Vedrò con mio diletto
l’alma dell’alma mia,
il core del mio cor pien di contento.
E se dal caro oggetto
lungi convien che sia,
sospirerò penando ogni momento…
A los contratenores, “o se nos ama o se nos odia. La reacción es extrema porque no existe la indiferencia. Mientras a unos les parece ridículo que un hombre cante tan agudo, otros ensalzan nuestra voz y piden que se nos dejen más roles de mujer en la ópera”, declara el contratenor francés Philippe Jaroussky en una entrevista a El Cultural.es
—¿Cuánto le ha influido su formación como violinista en su carrera de contratenor?
—El violín me enseñó a ser preciso y a leer la música de una determinada manera, que sigue vigente en mi subconsciente. Forma parte de mi educación. Más tarde aprendí que no se puede cantar sólo con la mente, sino que el cuerpo entero, de la cabeza a los pies, juega un papel fundamental. Ahora sé que cantar bien es vivir bien: ser sincero con uno mismo y tener la conciencia tranquila.
—¿Cómo se ha repartido el espacio vocal con Cencic?
—La tesitura de contratenor ha demostrado ser mucho más amplia y versátil de lo que la gente pensaba. Cencic y yo tenemos dos instrumentos muy diferentes, pero al mismo tiempo el mérito de esta grabación es que estamos tan compenetrados que a veces no está claro quién es el que canta
—Tiene gracia que digan que canta como los ángeles cuando se trata de dar vida a ciertos roles monteverdianos, ¿no cree?
—Me gusta sacar jugo a esa ambigüedad, entre la forma de ser del personaje que interpreto y mi manera de cantar lo que éste dice y siente. Me permite sacar punta a los contrastes y a los matices expresivos, huyendo de la caricatura y del maniqueísmo. Nerone [La coronación de Popea], por ejemplo, es un loco pero también un soñador, un poeta y un idealista. Es un prisionero de su destino, es malo, pero sobre todo es auténtico. Y eso no lo puede decir todo el mundo.
—Y en las iglesias, ¿cómo concilia la devoción y la sensualidad del repertorio sacro?
—A la gente le desconcierta que me considere una persona espiritual y que me confiese ateo. Considero que es perfectamente compatible y, de hecho, me permite ir más allá. Cruzar, por ejemplo, la línea emocional del ‘Stabat Mater’ de Pergolesi. Demostrar que no todo es fe, también hay cuerpo y pasión.
—¿Y por qué no admite término medio la reacción del público ante los contratenores?
—O se nos ama o se nos odia. La reacción es extrema porque no existe la indiferencia. Mientras a unos les parece ridículo que un hombre cante tan agudo, otros ensalzan nuestra voz y piden que se nos dejen más roles de mujer en la ópera.
“Si hubiera que destacar una cualidad de Pilar Jurado (Madrid, 1968) sería su facilidad para sonreír –además de su excelencia como compositora y cantante de ópera, claro–. La autora se ha convertido en la primera mujer que sube al escenario madrileño un título lírico del que es responsable tanto del libreto como de la música y, como ella misma señala, se encuentra “en una burbuja de afecto desmesurado”. En La página en blanco, Jurado afronta la crisis de valores que sufre el ser humano en la sociedad actual pero desde una mirada romántica y con un final que permite vislumbrar la salvación.
Noelia Hermida
—¿Cómo se siente tras el estreno de La página en blanco?
—Alucinada con la situación, con el interés que ha despertado la ópera, ilusionada con el excelente trabajo que ha hecho todo el equipo y el Teatro Real y con el enorme cariño que han puesto todos en este proyecto… Estoy llena de mucho amor colectivo (risas), y eso es lo más gratificante en un proceso como es la creación de una ópera.
—¿Ha tenido tiempo para sentarse y pensar en lo que ha conseguido?
—¡No!, ni lo he tenido, ni lo quiero tener (risas). Quiero ser absolutamente inconsciente de eso. Sé que es un momento histórico pero lo estoy viviendo con mucha naturalidad.
