Carlos Álvarez (‘Don Carlitos’): “Un divo es el que presenta la excelencia de su trabajo en el escenario intentando hacer la vida más fácil a los demás”

—Y después de pisar tantos escenarios, ¿cuál es el mejor sitio para cantar?

—Depende. Técnicamente pueden ser unos y anímicamente, otros. Los teatros que ayudan a cantar mucho son lo que tienen un tamaño medio y la distancia con el público es relativamente corta y esa comunicación se produce inmediatamente y además la voz corre con facilidad. Después hay teatros que son alucinantemente grandes, como el Metropolitan, donde me siento muy cómodo cantando allí, además porque el público recibe a los cantantes de una manera que ya casi sólo existe en Viena en Europa. No es que nos idolatren, pero sí hay un respecto hacia la figura del cantante que tiene más que ver con esa idea de que se está haciendo algo importante.

—Y en Europa, por supuesto Viena, donde llevo cantando trece años y he llegado a tener una comunicación muy importante con el público y mi relación con el teatro es… Bueno, yo soy Don Carlitos, en palabras del director de la Ópera de Viena. El Don Carlitos implica a la vez el respeto por el artista y el afecto por la persona y esa combinación la he encontrado fundamentalmente en Viena.

[…]

—Y para Carlos Álvarez, ¿qué es un divo?
—El que presenta la excelencia de su trabajo encima del escenario intenta[n]do hacer la vida más fácil a los demás. Puesto que tenemos un privilegio, no hagamos que ese privilegio sea algo pesado para los que están alrededor. Lo único que se pretende de nosotros es que seamos buenos encima del escenario, el resto parece que no importa, pero sí es muy importante cómo te comportas con la gente que participa en el trabajo.

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  • Álvarez: Canción del toreador, Carmen (Acto II, Escena II), Bizet.
  • Faenol, 2007.
  • Los cuatro muleros
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    «Exquisito sin empalago, cordial sin exceso de confianzas, sensible con un punto de fina ironía, a Carlos Álvarez habrá que pedirle a partir de ahora que acompañe a la selección de fútbol como si fuera en procesión. Cantó en la ceremonia de apertura de la pasada Eurocopa y ‘la roja’ se llevó el triunfo. Algo tendrá que ver».

    —¿A partir de ahora tiene que seguir a la selección de fútbol donde quiera que juegue!
    —(Risas) Sí, parece que le hemos dado suerte. Pero me vine justo antes de la final.

    —¿No vio ningún partido?
    —No pude ver ninguno en el estadio, pero estaba en Viena hasta el día 26, que fue la semifinal, y el 27 estaba volviendo a España. Tenía representaciones hasta el día 23, luego me quedé dos días más en Austria, en el sitio donde nació Liszt, grabando música española con un español. Hemos hecho una grabación de una versión de las canciones de Lorca para guitarra y voz que saldrá para cuando estemos en Salzburgo en agosto.

    —¿Y dónde vio la final?
    —En Sevilla, aunque en el estadio hubo representación lírica porque estaba Plácido (Domingo). Él tenía concierto el día 28 y se quedó el día siguiente para ver el partido, pero yo tenía la función el 23 y después necesitaba volver para cambiar la maleta porque me iba para Salzburgo, además de tener la oportunidad de quitarme un poco de Viena, porque llevaba allí un mes, aunque allí me encuentro muy bien.

    —En cualquier caso, algo de suerte le habrá traído a la selección.
    —Puede ser. Además, lo que estaba haciendo en Viena era, precisamente, La forza del destino, de Verdi, así que igual algo tiene que ver… (risas). Aunque dicen que La forza… trae mal fario.

    —¿Sí?
    —Sí, sí… Dentro del mundo de la ópera, cuando se hace referencia a La forza… todo el mundo hace un gesto de susto.

    —¿Y eso?
    —Posiblemente se debe a que un barítono norteamericano [Leonard Warren] murió en el escenario haciendo La forza del destino, así que el que más tendría que temer soy yo, que hago ese mismo papel que este hombre…

    —¿Y hay más montajes con esa leyenda negra?
    —Prácticamente, La forza… es el único que causa ese efecto en el mismo momento de nombrarse. Y también, que está en el repertorio que hago yo, lo que llaman la tragedia escocesa: Macbeth. Y en los dos soy el prota, así que bueno… (risas). Yo me siento bien.

