Deh, vieni alla finestra, o mio tesoro,
Deh, vieni a consolar il pianto mio.
Se neghi a me di dar qualche ristoro,
Davanti agli occhi tuoi morir vogl’io!
Corre el año de 1962 y Montserrat Caballé está a punto de debutar en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Es posible que ésta sea una de las primeras entrevistas que concede. Eso explicaría, quizás, su empeño en jugar al sí y al no, y ni una palabra más, que luego todo se sabe;-)
La soprano Montserrat Caballé, de Barcelona (Gracia), ganó en 1954 el “Premio del Conservatorio Superior de Música del Liceo”, se fue, cantó por Europa y por vez primera la oiremos en el Liceo, estrenando en España Arabella, de Ricardo Strauss.
—¿Por qué no la hemos oído antes aquí?
—Porque no llegué hasta ahora.
—¿No la llamaron?
—Sí; hace dos temporadas el Liceo me reclamó, pero debido a mi gran trabajo, no pude venir.
—¿Era necesario marcharse?
—Yo creo que sí, porque hay mucho más campo en los múltiples teatros de Europa. Una vez gané el premio, don José Antonio Beltrán y Mata creyó oportuno que marchase al extranjero para desarrollarme. Esto fue a principios de 1956. Yo tuve un patronato y don José Antonio sufragó todos mis gastos.
—¿Cómo surgió la cantante?
—De muy pequeñita decían que tenía voz; me pasaba largas horas escuchando la radio, hasta que al fin mi afición convenció a mis familiares a llevarme al Conservatorio del Liceo.
—¿Familia modesta?
—Sí; papá, mamá y un hermanito.
—¿Cuándo empiezan a ayudarla?
—Ingresé en el Conservatorio a los ocho años y a los diecisiete, empezó el apoyo económico, hasta que pude conseguir mi primer contrato; fue después del éxito obtenido en “Mayo Musical Florentino”, que me llamaron para Basilea. Esto ocurría en el mismo año 1956.
—¿Es entonces cuando usted ya es “mayor de edad cantante”?
—Sí.
—¿Qué ha hecho hasta ahora?
—Cantar en Alemania, Bélgica, Suiza, Austria, Italia, Dinamarca…
—Los que la ayudaron en un principio, le van a oír por primera vez, ¿no le da miedo?
—No.
—¿Segura de usted?
—Sí.
—¿El público de Barcelona es fácil?
—No.
—¿Mereció la pena que la hayan ayudado?
—Eso tiene que juzgarlo el público y ellos.
—No me gusta la respuesta.
—No tengo otra.
—Al margen del canto, ¿se ha aburrido mucho en estos últimos años?
—No tuve tiempo.
—¿Soltera?
—Sí.
—¿No tuvo tiempo para casarse?
—No.
—¿Tanto exige el canto?
—Y mucho más todavía.
—¿Tanto hay que sacrificarse?
—Para quien ama la música, sí.
—¿No se puede amar, además, otra cosa?
—Sí.
—Usted no lo demuestra. ¿No ha pesado que se le escapa la juventud a costa de sus gorgoritos?
—Hay momentos muy Importantes en la vida de una artista; por ejemplo, una carta que recibí en Berlín tras un concierto de Bach. Era de una señora anciana, muy enferma, la cual me decía estaba alejada tanto tiempo del Señor, y después de oírme a mí, era como si se hubieran abierto de nuevo las puertas de su alma. Luego de esto no puedo pensar que el tiempo se pierde.
—Sí, pero esto es entregarse a los demás. ¿Y usted?
—¿Y no cree que es bastante felicidad eso?
—¿Pero hasta cuándo?
—Dios quiera que sea siempre.
—¿Todo esto lo hace por agradecimiento?
—No; no podría ser de otra manera.
—¿No ha tenido ningún contratiempo en su vida?
—Ninguno, soy muy feliz.
—¿No ambiciona nada?
—Poder dar lo mejor de mí misma.
—¿Qué pide?
—Tengo ya mucho, ¿no le parece?
—¿No envidia a nadie?
—No.
—¿Si no pudiera cantar, qué haría?
—Todo lo pasible por ayudar a los demás; quizás enfermera.
—Sospecho que usted tiene profunda vocación religiosa.
—Sí. —Así se explica…
Tropecé ayer en la hemeroteca digital de La Vanguardia (¡es una mina!) con una crítica de prensa de Alfredo Kraus. Y no pude evitar empezar a tirar de la madeja… Eché un vistazo al más reciente libro sobre Kraus y me pareció que no está incluida esta actuación, al menos en la cronología, que he podido ver más despacio. Creo que merece la pena contarlo y documentarlo.
Son anunciadas en la prensa nueve representaciones, patrocinadas por el Ayuntamiento de Barcelona, entre el 22 y el 30 de junio, “9 únicos días”. Kraus interviene sólo en las tres primeras.
Crítica de prensa de aquella primera Marina del 22 de junio de 1959, por Urbano Fernández Zanni, crítico musical de La Vanguardia:
La Vanguardia, 24 de junio de 1959
En la Marina de anteanoche en Montjuich todo fue merecedor del más sincero elogio: la interpretación, la ambientación escénica, muy lograda con los decorados de Burman, realizados por López Sevilla, los bellos figurines de Manuel Muntañola: la inteligente dirección artística de Luis Escobar, que dio visos de realidad al movimiento escénico.
