan a entrenar los sentimientos. Si tú los transmites, es porque ya lo hacías. Nadie te los ha hecho sacar nunca.
Hace falta el equilibrio de lo “bien hecho técnicamente” si no es algo “sano” y puede hacerte daño. Hace falta aprender a hacer las cosas correctamente, para que sea lo más bello que uno pueda hacer. Pero es que ahora, se olvida, directamente, lo importante: el mensaje.
Y de ahí salen los críticos profesionales, de ver solo como ellos creen que esta hecho esto, cuando lo importante es lo que transmite eso que esta hecho. Al hombre de a pie, no le interesa saber que materiales construyen una catedral. Le interesa ver la catedral. Al oyente, no le interesa oír los diferentes registros de la voz humana o un violín haciendo interminables escalas repetitivas. Le interesa escuchar algo bello, y le gusta que eso que escuche, le haga sentir algo especial.
Da igual que tú seas el mejor músico tocando un instrumento o cantando; si no haces llegar el mensaje… ¿de que sirve la música? ¿Porque se hacen las óperas y los conciertos de música?
Si yo escribo: “Has grabado en mi corazón, a fuego lento, tu nombre, y solamente el tuyo es el que suena en cada latido”. Para hacerlo, tengo que sentir completamente todo lo que digo. La sensación, es que aparece en tu cabeza. Llegas, y lo escribes. Con esa misma naturalidad es la música. No me importa si la rima es de una forma u otra, no me importa si es prosa o verso: me importa transmitir lo que yo siento. Y hacérselo sentir a quien yo quiero. Sea un público o a alguien determinado.
Pero si lo quiero es embellecer y mejorar lo escrito, tendré que aprender muchísimo, leer muchos poetas, analizar sus poemas, y ver como lo hacían. Y tendré que aprender como declamarlos correctamente. Y un largo etc.
Si solo se hacer un poema “técnicamente”… ¿como le va a gustar a alguien? ¿Como se lo voy a hacer sentir? ¿Dónde esta el mensaje?
Pues yo siento la música igual. Desde el más profundo sentimiento surge la música. Para mi, si no, no tiene sentido. No nace de algo rígido, y con muchas leyes; surge de la misma espontaneidad del momento.
Rafael, de verdad, yo te doy las gracias porque esa frase, me ha inspirado para escribir. Me ha llegado, me ha hecho sentirme comprendido. Gracias.
¡Un beso para tod@s!
Agradecer especialmente a todos aquellos que han hecho un esfuerzo leyendo mi comentario y escuchando las dos versiones comparadas que daban sentido a mis palabras.
Quiero pensar (subjetividad) que pocos serán los que polemicen si era mejor Verdi o Puccini, si es mejor Il Puritani o Lucía de Lammemmour, porque eso si que sería caer en el absurdo más absoluto.
Las vibraciones que posee la voz tiene mucho poder: Un orador con su timbre, con sus cadencias, ritmos silencios y pausas, entonaciones, modulaciones su musicalidad,…, pueden hacer caer a muchos que lo escuchan en un estado pseudo-hipnótico. EL PODER DE LA PALABRA Y EL PODER DE LA VOZ QUE LA UTILIZA.
Las personas que de alguna manera se identifican con un “tenor” (como comenté en el “inicio del debate”) al escucharlo cantar, sienten una emoción mágica especial que los sumerge en un trance más o menos profundo, según sea la partitura y de cómo esté el artista en ese momento.- En su interior esas vibraciones les hace entrar en una especie de éxtasis que solamente experimentan aquellos los enamoramos de este arte.
Todos los grandes tenores son unos fenómenos, porque aparte del arte individual que puedan tener cada uno de ellos (interpretaciones subjetivas) son unos atletas de la voz, por eso deberíamos ser respetuosos con TODOS, aunque alguno no nos gusten o nos gusten menos.
A mí, personalmente, me ocurre que me siento “estafado” si un aria es eliminada o bajada de tonos si el cantante no la puede interpretar.- Mi respeto hacia él sería mayor si cambiara su repertorio.
