Archive for the ‘Viva la ópera’ Category

Clase magistral de la Gruberova en su despedida de Madrid

Friday, April 16th, 2010

[Gruberova: Pâle et blonde…,  aria de la locura (segunda parte) Hamlet, Thomas. Teatro Real, 21 de marzo de 2010]

Una edición más de ‘Viva la ópera’ que no necesita presentación. La única audición que encontré sobre el recital de Gruberova del pasado 21 de marzo va sobre estas líneas.

Esperamos que alguien más se anime a participar y nos cuente por escrito qué escuchó, vivió, sintió… en determinada interpretación operística o recital lírico de un cantante. Vale también contarlo de viva voz, por qué no. ¿Alguien se atreve?

Insistimos: no es imprescindible que los recuerdos sean de ayer mismo.  Si lo atesoran en su memoria, seguro que es bueno. Sugerencias, textos…, ya saben, a operasiempre[arroba]gmail.com

El autor de la crónica, o critica, como prefieran, que hoy llevamos a portada es Paco Roa: gracias mil.

Edita Gruberova

La Gruberova dicta una clase magistral de canto y ‘artisteo’ en su despedida de Madrid

  • Por Paco Roa, para Ópera, siempre
  • Me preguntaba nuestra amable anfitriona si quería dejar en el foro una reseña del concierto lírico que la Gruberova ofreció en el Teatro Real de Madrid, el pasado día 21 de Marzo del corriente.

    Supuestamente me quede algún lector, cosa que a estas alturas de tan pertinaz presencia mía (al igual que aquella famosa sequía del franquismo que bien recordamos los mayores de estos pagos) en este tan grata tertulia operística dudo razonablemente, conocerá de sobra que soy un tanto renuente a pronunciarme, ni para bien ni para mal, sobre las sopranos, toda vez que, primero, no son de mi negociado, y, segundo, cada una de ellas dispone para su uso discrecional de prietas legiones de seguidores incondicionales y rendidos admiradores —a los que, mucho ojo, se oponen en parecido número los abigarrados detractores— que ya se ocupan y preocupan por mantenerlas en el candelero, ora para endiosarlas, los primeros; ora para enfangarlas, los segundos.

    Mientras que mis queridas mezzos y contraltos, pobrecitas, como no tener no tienen siquiera un perrito que les ladre (bueno, a excepción de una, la Larmore, cuyo miniaturizado can es un primor). Y que conste que no tengo absolutamente nada en contra de quienes son consideradas las reinas indiscutibles de la ópera, más bien estoy claramente a su favor (recordarán que, de hecho, no tuve el más mínimo problema en echar mi cuarto a espadas para salir en defensa de la Milanov y de la Gencer cuando entendí que se las había minusvalorado injustamente), pero, ¡caramba!, hay que equilibrar un poco la balanza, digo yo.

    Edita GruberovaBien, pues si hay una soprano en activo que, aun siendo ya ¡sesentona!, cuenta con una verdadera multitud de leales por todo el mundo repartidos e inasequibles al desaliento —desde luego, no parece que dé muestras de cansancio alguno por más que la persigan (¿atosigan?) de plaza en plaza— esa es sin el menor riesgo a equivocarnos Edita Gruberova (al concierto de referencia no faltaron, fíjense bien, ni los inevitables japoneses de cuota).

    Por esta razón me resulta un tanto chocante que ninguno de los tertulianos, ya sean eventuales o fijos, que tiene “ópera, siempre” haya pedido la palabra para contarnos lo mucho y bueno que dio de sí la eslovaca en su esperada reaparición en el coliseo madrileño. En fin, en el primer hueco que tengo tras el alta hospitalaria de mi madre, venzo mi natural reticencia sopranil —además la ocasión ya verán que lo merece— accediendo muy gustosamente a la invitación que me hacía la gestora del foro, y en lo que sigue les dejo una modesta crítica del evento en cuestión.

    Dentro del ciclo de “Grandes Voces” de la actual temporada lírica 2009-2010 del Teatro Real de Madrid, se inscribe este cuarto concierto de los anunciados que protagonizó la veterana soprano, una de las cantantes sin duda alguna más respetadas y sobresalientes de su generación, Edita Gruberova.