De los cantantes, el tenor canario Alfredo Kraus, el “esperado”, triunfó, como había triunfado la temporada última en el Liceo. Su voz melodiosa, segura en la entonación y fácil en la emisión, siempre gratamente timbrada, se ajustó a las exigencias de la música de Arrieta, arrancando calurosísimos aplausos del público en aquellas páginas que la tradición ha impuesto como de prueba.
Algo cohibida al principio. Conchita Domínguez pronto volvió por sus fueros de soprano ligera de medios vocales extensos, ágiles y educados. En el “rondó” final, especialmente, hizo verdaderas filigranas y fue ovacionada.
Muy discretos el barítono Norberto Carmena y el conocido bajo Julio Catania, y Sigfredo Sardevi, Yolanda G. Otero, Pablo Pascual y Juan Valentino completaron decorosamente el reparto.
En un puesto de honor hay que colocar al coro, que, instruido por el maestro José Parera, lució en todo momento sus frescas, afinadas y expresivas voces, y la orquesta, de lo que el maestro Enrique Estela, gran conocedor de la partitura, sacó un espléndido partido.
Coro y orquesta quedan colocados entre lo mejor de la velada. Para el brillante conjunto instrumental hubo particulares aplausos del preludio del último acto, donde el trompa solista destacó notablemente.
El ‘ballet’ del Teatro de la Zarzuela, de Madrid, ejecutó en el acto central, con acompañamiento de una “cobla” situada en el bosque, una sardana que mereció plácemes. En cambio no los mereció la realización coreográfica del acto tercero, que, por su improcedencia, está pidiendo a gritos la supresión.
Al término de las jornadas los aplausos, muy calurosos y reiterados en el curso de la representación, se intensificaron, recogiéndolos, al lado de los cantantes, los maestros Estela y Parera y Lola Rodríguez de Aragón.
El teatro estuvo regularmente concurrido. Honró el espectáculo, con su presencia el gobernador civil, don Felipe Acedo Colunga.
Cuatro días después de aquella primera Marina, Manuel del Arco, periodista de La Vanguardia, publica una breve entrevista del tenor en su sección diaria ‘Mano a mano, muy popular en su tiempo.
Del Arco ilustraba sus textos con una caricatura del entrevistado realizada por él mismo, siempre un personaje de actualidad (pueden ver la de Kraus haciendo clic en la última imagen de esta entrada). Entre 1953 y 1971 publicó más de 4.000 entrevistas. Muchas de ellas aún mantienen viva su frescura.
La Vanguardia, 26 de junio de 1959
‘Mano a mano’
Alfredo Kraus
—¿Es usted tan antieconómico como dicen?
—Depende de cómo se mire; para cantar zarzuela en España, sí; porque yo cobro como cantante de ópera.
—Usted es canario. ¿De dónde le viene su apellido Kraus?
—Kraus, con una sola ese, viene de Viena; mi padre es austríaco. Yo me inicié en el canto en Canarias y luego hice mi carrera en Italia.
—¿Le gustó el marco del Teatro Griego de Montjuich?
—Me sorprendió la acústica; pero hay un inconveniente para los cantantes: la humedad.
—¿No le pareció anacrónica la representación de Marina, ante una naturaleza de roca viva, con decorados estilizados y barbas de guardarropía?
—A mí me lo parece siempre la ópera al aire libre. Pero yo no puedo hacer nada en este sentido.
—¿Sabe usted que levantar el telón simbólico del Teatro Griego, por su intervención, costó cada actuación suya ciento diez mil pesetas?
—Desconozco estas cuestiones de orden económico.
—No hubiera sido posible sin subvención.
—Sé que la subvención existe todos los años; por mí o por otro cualquiera.
—¿Tan mal está el género lírico que no puede defenderse?
—La zarzuela en España necesita protección. Marina es casi una zarzuela. Si yo tuviera en mis manos su defensa, la protegería, pero orientando su preparación para futuros cantantes y orquestas, y creando un ambiente para celebrar temporadas fijas.
—Usted accidentalmente canta zarzuela, pero es tenor de ópera. ¿Qué le ocurrió en el Liceo?
—Yo me esperaba un trato y una cortesía distinta a la que en realidad demostraron conmigo. Y esto motivó que no nos hayamos entendido este año.
—¿Dinero?
—Todo influye.
—¿No volverá?
—Si las condiciones que me ofrecen son las mías, sí.
—¿Por qué exige usted tanto?
—Puede que exija menos de lo que pueda exigir.
—Sin embargo, usted, hecho en Italia, no ha cantado todavía en la Scala de Milán. ¿Por qué?
—Para mí la Scala es punto de llegada, no punto de partida, y hoy ocurre al revés: suelen empezar a cantar ahí y, como no tienen base, no duran. Mi ambición es, si llego a la Scala, permanecer.
—¿Su escapada al cine haciendo “Gayarre”?
—Conveniente, artísticamente: popular y económicamente interesante.
