A te, o caro, Lázaro

Enrico Caruso, Titta Ruffo

Decíamos ayer sobre esta foto: “El 4 de agosto de ese mismo año, 1915, tiene lugar una actuación memorable en el Colón: Enrico Caruso y Titta Ruffo interpretan el Primer Acto de I Pagliacci en una función extraordinaria (ahí los tienen)”.

Titta Ruffo

Información y fotografía procedentes del libro Titta Ruffo. La mia parabola. Memorie. Staderini Editore. Pomezia (Roma), 1977. Capítulo “Ilustrazioni”, foto número 66.

66. Caruso (seduto) e T. R. nei panni di Canio e Tonio. Foto presa in occasione di una serata straordinaria pro Associazione stampa argentina durante la quale fu eseguito il primo atto dei Pagliacci. La serata ebbe luogo al Colón di Buenos Aires il 4 agosto 1915 (questa è la data essata del raro cimelio fotografico)”.

Y precisaba hace unos días el investigador de ópera uruguayo Antonio Lagatta Mazzeo (gracias mil):  

“En realidad la foto está cortada, ya que a la derecha de Caruso se encuentra Hipólito Lázaro (eliminado en la foto agregada), y la foto completa fue tomada después de la interpretación de la ópera completa I PAGLIACCI en el Teatro Urquiza de Montevideo, el 16 de agosto de 1915. Previamente Hipólito Lázaro (que en la foto está vestido de smoking) había cantado “Cavalleria Rusticana”.

Ver: Foto Nº 41 (entre las páginas 308 y 309) del libro “My Parabola” RUFFO – The autobiography of Titta Ruffo -
Motiva esta mi intervención el hecho de que no es la primera vez que se pretende hacer pasar esta foto de Caruso y Ruffo (eliminando a Lázaro) como tomada en el Teatro Colón, ya lo había notado en el libro “Historia de los cantantes líricos” de Néstor Echeverría (pág.. 113)”.

Gracias por la paciencia y sepan disculpar a este uruguayo que quiere poner las cosas en su sitio”.

Hipólito Lázaro, Enrico Caruso, Titta Ruffo. Montevideo, 1915.

Aquí los tienen.  De izquierda a derecha, Hipólito Lázaro, Enrico Caruso y Titta Ruffo. Montevideo,  16 de agosto de 1915.

Titta Ruffo

Sobre estas líneas, portada de la biografía de Titta Ruffo en la que consta reproducida la famosa foto (página 45), con la fotografía sin recortar y el lugar y la fecha correctos: Ruffo. My Parabola. The autobiography of Titta Ruffo, edición posterior a la italiana de 1977, de donde procede la información y la fotografía en la que Hipólito Lázaro desapareció del mapa.

Además de en Titta Ruffo. La mia parabola. Memorie. Pomezia (Roma), 1977, la fotografía sin Lázaro aparece reproducida en el librito Gent nostra. Hipòlit Lázaro. Ramón Sabatés. Barcelona, 1987.  Y, como nos informa Lagatta Mazzeo, en Historia de los cantantes líricos de Néstor Echeverría (desconozco si en esta edición). Probablemente, en algún otro libro más. Probablemente también, el recorte y la incorrección en lugar y fecha partieron de las primeras ediciones de la biografía de Ruffo, aunque sólo tenemos constancia de ello en la de 1977. ¿Alguien cuenta con la edición de 1937 para poder verificarlo?

Si efectivamente fue así, cabe preguntarse por qué en las primeras ediciones de la biografía de Ruffo, se eliminó inmiserocordemente a Hipólito Lázaro de la foto. Las cosas nunca ocurren por casualidad, ¿o sí?

Y  aunque nada tengamos que ver con el recorte, qué menos que, en desagravio, escuchemos a Lázaro cantar:

Hipólito Lázaro

Hipólito Lázaro / A te, o cara

Escribe Sagarmínaga sobre Lázaro:

“Hipólito Lázaro, que presumía de cantar siempre a tono, se consideraba a sí mismo el mejor tenor del mundo. Disculpémosle esta bravata (pues lo primero era verdad), que no es sino un modo de autoafirmación, casi ineludible en quien a menudo es juzgado por sus congéneres. Y disculpémosle de paso que no lo dijera en el mejor momento histórico, pues lo cierto es que en el mundo había unos cuantos más que eran también el mejor tenor del mundo. En el mundo estaba Caruso (del que Lázaro en algún caso habló con gran desdén) y, casi a un palmo de su cara, también estaba Fleta.

Por hacer alusión a la rivalidad que existió en su tiempo entre fletistas y lazaristas, cabe decir que Lázaro sobrepujó al tenor maño en longevidad vocal y en extensión de la zona aguda. Pero Fleta, además de en la difícil asignatura del filado, siendo emotivos entrambos le superó en emotividad. Los dos eran a veces arbitrarios, y a veces de esas veces magníficos en sus volátiles prontos libérrimos. Mas entre los cantantes de su tiempo y de su cuerda, acaso tuvo mayor parentesco con los De Muro, Martinelli o Lauri-Volpi de alientos colosales…Y con no muchos más.

El primer factor asombroso en Hipólito Lázaro es su timbre vibrante y viril, de fuertes resonancias y soberana expansión. Ello, junto a la gran extensión de su voz, son trazos que le caracterizan. Mas también poseía —a modo de extraño negativo— una media voz, cálida y dulce, cuyo cabrilleo más o menos pronunciado se acentuaba en los finales de frase. Sobre su arte existe la extendida creencia de que era un tanto primario, como su orgulloso protagonista, no tratándose de un verdadero canto fino, por ser su artífice antojadizo, además de pródigo en autobombo y coartadas exculpatorias. Nonsense, que diría un personaje de Pelham Grenville W., o de John Boynton P., porque Lázaro sabía cantar con bella finura, aunque en ciertos momentos deslizara en el engranaje de su canto algunas pequeñas impurezas.

En su primera época, la dieta era limpia, sin dejar por ello de ser calórica: Puritanos, Lucia, Favorita, el inflamado Verdi de Manrico o el Duca. Al punto, Isabeau. Y luego, el roce con repertorios pedregosos —Cavalleria, La cena de las burlas–, unido a sus incursiones en Marina (con su patente de los agudos sin fin), sin duda activaron su vena más tremebunda, aunque cierta fiereza expresiva en el fondo siempre le acompañó.

Desterremos prejuicios: hay varios discos suyos que a mí me gustan a rabiar. El ‘Questa o quella’ del sello Regal, de 1916, o el ‘Dai campi’ mefistofélico de Columbia, posterior en unos diez años. Pero también era grande en Africana; en sus discutidos Puritanos; en su indiscutible ‘Piccolo Marat’. Las sensaciones más salvajes las asocio desde muy antaño al ‘Vieni’ de Puritanos, timbrado y martilleante hasta la saturación, o al Huésped del sevillano, con esa espada lacerante que es casi su propia metáfora; las más delicadas retornan con la nostálgica canción ‘Desde lejos’, o con ‘Españolito’, esta vez sin te guarde Dios pero sombreada con su excepcional claroscuro”.

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