    En atril estuvieron presentes fragmentos de celebradas partituras de Rossini, Bellini, Verdi y Massenet, seleccionados éstos para los momentos meramente orquestales, alternándose, ya en la parte vocal, con otros pertenecientes a obras no menos aplaudidas de Donizetti, Bellini, Verdi y Thomas.Edita Gruberova

    Sin sorpresas, pues, en la elección de este bien ensamblado programa musical de sobra conocido por los aficionados y perfectamente acomodado al saludable estado vocal por el que atraviesa la grandísima intérprete de Bratislava. Si bien, como reza el dicho popular, más vale maña que fuerza, en ocasiones es preciso disponer y hacer uso tanto de la primera como de la segunda para conseguir llevar a buen puerto determinadas empresas que requieren de ambas cualidades.

    En esa convicción dirigió la orquesta titular del Real el joven maestro alemán Michael Güttler, de una parte, con la suficiente habilidad, esmero, cuidado y como, en apariencia, dejando hacer para conducir a los profesores donde él quería sin que se notase, y así pudimos disfrutar de una matizadísima ‘Meditación’ de Thaïs —con total seguridad lo más logrado de la velada lírica instrumentalmente hablando—, colmada de sosiego y delicadeza (aquí es de justicia hacer mención expresa del primer violín de la formación, Rafael Khismatulin), pero también, de otra, sabiendo imponer su autoridad con mano firme y hasta con la adecuada dosis de contundencia, para firmar, entre lo más destacable de las piezas sinfónicas, unas rotundas oberturas de Guillaume Tell, con la que se abrió el concierto, y de La forza del destino, ya en el comienzo de la segunda parte.

    Aprobaron con nota a mi juicio, pues, director y profesores, que además, lo cual no es poco, dejaron cantar, cosa que no se pudo decir del director que nos tocó en “suerte” en la precedente Andrea Chénier, Víctor Pablo Pérez.

    Edita GruberovaYo creo que a estas alturas de su carrera resultaría totalmente ocioso por mi parte, hasta incluso ridículo, pretender descubrirles a quien durante más de 40 años de ininterrumpida carrera —sin haber cosechado ni una sola mala crítica y habiéndose venido abajo todos y cada uno de los teatros por ella visitados— está considerada con toda la razón en virtud de los méritos contraídos como un prodigioso fenómeno vocal de irreprochable línea de canto, musicalidad innata, y capaz de articular sin necesidad de desmelenarse cualquiera de las intricadas agilidades del más arduo pentagrama que se le proponga a modo de desafío.

    Soslayamos, pues, las presentaciones, y antes que nada sí convenga quizá indicarles brevemente cuál es la situación tanto vocal como interpretativa que después de tantos lustros cantando sin desmayo tiene en nuestros días la Gruberova.

    Seguro que también muchos de Vds. conocen la evolución que ha tenido su instrumento vocal, pero como estoy de acuerdo con mi buen amigo el cátedro de Ética D. José Luis, últimamente compañero de fatigas operísticas de un servidor, cuando dice que “en los tiempos que corren no se puede dar (casi) nada por sabido”, lo dejo apuntado a vuelapluma.

    Edita Gruberova

    No obstante haber llamado la atención esta genial intérprete desde sus inicios profesionales porque, aun pudiendo ser clasificada correctamente como una soprano coloratura, su instrumento resultaba mucho más grande, voluminoso, amplio y, al cabo, de superior vigor “tímbrico” que el de sus colegas de agilidad —pongamos, qué sé yo, una Sills o una Serra, de voces, además, punto monocromáticas—, nunca se apartó en esos primeros años de carrera de los papeles que conforman el repertorio al uso de las cantantes “jilguero”, dejándonos así indelebles creaciones, impecablemente cantadas y no por ello peor escenificadas, de las Lucia, Reina de la Noche (¡11 temporadas teniéndola en repertorio, hasta cumplidos los cuarenta años de edad!), Zerbinetta, Olympia, Norina, Oscar (no confundir con el tertuliano D. Óscar, al que aprovecho para saludarle afectuosamente), Lakmé, Amina, Konstanze…

    Pero no bien entrada la década de los noventa del pasado siglo, la voz en evolución de Edita Gruberova comienza a experimentar un mayor ensanche y expansión, se sombrea paulatinamente su zona aguda, va ganando en facilidad para el canto spianato y consigue una correcta emisión de las notas de centro, por lo que deviene apta ya para transitar hacia personajes no exentos de ornamentación vocal bien que de un mayor fuste dramático.

