30 de abril, a las 7:15
(Gracias, Mefisto)
30 de abril, a las 3:26
(Gracias, Juan)
30 de abril, a las 12:25
(Gracias, Victoria)
* *

(Gracias, Pablo)

Nos envía nuestro amigo Juan una reseña sobre el investigador de ópera Thomas G. Kaufman. No conocí personalmente a Kaufman, pero sí intercambié con él información en numerosas ocasiones. Él me prestó gentilmente su colaboración en la revisión de la cronología de las actuaciones operísticas de la soprano almeriense Fidela Campiña: completó algunos datos, añadió otras, señaló alguna que él no consideraba correcta… También me envío información sobre algunas actuaciones que yo desconocía del tenor vasco Jesús de Gaviria.
Correspondí a su generosidad como buenamente pude. No era fácil, porque se lo sabía todo. Le envié algún libro que desde España era más fácil conseguir; algunas críticas de prensa sobre las primeras actuaciones de Luisa Tetrazzini en Barcelona; y alguna que otra crónica o crítica de prensa más que él me solicitó expresamente sobre algunos cantantes líricos del siglo XIX.
Era un intercambio generoso. Hoy por ti, mañana por mí. Sólo que él siempre tenía infinitamente más que dar. Es lo mismo que me sucede con Juan, quien, ha sido, es, mi maestro en este mundillo de cronologías artísticas sobre cantantes líricos del pasado en el que nunca se termina de aprender. Con el emotivo homenaje de Juan en recuerdo de Tom (así firmaba siempre en sus mails), vaya también el mío.
Gracias, Juan.
* *
23 abril 2010
Thomas G. Kaufman (1930-2010)
Con mucho dolor y mucha nostalgia, les anuncio el fallecimiento de mi amigo el investigador y coleccionista Tom Kaufman el día 22 de abril, en Baltimore, Maryland, a los 80 años de edad (1930-2010).
Thomas G. Kaufman había nacido en Viena, en 1930, y durante los años de la segunda guerra mundial fue un refugiado en París, para luego emigrar a los Estados Unidos donde tomó la ciudadanía estadounidense.
Sirvió en el ejército de los Estados Unidos, para luego trabajar, prácticamente durante toda su vida en un importante compañía farmacéutica. Cuando le conocí residía en Boonton, New Jersey, y ya era una autoridad internacional en materia de cronologías artísticas de cantantes líricos. Su gran amor fueron los “tenores” y de ellos prefería aquellos con voces poderosas y squillanti. Sus tenores predilectos fueron Giacomo Lauri-Volpi, John O’Sullivan y Nino Piccaluga. Luego seguía con Mario del Monaco y Franco Corelli.
Prefería a José Carreras antes que a Plácido Domingo, por quien no sentía especial admiración. De Pavarotti admiraba sus agudos brillantes y seguros. Su compositor predilecto fue Meyerbeer y de Wagner solamente admiraba algunas de las arias popularizadas por tenores.
Jamás negó su ayuda a quienes le solicitaban datos para algún trabajo musical, especialmente si se trataba de algún tenor. Fue generoso y sabio en sus consejos. Escribió las cronologías de artistas ya míticos como Adelina Patti, Mattia Battistini, Enrico Caruso y Rosa Ponselle, publicadas como apéndices en las biografías de estos cantantes. Trabajos inigualables por su seriedad y por sus detalles fidedignos. Cuando algún libro incluía una cronología y él descubría errores, no vacilaba en proclamarlos en todas las revistas especializadas. Un caso muy particular fue su despiadada crítica hacia el libro “Antonio Paoli, el león de Ponce” de Jesús María López. Obra monumental, pero muy descuidada en los aspectos cronológicos de las funciones en que el tenor portorriqueño participó.
Kaufman escribió una obra absolutamente de referencia: “Verdi and his Major Contemporaries” (A selected chronology of performances and casts) (Garland Publishing Co., New York, 1990).
Su segundo libro fue “Catalogue of Mercadante’s Operas. Chronology of Performances with Casts”, publicado en Italia, en 1996, por el Bollettino dell’Associazione Civica Saverio Mercadante.