    —¿Eso demuestra que no es muy supersticioso?
    —Supersticioso no soy en absoluto. La superstición tiene que ver con una creencia que no tengo en algo trascendente y es también una forma de alivio de la responsabilidad personal. Yo en ese particular soy un agobio porque asumo toda mi responsabilidad, la de mis compañeros, la del público, y no me dejo llevar por esa situación que lo que hace es mantenerte tranquilo porque te libera un poco de esa responsabilidad.

    —¿Y alguna manía antes de salir al escenario?
    —Uno tiene que ser consciente de que hay cosas que no debe hacer. Que eso luego se convierta en una superstición porque si no lo haces pasa algo… Lo único que soy es consciente de que llevo mi instrumento siempre conmigo y de que lo tengo que tratar bien. Intento ser cuidadoso con la comida y, además, tengo una vida muy normalizada.

    —Porque los cantantes son muchas veces atletas sobre el escenario.
    —Sin duda. Hablando de la última producción de Viena, tenía que estar subiendo y bajando una estructura metálica justo en el momento en que tenía que cantar un dúo con el tenor, aria y caballeta de la parte del barítono, la continuación con el dúo siguiente… Pues al final tienes que estar bien preparado y tener una forma física que te permita llevarlo a cabo.

    —Y por cerrar el capítulo deportivo, ¿se imagina un gran acontecimiento deportivo en España inaugurado con un recital lírico
    —Ya se hizo con las Olimpiadas.

    —Es verdad, pero no resulta muy habitual.
    —Puede ser. Lo que sí es cierto es que lo austríacos no desperdician la oportunidad de que, junto a cualquier evento, sea de la índole que sea, siempre hay música cultivada y creo que eso depende mucho de las condiciones. Cuando he vuelto de Viena me he encontrado con que en Canal Sur hay un concurso de coros, pero son todos coros rocieros. No hay ni uno que haga música popular, aunque sea polifonía, pero que sea polifonía clásica; pues me gustaría que hubiera un concurso o que en ese hubiera una representación de este tipo de música. Aunque si lo hicieran no sé hasta qué punto no sería derivado hasta altas horas de la madrugada donde nadie lo vería.

    —El concurso de cantantes de copla ha sido un éxito.
    —Pero la copla tiene mucho que ver con la lírica. Posiblemente el modo de expresión es el mismo, pero te está contando una historia. No hay modos musicales que tengan que ver con la voz que sean capaces de contarte una historia en tan poco tiempo, ni siquiera un aria o una romanza de zarzuela es capaz de hacerlo y una copla sí. Lo que pasa es que el modo de hacerlo es distinto y se utiliza, a veces, una forma de emisión para la voz que no siempre es la más higiénica para la salud vocal, pero que es aceptada por la gente a la que le gusta. Son los modos de expresión los que cambian, pero ambos se parecen mucho.

    —¿Y tendría éxito un Operación Triunfo de barítonos, tenores y sopranos?
    —Que tuviera ese formato de concurso, imposible. Existen los concursos de canto, pero son otra cosa.

    —Pero Paul Potts se ha hecho una estrella planetaria al ganar un concurso de talentos con un repertorio lírico.
    —Bueno, bueno… A mí me gustaría hacer hincapié en que la publicidad no puede ser engañosa. Un día vi en Internet un anuncio en que el decía que ‘la gran estrella de la ópera’ daba un concierto… Eso no se puede hacer. Eso es publicidad engañosa y hace que la gente no sepa finalmente qué es una cosa y qué es otra. Ese hombre canta un aria de ópera y los medios de comunicación no deben confundir al público. Creo que el recorrido de esta gente depende del impulso mediático que se les aporte y al final es la gente la que decide, pero influida de una manera que no es la que puede crear un criterio en el público a la hora de aceptar lo que es bueno y lo que no.

    —Un mes en Austria, unos días en Andalucía y luego a Salzburgo. ¿Cuántas maletas tiene hechas?
    —¿Cuántas maletas?