    De este modo, acomete con total garantía sus primeras reinas Tudor, Dña. Ana, la Condesa, Violetta (ya probada en su juventud), Elvira, Julieta, Semíramis, y más recientemente Norma o Lucrezia Borgia (2009), mientras que, por otra parte, rechaza sistemáticamente cuantas proposiciones se le hacían para avanzar hacia terrenos de superior peso vocal aún al de estos últimos papeles incorporados.

    Edita GruberovaCon lo dicho, pues, a lo que cabe añadir una gradual reducción selectiva de sus actuaciones operísticas en los últimos años —no oculta una total discrepancia con no pocos escenógrafos— para centrarse mucho más en los recitales, tenemos bien definido, creo, su momento actual como intérprete que ha logrado lo que no todos pueden decir, la total plenitud de la que hoy disfruta: canta y actúa mejor que nunca todo cuanto quiere (y debe), como quiere, cuando quiere, y donde quiere.

    Una más que probada inteligencia a la hora planificar la carrera, a lo que hay que sumar una dosificación adecuada, además de, claro está, estudio y trabajo sin descanso, y, en última instancia, interpretando en cada momento únicamente lo que más le convenía han obrado el “prodigio” de preservar su voz (casi) intacta, sin apenas desgaste perceptible, en su año ¡cuarenta y dos! de profesión. “¡A ver si aprenden otras!”.  Repetía una y otra vez no bien concluía cada interpretación la Gruberova el caballero que teníamos justo a nuestras espaldas, en la fila anterior del patio de butacas.

    Y es que hay que reconocer que muy pocas sopranos (ciertas de no poca nombradía que se consideran coloratura no saben ni trinar, y no me tiren de la lengua), si acaso alguna, han conseguido lo que ella a su ya avanzada edad, la casi absoluta ausencia de vibrato, no digamos ya siquiera el más mínimo asomo de trémolo alguno, unos agudos y sobreagudos que aún son verdaderos chupinazos, una cosa ciertamente astral, conservar (casi) la misma amplitud dinámica que tenía de joven, y, en fin, una voz, antes que fenecida como la de sus colegas de “quinta”, increíblemente lozana; y todos estos recursos puestos a la disposición de un programa que hubiera arredrado a la más intrépida de las veinteañeras. Edita Gruberova

    Tras una estimulante obertura de Guillaume Tell, salió a escena, acogida con gran cariño y una interminable ovación de las que sólo se reservan para las muy grandes ocasiones, una bien elegante Edita Gruberova preparada para sentar cátedra con sus muchas tablas y su insuperable oficio canoro. De los cuales ya nos dio sobrada muestra en las mismas páginas iniciales ‘Tranquillo ei posa… Com’ è bello! Quale incanto’ y ‘Respiro io qui… Ma la sola, ohimè!, son io… Ah! la pena in lor piombò’, de Lucrezia Borgia y Beatrice di Tenda, respectivamente, sabiéndoles imprimir el carácter propio de dichas páginas y haciendo gala de un firme registro central, de una buena disposición dramática, y también, lógicamente, de su confesado talón de Aquiles, nadie es perfecto: los graves.

    [Sempre libera]

    Pero lo mejor estaba aún por llegar de la mano de Verdi, antes de irnos al descanso y justo después de la ‘Música de ballet’ de Macbeth, más Verdi ahora con el aria del primer acto de La Traviata, ‘È strano… Ah, fors’è lui… Sempre libera’, que he de confesarles todavía resuena en mis oídos. Aquí, amigos míos, la Gruberova echó el resto: plena intensidad interpretativa e inteligente control de sus fabulosos medios vocales, es verdad que con alguna puntual nota alta mal negociada, para dejarnos en el recuerdo la imborrable delectación de una sublime Violetta nunca antes así cantada.

    Ya en el descanso, no se hablaba de otra cosa más que de lo que recién se había escuchado y que aún nadie daba crédito, y es que, verdaderamente, parece no tener explicación humana lo que hace esta señora con su instrumento.