Cuando comencé a escribir mi primera biografía del tenor chileno Renato Zanelli para “The Record Collector” en un ya lejano 1985, fue Tom quien no vaciló en “desmantelar” la parte cronológica de mi trabajo y darme su opinión sobre cómo debía hacerse una verdadera cronología artística. Por supuesto seguí su consejo, y desde entonces todos mis trabajos siguieron lo que podríamos en justicia llamar “modelo Kaufman”. Fue un entusiasta colaborador en mi cronología de Miguel Fleta, y luego en todos los demás trabajos publicados (Margarita Salvi, Carlo Morelli, Carlos Ramírez, Ioannis Apostolou, Costa Milona, Ulysses Lappas) y en otros que esperan su publicación (Pedro Navia, Carlo Merino).
Viajó a Sudamérica en 1995, invitado por Julio Goyén Aguado para el lanzamiento de su biografía del tenor bilbaíno “Florencio Constantino”. Estando en Buenos Aires, Tom no vaciló en viajar a Santiago de Chile, para conocerme y hacer algunas investigaciones en la Biblioteca Nacional. Así después de diez años de correspondencia (cartas y algunos fax, pues los emails aún eran un sueño), pudimos abrazarnos y disfrutar juntos de algunas exquisitas “parrilladas”.
Después de jubilar, junto a la compañera de su vida Marion, se trasladaron a Baltimore, donde residió los últimos diez años. Una cruel enfermedad fue minando su organismo, pero su mente siempre ágil estaba dispuesta a seguir discutiendo sobre los méritos de este o aquel cantante.
Su generosidad, caballerosidad y buen humor, son su herencia para quienes aún continuamos en este mundo. No te olvidaré Tom.
Grabación realizada en Milán (abril de 1940): Lina Bruna Rasa (Santuzza), Beniamino Gigli (Turiddu), Gino Bechi (Alfio), Maria Marcucci (Lola), Giulietta Simionato (Mamma Lucia), dirigidos por el propio Mascagni. Coro y Orquesta de La Scala de Milán.
(Gracias, Mefisto)
“Bruna Rasa, bellísima mujer, rostro lleno de encanto, cuerpo escultural, se presentó en la Scala, en Guillermo Tell al lado de Benvenuto Franci y Lauri-Volpi, en el centenario de la ópera. ‘Selve opache’, la suave melodía rossiniana, dio alas a su voz y al corazón del gran público milanés.
Pero la ópera en la que la Rasa ha dejado un sello personalísimo es Cavalleria rusticana. Mascagni la prefería a cualquier otra intérprete. Su sinceridad en ‘Voi lo sapete, o mamma’ —confesión saturada de presentimientos y de espanto— cautivaba a cualquiera que tuviera en el corazón un mínimo de sensibilidad. Cuándo ella lloraba, Mascagni lloraba. Y muy pocos de los oyentes hubieran podido hacer otra cosa que imitarla.
El camino de la gloria estaba abierto a la magnífica criatura, resplandeciente de fascinante feminidad. Pero parece que la naturaleza golpea a ciegas a sus víctimas. La locura tenía que perturbar aquel nobilísimo intelecto: una enajenación intermitente y dramática. Se la conducía a la fuerza al camerino, y la pobrecilla se obstinaba en su mutismo. Alguien tenía que zarandearla, abofetearla incluso, y después acompañarla entre bastidores.
Pero bastaba que de la orquesta se elevaran las primeras ondas sonoras para ver aquel rostro iluminarse, vibrar, serenarse, sonreír. Bruna Rasa entraba en escena como volviendo en sí misma. No era ella quien se poseía, sino el personaje el que entraba en ella y participaba en la representación, como un ‘doble’ mágico, venido o enviado quién sabe de dónde.
La aventura concluía al cabo de unas horas como por sortilegio. Una gentil, vibrante loca, cantaba en gloria de voz como Santuzza no ha tenido jamás tan misteriosa ni conmovedora”. [Lauri- Volpi, en Voces Paralelas]
(Gracias, Enrique)
[Gruberova: Pâle et blonde..., aria de la locura (segunda parte) Hamlet, Thomas. Teatro Real, 21 de marzo de 2010]
Una edición más de ‘Viva la ópera’ que no necesita presentación. La única audición que encontré sobre el recital de Gruberova del pasado 21 de marzo va sobre estas líneas.
Esperamos que alguien más se anime a participar y nos cuente por escrito qué escuchó, vivió, sintió… en determinada interpretación operística o recital lírico de un cantante. Vale también contarlo de viva voz, por qué no. ¿Alguien se atreve?
Insistimos: no es imprescindible que los recuerdos sean de ayer mismo. Si lo atesoran en su memoria, seguro que es bueno. Sugerencias, textos…, ya saben, a operasiempre[arroba]gmail.com
El autor de la crónica, o critica, como prefieran, que hoy llevamos a portada es Paco Roa: gracias mil.
