Emilio Sagi: “Entiendo que los artistas no son ordenadores”

«Aunque la casta artística le viene de lejos, con un abuelo barítono que estrenó La bohème, de Puccini, en el Teatro Odeón de Buenos Aires y fue considerado uno de los mejores cantantes españoles del primer tercio del siglo XX, Emilio Sagi confiesa que tardó un rato en decidir el camino profesional, comenzando en principio por estudiar Filosofía y Letras en la rama de Filología Inglesa, antes de dar el salto a Londres para especializarse en Musicología.

Después, no todo sería coser y cantar —o dirigir—, pero la escena artística ya sería un espacio fundamental de su vida. El domingo vuelve al Teatro Campoamor —donde se vistió de largo en 1980, con La traviata— para poner en pie una de sus producciones operísticas más queridas, una versión de aquella obra que su abuelo llevó hasta tierra argentina, La bohème».

  • Alberto Piquero
  • —¿Hay alguna persona a la que tenga especial agradecimiento tras una carrera tan exitosa?
    —A muchas. Por ejemplo, a José Antonio Campos, de quien fui segundo en el Teatro de la Zarzuela, donde conocí a Montserrat Caballé y trabajamos en una adaptación novedosa de Mefistófeles, que posteriormente trasladaríamos al Liceo de Barcelona. Pasé aquel fin de año en su casa. Plácido Domingo estaba rodando Carmen cuando me invitó a acompañarlo tres días. Estaba empeñado en que hiciéramos Doña Francisquita en Los Ángeles, durante las Olimpiadas del 84; pero nos animaba a solicitar tantas cosas que el presupuesto comenzó a parecerse al de Lo que el viento se llevó, y no fue posible en aquel momento. La haríamos más adelante.

    —Ya que habla de zarzuela, ¿ha dejado de ser la hermana menor de la ópera?
    —Todavía se la considera un poco pequeña, sin el abolengo de la ópera. Es por puro esnobismo. Asistir a la ópera se entiende como un acto cultural, en tanto que la zarzuela pertenecería a la segunda división. Un error.

    —Como director escénico, ¿le resulta más difícil la ópera o la zarzuela?
    —La zarzuela es más complicada. Requiere la naturalidad del bien hablar, mientras que en muchas óperas basta con el canto. Lo que sucede es que a la zarzuela hay que darle rigor, lo mismo en el presupuesto económico que en la escenografía o la elección de los cantantes adecuados.

    —Ha declarado en una ocasión que lo más complicado en la dirección de actores y cantantes es eliminar ciertos vicios adquiridos en la interpretación. ¿Cuáles son esas manías?
    —Se puede poner el ejemplo de Carmen. Hay mezzos extranjeras que no ven con claridad el personaje y lo representan al modo de una aputanada, cuando se trata de una heroína que cree en la libertad. Carmen tiene que ser un demonio, sí, pero un demonio atractivo y seductor. Otro ejemplo son los típicos bailoteos de flamenco mal hechos. Caricaturas de Lola Flores, que si salen a la tarima, el público silbaría.

    —¿Cuál es su relación con el elenco, de mano firme o tendida?
    —Ahora los cantantes le proponen al director escénico que les sugiera cosas. Si no, se quedan un poco mosqueados. Y yo entiendo que los artistas no son ordenadores. No obstante, en todas partes cuecen habas; quiere decirse que hay colegas antipáticos y dictadores, y cantantes que también lo son. Yo apuesto por una creación participativa.

    —En la que es importante escuchar…
    —Claro. Si el mármol o la madera del escultor tienen vida, mucha más es la que posee el artista, que es un ser humano con algo que decir. Aunque algunas veces me reprochan que a pesar de que sugiero una actuación abierta, si no hacen lo que digo…

    —¿Qué aspectos de La bohème siente personalmente como más próximos?
    —Es un drama alrededor de jóvenes muy jóvenes que al final del segundo acto advierten que se les ha escapado la juventud. En La bohème están la enfermedad y la muerte. Y yo he tenido amigos maravillosos que se han muerto por el sida. Muchas de esas cosas las he visto de cerca. Y he vivido en Londres la bohemia de no poder pagar la luz y alumbrarme con velas. No son historias de otros siglos. En La bohème se cruzan la pasión juvenil y la agonía.

    —Ha tenido responsabilidades burocráticas en el Teatro de la Zarzuela y en el Teatro Real. ¿Chocaron con su sensibilidad?
    —La responsabilidad era la dirección escénica, si bien con vertientes burocráticas. De todo se puede aprender. Soy malo para los números y tampoco son de mi gusto, pero no me son ajenos. Puedo decir con orgullo que en ninguno de los teatros en los que he tenido esas responsabilidades se dejó un déficit.

    —¿El Campoamor ha de rehabilitar sus estructuras?
    —Lo merece su tradición. Aquí está la energía y el espíritu de toda la historia de la lírica.

  • El Comercio
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