El juego de bolos

A mi hermano C. , el más pequeño por entonces de los seis hermanos (aún no había nacido Miguel), los Reyes le echaron ese año unos bolos. Unos bolos de plástico de esos que se derriten en cuanto les da un poco el calorcillo. A mí una muñeca, la primera que recuerdo, y a la que preparé en un momento una cuna con una caja de zapatos.

La muñeca dio mucho juego. Los bolos se derritieron pocos días después a la vera de la estufa de leña. No todos, pero sí un par de ellos al menos, si la memoria no me falla. Yo debía de tener cuatro años; y si yo tenía cuatro, él tenía dos.  Mi hermano lloraba inconsolable.  Creo que fue la primera vez que me sentí impotente ante una desgracia tan gorda;-) Hasta que llegó mi madre. Ella sí que era, es, reina maga.

Ahora que yo también soy reina maga por un día, procuro no olvidar que la ilusión no está en el precio sino que va prendida en quien hace de rey y en quien es o hace de niño; niño grande o chico. Desde hace muchos años, mi regalo, al menos uno, es siempre el mismo: un pijama. Con él mis deseos de felices sueños para todo el año. Los pijamas no se derriten. Duran por lo menos, por lo menos, un año;-)

¡Feliz día de Reyes!:-)

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