—¿Por qué son ustedes tan intasados?
—Porque cuesta muchísimo vivir en este ambiente.
—¿Es difícil mantenerse en divo?
—No pretendo serlo; eso ya se usa poco. El cantante es una persona normal que administra su voz.
El año anterior, en diciembre de 1958, debuta Alfredo Kraus en el Gran Teatro de Liceo de Barcelona, como Duque de Mantua en Rigoletto; y pocos días después, asume el rol de Edgardo en Lucia de Lammermoor. De esas actuaciones también hallamos crónicas, pero mejor las dejamos para otro día.
♣ ♣ ♣ Hace unas horas, trabajando en otra historia, encontré una entrevista de Victoria de los Ángeles de hace casi veinte años, que deseo compartir con todos ustedes.
Fue publicada en el diario La Vanguardia el domingo 14 de mayo de 1989. Cinco días después, el viernes 19 de mayo de 1989, celebraba Victoria en el Palau de la Música sus 45 años en la lírica.
Intuyo, por las fotografías que ilustran el texto, que la conversación tuvo lugar en su casa de Barcelona. Se la ve espléndida al pie de una celosía artesanal tras la que se adivinan sólidos ficus, frágiles rosas; serena, vital, engalanada para la ocasión con una túnica en la que predomina el color rojo.
El titular de la entrevista es impactante: “Busco el afecto, no la veneración”. Es uno de esos titulares que los periodistas rezamos para que surjan, cuando nos disponemos grabadora en mano a cumplir nuestro trabajo. Sabía que Victoria era así de sencilla, pero desconocía que alguna vez ella lo hubiera expresado públicamente de manera tan diáfana y contundente.
En mayo de 1989, Victoria de los Ángeles tiene 66 años. Apenas le quedaban dos meses para cumplir los 67, el 1 de noviembre de 1989.
Mientras leen la entrevista, pueden escucharla cantar El cant dels ocells (El canto de los pájaros). Siempre me he preguntado cómo una canción tan hermosa puede derramar tanta tristeza con ese nombre.
El próximo viernes, Victoria de los Ángeles celebrará el 45 aniversario de su debut en el Palau de la Música. “Espero vivir de nuevo aquella felicidad”, afirma la cantante.
Fue un 19 de mayo. El debut. Victoria de los Ángeles tenía 21 años, y el escenario era el Palau de la Música. El mismo sitio al que vuelve el próximo viernes, día 19, cuarenta y cinco años después. Y nos hubiera gustado reconstruir aquella fecha con todos sus detalles. Algo que empezara, por ejemplo, con un “me levanté a las…”. Pero Victoria es implacable.
—Uy, uy —se ríe— ¡no me acuerdo de nada!
—Pero…
—Nada. Sólo que fue muy bonito, un éxito, muchas flores. Nada más.
—…
—Mire, aquello fue algo natural. Cantar en el Palau es siempre un placer y yo disfruté mucho. El viernes espero vivir de nuevo aquella felicidad. La felicidad de estar con el público. Todo lo demás, qué quiere que le diga…
—Todo lo demás son 45 años de carrera.
—Sí, sí. Pero yo nunca he dado mucha importancia a estas cosas a, los elogios, a los éxitos. Me impresiona mucho más que me quieran o no. Esto sí que me impresiona. La cosa afectiva. En este sentido, creo que el concierto será algo especial, porque finalmente tengo la impresión de que soy muy querida en esta ciudad.
—¿Finalmente?
—Me quieren tanto que a veces pienso que me quieren demasiado. Y hablo del público, del público sencillo.
—Su concierto se anuncia sin instituciones, sin ningún apoyo. Victoria y su público.
—Ay, ay, ay… Es un tema tan complejo. Digamos que es una forma natural de decirles a las instituciones que no se preocupen, que se olviden de Victoria, y así nos quedamos tranquilos los dos. Yo hago mi concierto y allá ellos.
—Lo dice como si…
—¡Hombre! Es que llega un momento. La pregunta debería usted hacerla al Gobierno catalán. ¿Qué pasa con Victoria? Yo ya lo he preguntado algunas veces.
—¿Y qué le han contestado?
—¡Qué me quieren mucho!
—¿Entonces?
—Mire, yo no creo que las instituciones deban hacerme ningún homenaje. En absoluto. Lo que pasa es que Victoria es una persona que ha hecho cosas, que ha cantado por todo el mundo, que ama este país… Todo esto merece un respeto. Que no se hagan tantas diferencias. A Victoria, sin embargo, se la ha dejado de lado.
—¿Esto la ha hecho infeliz?
—Me ha hecho llorar mucho. Durante los últimos años, sin embargo, he luchado para poder cantar en Cataluña, he hecho todo lo posible para que la gente sepa que existo, que estoy aquí. Y he descubierto finalmente que el público sabe estar por encima de estos problemas ridículos.
—El mundo de los cantantes es un poco…
—¡Pedreste! Ja, ja. Bueno, digamos que hay de todo. Los Fischer-Dieskau, Schwarzkopf, tienen otra categoría. Pero los italianos, la ópera, esta ostentación estrafalaria, esto nunca ha sido lo mío. Yo estoy al margen. Una de las cosas que aprendí de mi padre, un sencillo bedel de la Universidad, es que la vanidad, las cosas superfluas, no tienen nada que ver con la vida.