Soy aficionado desde hace 40 años, más a las voces de tenor que a las óperas en sí, y para mi vergüenza tengo que confesar que descubrí la 2ª versión el año pasado y realmente quedé profundamente impactado por el virtuosismo y por esa capacidad que le permitía un derroche de facultades que nunca había escuchado, por eso, aunque a muchos no les guste (“x” valores subjetivos) desde la capacidad vocal es realmente única.
Las crisis en la ópera vendrán dadas por la escased de las grandes voces (artistas), cuando las hay siempre habrá un público que las siga.-
En el mundo en que vivimos será siempre mucho más fácil que nuestros hijos/nietos… sean seguidores/amantes y/o profesionales del fútbol que del ajedrez.
Un abrazo para todos.
Muy buenas repetados doctores todos de esta sala:
Impresinado quedo al leer estas magnificas lineas de tal manera quedaran por siempre en el amor mio.Quièn mucho abarca poco aprieta,No es exàctamente con vosotros,es pura imaginaciòn ya que el CANTO ES lo que ES. “LA VOZ”
Un instrumento que no se ve ni se toca.cierto?sensaciones si eso es lo que es.Admiro mucho las VOCES de BAJOS-BARITONOS-SOPRANOS TENORES-MEZZOSOPRANOS-CONTRALTOS,Segun las clasificacines de las mismas.
Soy un cantante de òpera,estudiè en LIMA PERU “Conservatorio nacional ”
Taller pernanente de òpera de caracas”Opera metropolitana-caracas VENEZUELA Finalmente en teatro TERESA CARREÑO Caracas VENEZUELA.
Durante dècadas compartì teatros ,amistades,colegas de todas las nacionalidades,Grandes ARTISTAS,De la lìrica mundial “LA OPERA”
Muchas gracias apreciados y gentiles doctores de esta sala amigos todos.
Mi respeto,aprecio y amor a ustedes.
Pasen unas fiestas de navidad y buèn año 2010
Siempre de ustedes
Roberto Vàsquez Oliveros
tenor
panduro955@hotmail.com
No voy a opinar sobre la cuestión del juicio objetivo que se proponía comentásemos en esta entrada, toda vez que ya lo hice oportunamente y, con sinceridad, a más de reafirmarme en lo que manifesté, no se me ocurre nada nuevo por el momento. Pero como el asunto sin duda tiene entidad y la miga suficientes, les animo a quienes no se pronunciaron en su momento lo hagan ahora a su aire, sin agobio. Desde luego tiempo tenemos de sobra (vamos a ver si somos capaces de animar el cotarro un poco para que no piense nuestra amable anfitriona que no se nos puede dejar “solos”, aunque so sé bien si todavía estamos o no en tiempo de receso, me despisté). Por cierto, repasando los comentarios que fueron emitidos, me da como cosa el ver algunas firmas que entonces descollaban en el foro siendo bien pujantes –qué sé yo, “Sparafucille”, “allforthemusic”, “Lilith”, Dña. Julia (tan faltos como estamos aquí de aficionadas),…- y hoy han desfallecido sin dejar el más mínimo rastro: pasaron del todo a la nada, pues, en (casi) un abrir y cerrar de ojos. En fin, me hago viejo y supongo que eso reblandece a cualquiera.
Lo que sí quería es, aprovechando que de refilón salió a colación el tenor rossiniano por excelencia de los últimos años y uno de los cantantes que meritoriamente más contribuyó al renacimiento de la obra de Rossini en nuestros días, hacer una mínima semblanza de Rockwell Blake que, así lo creo, bien se lo tiene merecido. Como pueden ver, al final siempre cada loco con su tema. Tenemos que reconocer además que el norteamericano, no obstante su exitosa y premiada carrera en repertorio tan exigente, apenas sí gozó de predicamento alguno entre los “foristas” y eso es algo que me propongo reparar. Vamos, pues, con ello.