    En fin, cambió de vestuario nuestra soprano para afrontar la segunda mitad del concierto, ahora vestido de raso largo de color negro, y vino lo que me resultó menos satisfactorio, acaso fruto del necesitado relajo tras la tensión generada en la endiablada aria de la frívola cortesana, una un punto acomodaticia Belliniana ‘O rendetemi la speme…Qui la voce sua soave…Vien, diletto, è in ciel la luna’, cantada con distancia, como únicamente para coger fuerzas, sacar el arresto necesario y poder hacer justicia a ese verdadero “tour de force” interminable que es la escena de la locura ‘A vos jeux, mes amis’ de la Ofelia “hamletiana”.

    [Vien, diletto, è in ciel la luna, Puritani, Bellini. 1985]

    Edita GruberovaY visto lo visto, cómo desentrañó tanto con el gesto como con la voz el alma de este atormentado personaje, frágil de cuerpo y de mente, que es Ofelia, todos nos pusimos en pie para premiar con vítores esta generosa muestra del talento y el arte de la Gruberova. Con las dos propinas fuera de programa concedidas –Linda de Chamonix y El Murciélago, que sirvió para sacar el lado más cómico de la genial intérprete— se cerró, tras quince minutos de aplausos, el triunfal concierto.

    Una sensación agridulce nos quedó al final a todos: por un lado, felicidad completa por haber podido gozar hasta lo indecible de una jornada musical que cabe ya calificar de histórica, y, por otro, la pena de que, casi con toda seguridad, no se volverá a repetir en Madrid. Su edad y, el que supone un obstáculo mucho mayor, Gérad Mortier nos lo impedirán.

    Muchas gracias de antemano a la gentil anfitriona por la publicación de esta crónica, saludos cordiales y hasta una próxima ocasión.

    Don Giovanni en Praga, 222 años después

    Wednesday, February 10th, 2010

    [Ezio Pinza: Deh, vieni alla finestra, serenata de Don Juan del Segundo Acto, Escena III, Don Giovanni, Mozart. 1930]

    Crónica en exclusiva en nuestra sección ‘Viva la ópera’. Nos la envía Yemapel, bien conocido por todos ustedes. Corresponde a una de las dos representaciones de Don Giovanni en Praga,  Teatro de los Estados, del domingo 4 de octubre de 2009 (aún está en cartel). Las audiciones que ilustran el post son propuesta suya. Las fotografías son de su cosecha.  Gracias mil, Yemapel.

    Praga

    Introducción
    Me permito, con el plácet de su creadora, retomar esta sección que enriquece sobremanera ‘Ópera, siempre’ y que nos da la oportunidad de aportar nuestras experiencias e impresiones sobre lo que a todos nos une: la ópera. Aunque resulta desgraciadamente frecuente ese viejo aforismo que reza que ‘quien tiene tiempo, no tiene dinero y quien tiene dinero, no tiene tiempo’, quién más, quién menos va a ver alguna representación operística, un concierto o un recital.

    Compartir impresiones lejos de la postura oficial, políticamente correcta (o incorrecta) con los demás foreros es, para mí, uno de los mayores atractivos de este blog. Más si cabe cuando tenemos la suerte de contar con expertos y entendidos en la materia, tanto en España como en ultramar, de donde salen desde hace unas décadasconviene no olvidarlo, muchas de las mejores voces del planeta. Por eso los animo a participar. Y para dar ejemplo, no de sabiduría musical ni de técnica de canto, sino sólo de iniciativa con algo de humor, recojo el hilo de esta sección, en el olvido desde hace ya año y medio.

    Castillo de Praga

    Por qué Don Giovanni y por qué Praga

    La ópera elegida es Don Giovanni. ¿La razón? Siempre ha sido y será una de mis óperas favoritas por pura nostalgia. Cuando España era fiel a sus tradiciones y no estaba americanizada, cuando se celebraba el día de Todos los Santos y no Halloween, en la tele se representaba el mito de D. Juan Tenorio en todas sus versiones.

    En aquella fiesta la familia se reunía en torno a las aventuras y el castigo de D. Juan Tenorio en una noche de fantasmas que con los años acabó desapareciendo para dar paso a una velada de disfraces sin sentido. La ópera es una versión más que conocí posteriormente y que desde el principio me enganchó por su música y por los recuerdos de aquellos maravillosos y ya lejanos días.