—¿Esto se lo han confirmado 45 años de carrera?
—¡Por supuesto! Finalmente mi carrera ha resultado ser sólo la música, la comunicación. Comunicación con el público y conmigo misma. Lo otro no es nada. Pura vanidad. La música ha sido mi compañera más fiel. Me ha ayudado a conocerme. A conocer a los demás. A entregarme tal como soy.
—Usted ha viajado por todo el mundo, ha conocido reyes y presidentes.
—Y me ha servido para llegar a la misma conclusión. Descubres que todo se reduce al amor por los demás, a la sensibilidad por los problemas ajenos.
—¿Cúal es su estado de ánimo de cara al concierto del viernes?
—Sigo trabajando y haciéndolo lo mejor posible. Soy una persona que vive rodeada de los amigos más íntimos, de la familia, pero que también ha tenido la suerte de poder vivir los problemas del mundo, y que le preocupa la paz, la ecología, el hambre. En este sentido, me gusta pensar que mi música ha aportado a los demás algo de felicidad. La misma felicidad que yo he recibido de ella.
—¿No le cansa ir siempre de un lado para otro?
—Lo que me cansa es no hacer nada. Si no pudiera cantar me sentiría como una inválida. Cantar, cantar, necesito hacerlo.
—¿Nunca ha sentido miedo en un escenario?
—¿Miedo? No, la música es un placer. Desde siempre. Desde que era una niña. Siempre ha sido lo mismo. Los escenarios llegaron en mi vida como algo natural. Recuerdo que mi madre tenía que perseguirme por los patios de la Universidad. Allí estaba yo cantando. En los patios, en las aulas. Cogía libros de poesía, les ponía música y a cantar. Me la inventaba, probaba las distintas acústicas.
La Universidad era mi castillo encantado. Con sus ogros y sus princesas. El jardín era entonces un bosque en el que casi no entraba la luz del sol. ¡Y aquellas noches de luna llena! Cogía la guitarra y acompañaba a mi padre en su ronda, y cantaba. Los vecinos salían a las ventanas. “Venga, canta otra”. “Cántanos un tango, niña”. “Cántanos una samba”. Hasta que daban las tres de la madrugada.
—Su madre…
—¡Tenía una voz bellísima! Yo estaba siempre deseando que hubiera una reunión familiar porque venía mi tío con el acordeón ¡y a cantar! Cantábamos en casa, cantábamos cuando íbamos los domingos a Las Planas, al campo, cantábamos siempre.
Recuerdo aquellas Navidades. Nos cerrábamos siete días en casa, en la Universidad. Y yo esperaba la hora del café: era la hora de hacer música. Incluso durante la guerra, cuando había los bombardeos. Todas las familias de los trabajadores de la Universidad, nos refugiábamos donde ahora hay el bar. Y nadie se quería ir a dormir hasta que no les cantara algo. Yo sigo siendo aquella niña. No me siento una diva. No me interesa Victoria de los Ángeles.
—¿Detesta al personaje?
—Cuando Victoria de los Ángeles está por encima de Victoria, la detesto. Yo quiero ser una persona. Una persona que tiene la virtud de poder comunicarse a través de la música. Busco el afecto, no la veneración. Busco el amor, la comunicación, cantar, cantar siempre. ¿La decadencia? No la temo. La muerte está muy bien organizada, es la afirmación de la vida, el físico empieza a adormecerse lentamente, todo llega de un modo natural, por esto pienso celebrar los 50, los 55…
Victoria de los Ángeles. El viernes en el Palau. Cuarenta y cinco años de música. Ella y su público.
Amor ti vieta di non amar.
La man tua lieve, che mi respinge,
cerca la stretta della mia man;
la tua pupilla esprime: “T’amo!”,
se il labbro dice: “Non t’amerò!”.
Para jardines, Granada.
Para mujeres, Madrid.
Y para amores tus ojos,
cuando me miran a mí.
Y la guinda del pastel (¿o era cereza?;-): un artículo muy completo sobre la vida y carrera del barítono y tenor chileno Renato Zanelli, publicada en liricahispana.com
Renato Zanelli Morales era su nombre completo y fueron sus padres Ottorino Zanelli y Margarita Morales. Su padre, Ottorino Zanelli Ferro, había nacido en Savona, Italia y llegó muy joven a Chile, alrededor de 1882. Le habían precedido sus hermanos Julio, Nicolás y Enrique, estableciéndose en el Norte del país, en la provincia de Tarapacá.
Allí formaron “Zanelli Hermanos” dedicados a la explotación del salitre, oficinas aduaneras, propiedades, etc. Ottorino fue un hombre de gran habilidad para los negocios y en poco tiempo amasó una considerable fortuna, convirtiéndose en el mayor accionista de una de las más importantes empresas salitreras de Chile. En 1885 se casó con Margarita Morales Espinosa.