—¿Qué se puede leer en su ‘página en blanco’?
—Cada uno puede hacer su propia lectura y ver la mía. Creo que, al final, todos somos una página en blanco; todos creemos controlar nuestra vida, pero no es así; la controlamos hasta cierto punto, pero, si impulsamos nuestros sueños, se cumplirán. Apuesto por el ser humano por encima de todo.
* * *
“A juzgar por los aplausos generalizados, entreverados de “bravos” pero también de algún abucheo, la caligrafía empleada para la “materialización” de la realidad ha logrado conectar con el público que asistía al histórico estreno”.
«Perfeccionista, Bartoli ha logrado que la lírica más exigente, la nota más lúcida y la ligazón con el gran público sean parte de una misma comunión: la que persigue por encima de purismos o convencionalismos, volver a sentir con Bellini y Rossini o con las huellas de la revolucionaria María Malibrán.
Vender millones de discos como una estrella del pop y, a su vez, recoger calificativos de alabanza constituyen dos extremos que conviven con naturalidad en la cantante italiana. Cecilia Bartoli, que comenzó a cantar a los 8 años interpretando el pastor de Tosca de Puccini, fundamenta cada interpretación, cada gira en un universo musicológico, documental y artístico donde lo vocal es un proceso siempre en proyección.
Para evitar la trascendencia y el rito recuerda el valor del respeto y nunca elude el sentido del humor: “¿Ser la nueva Callas? Yo no tengo un Onassis al lado”».
—Me gustaría que comentara esta gira que ha sido más reducida que en ocasiones anteriores. Y, sobre todo, ¿por qué ha elegido un programa casi monográfico, cerrado?
—Esta gira es diferente a la última que realicé porque esta vez sólo he cantado papeles de Handel en estado puro y para mujer. Creo que su música es la más bonita, fue el compositor más importante del siglo XVIII, y con más talento. En el programa, aquí en Santander, como en Madrid o en Barcelona, se ofrecieron varios aspectos de la mujer a través de la música de Handel como hilo conductor. Estaba la mujer celosa, la mujer ansiosa, la mujer dulce, la mujer horrible, la mujer muy fea. Es increíble cómo puede transmitir con la música esos sentimientos, el carácter de las mujeres. Y eso es el reto para ser expresado por la coloratura de la voz y el saber que están a mi lado los componentes de Il Giardino (Armonico).
—Siempre hablamos de los repertorios que se seleccionan, ¿pero qué opinión le merece el público? ¿Aprecia determinados cambios y evoluciones?
—Me encanta el público español. Le encanta la música fuerte, pero también la de tonos suaves. Es un espectador que explota con los agudos, pero también aquí hay mucho público al que le gusta la música dulce, profunda y melancólica. Ello me toca el alma. Es una característica al alza que me inspira mucho. Es importante saber que existe un público silencioso, que escucha y que no parte siempre del aplauso. Hay veces que la música está escrita para recibir un aplauso de impulso. Pero también la hay que necesita más concentración, energía especial para escuchar con recogimiento, con silencio, con respeto.
—Tiene recitales y proyectos muy diversos, algunos secretos, pero también está su gran reto para 2012: asume la dirección del Festival de Pentecostés de Salzburgo. ¿Cómo se lo ha planteado?
—Es interesante y diferente. Es un privilegio y un honor. Su propia duración, esos cinco días, me encanta. Es una pasión. Además es la primera vez que una mujer tiene esta posición. Mujer y de mi generación. Mi vínculo con el festival se remonta a mis inicios, así que esta oportunidad me parece maravillosa porque puedo unir mi experiencia de cantante a la de espectadora, que también lo soy. Además, no me limitará a proyectos barrocos sino que la colaboración se extenderá a todos los ámbitos artísticos.
—La clave de una cantante, ¿es saber cuáles son límites, no dar pasos en falso?