La Gruberova dicta una clase magistral de canto y ‘artisteo’ en su despedida de Madrid
Me preguntaba nuestra amable anfitriona si quería dejar en el foro una reseña del concierto lírico que la Gruberova ofreció en el Teatro Real de Madrid, el pasado día 21 de Marzo del corriente.
Supuestamente me quede algún lector, cosa que a estas alturas de tan pertinaz presencia mía (al igual que aquella famosa sequía del franquismo que bien recordamos los mayores de estos pagos) en este tan grata tertulia operística dudo razonablemente, conocerá de sobra que soy un tanto renuente a pronunciarme, ni para bien ni para mal, sobre las sopranos, toda vez que, primero, no son de mi negociado, y, segundo, cada una de ellas dispone para su uso discrecional de prietas legiones de seguidores incondicionales y rendidos admiradores —a los que, mucho ojo, se oponen en parecido número los abigarrados detractores— que ya se ocupan y preocupan por mantenerlas en el candelero, ora para endiosarlas, los primeros; ora para enfangarlas, los segundos.
Mientras que mis queridas mezzos y contraltos, pobrecitas, como no tener no tienen siquiera un perrito que les ladre (bueno, a excepción de una, la Larmore, cuyo miniaturizado can es un primor). Y que conste que no tengo absolutamente nada en contra de quienes son consideradas las reinas indiscutibles de la ópera, más bien estoy claramente a su favor (recordarán que, de hecho, no tuve el más mínimo problema en echar mi cuarto a espadas para salir en defensa de la Milanov y de la Gencer cuando entendí que se las había minusvalorado injustamente), pero, ¡caramba!, hay que equilibrar un poco la balanza, digo yo.
Bien, pues si hay una soprano en activo que, aun siendo ya ¡sesentona!, cuenta con una verdadera multitud de leales por todo el mundo repartidos e inasequibles al desaliento —desde luego, no parece que dé muestras de cansancio alguno por más que la persigan (¿atosigan?) de plaza en plaza— esa es sin el menor riesgo a equivocarnos Edita Gruberova (al concierto de referencia no faltaron, fíjense bien, ni los inevitables japoneses de cuota).
Por esta razón me resulta un tanto chocante que ninguno de los tertulianos, ya sean eventuales o fijos, que tiene “ópera, siempre” haya pedido la palabra para contarnos lo mucho y bueno que dio de sí la eslovaca en su esperada reaparición en el coliseo madrileño. En fin, en el primer hueco que tengo tras el alta hospitalaria de mi madre, venzo mi natural reticencia sopranil —además la ocasión ya verán que lo merece— accediendo muy gustosamente a la invitación que me hacía la gestora del foro, y en lo que sigue les dejo una modesta crítica del evento en cuestión.
Dentro del ciclo de “Grandes Voces” de la actual temporada lírica 2009-2010 del Teatro Real de Madrid, se inscribe este cuarto concierto de los anunciados que protagonizó la veterana soprano, una de las cantantes sin duda alguna más respetadas y sobresalientes de su generación, Edita Gruberova.
En atril estuvieron presentes fragmentos de celebradas partituras de Rossini, Bellini, Verdi y Massenet, seleccionados éstos para los momentos meramente orquestales, alternándose, ya en la parte vocal, con otros pertenecientes a obras no menos aplaudidas de Donizetti, Bellini, Verdi y Thomas.
Sin sorpresas, pues, en la elección de este bien ensamblado programa musical de sobra conocido por los aficionados y perfectamente acomodado al saludable estado vocal por el que atraviesa la grandísima intérprete de Bratislava. Si bien, como reza el dicho popular, más vale maña que fuerza, en ocasiones es preciso disponer y hacer uso tanto de la primera como de la segunda para conseguir llevar a buen puerto determinadas empresas que requieren de ambas cualidades.
En esa convicción dirigió la orquesta titular del Real el joven maestro alemán Michael Güttler, de una parte, con la suficiente habilidad, esmero, cuidado y como, en apariencia, dejando hacer para conducir a los profesores donde él quería sin que se notase, y así pudimos disfrutar de una matizadísima ‘Meditación’ de Thaïs —con total seguridad lo más logrado de la velada lírica instrumentalmente hablando—, colmada de sosiego y delicadeza (aquí es de justicia hacer mención expresa del primer violín de la formación, Rafael Khismatulin), pero también, de otra, sabiendo imponer su autoridad con mano firme y hasta con la adecuada dosis de contundencia, para firmar, entre lo más destacable de las piezas sinfónicas, unas rotundas oberturas de Guillaume Tell, con la que se abrió el concierto, y de La forza del destino, ya en el comienzo de la segunda parte.
