Teresa Berganza, premio Campoamor

Después de cincuenta años dedicados a la lírica, ¿cómo ha recibido este premio?
Con una emoción especial, ya que se trata de un teatro que apenas he pisado, porque no fui invitada o no pude venir. El Campoamor es uno de esos teatros en los que siento algo especial, impregnados del arte de generaciones de grandes cantantes. Oviedo convoca unos premios de categoría internacional desde un teatro para el mundo.

¿Cómo afronta una voz la continuidad en la profesión del canto?
Con una entrega hacia el trabajo y el estudio día a día. Las óperas son más que arias populares. Siempre me he quejado de lo difícil que es la vida del cantante, pero, con todos los sacrificios, siento que he tenido una carrera maravillosa, desde que empecé con mi maestra, Lola Rodríguez Aragón. Canté en colegios mayores, pueblos y universidades en experiencias inolvidables. El salto fue a partir de un concierto en Juventudes Musicales, al que acudieron personalidades que me invitaron a cantar en Milán.

  • De España vengo
  • Y de ahí, al mundo.
    Algo he tenido que tener para que me resultara todo así de fácil. Mi voz debía de ser especial. Siempre he procurado cantar de una forma entregada y respetuosa, sin salirme del repertorio. Lo más duro de esta profesión es no saber con certeza cuándo estás al cien por ciento de voz o incluso la posibilidad de perderla, pero todo compensa. Todavía siento escalofríos cuando un público al que te entregas responde. Eso sí, formé una familia con la que he compartido siempre mi carrera. No he querido dejar de ser una mujer por ser una diva.

    Como voz involucrada en la labor pedagógica, ¿qué opina de las nuevas generaciones de cantantes?
    Es complicado aconsejar a los jóvenes valores, que, una vez que empiezan a trabajar, suelen aceptar papeles que no respetan su momento vocal. Tienen que comer, eso está claro, pero sólo tenemos dos cuerdas vocales, y también una cabeza con la que trabajar con inteligencia. Cuando era joven me ofrecieron en la Scala de Milán cantar una Traviata. Les dije que se habían equivocado de cantante y de dirección. El repertorio y la dicción es lo que más han de cuidar los jóvenes.

    ¿Qué es primordial, entonces, en una interpretación lírica?
    La palabra, el detalle y el control. Para ello, los recitales de canciones líricas son fundamentales. La intimidad que se consigue a través del lied sirve luego para abordar una ópera. Y eso es porque la música, llena de curvas, se inspira en textos en los que se sobreentiende la época en que fue concebida la obra. Lucho por que los directores de escena vuelvan a hacer óperas tal como son. No es lícito labrarse un nombre a través del escándalo.

  • Diana Díaz
  • La Nueva España
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