—Sí, es así. Creo que la calidad de una voz, de un músico en general consiste en cuidar su instrumento, de escucharse, pero también de aprovechar sus recursos aunque siempre con mimo y cuidado. (más…)
“Asegura Rolando Villazón (Ciudad de México, 1972) que si alguna “fuerza cósmica” le devolviera al pasado, pediría amablemente que le colocaran el quiste en el mismo sitio donde se lo encontraron hace poco más de un año. De los quince especialistas que le examinaron, sólo uno acertó el origen de una afonía que ponía en jaque su condición de divo todoterreno tras una retirada preventiva que lo había alejado cinco meses de los escenarios.
A la palabra ‘cirugía’ en boca del foniatra Gerrit Wohlt, el mismo que operó a Natalie Dessay, le siguió la cancelación de todos sus compromisos hasta mediados de 2010, incluido el esperado estreno en Los Ángeles de Il Postino de Daniel Catán.
Se despidió en su blog con un emotivo vídeo en el que explicaba las razones de su ausencia y agradecía el apoyo de los fans, que en el caso del tenor mexicano, asiduo a los realities, los crossovers y los chats, son legión. Hasta la misma puerta del quirófano le acompañó Lucía, su mujer. ‘Me dijo que pasara lo que pasara —recuerda el tenor mexicano— no me preocupara de nada. Que mi talento no estaba en mi garganta, sino en mi cabeza. Todo en mi cabeza’.
Nueve meses más tarde, y abriéndose paso entre los rumores, aparecía de nuevo en la Ópera de Viena para L’elisir d’amore de Donizetti. El público agasajó su ‘Furtiva lagrima’ con 23 minutos de aplausos. Pero hubo cierto consenso en cuanto a que Villazón podría haber perdido “amplitud” y “fuelle” en el exilio. Lo desmintió en su siguiente aparición como Lenski en el onírico Eugene Onegin de Achim Freyer para la Ópera de Berlín y más tarde en La traviata de Zúrich.
Algo más tibio fue el reencuentro con Salzburgo y la gira londinense. Pero para entonces ya nadie se atrevía a cuestionar que Villazón había vuelto para quedarse. Debutará esta temporada como Don Ottavio en el Don Giovanni de Mozart del Festival de Baden-Baden. Ofrecerá recitales en San Sebastián, Barcelona y Madrid. Y estos días presenta ¡México!, su última incursión discográfica.
Benjamín G-Rosado
Rolando Villazón (foto: Felix Broede).
—Cuesta imaginarlo tanto tiempo fuera del circuito. ¿A qué se dedicó en esos nueve meses?
—He sido feliz durante mi retiro. Han sido unas vacaciones impuestas, que he aprovechado para hacer todo lo que tenía pendiente. Pasear con mi familia, visitar a los amigos, perderme en largos paseos y leer compulsivamente. He sido un devorador de filósofos y biografías de payasos, a los que siempre he considerado protectores de nuestra verdadera naturaleza, ésa de la que nos hablan Brecht, Beckett, Cocteau…
—¿Con qué lección se queda?
—He aprendido que las cosas pasan porque tienen que pasar. Y que hay que afrontarlas tal y como vienen.
—¿Quiere decir que no forzó la voz, que no se precipitó?
—No lo digo yo, lo dicen los médicos. Mi quiste no tuvo nada que ver con mi manera de cantar. Era un problema genético. No es que me saliera un quiste por arrastrar la voz, sino que arrastraba porque tenía un quiste de tamaño considerable.
—Un sector de la crítica no fue tan comprensivo…
—Hay dos razones por las que hoy me asomaría a las críticas. Bien por narcisismo, buscando el elogio y el aplauso. O bien por dar voz, nombre y hasta motivos al crítico cabrón que llevo dentro. Y poder enojarme con alguien. ¿Sabe qué le digo? Que para crítico canijo, me basto solo.
—¿Seguirá desfogándose con Don José y Don Carlo?
