“El legado de Alfredo Kraus, de quien el jueves se conmemoran los 10 años de su muerte, protagonizará la pretemporada musical con homenajes como el del Villamarta de Jerez. Citas que servirán al recuerdo de un tenor que supo enlazar en un mismo estilo modernidad y tradición belcantista.
La muerte, hace ahora diez años, de Alfredo Kraus hizo desaparecer a un insólito representante del belcantismo de la segunda mitad del siglo XX. La voz se conservaba sorprendentemente joven en un hombre de 71 años, pero el cansancio y la atonía muscular ya se empezaban a sentir, más después de la muerte de su esposa en 1997.
En recuerdo de su desaparición se realizó a primeros de agosto, en La Granda, Asturias, un curso de tres días en el que distintos especialistas estudiaron de arriba abajo su arte singular. Iniciativa a la que se suma, el día 18 de este mes, el Teatro Villamarta de Jerez, reinaugurado precisamente por el tenor canario en 1996, con un concierto In Memoriam protagonizado por el tenor jerezano Ismael Jordi, al que acompañará el pianista Rubén Fernández. El recital, con el que el teatro inaugurará la temporada, estará integrado por algunas de las arias favoritas de Kraus, tales como ‘Tombe degli avi miei’ de Donizetti o ‘Por el humo se sabe’ de Vives.
Asimismo, está previsto que la Asociación Kraus de Oviedo lleve a cabo numerosas ponencias y, ya a finales de noviembre, coincidiendo con la fecha de nacimiento del tenor, tendrá lugar en Las Palmas de Gran Canaria el tradicional concierto-homenaje en la Sala de Cámara del auditorio que lleva su nombre. Actuarán la soprano canaria Yolanda Auyanet y el pianista Juan Francisco Parra.
El artista canario representaba un tipo de cantante que aunaba el tenor de gracia con el lírico o el lírico-ligero, y que hoy no existe; ni se otean posibles sustitutos. No lo es el excelente Juan Diego Flórez, un cantante más liviano y aéreo, de menor densidad vocal, especialista sobre todo en ciertas partes rossinianas”.
“Desde muy pronto, a través de un raro e infalible instinto, que ya tenía en sus primeros escarceos juveniles en su ciudad natal, Las Palmas, Kraus intuía los mecanismos y procesos que basan el arte del canto. La forma precisa de atacar los sonidos; esa manera nítida y clara de acentuar, la técnica para articular con una exactitud de orfebre, o la minuciosidad para pronunciar estaban ya en su garganta. Respetó siempre los sacrosantos principios del buen cantar, pero con ojos del presente.
Y de ahí en adelante hasta conseguir una precisa regulación de intensidades dinámicas, que le facultaba para dotar de un colorido distinto a cada frase en busca de efectos expresivos y de proporcionar el exigido carácter a cada interpretación. A ello había que sumar la insultante facilidad del tenor en la zona alta. Un fiato canónico y un legato sin fisuras redondeaban una técnica muy depurada, dotada de un bien entendido autodidactismo.
A que ese arte seguro y sutil fuera el que fue también contribuyeron sus sucesivos maestros: María Suárez Fiol, que le dio el primer barniz en su ciudad natal; la rusa Galli Markoff en Barcelona, a donde hubo de ir a estudiar peritaje industrial –condición impuesta por su padre, el vienés Otto Kraus, impulsor del diario La Provincia–; Francisco Andrés, con quien estudió en Valencia mientras cumplía el servicio militar, y Mercedes Llopart, con la que se perfeccionó en Milán.
Con su debut oficial en El Cairo, el 17 de enero de 1956, como Duque de Mantua, nacía un tenor moderno, rupturista, en buena medida revolucionario, que ya había apuntado cosas de mucho interés en el Concurso de Ginebra de 1955, donde obtuvo una medalla de plata. Conectado con el pasado para lo esencial, era siempre capaz de expresar, decir, frasear, interpretar con un aire de estos días. No gustaba de adornarse con sonidos aflautados o en falsete: para él la emisión debía ser en a plena voz o, en su caso, a media voz, proyectada como una flecha hacia los resonadores superiores.