Su madre, Margarita Morales, pertenecía a una distinguida familia de Santiago, era aficionada al arte y logró destacar en los círculos sociales como pianista de mérito y pintora de talento. No fue, pues, extraño que inculcara su amor al arte a sus siete hijos: Armando (1886) tocaba el violín, Amelia (1888) estudió piano, Raúl (1890) también aprendió el violín, Renato (1892), Luis (1894), Carlos (1897) y Florencio (1902) se dedicaron al canto.
En 1894, cuando Renato tenía dos años de edad, sus padres decidieron llevarlo a Europa junto a cuatro de sus hermanos por lo que su madre se estableció en Italia a fin de darle a sus hijos una educación de nivel europeo, propia de la posición social y económica que disfrutaban.
Cuando tuvo edad suficiente, estudió primero en la Escuela Comercial de Neufchatel (Suiza) y luego en Turín (Italia), destacándose como un buen estudiante y por su afición a los idiomas. Hablaba perfectamente, además del español, italiano, francés, inglés y alemán.
Volvió a Chile y en 1913, al cumplir los 21 años, se incorporó al ejército para hacer el Servicio Militar, y destinado a un regimiento de artillería en Santiago, conoció a Luisa Roldán Lütjen (1896-1981), hermana de un compañero de armas, con la que se casó en 1915.
Su primer hijo, al que llamaron Mario Ottorino, falleció prematuramente con un año de edad. La pareja tuvo más adelante dos hijas: Marta (1918) y María Amelia (1921).
Estudió canto con el maestro Angelo Querzé, quien “coloca” su voz en la cuerda de barítono. (Querzé había sido un importante tenor dramático, nacido en Bolonia. Llegó a Chile en 1894 y estrenó aquí el Otelo verdiano y La hebrea de Halévy. Posteriormente se radicó en Santiago y se dedicó a la enseñanza del canto).
Debutó el 21 de septiembre de 1916, en el Teatro Municipal de Santiago, como ‘Valentín’ en Fausto, de Gounod. Los artistas que lo acompañaron en su debut fueron: el célebre tenor chileno Pedro Navia (Fausto), la soprano Juanita Caracciolo (Margarita) y el bajo Giuseppe Quinzi-Tapergi (Mefistófeles). Dirigió la orquesta el marido de Juanita Caracciolo, maestro Giacomo Armani. Se repitió el día 27 y luego la cantó en Valparaíso, el 6 de octubre.
La crítica pronosticó: “Renato Zanelli demostró que tiene sobradas condiciones para figurar con brillo en el teatro lírico” (“El Mercurio” de Valparaíso).
Después de participar en algunos conciertos de beneficencia y funciones sociales de caridad, el año 1917 cantó en el Teatro Politeama de Montevideo, el 17 de julio, Payasos y el 19 del mismo mes, El trovador. Volvió a Santiago y el 29 de agosto de ese 1917 cantó el rol de ‘Tonio’ en Payasos en el Teatro Municipal, junto al tenor Juan Elías (Canio), la soprano Mercedes Llopart (Nedda), el barítono Manuel Martínez (Silvio) y el tenor Juan Gallofré (Beppe). Dirigió Jaime Sabater.
“…sorprendió al público por sus incontestables dotes vocales que le prometen un porvenir brillante” (“La Nación” 30 de agosto de 1917).
El 6 de septiembre cantó el rol del ‘Conde de Luna’ en El trovador junto a Juan Elías (Manrico), Ofelia Nieto (Leonor), Andreina Beinet (Azucena) y Luigi Rossato (Ferrando). Dirigió Alfredo Padovani.
Como no veía mucho futuro en su patria, siguió los consejos de su maestro Querzé y decidió tentar a la fortuna en los Estados Unidos. Llegó a Nueva York en octubre de 1918 y Querzé hizo que lo escuchara un colega y viejo amigo, el bajo valenciano Andrés Perelló de Segurola, que había cantado en Chile en 1897.
Después de oírlo, Segurola le prometió llevarlo ante el Director del Metropolitan, Giulio Gatti-Casazza, pero le aconsejó que antes se diera a conocer al público estadounidense para lo que le organizó una gira de conciertos por la costa este de los Estados Unidos que cumplió con singular éxito.
A su regreso a Nueva York sus amigos le habían conseguido la ansiada audición en el Metropolitan. Gustó de inmediato y le ofrecieron un contrato por cuatro años. Era el primer sudamericano que se contrataba en el Metropolitan y el barítono más joven de todos, con sólo 27 años de edad. Los otros barítonos del teatro eran Antonio Scotti, de 53 años, Pasquale Amato, de 45 y Giuseppe De Luca de 43.
Antes de debutar en el teatro aceptó un contrato para grabar veinte discos con la compañía “Victor”, con la que entre los meses de septiembre y octubre grabó los nueve primeros aunque su publicación se postergó esperando el resultado de su debut en el teatro.
Nuestro personaje debutó en el Metropolitan de Nueva York el 19 de noviembre de 1919 como ‘Amonasro’ en Aida. Con un reparto realmente espectacular: la soprano Claudia Muzio fue ‘Aida’, la mezzo Gabriella Besanzoni fue ‘Amneris, el tenor Giovanni Martinelli hizo de ‘Radamés’ y la dirección de la orquesta estuvo en la batuta de Roberto Moranzoni.