Blake contó de partida, mal asunto, con dos no pequeños hándicaps, de esos que, diría yo, sistemáticamente hacen que el grueso de la afición –mucho más entregada y rendida (¿sin condiciones?) a las voces grandes, opulentas, con brillo y bien timbradas que poseen otros tipos de bizarros tenores más “agraciados”- postergue a un segundo término, casi a la marginalidad, a quienes “adolecen” de los mismos: un instrumento vocal pequeño y, para más inri, a decir de muchos acidulado y falto de belleza. Si a esto añadimos la elección de un repertorio altamente especializado que no está al alcance ni en el interés del gran público, irremediablemente la carrera del norteamericano estaba predestinada a una minoría, la que gusta salirse de los caminos más trillados y que aprecia en los cantantes otras cualidades además de una robusta voz más o menos bonita. Tras formarse musicalmente en su localidad natal de Plattsburgh, muy cerca de Nueva York, y perfeccionar la técnica canora con la que ha sido su única maestra, Renata Carisio Booth, consiguiendo al cabo su proverbial fiato y una perfecta emisión en la “máscara” que le es característica, en 1977 Blake debuta profesionalmente en el Kennedy Center de Nueva York, siendo el Lindoro de “La Italiana en Argel”. Desde un primer momento me interesa subrayar un aspecto fundamental de la particular forma en la que ha entendido la profesión este fantástico tenor, toda vez que el mismo será el santo y seña de tan grande artista desde sus comienzos: jamás Rockwell Blake, y eso que, dada la enorme facilidad para el virtuosismo que posee y una agilidad vocal sin parangón hubiera sido lo más cómodo, sucumbió a la tentación de hacer de éstos un fin en sí mismos, un permanente alarde sin más de sus soberbias facultades canoras, antes al contrario, tan privilegiada capacidad para la más compleja coloratura quedó siempre al servicio de las exigencias teatrales. Y así ha conseguido, antes que nada, sabiendo velar cualquier signo exterior de semejante superioridad que pudiera interpretarse como un lucimiento personal al margen de la dramática, y, en última instancia, vía introspección y concienzudo estudio de los rasgos esenciales y del modo de ser de cada personaje por él abordado, memorables caracterizaciones dentro de su repertorio que hoy están consideras como no superadas (véase, p.ej., su más que lograda composición del Conde Almaviva que ha paseado por todo el mundo). Y fíjense que este, cómo diríamos, complicarse la vida sin necesidad para, en definitiva, hacer buen teatro, podría servirnos de percha en la recuperación de aquel otro estimulante debate de hace algunos meses sobre la voz versus la interpretación en ópera.
Seguimos. Un dato acaso no demasiado conocido del currículo de este cantante, es su proclamación como ganador de la primera edición del prestigioso Concurso de Canto Richard Tucker, allá por el año 1978, lloviéndole a partir de ese triunfal momento no pocos contratos hasta llegar su debut, tres años más tarde, en el más importante coliseo norteamericano, el Metropilitan. Bajo la tutela del célebre bajo-barítono ya retirado George London, cuyo interés había despertado el debutante, Houston, Filadelfia, Chicago y, entre otras renombradas plazas de su país, San Francisco serán testigo en estos primeros años de carrera de sonados éxitos personales que irán afianzado al joven intérprete en la que habrá de ser su especialidad belcantista por la que, sin tardar, le llegará el reconocimiento mundial, Rossini. Del maestro de Pésaro Rockwell Blake ha cantado con igual buena fortuna hasta un total de dieciocho títulos, convirtiéndose así en el mayor experto de esta obra de su cuerda y, así lo creo, el más destacado epígono contemporáneo del legendario Giovanni David, el primer contraltino rossiniano de la historia; Blake, explicitando la perfecta comunión que mantiene con su operista de cabecera, llegó a afirmar que “Rossini está hecho para mí y yo estoy hecho para Rossini”. En 1983 salta al Viejo Continente y se presenta