“Pero ¿usted cree que freír un par de huevos es tan sencillo como dirigir Parsifal?…”

Si hay un libro al que conviene hacer un hueco entre los elegidos, es éste: Historia y anecdotario del Teatro Real (Plus Ultra. Madrid, 1949), del musicólogo catalán José Subirá.

En 1997 se editó una edición facsímil, que seguro no es difícil de encontrar por internet.

Además de una muy amena  e interesante información sobre los cantantes que pasaron por el Real desde su inauguración, en 1850, y hasta su posterior cierre, en 1925, hay un buen puñado de anécdotas, como bien reza el título, y muy sabrosas.

Habla Subirá en esta obra de cómo recibieron los madrileños al divo Titta Ruffo (ya nos referimos a ello en otro post) y de la taberna de Eladio, una casa de comidas de las que ya apenas quedan, ubicada por entonces en los aledaños del Real.

  • Finch’ han dal vino
  • ¿Y qué tiene que ver aquella  tasca madrileña con Titta Ruffo?  Sucedió  entre 1907 y 1918. Pero no seré yo quien les desvele tan aparentemente extraña relación;-)  Así de bien lo cuenta Subirá:

    «También Titta Ruffo, con sus treinta años no cumplidos, constituyó  una revelación de las que dejan recuerdo imborrable, y tan alta habría de ser su labor artística durante no pocos años, que llegó a figurar entre los mejores cantantes del mundo, en unión de su compatriota Caruso y del eslavo Chaliapin.

    Siendo Titta Ruffo alumno en la Academia de Santa Cecilia, de Roma, había comenzado sus estudios musicales como bajo; mas a fuerza de trabajar y desarrollar su voz en los agudos, pasó a ser un auténtico barítono de la mejor ley, sin que tuviese nada forzado aquella evolución natural de la tesitura.

    A los dieciocho años actuó Titta como Heraldo de Lohengrin en el Teatro Costanzi, y en seguida se advirtió cuánto daría de sí aquel jovencísimo cantante. Pronto lució verdaderos primores en varios coliseos italianos y después en Chile. Atento por igual a la belleza de la voz y la verdad escénica como actor, se impuso desde su consagración en la Scala de Milán, con Rigoletto.

    ¿Cómo lo acogió el auditorio del Real? Sencillamente, con delirio frenético e insuperable. Entre los ídolos de la afición, hubo momentos en que ocupó el primer lugar. Gran actor, gran cantante, gran maestro, gran figura, sabía reducir y halagar, empleando a veces recursos que, sin ser artísticos, llegaban a los oídos —aunque no al alma— de los auditorios y los obligaban a extremar las ovaciones.

    No compartían por completo esa admiración algunos artistas conscientes y experimentados. Así, por ejemplo, Mancinelli condenaba, con razón, el abuso que Titta solía cometer al emitir notas arrastradas y parlamentos declamados con desvanecimiento de lo netamente musical, en las interpretaciones dadas por ese barítono a ciertas obras italianas.

    Sin embargo, los mejores catadores de la ópera le admiraban sobremanera por la expresión y dramatismo que daba a varias piezas, especialmente el monólogo del segundo acto de Rigoletto, así como también por la grandeza de su labor haciendo el Kurwenal del Tristán e Iseo, donde no cabían los fáciles trucos de la fermata sin fin y del calderón prolongado indefinidamente.

    La taberna de Eladio

    He aquí un sucedido que pertenece a lo anecdótico y que se relaciona con Titta Ruffo. Tuvo por lugar de la acción aquella taberna o casa de comidas conocida por el nombre de su dueño, Eladio, cuya existencia en la vecina calle de la Independencia parecía vinculada a la existencia del Real.

    Por allí desfilaron cantantes, escritores y políticos en fraternal camaradería o respetuoso homenaje al divo de actualidad, y de allí partieron centenares y miles de veces las comidas y bebidas que saborearían en el Real, en camerinos o entre bastidores, los coristas, músicos, cuerpo de baile, tramoyistas, empleados de la empresa y hasta los mismos empresarios más de una vez.

    Eladio tenía ‘sus cosas’. Él inventó un whisky madrileño, donde sólo entraban el vino de mesa y el sifón. Él abolió la costumbre de poner servilletas a los varones, por elevada que fuera su jerarquía, reservándolas únicamente a las señoras, como homenaje de galantería al bello sexo.

    Cuando por primera vez comió allí Titta Ruffo en compañía de personalidades muy destacadas, el tabernero se le acercó, para explicar lo inexplicable, diciéndoselo con rotunda familiaridad:

    —A usted tampoco le pongo servilleta, por más que grite.

    El barítono quedó atónito ante aquella brusca salida. Los amigos del grupo le dieron la consabida explicación. Para Eladio, la servilleta era una prenda de ‘distinción femenina’, como pudiera serlo la mantilla de blonda, y allí se estaba entre hombres. Por lo tanto, esa costumbre formaba parte del ritual establecido en aquella casa de comidas. Titta Ruffo, comprensivo, se resignó.

    Del tal Eladio se contaban centenares de anécdotas. Durante el ensayo de un Parsifal, el director de orquesta encargó que le sirviesen un par de huevos fritos. Cansado de esperar, él mismo fue a casa de Eladio para protestar del pésimo servicio, ante la tardanza del camarero. Y Eladio le espetó:

    —Pero ¿usted cree que freír un par de huevos es tan sencillo como dirigir Parsifal?…

    Eladio ganaba con el Real mucho dinero, pero también tenía sus pérdidas, pues no faltaban ingleses que se hacían servir ‘a domicilio’ comidas o bebidas y dejaban de abonar su importe, por lo cual tomó el acuerdo de entregarlas ‘contra reembolso’. De esta manera, los manjares iban y venían a veces para ser bien pronto servidos a otra persona que los pagaba en el acto».

  • José Subirá
  • (Fotos: 1, 2)

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