Características que rápidamente captaron público, crítica y empresarios, que se lo empezaron a rifar. Llevado por Remo Milani, se le empezaron a acumular compromisos: Traviata (debut en el papel de Alfredo Germont) y Rigoletto en Sevilla; luego, de nuevo Traviata en La Fenice, Doña Francisquita en Madrid, en la conmemoración de los cien años del Teatro de la Zarzuela, título repetido en La Coruña, y otra Traviata en Turín con la soprano italiana Magda Olivero, que volvía al canto después de varios años, y, en diciembre, La vida breve en Trieste. Es el comienzo de una firmísima carrera, que siguió desarrollándose fluidamente. El tenor ya empezaba a cantar lo que era y fue su repertorio de lírico-ligero.
El espaldarazo definitivo se produjo con su debut como Alfredo –un papel fetiche– en el Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa al lado de la gran Maria Callas, a quien admiraba y a la que había escuchado tres años antes Norma en La Scala. Era marzo de 1958. De ahí en adelante, todo fue fácil; a base de duro trabajo, por supuesto, y de una aplicación envidiable.
Queda claro que Kraus era un intérprete que servía puntual y fielmente los presupuestos del belcantismo más puro. Fue directo heredero de tenores románticos como Rubini, Mario, Fraschini, Massini o Gayarre –a quien en 1959 encarnó en la película de Domingo Viladomat–, que actuaban sobre un precipitado de métodos estrictamente belcantistas y –en especial los dos últimos–, de mecanismos que conducían a la voz por otros vericuetos, con directo empleo de las resonancias superiores, en busca ya de nuevas formas de expresión, capturadas por nuestro tenor.
La voz de Kraus, es cierto, no era de enorme belleza, pero tenía en todo caso una vibración muy peculiar, un color personalísimo y un metal cuajado de intensos y punzantes armónicos. Circulaba con libertad y campaneaba hacia lo alto con una insolencia esplendorosa. Todavía nos parece estar escuchando esa fuente sonora, ese manantial envolvente, capaz, en virtud de ese canto medido, sereno, señorial y elegante, de emocionar y de elevarnos a las alturas del arte más puro.
Siempre habrá que luchar contra los que lo tacharon de frío. Basta haberlo escuchado en cualquiera de sus interpretaciones de Werther, un personaje romántico de Massenet en el que hizo carne y que en su garganta adquiría unos grados insólitos de desesperación. Lo que sucedía era que el tenor expresaba desde lo más hondo sin dejar de respetar las reglas áureas del canto más puro. Sin sollozos, sin excesos. La voz circulaba, con arcada de violín, entre frase y frase, de forma fluida y constante, inmutable, y desarrollaba admirablemente la técnica de la llamada messa di voce: atacar una nota en piano, hacerla crecer hasta el forte y apianarla a continuación.
En sus cuatro décadas sobre los escenarios, Kraus se empleó en 23 roles de referencia. Ejemplo de su arte era la manera que tenía de incorporar a su homónimo–y papel fetiche–de La traviata. Paradigmático es también el recitativo previo al aria ‘Dei miei volenti spiriti’, donde las alternancias forte-piano son idóneas; más aún en su recreación de ‘Tombe de gliavi miei’ de Lucia de Lammermoor de Donizetti. Y como ejemplo de aplicación de reguladores, junto a una insolente demostración de poder en la zona aguda y sobreaguda, el aria ‘Se tanto in ira agli uomini’ de Linda de Chamounix del mismo compositor. Todo dicho con un legato de libro”.

¡Hombre, claro! Por supuesto que no hay sustituto para Kraus. Pero no nos engañemos; la razón (al menos para mí) es porque nadie puede sustituir a nadie. Yo sigo admirando a Kraus, por supuesto, pero no parece necesario mitificar a ningún cantante. No perdería de vista a Celso Albelo, quien ha demostrado su buen hacer en una línea más que brillante por su cálida voz, su musicalidad, su fraseo impecable y sus valientes y limpios agudos. ¡Bravo!
[...] decía Julián: “No perdería de vista a Celso Albelo, quien ha demostrado su buen hacer en una línea más [...]
Gracias, Julián. Lo llevamos a portada.
Creo que ningún artista, de los grandes, puede ser sustituído, siempre los recordaremos, por eso nuestro querido Alfredo es y será siempre insustituible, no solo por su voz sino por haber sido un profesional ejemplar y sobre todo un hombre de bien.
JCR
Precisamente es su calidad humana la que lo hace insustituible. Siempre será un referente más que obligado, una forma breve de explicar como se hacen bien las cosas.