María José Montiel: “El canto es la voz del alma”

Entrevista con María José Montiel el pasado día 10.

  • Alfredo Brotons Muñoz
  • «Los melómanos madrileños pueden alardear de que uno de ellos se ha convertido en una estrella mundial del canto: aquella niña con trenzas y uniforme escolar que compartía sus colas ante el Real o la Zarzuela se llamaba María José Montiel.

    En la actualidad su nombre suele asociarse a figuras como Plácido Domingo o Riccardo Chailly. Hoy [10 de noviembre] encarnará el personaje de Federica en el estreno de la ópera de Verdi Luisa Miller, segundo de los títulos presentados por el Palau de les Arts en la actual temporada».

    —No es habitual ver a músicos como espectadores.
    —A mí me parece muy importante, porque te enriquece. Además, es maravilloso ver a un artista dando lo mejor de sí sobre un escenario.

    —Siendo usted cantante, ¿con qué actitud ve a sus colegas sobre el escenario?
    —Sabiendo dónde están los escollos, soy menos dura al juzgar.

    —¿Está contenta con lo que hasta ahora ha sido su carrera?
    —Estoy muy contenta, porque creo que ha transcurrido como debía. Por ejemplo, el cambio de hace ocho años, cuando empecé a cantar más como mezzosoprano, creo que se produjo en el momento adecuado para que la voz se mantenga con frescura. Y haber cantado antes como soprano pero con graves muy potentes de natura me facilita ahora mucho las cosas.

    —¿Cómo se definiría a sí misma como cantante desde el punto de vista técnico?
    —Cuando canto a mí me gusta imaginar mi cuerpo como la caja de un violonchelo, o como un fagot, con el aire saliendo de abajo arriba para que la voz suene de manera natural en la máscara o, mejor, fuera, que es lo que importa.

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  • Montiel: Habanera de Carmen (Acto I, Escena V), Bizet.
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    —Estas ideas no son muchos los que hoy en día pueden o quieren ponerlas en práctica.
    —En realidad es una recuperación de una técnica muy antigua, de cantantes con voces grandes, esas que ahora dicen que no se encuentran y que yo creo que sí existen pero están en muchos casos encorsetadas por una técnica equivocada.

    —¿Hay que renunciar al veluto?
    —De ninguna manera. La voz hay que cubrirla, especialmente a partir del pasaje, porque eso la descansa. Pero para que suene natural, ha de producirse de manera natural. El canto es la voz del alma.

    —En los comienzos de su carrera usted pasó cuatro años en la Staatsoper de Viena. ¿Cómo fue aquella experiencia?
    —Estupenda. Yo era muy joven y hacía papeles muy pequeños. Yo, que en Madrid me había formado con Ana María Iriarte y Olivera Miljakovich, allí estudié con Sena Jurinac, y conocí ambientes y a personas muy interesantes.

    —¿Cómo resuelve en su caso la relación entre teatro y música que se establece en la ópera?
    —La música te lo dice todo, hasta los gestos sobre la escena. Eso lo aprendí de Francisco Nieva y para mí es fundamental.

    —¿Es así como se explica su tan elogiada naturalidad?
    —En el momento de cantar, yo me siento tan metida en el personaje que nunca pienso en los efectos que pueda conseguir con tal o cual inflexión, sino que lo que hago me sale de manera natural.

    —¿Cuál es su criterio para juzgar una escenografía?
    —Para mí, el secreto de una buena escenografía es algo tan fácil de conseguir y seguramente difícil de conseguir como que la espectacularidad visual no eclipse la música.

    —Usted participó en la reinauguración del Teatro Real, como la Salud de La vida breve, de Falla, en medio de una tremenda polémica.
    —Aquello fue algo inesperado en mi vida, muy hermoso salvo por la absurda polémica que se produjo sobre si era la obra con que se debía abrir el Real como teatro de ópera. Y recuerdo con mucho cariño el encuentro con Jaume Aragall y Francisco Nieva, que me ayudaron tanto con un personaje tan difícil como es Salud.

    —Usted mantuvo también una relación muy estrecha con el pianista Miguel Zanetti.
    —Miguel Zanetti es una de las personas que más he querido en el terreno profesional, pero también en el personal. Creyó en mí desde el principio y me ayudó mucho, como sé que también ayudó a muchas personas en sus inicios. Durante quince años constituimos casi una pareja profesional, dimos muchos recitales juntos. Me cuesta decir que le he querido porque todavía le quiero, y sé que él también me tenía en gran estima.

    —Cantando tanto fuera de España, ¿sigue sintiendo algo especial cuando lo hace dentro?
    —Sí, claro, me encanta. Por eso estoy tan agradecida a la señora Helga Schmidt por haber querido contar conmigo para esta Luisa Miller con un director tan estupendo como el maestro Maazel en el foso y en este teatro tan maravilloso, que en su corta existencia ya se ha convertido en uno de los punteros a escala mundial.

    —¿Cómo enfoca el personaje de Federica?
    —Federica es un personaje relativamente breve, pero muy difícil, que requiere graves rotundos. Pero psicológicamente es una mujer muy buena aunque herida, y me gusta mucho que el director Lamberto Puggelli haya sabido captar esa complejidad psicológica que hace de Federica, y de Luisa también, otra víctima del machismo. Como Carmen. En la ópera, todas las mujeres son víctimas.

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