Anja Silja: “Mortier debe ir con cuidado. El Real es un lugar en el que los directores duran muy poco”

Anja Sinja

  • Eduardo Suárez
  • «En sus ojos se adivina una pátina de serenidad y de belleza. La misma que en su día enamoró al nieto de Wagner y trajo luego de cabeza a cantantes y directores de orquesta.

    A uno no le hace falta cruzar más de dos frases con Anja Silja (Berlín, 1940) para darse cuenta de que tiene una cita con una mujer hermosa. Y eso que la suya no es la belleza desabrida de la diva sino la del perfil desdentado del rompeolas. Moldeado por los embates del desamor y de la edad y sin embargo todavía en pie y todavía bello.

    Son cualidades que a buen seguro se dispone a explotar esta noche, cuando interprete por primera vez a la bruja caníbal de Hänsel y Gretel ante la platea exigente de Covent Garden. ‘Una bruja es una bruja’, dice de su papel, “pero puede ser guapa o fea, loca o cuerda, amable o despiadada. Uno puede interpretar una bruja de muchas maneras. Aunque en este caso, la música da forma al personaje y transmite en ocasiones el espejismo de que no es tan mala”.

    Es la primera vez que Anja Silja se mete en la piel del personaje malévolo de Humperdinck. Una circunstancia que añade un punto de magia al estreno de esta noche. Y no sólo por lo poco común que es un debut a los 68 años. También por el significado especial que la obra tiene para ella: “Es una pieza con la que crecí en Alemania y que allí se interpreta en Navidad en cada teatro. Esencialmente es un cuento de hadas aunque cuando uno la canta se da cuenta de que no es mucho más que eso. Es el fruto del alma de Alemania, que antes de la I Guerra Mundial era un país muy supersticioso y muy religioso”.

    Basta bucear someramente en su biografía para percatarse de que Anja Silja es una superviviente. Básicamente fruto del desamor y de la muerte, que ha bordeado a lo largo de su vida con demasiada frecuencia. Atrás queda su relación con Wieland Wagner —nieto del compositor—, que le acarreó el injusto sambenito de ‘puta de Bayreuth’ y que escandalizó a la conservadora Alemania de posguerra. Wieland murió en 1966 y ella —que había forjado su fama en los poderosos roles femeninos de El Anillo— nunca más quiso volver a cantar a Wagner».

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  • Silja (Brunilda): Hojotoho!, canto guerrero del Segundo Acto de La valquiria, Wagner.
  • Wotan: Theo Adam. 1967.
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     «Apenas murió su amante, entró en su vida otro director de orquesta, el francés André Cluytens. Durante años André llegó a cancelar algunos de sus compromisos para evitarme”, cuenta Silja, “cuando murió Wieland me dijo que lo había hecho por amor y por respeto a él. André y yo sólo estuvimos juntos siete u ocho veces. Enseguida murió. De vez en cuando todavía siento su presencia. Es algo casi físico. Como si allá donde está me estuviera esperando. Por eso hace unos años compré su casa de París y periódicamente visito su tumba”» .

    —Usted se ha enamorado de muchos directores de orquesta. ¿Hay alguna razón?
    —No lo sé. Pero no es común. Lo normal es que las sopranos acaben con médicos o matemáticos. Los directores no quieren una estrella demasiado cerca de ellos.

    —O sea, que su ego es todavía más grande que el de las cantantes…
    —Supongo que sí (risas). Necesitan alguien que siempre cuide de ellos y las sopranos de vez en cuando también necesitan cuidar de sí mismas.

    La soprano desvela que el año que viene volverá al Teatro Real de Madrid para cantar la Jenufa de Janáček. Es un escenario en el que se siente a gusto y más ahora que sabe del fichaje de Gérard Mortier. Estoy muy contenta por él. Creo que es un gran director. Aunque creo que el Real es un lugar un poco complicado. Gérard debe ir con cuidado. Es un lugar en el que los directores duran muy poco.

    Silja es una berlinesa a la que no le gusta el nuevo Berlín y una cantante de ópera que discrepa de cómo está montado hoy el negocio.

    —¿Lo dice porque tiene que ver menos con la música y más con la belleza o la juventud?
    —En cierto modo. Y no lo entiendo porque en la ópera la belleza es completamente innecesaria. Los teatros deberían ir buscando la voz y la personalidad. Ése es uno de los problemas ahora. Que los cantantes no dejan que crezca su personalidad. No tienen tiempo. Prefieren hacer dinero fácil. Hoy Maria Callas no hubiera triunfado. Y sin embargo su personalidad era arrolladora. Pero su voz hoy no sería tan apreciada.

    Anja Silja sabe de lo que habla: lleva en la lírica la friolera de 58 años. Dice que no tiene nervios: “Nunca los he tenido: si estoy segura de mi voz y de mi papel, ¿por qué tenerlos? Y en cuanto a la pasión, en mí murió cuando murió Wieland. Desde entonces, esto es una profesión. Una profesión maravillosa y tremendamente dura pero sólo una profesión”.

    Lo último de Anja Silja es su súbita conversión al catolicismo, propiciada por su interpretación de la madre María en los Diálogos de carmelitas de Poulenc. “Fue una experiencia muy hermosa. Me conmovió tanto la experiencia de esa monja que se dirige feliz a la guillotina. Y luego aquello coincidió con la muerte de Juan Pablo II. Yo no sabía nada de Ratzinger pero me impresionó tanto su personalidad, su amabilidad y su modestia que pensé: “si este hombre es el líder de la Iglesia católica yo quiero ser parte de ella”».

  • El Mundo
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