La recepción del público fue cordial, pero la crítica no tanto: “Zanelli tiene una buena ‘voz de salón’ pero por completo inadecuada a los roles de peso programados”.
Durante el resto del año cantó varios conciertos en el teatro neoyorquino, y el 23 de enero de 1920 tuvo la oportunidad de cantar el ‘Tonio’ en Payasos junto a Enrico Caruso, que hacía el ‘Canio’ y Claudia Muzio, que era ‘Nedda’.
El 26 de enero cantó como ‘Don Carlos’ en La fuerza del destino nuevamente con Caruso, que esta vez hacía de ‘Don Álvaro’, y por primera vez con Rosa Ponselle, que fue ‘Leonor’, Gabriella Besanzoni que hizo de ‘Preciosilla’ y José Mardones, que dio vida al ‘Padre Guardián’.
El 3 de marzo de 1920 agregó a su repertorio un rol que generalmente interpretan los bajos: el ‘Rey Dodon’ en El gallo de oro de Rimsky-Korsakov. La atracción, sin duda, fue María Barrientos, en un reparto en el que estaban Marie Sundelius y Paolo Ananian y dirigía Giuseppe Bamboscheck.
En abril y mayo cantó algunos conciertos en La Habana y luego realizó una gira por Canadá. Volvió a Estados Unidos donde el 22 de mayo, cantó en Ann Arbor (Michigan) La condenación de Fausto, de Berlioz, junto al tenor canadiense Edward Johnson.
En los meses de verano de 1920, participó en varias funciones de ópera al aire libre en la Ravinia Park de Chicago, donde cantó Carmen, Payasos, El trovador y Aida, y luego realizó una nueva gira de conciertos por diversas ciudades estadounidenses. Los meses siguientes, de septiembre de 1920 hasta febrero de 1921, estuvieron dedicados a numerosas giras de conciertos a lo ancho y largo de los Estados Unidos, llegando hasta el lejano Oeste.
Durante la temporada del Metropolitan 1920-1921 no le dieron muchas oportunidades al joven barítono. Cantó solamente cuatro veces y el artista culpaba de ello a la abierta oposición que le presentaban los otros barítonos establecidos en el teatro, además de los recientemente incorporados Giuseppe Danise y Titta Ruffo.
El 13 de septiembre de 1921 realizó su sesión de grabación n° 15, que fue la final en los estudios “Victor” de Nueva York, en la que grabó la romanza “Tu non mi vuoi più ben” original del barítono Antonio Pini-Corsi. Esta grabación ha permanecido inédita hasta nuestros días. Con ella expiró su contrato, que no le renovaron.
El 24 de febrero de 1922 lo llamó con urgencia Gatti-Casazza para reemplazar al indispuesto Giuseppe Danise en una función de Payasos siendo sus compañeros en esta ocasión la soprano valenciana Lucrezia Bori (Nedda), el tenor costarricense Manuel Salazar (Canio) y el barítono Vincenzo Reschiglian (Silvio), dirigiendo Roberto Moranzoni.
Al día siguiente, 25 de febrero, volvió a reemplazar a Danise, en el rol de ‘Valentín’ en Fausto junto a Geraldine Farrar (Margarita), Giovanni Martinelli (Fausto) y LeónRothier(Mefistófeles).
El 9 de marzo cantó Aida con Claudia Muzio, Julia Claussen, Manuel Salazar y José Mardones. Estas tres funciones fueron las únicas que cantó en el teatro neoyorquino en la temporada 1921/22. En mayo de 1922 lo contrató la “Scotti Grand Opera Company” cantando con ella en varias ciudades de los Estados Unidos.
Terminados estos compromisos y añorando a su familia, se embarcó de regreso a Chile. En Valparaíso dio un concierto el 14 de julio, en el Teatro Victoria, el que luego repitió en Santiago el 17 de julio, en el Teatro Municipal. El éxito hizo que lo llamaran para realizar tres conciertos más en Santiago y otro en Valparaíso.
“Su voz, dulce y potente hace del “Prólogo” de Payasos una interpretación que pudiéramos decir difiere de cuantas hayamos oído…” (“La Nación”, 22 julio).
“Su hermosa voz de timbre pastoso, su vocalización llena y armoniosa, dieron a las hermosas frases de este trozo, toda su amplitud y belleza. Pocas veces habíamos escuchado en nuestro Teatro Municipal un mayor entusiasmo que el que produjo esta interpretación…” (“El Mercurio”, 22 julio).
“El artista se hizo acreedor a frenéticas ovaciones. Podemos decir que estaba en la plenitud de sus fuerzas, mostrando que su registro, tanto en las partes altas como en los bajos no hacían notar transiciones, respecto de lo metálico y sonoro de su voz que maneja con una escuela en la que llama especialmente la atención el dominio absoluto de la respiración y las medias voces que son de una delicadeza que dejan de manifiesto su temperamento privilegiado… ” (“La Nación”).
Acompañado de toda su familia regresó a Nueva York donde durante los meses de diciembre de 1922 y abril de 1923 cantó en el Metropolitan El trovador, Payasos y Aida. La función de Aida del 21 de abril de 1923 fue la última vez que cantó en dicho teatro.
