José Manuel Zapata: “En este mundo no te mueves por el dinero, aunque todos tenemos que pagar la hipoteca”

«Granadino de nacimiento y valenciano de adopción, el tenor José Manuel Zapata vuelve al Campoamor para dar vida al conde de Almaviva en El barbero de Sevilla, cuarto título de la 61 Temporada de Ópera de Oviedo.

Afirma que su familia es lo que le hace más feliz, y en su tiempo libre le gusta la simulación de vuelo por internet con aviones de la II Guerra Mundial. También la lectura de actualidad, “estar al día, y la tecnología, los aparatos”».

  • Pablo Gallego
  • —¿A quién le debe más, a José Luis Perales o a Pavarotti?
    —(Ríe). A Pavarotti. En mi profesión es el más grande del universo intercontinental mundial. Para mí, Luciano ha sido el cantante más grande de la historia, con respeto hacia todos los demás. Pero todos tenemos nuestras filias y para mí Pavarotti es el más grande. Perales me evoca a la pubertad. A muchas noches en la Alhambra tocando la guitarra y cantando sus canciones para las chicas que no me ligué.

    —¿Cómo recuerda su debut en Oviedo?
    —Hace ya 6 años que debuté aquí, y desde entonces mi vida ha sido totalmente distinta. Cantaba cosas pequeñitas, hacía bolos por la Comunidad Valenciana, y de ahí salté a cantar con las mejores orquestas del mundo y con los mejores cantantes.

    —¿Qué significó en su carrera encontrarse con Ana Luisa Chova?
    —Ana me cambió la vida. Llegué destrozado vocalmente, casi no tenía voz. Ella me curó primero la mente y luego me curó la voz. Me dio tranquilidad y confianza en mí mismo. Mi experiencia en la Escuela Superior de Canto de Madrid fue trágica. Llegué con la voz natural, y en cuestión de dos años me la destrocé, me quedé sin voz. Tenía 19 años y hay muchas cosas que por falta de madurez no consigues comprender. No es cuestión de echarle la culpa a nadie. Pero de Madrid me fui sin voz.

    —Y de ahí pasó al coro profesional de Valencia.
    —Es algo de lo que me siento orgullosísimo, aunque para muchos solistas estar en un coro es como una maldición. Y no descarto volver, cuando deje la carrera o cuando sea conveniente, porque es un coro sin frustraciones, de gente joven que sabe que su sitio es ése y no puede aspirar a nada más. O a nada menos. Ganar un sueldo haciendo lo que te gusta es maravilloso.

    —¿Y cómo fue el paso de salir de la masa coral y ponerse delante?
    —Ese paso lo di aquí, en Oviedo. Fue muy difícil, no tenía muchos contratos por delante, pero decidí jugármela y salir. Ponerme en primera línea de fuego, que la gente no sabe lo difícil que es. Estás desnudo, sin protección ninguna. Eres tú, el público y la orquesta.

    ♣ ♣ ♣

  • Zapata: Mano a mano, tango de Carlos Gardel y José Razzano.
  • Teatro Real, 2008.
  • ♣ ♣ ♣

    Aquí conoció a Alberto Zedda.
    —Eso también me cambió la vida, ha sido mi punto de inflexión. Toda mi carrera se la debo a Alberto Zedda, porque él me llevó a los sitios donde me escuchó la gente que luego me iba a hacer los contratos. Porque hay mucha gente que canta muy bien y está en su casa. Quizá es porque no estuvo en el momento y lugar adecuados, como yo estuve en Oviedo en el año 2002 y conocí a ese ser estupendo que me ha ayudado tanto.

    —¿Cuál fue su primer contacto con el Metropolitan?
    —Fue en el viaje de bodas, el Día de Acción de Gracias, como espectador en La bohème. Fue maravilloso, superó mis expectativas. Cuando vi a ese público, cómo se emocionaba, aquella orquesta que sonaba como Dios… Me juré que tenía que intentarlo todo para llegar allí. Porque ningún teatro me hacía ni me hace la ilusión que me hace el de Nueva York. Voy a volver en 2010 con Armida, y no veo la hora de que llegue. Es una ciudad que me ha marcado mucho.

    —¿Qué sintió al ocupar el camerino de Pavarotti?
    —Mi estreno en el Met tuvo mucha carga de tradición, de sentir que estaba pisando las tablas donde habían estado los más grandes. Me sonreía, miraba a mi alrededor y me preguntaba ‘¿cómo he acabado yo aquí? Qué suerte he tenido, qué maravilla’.

    —¿Hasta cuándo tiene la agenda llena?
    —Hay cosas para 2012. El año que viene está completo, y el siguiente casi. Los grandes, grandes, tienen la agenda completa hasta 2015.

    —¿Cómo consigue que los intereses del tenor no superen a los de la persona?
    —Muchas veces han podido los intereses del tenor y han machacado a la persona. Ahora he conseguido darle un poco la vuelta a la tortilla. Recuerdo 2005 cantando sin parar, cogiendo aviones, sin ir a casa. Me puse enfermo de la cantidad de cosas que hacía. El dinero se lo lleva Hacienda, y en el aspecto artístico vas a medio gas. Echaba mucho de menos a mi mujer y no me podía comer la paella de los fines de semana con mi suegra. Lo que me hace feliz es la vida familiar, compartir las cosas con los amigos. Esto un día se acabará y lo que me quedará serán mi hija y mi mujer.

    —¿Más que el sueldo?
    —Mucho más. Cuando ves que una función sale bien no te acuerdas ni de lo que ganas. En este mundo no te mueves por el dinero, aunque todos tenemos que pagar la hipoteca. La gente cree que los cantantes de ópera somos gente pesetera, y muchas veces te mueves más por un teatro que te trate bien.

    —¿Cómo está viviendo esta producción?
    —¿Puedo pasar palabra?

    —Cuénteme entonces qué significa para usted traer este papel a Oviedo.
    —Una gran ilusión y un gran respeto. El Barbero es una ópera de referencia y de repertorio. Estoy intentando hacer mi versión lo mejor posible e intentar no decepcionar al público de aquí. Espero darlo todo y dejarme el alma sobre las tablas para el público de Oviedo, al que adoro. Éste es un reparto al nivel de Pessaro, del Rossini Opera Festival.

    —¿El ‘Cessa di più resistere’?
    —Vamos a ver qué pasa. Yo aquí la quiero hacer. Me encantaría.

    —¿Ha cumplido ya todos sus sueños?
    —Mi sueño es acabar mi vida bien. No estar pensando qué va a pasar en el futuro cuando tenga cincuenta y pico años. Estar tranquilo. Ver a mi hija crecer bien. Y ser feliz. Profesionalmente, mis grandes sueños ya están cumplidos.

  • La Nueva España
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