Aprobaron con nota a mi juicio, pues, director y profesores, que además, lo cual no es poco, dejaron cantar, cosa que no se pudo decir del director que nos tocó en “suerte” en la precedente Andrea Chénier, Víctor Pablo Pérez.
Yo creo que a estas alturas de su carrera resultaría totalmente ocioso por mi parte, hasta incluso ridículo, pretender descubrirles a quien durante más de 40 años de ininterrumpida carrera —sin haber cosechado ni una sola mala crítica y habiéndose venido abajo todos y cada uno de los teatros por ella visitados— está considerada con toda la razón en virtud de los méritos contraídos como un prodigioso fenómeno vocal de irreprochable línea de canto, musicalidad innata, y capaz de articular sin necesidad de desmelenarse cualquiera de las intricadas agilidades del más arduo pentagrama que se le proponga a modo de desafío.
Soslayamos, pues, las presentaciones, y antes que nada sí convenga quizá indicarles brevemente cuál es la situación tanto vocal como interpretativa que después de tantos lustros cantando sin desmayo tiene en nuestros días la Gruberova.
Seguro que también muchos de Vds. conocen la evolución que ha tenido su instrumento vocal, pero como estoy de acuerdo con mi buen amigo el cátedro de Ética D. José Luis, últimamente compañero de fatigas operísticas de un servidor, cuando dice que “en los tiempos que corren no se puede dar (casi) nada por sabido”, lo dejo apuntado a vuelapluma.
No obstante haber llamado la atención esta genial intérprete desde sus inicios profesionales porque, aun pudiendo ser clasificada correctamente como una soprano coloratura, su instrumento resultaba mucho más grande, voluminoso, amplio y, al cabo, de superior vigor “tímbrico” que el de sus colegas de agilidad —pongamos, qué sé yo, una Sills o una Serra, de voces, además, punto monocromáticas—, nunca se apartó en esos primeros años de carrera de los papeles que conforman el repertorio al uso de las cantantes “jilguero”, dejándonos así indelebles creaciones, impecablemente cantadas y no por ello peor escenificadas, de las Lucia, Reina de la Noche (¡11 temporadas teniéndola en repertorio, hasta cumplidos los cuarenta años de edad!), Zerbinetta, Olympia, Norina, Oscar (no confundir con el tertuliano D. Óscar, al que aprovecho para saludarle afectuosamente), Lakmé, Amina, Konstanze…
Pero no bien entrada la década de los noventa del pasado siglo, la voz en evolución de Edita Gruberova comienza a experimentar un mayor ensanche y expansión, se sombrea paulatinamente su zona aguda, va ganando en facilidad para el canto spianato y consigue una correcta emisión de las notas de centro, por lo que deviene apta ya para transitar hacia personajes no exentos de ornamentación vocal bien que de un mayor fuste dramático.
De este modo, acomete con total garantía sus primeras reinas Tudor, Dña. Ana, la Condesa, Violetta (ya probada en su juventud), Elvira, Julieta, Semíramis, y más recientemente Norma o Lucrezia Borgia (2009), mientras que, por otra parte, rechaza sistemáticamente cuantas proposiciones se le hacían para avanzar hacia terrenos de superior peso vocal aún al de estos últimos papeles incorporados.
Con lo dicho, pues, a lo que cabe añadir una gradual reducción selectiva de sus actuaciones operísticas en los últimos años —no oculta una total discrepancia con no pocos escenógrafos— para centrarse mucho más en los recitales, tenemos bien definido, creo, su momento actual como intérprete que ha logrado lo que no todos pueden decir, la total plenitud de la que hoy disfruta: canta y actúa mejor que nunca todo cuanto quiere (y debe), como quiere, cuando quiere, y donde quiere.
Una más que probada inteligencia a la hora planificar la carrera, a lo que hay que sumar una dosificación adecuada, además de, claro está, estudio y trabajo sin descanso, y, en última instancia, interpretando en cada momento únicamente lo que más le convenía han obrado el “prodigio” de preservar su voz (casi) intacta, sin apenas desgaste perceptible, en su año ¡cuarenta y dos! de profesión. “¡A ver si aprenden otras!”. Repetía una y otra vez no bien concluía cada interpretación la Gruberova el caballero que teníamos justo a nuestras espaldas, en la fila anterior del patio de butacas.