    [Salvatore Baccaloni: Madamina, il catalogo è questo, aria de Leoporello, Acto I, Escena V. 1936]

    Tenía ganas de verla en directo. Busqué por los teatros de España y nada hallé, por lo que amplié mis horizontes. Y así fue como encontré mi destino final: Praga. No tiene el ‘glamour’ musical de otras ciudades pero sí algo que la hace especial: aquí fue donde se estrenó dicha ópera en octubre de 1787, cuando a Mozart se la encargaron tras el éxito de Las bodas de Fígaro. No lo pensé más.

    Teatro de los Estados

    Y no sólo resultaba especial por ser en la capital checa, bella donde las haya, despojada de la multitud de turistas veraniegos que la hacen tan agobiante. Es que además el escenario donde se representaba era el Teatro de los Estados, precisamente donde tuvo lugar la ‘premier’. Un edificio varias veces destruido y reconstruido, olvidado y recuperado, renombrado y restaurado, hasta dejarle su aspecto original. No tendrá el carisma de otros coliseos pero despide un aroma dieciochesco perfecto para esta obra, con sus tabiques de madera envejecida color pastel. Un edificio vivo, que habla mediante crujidos.

    Casa de los Tres Violines

    En Praga hay gran afición a la música. Mientras en España a un chaval se le regala un balón de fútbol, allí se le da un violín. Basta pasear un poco para que te ofrezcan a precio asequible conciertos en iglesias o en casas señoriales, tocados por músicos anónimos que viven de otra profesión.

    La entrada que cogí por Internet me costó 700 coronas, es decir, unos 28€… ¡y estaba en la segunda fila del patio de butacas! Podría decir que me senté en la misma localidad que ocuparon Mozart o Casanova, hace 222 años. ¿Cómo no van a amar la música si tienen fácil acceso? De acuerdo que los salarios son más bajos… pero el teatro estaba lleno. Y mucha gente joven. Elegantemente vestida.

    La función era a las dos, porque la de las siete se me antojaba algo tardía. Sí, sí, ¡hay dos funciones diarias! Los subtítulos están en indescifrable checo y en inglés. Un buen detalle.

    Reparto
    Nombres impronunciables de ortografía imposible. Elimino los circunflejos:
    Don Giovanni: Martín Bárta
    Leporello: Frantisek Zahradnicek
    Donna Anna: Yvetta Tannenbergerová
    Donna Elvira: Pavla Vykopalová
    Don Ottavio: Ales Briscein
    Masetto: Zdenek Plech
    Zerlina: Yukiko Srejmová Kinjo
    Il Commendatore: Miloslav Podskalsky

    Teatro de los Estados

    Escenografía
    El teatro, pequeño pero coqueto, aprovecha al máximo el espacio del que dispone. En los dos primeros pisos del proscenio han colocado unas escalinatas que terminan en balcones, lo cual le permite añadir a la escena principal otras dos suplementarias. Así resultan más creíbles los momentos (y en Mozart hay muchos) en los que algún personaje murmura frases que no deben oír los demás. En vez de estar en el mismo plano, se reparten en dos o tres distintos.

    [Léopold Simoneau: Come mai creder deggio… Dalla sua pace, recitativo y aria de Don Octavio, Acto I, Escena XIV. 1956]

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    ‘Viva la ópera’ (VI): “Un baile de horrible visión y deleitable audición”

    Monday, October 27th, 2008

    Les presento la VI Edición de ‘Viva la ópera’.  Crítica de la representación Un ballo in maschera en el Teatro Real de Madrid del pasado 10 de octubre de 2008. Allí estuvo Paco Roa, y así nos lo cuenta (gracias mil).

    Estaría bien que alguien más se animara a participar. No es imprescindible que el texto haga referencia a la representación de hace unos pocos días.  Puede ser de hace más tiempo. Sí, de aquella representación, o concierto, que tuvieron la suerte de presenciar y que probablemente nosotros nos perdimos. La extensión de la critica, o la crónica, la eligen ustedes (se agradecen las no demasiado extensas). Todas serán bienvenidas:-)

    ♣ ♣ ♣

    “Un baile de horrible visión y deleitable audición”

  • Paco Roa
  • «Amable anfitriona, apreciados tertulianos, quisiera ser totalmente honesto con todos ustedes, y antes que nada he de hacerles una necesaria confesión acerca de mi escaso dominio sobre el autor de Un baile de máscaras, toda vez que mis inquietudes y preferencias líricas, como bien saben los dos o tres lectores que todavía me soportan —¡madre mía, qué aguante!—, han discurrido a lo largo de los años, desde aquel ya lejano de 1981 en el que me inicié en este “negocio”, por otra dirección canora (casi) opuesta a la que hoy nos ocupará.