en el Festival de Aix-en-Provence con “Mitridate, re di Ponto”, desde ese momento Europa se ha de convertir en el gran escenario de sus mayores éxitos y en su domicilio particular. Después de hacer de “meritorio” en plazas “menores” como las de Zúrich, Lyon, Niza, Marsella, Ginebra, Florencia o, qué sé yo, Estrasburgo, en ese mismo primer año de rodaje europeo se consagra definitivamente como el más grande cantante rossiniano de su generación en el Festival de Pésaro, convirtiéndose rápidamente en asiduo al mismo y contándose sus intervenciones por memorables triunfos de crítica y público, como lo fue, por citar uno de ellos solamente, su recordada participación en la edición de 1984 con “Le Comte Ory”. En los siguientes años, uno tras otro todos los grandes teatros europeos, desde el temible Regio de Turín –otro escenario habitual de Blake- hasta la Ópera de Paris, pasando por el Festival de Salzburgo, le abren sus puertas y le reciben con igual entusiasmo al que ya es figura indiscutible del belcanto y gran defensor del genuino rossinianismo. Así hasta que, entrada la siguiente década (1992), alcanzada la plenitud como intérprete y atravesando su mejor momento vocal, bajo las órdenes de Riccardo Muti, finalmente se presenta en La Scala caracterizado como Uberto de “La Dama del Lago, en una brillante producción de esta obra prerromántica de la que todavía hoy se habla.
Sea suficiente con esta sumaria pincelada de los más significativos hitos profesionales del estadounidense para dar cuenta de una inteligente carrera -perfectamente acorde con sus posibilidades reales, hecha sin prisas pero siempre con una trayectoria ascendente y, en definitiva, magníficamente planificada-, y poner de relieve también lo mucho que ha conseguido Blake contando con dos únicas armas: Rossini y, ciertamente, una técnica de canto fuera de serie. Bien, pues, hora es ya de poner al descubierto su notable instrumento de trabajo. Sobra con haber escuchado una sola vez a Rockwell Blake para encuadrar sin la menor duda su registro de tenor dentro de la tesitura de los contraltinos y, convenida la misma, apreciar las cualidades vocales de los mismos en su máximo grado de virtud. Desde un timbre no especialmente bello, punto pálido y ajeno por completo a la coloración latina que tanto aprecian muchos aficionados, su minorada voz, bien que fenomenalmente impostada, aguda y clara “corre” con gran facilidad llegando hasta el último recoveco por grande que pueda ser el teatro que la albergue. Dotado de un inmenso fiato y notable extensión, alcanza con inusitada comodidad las notas más altas sin perder colorido y las mantiene cuanto sea menester para realizar todos los adornos que se exijan sin trucos ni desgaste aparente. No tiene problema tampoco con los típicos saltos de octava tan característicos del pentagrama rossiniano, y, llegado el caso, consigue la delicadeza necesaria para subrayar las líneas más elegiacas. Pues nada más que no fue poco, dejamos para otra ocasión mis encuentros personales con este enorme artista, continuador en lo dramático de la escuela de los Capecchi, Montarsolo y Bruscantini, y les recuerdo la inexcusable cita que todos los “foristas” madrileños tenemos este mismo domingo con la Gruberova en el Real. Feliz Día del Padre y saludos cordiales.
Bueno, yo tampoco entiendo muy bien lo del receso. Sólo se me ocurre aquella copla de ni contigo ni sin ti… En fin. Mejor no añado nada, que lo pondré peor.
Allforthemusic está muy ocupado, me consta. Regresará cualquier día. Lilith también está muy ocupada, me consta también; pero no creo (ojalá me equivoque) que regrese. De Sparafucille no sé nada; y de Julia, tampoco.
Así que estamos los que estamos, y la puerta sigue abierta. Yo siempre digo que regresarán, como las golondrinas. Pero no sabemos cuándo.
Muchas gracias por la reseña tan completa sobre Blake. Estaremos pendientes de Gruberova. ¿Y si nos lo cuenta en exclusiva y por escrito?
Saludos cordiales,
Gio
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