    —Sí, algunos intérpretes comentan que tienen hechas varias maletas a la vez para llegar a casa, soltar una y coger otra sin perder tiempo.
    —Eso significa que no cambia de estación o no cambia de hemisferio, porque si te pilla la estación intermedia tienes que echar toda la casa en la maleta. Por ejemplo el verano de Salzburgo es muy curioso porque puede hacer frío. La primera vez que fui, por ejemplo, hace diez años, durante el mes de julio la calefacción estaba puesta. Es el principio o el final de Los Alpes y eso se nota y como está justo al lado de las montañas hay muchos cambios: puede hacer un día magnífico de mucho calor por la mañana y por la tarde caer una tormenta horrible.

    —Y después de pisar tantos escenarios, ¿cuál es el mejor sitio para cantar?
    —Depende. Técnicamente pueden ser unos y anímicamente, otros. Los teatros que ayudan a cantar mucho son lo que tienen un tamaño medio y la distancia con el público es relativamente corta y esa comunicación se produce inmediatamente y además la voz corre con facilidad. Después hay teatros que son alucinantemente grandes, como el Metropolitan, donde me siento muy cómodo cantando allí, además porque el público recibe a los cantantes de una manera que ya casi sólo existe en Viena en Europa. No es que nos idolatren, pero sí hay un respecto hacia la figura del cantante que tiene más que ver con esa idea de que se está haciendo algo importante.

    —Y en Europa, por supuesto Viena, donde llevo cantando trece años y he llegado a tener una comunicación muy importante con el público y mi relación con el teatro es… Bueno, yo soy Don Carlitos, en palabras del director de la Ópera de Viena. El Don Carlitos implica a la vez el respeto por el artista y el afecto por la persona y esa combinación la he encontrado fundamentalmente en Viena.

    —Y pese a la buena imagen que tiene, ¿le sigue apeteciendo hacer de malo?
    —(Risas) Siempre es mejor hacer de malo, porque hacer de malo te obliga a hacer una introspección que si eres alguien [que] no tiene muchos conflictos no es necesario pensar por qué uno es bueno, pero sí es necesario pensar por qué uno es malo y a partir de ahí uno se conoce mucho mejor. Además, es mucho más divertido a la hora de crear el personaje e interesante porque normalmente el malo en el mundo de la ópera es algo que se relata, no es algo que sucede, es algo que tienes que hacer ver al público con la intención de su voz y eso es algo muy fascinante.

    —Pero en muchas óperas en que acaba ganando es el malo.
    —No, no, no… De eso nada porque en las últimas óperas siempre acabo muerto: La forza…, Macbeth y en Rigoletto no acabo muerto, pero termino guarnío.

    —Y si acaba guarnío después de una representación, ¿qué le apetece, dormir?
    —No, no, dormir no. Yo no puedo dormir hasta muy tarde porque el nivel de adrenalina es altísimo.

    —Y para Carlos Álvarez, ¿qué es un divo?
    —El que presenta la excelencia de su trabajo encima del escenario intenta[n]do hacer la vida más fácil a los demás. Puesto que tenemos un privilegio, no hagamos que ese privilegio sea algo pesado para los que están alrededor. Lo único que se pretende de nosotros es que seamos buenos encima del escenario, el resto parece que no importa, pero sí es muy importante cómo te comportas con la gente que participa en el trabajo.

    —¿Se ha encontrado en el mundo de la ópera a mucha gente que dé el cante?
    —Alguno da el cante, sí, y no precisamente encima del escenario, que es donde se supone que habría que dar el canto. Posiblemente gente que no tiene que ver con el escenario es capaz de dar más el cante.

    —No me resisto a preguntarle. ¿Canta en la ducha?
    —¿Claro que canto en la ducha! (Risas) A veces sirve para ir calentando antes de ir al teatro.

    —Supongo que no se le ha quejado ningún vecino.
    —Hay una vecina de casa de mis padres que me decía con mucha guasa ‘yo no necesito ir a ningún concierto porque tengo todo el repertorio’ (risas). Es normal, porque llega un momento en que uno, involuntariamente, está probando el instrumento.

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