    Así, el conocimiento verdaderamente cabal que pueda poseer sobre la, por otra parte, enorme producción del que sin duda alguna es el operista italiano por antonomasia, mayoritariamente favorito de los aficionados y, por ende, uno de los más significativos e importantes de la historia de la lírica toda, Giuseppe Verdi, queda circunscrito a una media docena larga de títulos completos, aquellos que por distintas cuestiones de orden personal más me cautivaron y lograron ciertamente espolear mi interés, a los que, si acaso, añadiría algunos cuadros sueltos o, a lo sumo, unos cuantos actos correspondientes a otras tantas obras; y, al cabo, también me resultaron muy estimulantes y dignos de atención determinados personajes magníficamente perfilados por Verdi que, desde mi punto de vista al menos, disponen de un perdurable atractivo dramático-vocal: particularmente ejercieron sobre servidor de ustedes una enorme fascinación los grandes roles para mezzo, qué sé yo, Azucena, Amneris o, cómo no, la inquietante princesa de Eboli.

    Mi relación, pues, con el canto verdiano cabe calificarse de baja intensidad, muy fragmentada y un tanto esporádica. Razón por la que, aunque me esfuerce para que ello no suceda, en lo que sigue bien podría caer en errores de apreciación o incluso de bulto, recurrir a trillados lugares comunes y, en definitiva, resultar escasamente novedoso. Bueno, pido de antemano disculpas por cuantas faltas y deslices cometa, y espero contar con la benevolencia de todos los “foristas” que tengan la amabilidad de leer estas líneas.


    Apostando sobre el papel a caballo ganador sube con ganas el telón de la temporada lírica madrileña 2008-09. Pero no nos engañemos con falsas expectativas, pues ya se ciernen los más negros nubarrones sobre el futuro más inmediato del coliseo de la Plaza de Oriente, conocidos, entre otros muchos problemas no menores que no dejan de aflorar, la no renovación del reputado López Cobos, una lástima, ni la del prescindible Moral, cuya discreta gestión está pasando con más pena que gloria, los nulos resultados que hasta el momento se están produciendo para sustituirlos —parece que nadie de verdadero renombre internacional quiere trabajar en el Real—, y sabida también la cascada de cancelaciones de algunas figuras que amenaza con cargarse más de un título de esta misma temporada.

    ¿Otra vez malos tiempos para la lírica? Pues tal parece. En fin, yo a lo mío, que no es otra cosa que saldar el compromiso adquirido con el foro de dar noticia de cuanto dio de sí, en la función del pasado día 10 de los corrientes, la puesta en escena por el Teatro Real de la vigésimo primera obra del gran autor de Parma, Un baile de máscaras, coproducida con el Covent Garden (2004), montaje debido a Mario Martone y dirección musical del maestro titular del Real, por el momento, López Cobos.

    Pues muy bien, a partir de aquí y hasta el final nos vamos a organizar del siguiente modo: me parecería totalmente ocioso por mi parte el que diera aquí pormenorizada cuenta del argumento de esta ópera, cuadro por cuadro y acto por acto, pues les supongo a todos ustedes al corriente y, en todo caso, hay sobrados medios, incluido este de la red de redes, para conocerlo con el detalle que se quiera; por lo que, para empezar, sólo un mínimo apunte sobre cuál es el motor que activa el dispositivo dramático de esta ficción; a continuación me detendré algo más en las (casi) insuperables trabas que tuvo que salvar Verdi para poder estrenar ópera tan comprometida en aquel convulso tiempo de la Italia de mediados del XIX; y por último, sustanciada esta breve introducción, mi crítica de la citada función del Real por este orden: de lo peor a lo mejor; primero, lo menos afortunado, el pobre y muy desubicado montaje “censurado”; después el foso, notable tanto para el director como para los profesores que encontraron el necesario nervio verdiano; y, para concluir, el equipo vocal, todos, excepto el barítono que dio (mala) vida a Renato, cumplieron de forma sobresaliente.