Después de dar algunos conciertos volvió a Chile. En Valparaíso cantó una función de Payasos en el Teatro Victoria y luego partió para una corta gira de conciertos por Uruguay y Argentina.
Sus dos recitales en el Teatro Albéniz de Montevideo los días 4 y 5 de agosto fueron apoteósicos. El 10 de agosto lo invitó el Teatro Colón de Buenos Aires para participar en una velada en memoria del recientemente fallecido Presidente de los Estados Unidos Warren G. Harding. Allí cantó la canción preferida del difunto mandatario: “Crucifix” de Fauré. Al término de la misma recibió las felicitaciones del Presidente de Argentina, Sr. Alvear, Ministros de Estado y miembros de la Embajada Estadounidense.
De regreso en su patria, se dedicó a dar varios conciertos en Valparaíso, Temuco, Valdivia y Osorno, y de regreso en Santiago, en el Teatro de la Comedia, el 14 de septiembre.
La empresa que dirigía ese año la temporada lírica en el Teatro Municipal lo invitó para actuar en una función extraordinaria de Rigoletto, el 23 de septiembre de 1923, junto a Elena Gagliasso (Gilda), Salvatore Salvati (Duque), Magdalena Bertola (Magdalena) y Luigi Ferroni (Sparafucile), dirigiendo Giulio Falconi.
Luego cantó en el Teatro Victoria de Valparaíso el 26 de septiembre Aida con Bianca Scacciati (Aida), Elvira Casazza (Amneris), Nino Piccaluga (Radamés) y Luigi Ferroni (Ramfis), dirigiendo Falconi.
El 27 de septiembre cantó Rigoletto con el mismo reparto de Santiago. Esta función de Rigoletto fue la última que realizó en su vida, como barítono, en una ópera completa.
Luego regresó a los Estados Unidos para cumplir con unos compromisos de conciertos. Su último recital fue al aire libre, en el Central Park de Nueva York, el 28 de octubre de 1923 y consistió en arias y dúos de Otelo con el gran tenor portorriqueño Antonio Paoli.
Curiosas coincidencias en la vida de Zanelli: Como ya hemos dicho, su maestro de canto fue el tenor Angelo Querzé, que había estrenado Otelo en Chile, y la última vez que cantó como barítono, lo hizo cantando en ese concierto arias de ‘Iago’ en Otelo, la ópera que le entregaría los más grandes éxitos de su carrera y le aseguraría la inmortalidad como tenor en los anales del canto lírico.
Renato Zanelli permaneció en el Met durante cuatro temporadas cantando únicamente seis roles. Entre 1919 y 1923 se presentó 31 veces en dicho escenario, de las cuales 17 fueron funciones de óperas y el resto 2 galas y 12 conciertos. Con justa razón se sentía frustrado y decidió buscar otros horizontes.
Desde hacía algún tiempo germinaba en su cabeza una idea: la de transformarse en tenor. El maestro Arturo Toscanini le había manifestado algún tiempo atrás su convicción de que su voz era de tenor, “demasiado clara para barítono” y le había recomendado viajar a Italia para estudiar en la nueva cuerda.
En Milán, los maestros Dante Lari y Tanara coincidieron con la opinión de Toscanini y le aconsejaron cambiar su registro. Es así, como al poco tiempo, se produce su debut como tenor en el Teatro Politeama Giacosa de Nápoles, el 28 de octubre de 1924, como ‘Alfredo’ en La traviata, obra que cantó varias veces durante los meses de octubre y noviembre y de las que desconocemos los repartos.
En el mismo teatro y reemplazando a Antonio Melandri, cantó su segundo rol de tenor, el de ‘Raúl’ en Los hugonotes, el día 28 de noviembre, con las sopranos Montecucchi (Valentina) y Abbrescia (Margarita) y la mezzo Assenato como ‘Urbano’. En diciembre de 1924 repitió con éxito como ‘Alfredo’ en el Teatro Comunale de Trieste, con Anna Sassone-Soster (Violeta) y Celestino Sarobe (Germont), dirigiendo Gino Neri.
Por entonces conoció al empresario Amedeo Indelicato quien se convirtió en su representante, que también fuera de Miguel Fleta. Este le consiguió varios contratos para cantar durante 1925 en diversas ciudades italianas.
En Bari cantó en febrero y marzo, siete funciones de La fanciulla del west con la soprano Maria Roggero y el barítono Corrado Tavanti, dirigiendo el chileno Alfredo Padovani. En marzo cantó en Ginebra El trovador y en Terni, Tosca.
El 3 de noviembre de 1925 cantó el primer ‘Otelo’ de su vida en el Politeama Chiarella de Turín, en un total de 12 funciones, con la soprano Gemma Bosini y el barítono Mariano Stabile, dirigiendo Federico del Cupolo.
En el Regio de Parma, cantó Norma, desde el 26 de diciembre hasta el 12 de enero, con Vera Amerighi-Rutile (Norma), Irene Minghini-Cattaneo (Adalgisa), Umberto Di Lelio (Oroveso) y la dirección de Pasquale la Rotella.