Y es que hay que reconocer que muy pocas sopranos (ciertas de no poca nombradía que se consideran coloratura no saben ni trinar, y no me tiren de la lengua), si acaso alguna, han conseguido lo que ella a su ya avanzada edad, la casi absoluta ausencia de vibrato, no digamos ya siquiera el más mínimo asomo de trémolo alguno, unos agudos y sobreagudos que aún son verdaderos chupinazos, una cosa ciertamente astral, conservar (casi) la misma amplitud dinámica que tenía de joven, y, en fin, una voz, antes que fenecida como la de sus colegas de “quinta”, increíblemente lozana; y todos estos recursos puestos a la disposición de un programa que hubiera arredrado a la más intrépida de las veinteañeras. 
Tras una estimulante obertura de Guillaume Tell, salió a escena, acogida con gran cariño y una interminable ovación de las que sólo se reservan para las muy grandes ocasiones, una bien elegante Edita Gruberova preparada para sentar cátedra con sus muchas tablas y su insuperable oficio canoro. De los cuales ya nos dio sobrada muestra en las mismas páginas iniciales ‘Tranquillo ei posa… Com’ è bello! Quale incanto’ y ‘Respiro io qui… Ma la sola, ohimè!, son io… Ah! la pena in lor piombò’, de Lucrezia Borgia y Beatrice di Tenda, respectivamente, sabiéndoles imprimir el carácter propio de dichas páginas y haciendo gala de un firme registro central, de una buena disposición dramática, y también, lógicamente, de su confesado talón de Aquiles, nadie es perfecto: los graves.
Pero lo mejor estaba aún por llegar de la mano de Verdi, antes de irnos al descanso y justo después de la ‘Música de ballet’ de Macbeth, más Verdi ahora con el aria del primer acto de La Traviata, ‘È strano… Ah, fors’è lui… Sempre libera’, que he de confesarles todavía resuena en mis oídos. Aquí, amigos míos, la Gruberova echó el resto: plena intensidad interpretativa e inteligente control de sus fabulosos medios vocales, es verdad que con alguna puntual nota alta mal negociada, para dejarnos en el recuerdo la imborrable delectación de una sublime Violetta nunca antes así cantada.
Ya en el descanso, no se hablaba de otra cosa más que de lo que recién se había escuchado y que aún nadie daba crédito, y es que, verdaderamente, parece no tener explicación humana lo que hace esta señora con su instrumento.
En fin, cambió de vestuario nuestra soprano para afrontar la segunda mitad del concierto, ahora vestido de raso largo de color negro, y vino lo que me resultó menos satisfactorio, acaso fruto del necesitado relajo tras la tensión generada en la endiablada aria de la frívola cortesana, una un punto acomodaticia Belliniana ‘O rendetemi la speme…Qui la voce sua soave…Vien, diletto, è in ciel la luna’, cantada con distancia, como únicamente para coger fuerzas, sacar el arresto necesario y poder hacer justicia a ese verdadero “tour de force” interminable que es la escena de la locura ‘A vos jeux, mes amis’ de la Ofelia “hamletiana”.
[Vien, diletto, è in ciel la luna, Puritani, Bellini. 1985.]
Y visto lo visto, cómo desentrañó tanto con el gesto como con la voz el alma de este atormentado personaje, frágil de cuerpo y de mente, que es Ofelia, todos nos pusimos en pie para premiar con vítores esta generosa muestra del talento y el arte de la Gruberova. Con las dos propinas fuera de programa concedidas –Linda de Chamonix y El Murciélago, que sirvió para sacar el lado más cómico de la genial intérprete— se cerró, tras quince minutos de aplausos, el triunfal concierto.
Una sensación agridulce nos quedó al final a todos: por un lado, felicidad completa por haber podido gozar hasta lo indecible de una jornada musical que cabe ya calificar de histórica, y, por otro, la pena de que, casi con toda seguridad, no se volverá a repetir en Madrid. Su edad y, el que supone un obstáculo mucho mayor, Gérad Mortier nos lo impedirán.
Muchas gracias de antemano a la gentil anfitriona por la publicación de esta crónica, saludos cordiales y hasta una próxima ocasión.
Marcelo Álvarez (novedades discográficas):
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(Gracias, Francisco)