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    ‘Viva la ópera’ (V): ‘¡Qué noches las de Berlín!’: Netrebko, Abbado y András Schiff

    Friday, May 25th, 2007

    Reportaje de am_zoo. Un reportaje tres_en_uno al que no le falta de nada: vidilla, mucha vidilla; fotografías y vídeo. Todo de su autoría.

    Sé que algunos de ustedes piensa que exagero cuando me refiero a él como ‘nuestro corresponsal en Berlín’, pero nada más lejos. Estudia en Berlín, nos envía sus crónicas desde Berlín y se lo está pasando como un enano… en Berlín (es un decir, calza un 45).

    La crónica de hoy trata de la última (que se sepa) de sus aventuras berlinesas: un fin de semana entero, con sus días y sus noches, disfrutando a tope de música de la buena (y de vez en cuando de una buena cervecita).

    Así lo vivió y así nos lo rebobina ahora, como si lo estuviera viviendo en el mismito momento en que nos lo está contando. Y tampoco exagero nada.

    ¡Qué noches las de Berlín!: Netrebko, Abbado y András Schiff

    El pasado fin de semana (o el fin de semana del 18 al 20 de mayo) fue el mejor fin de semana desde que estoy en Berlín, y, con toda seguridad, el mejor fin de semana de toda mi estancia en la capital alemana, además de ser la síntesis perfecta de lo que he venido a buscar aquí: música.

    Hablaré de música sinfónica, ópera y música de cámara. Hablaré de todo el fin de semana, intentando transmitir todas las sensaciones vividas y cómo iban acumulándose a los largo de los tres días. Espero tener la suficiente capacidad de síntesis para contarlo todo con claridad y no extenderme.

    El finde empezó el viernes, 18 de mayo, sobre las seis de la tarde. Esa tarde (y los dos días siguientes) dirigía la Berliner Philarmoniker el que fue su director titular desde 1989 hasta 2002: Claudio Abbado. He ido a los teatros a ver ópera y ballets, a conciertos de cámara, a ver grupos de rock, pop, jazz. He intentado ir a ver a toda figura artística-musical que me gusta. Pero la Filarmónica es la razón musical de más peso por la que elegí esta ciudad. Demasiados discos, vinilos, imágenes… Demasiados “mitos” en torno a ella. Y todo se lo ha ganado a pulso. ¡Lo juro!

    He visto dirigir a Zubin Mehta, Pierre Boulez, Seiji Ozawa, Daniel Barenboim, Mariss Jansons, Bernard Haitink y Sir Simon Rattle, y no pensaba irme de aquí sin ver dirigir a Abbado.

    Para ver a cualquier director o intérprete que venga invitado a la Filarmónica no es difícil conseguir entrademás, a precios asequibles. Pero Abbado es mucho Abbado en Berlín, y las entradas volaron el mismo día que salieron a la venta.

    —Bueno, no pasa nada. El día del concierto me planto en la taquilla a ver si consigo una entrada de pie (las sacan a la venta el mismo día del concierto), y, si no, pues…, pues reventa (aunque me joda mucho). Pero yo no me quedo sin ver a este tío.

    Día 18 de mayo. Allí me planto. Una cola larga.

    —Uf, me voy a quedar con las ganas… Y mañana me gustaría ir a Bebelplatz, ¡y el domingo no puedo!

    Abren la taquilla. La cola empieza a avanzar. Quince minutos como mucho. Se acabó. Viene un tipo y dice: “Las entradas de pie se han agotado para los tres días. Pueden esperar por si salen entradas” (no sé si de reservas anuladas, protocolo que no acude…, no lo sé).

    Vale. Espero en la cola.

    Soy el número nueve en la cola. Hay gente que empieza a moverse buscando reventa. Una mujer dice que no está dispuesta a pagar 80 euros por una entrada de 15. Yo no me muevo de la cola. Muy chulo yo con que compro en la reventa, pero… ¡que va! ¡Ni de coña! ¿Y si me timan? Hay gente que se va, gente que compra en reventa. Al final me quedo el quinto en la cola.

    19:50 h. Faltan diez minutos para el concierto. Se acerca el tipo de la taquilla y dice: “Hay una entrada por 25 euros”. Los cuatro que tengo delante van juntos. “No, gracias”, les oigo responder.

    El siguiente soy yo.

    —¡¡¡Síííí!!!

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