El 16 de enero de 1926 cantó nuevamente 6 representaciones de Otelo, ahora en el Teatro Verdi de Florencia, con Maria Polla-Puecher (Desdémona) y Pasquale Amato (Iago), bajo la dirección de Arturo Lucon.
En junio de 1926 se embarcó rumbo a Sudamérica formando parte de una compañía lírica contratada para el Teatro Colón de Buenos Aires y el Teatro Lyrico de Rio de Janeiro. Sus colegas, en la cuerda de tenor, eran Aureliano Pertile, Giacomo Lauri-Volpi y Roberto D’Alessio.
Su debut en el Colón fue el 11 de julio de 1926 como ‘Manrico’ en El trovador junto a Giannina Arangi-Lombardi (Leonor), Karin Branzell (Azucena), Benvenuto Franci (De Luna) y Tancredi Pasero (Ferrando) y dirigió Gabriele Santini.
“En El trovador se presentó un artista nuevo: el tenor chileno Renato Zanelli, logrando salir airoso, y con éxito, en una difícil prueba, efectivamente, Zanelli posee voz de tenor, de hermoso color dramático y volumen suficiente, como pudo evidenciarlo ayer… (Crítica, 12 de julio). Después de “la pira” debió salir a escena cinco veces “entre demostraciones colosales de entusiasmo”.
La segunda presentación del tenor en el Colón fue el 14 de julio, en una función homenaje a la República Francesa en su Día Nacional. Se representó El barbero de Sevilla con Titta Ruffo, Graziella Pareto y Roberto D’Alessio, dirigiendo Santini. Antes de comenzar la ópera, se presentó en el escenario cantando ‘La Marsellesa’ con voz vibrante y “ratificó la buena impresión producida en El trovador” (“La Prensa” 15 de julio).
Durante los meses de agosto y septiembre de 1926 cantó en el Teatro Lyrico de Rio de Janeiro, Payasos con Rosetta Pampanini, Benvenuto Franci y Gino Vanelli, dirigiendo Santini; y Nerone, de Arrigo Boito, con Giannina Arangi-Lombardi, Luisa Bertana, Benvenuto Franci y Ezio Pinza, bajo la dirección de Marinuzzi, alternándose con Aureliano Pertile.
De regreso en Italia, cantó en octubre y noviembre en el Teatro Dal Verme de Milán su primera ópera de Wagner, Lohengrin, en italiano, y luego el rol de ‘Fausto’ en Mefistófeles.
Comenzó 1927 con una gira a Egipto, durante los meses de enero y febrero, cantando en El Cairo y Alejandría las óperas Otelo, Aida, La africana y Mefistófeles.
De regreso en Europa, triunfó en Montecarlo en el mes de marzo, con Otelo y Tosca y luego repitió Otelo, durante los meses de abril y mayo, en las ciudades de Fiume, Niza y Ancona.
El director de orquesta Leopoldo Mugnone fue el factor decisivo que intervino en este momento su carrera. Mugnone le había escuchado cantar el Otelo en 1925 y, habiendo dirigido en el pasado a Francesco Tamagno y Giovanni Zenatello, le ofreció prepararlo para el papel del Moro, cosa que Zanelli aceptó y canceló todos sus contratos. Fueron tres meses de intenso estudio y dedicación absoluta.
A fines de octubre, Mugnone pensó que ya estaba preparado y le consiguió su presentación como ‘Otelo’ en el Vittorio Emanuele de Turín, el 17 de noviembre de 1927 papel del que cantaría cinco funciones. Su popularidad creció día a día y lo llamaron para cantar este personaje el 30 de diciembre en Módena, el 21 de enero en Piacenza, el 10 de febrero en Mantua, el 11 de marzo en Nápoles y nuevamente en Piacenza el 20 de mayo.
Aclamado por la crítica como el legítimo sucesor de Tamagno y Zenatello, lo contratan para el Covent Garden de Londres, debutando con Otelo el 11 de junio de 1928 junto a Miriam Licette (Desdémona), Giovanni Inghilleri (Iago), Olga de Franco (Emilia), Salvatore Baccaloni (Ludovico) y la dirección de Vincenzo Bellezza.
Jaume Aragall: “Me ha pasado una cosa que nunca me había ocurrido y que ha sido enamorarme de una de las canciones que interpreto. Esa canción es Damunt de tu, només les flors, que cada vez que la canto me llega verdaderamente al corazón”.
Damunt de tu només les flors.
Eren com una ofrena blanca:
la llum que daven al teu cós
mal més seria de la branca.
Tota una vida de perfum
amb el seu bes t’era donada.
Tu resplendies de la llum
per l’esguard clós atresorada.
¡Si hagués pogut ésser sospir de flor!
Donar me com un llir a tu,
perqué la meva vida s’anés marcint,
s’anés marcint sobre’l teu pit.
I no saber mai més la nit
que al teu costat fora esvaida.
Decía Allfor: “Al rey Gaspar, sería feliz si me lograra ‘convencer a Gio’ y colar una grabación de Russell Oberlin o, en su defecto, del tenor Guido Volpi”.