—A la partitura me remito cuando digo que no son roles peligrosos para mi voz. Don José es un tenor lírico, escrito casi todo en piano. Y el problema de Don Carlo es que nos hemos acostumbrado a las versiones que dejaron Corelli y los grandes tenores lírico-spinto. Parece como si después de ellos ya nadie pudiera cantarlos.
La entrevista es del 29 de agosto. Pero nunca es tarde si la reseña es buena… La entradilla al completo, en el útimo enlace.
“Jonas Kaufmann tiene conmocionado al mundo de la ópera. El tenor muniqués de 41 años está convertido en una estrella de la que ningún teatro importante puede prescindir, es adorado por miles de fans y la crítica está a sus pies.
Curioso caso el suyo, por muchas razones: es probable que su transformación de tenor lírico-ligero a tenor dramático sea única en la historia de la ópera; desde Franco Corelli que no se veía a un gran tenor con la prestancia física de Kaufmann, quien además agrega dotes de actor pocas veces vista y un conocimiento profundo de los diversos estilos que aborda; es un hombre de familia (está casado con la mezzo Margarete Joswig, con quien tiene tres hijos), practica yoga, es cristiano protestante y hablar con él es como hacerlo con un viejo amigo”.
Juan Antonio Muñoz
—¿Cómo se produjo su llegada a la música? ¿Hubo estímulo familiar? ¿Nació espontáneamente?
—En mi casa se amaba la música clásica y también la ópera, pero ninguno era músico. Todos tocaban el piano como divertimento, pero no como trabajo. Yo cantaba siempre en la casa y también en el coro. Siempre lo he hecho. No me acuerdo de cuando no lo hacía. Como a los 14 ó 15 comencé a hacer pequeños solos; dos o tres frases en una cantata, en un oratorio. Pero jamás pensando en tomar esto como una profesión. Siempre fue un bello hobby. Cuando esto comenzó a tomar otra forma mi papá me decía: ‘Tú eres un amante de la familia y si quieres crear una familia también necesitas un trabajo más profundo…”.
—¿Tenía razón?
—Sí, por cierto. El riesgo en esto del canto es muy grande. Lo veo por ejemplo entre quienes han estudiado conmigo; son sólo algunos los que pueden al menos sobrevivir. No es una vida de lujo. Hay tantos, además, que después de estudiar canto han tenido que comenzar de nuevo para obtener otra profesión. Es verdaderamente riesgoso.
—¿Por esto es que usted comenzó estudiando matemáticas?
—Claro. Mi papá trabajaba en una aseguradora y me impulsó en esta dirección. Pero no era algo para mí, todo era demasiado teórico y muy seco. En matemáticas se habla de las cosas, pero se hace nunca nada. Durante el tiempo que estudié, jamás vi una cifra. Era sólo teoría. Yo no puedo estar quieto todo el día, teorizando. Mientras estudiaba matemáticas siempre mantuve mis clases de canto; me hacían falta.
La fleur que tu m’avais jetée. La Scala, diciembre 2009
—¿Cómo lleva ahora esto de que su rostro sea conocido hasta por quienes no saben nada de ópera?
—Es especial y un poco difícil, pues la gente te mira, hace comentarios y te trata de otro modo. Sobre todo en lugares donde he cantado mucho, como Zürich.
—¿Sigue viviendo ahí?
—Ya no; estuve allí 7 años. Ahora me he trasladado de nuevo a Baviera. Desde la próxima temporada no haré cosas en Zürich, una plaza que ha sido muy importante para mí pues pude probar títulos que han sido claves en mi carrera. Es un teatro pequeño donde todo funciona perfecto. Pero ahora mi calendario está tan lleno y concentrado en pocos lugares —el MET, Londres, la Scala, París, Viena y München, fundamentalmente— que resolví reestablecerme en mi país.
—Usted nació en München y allí, curiosamente, es desde hace poco que figura de manera estable.
—Sigue sucediendo en Alemania que hay que hacerse de un nombre afuera primero para que te llamen de los principales teatros nuestros. Es verdad, en 15 años he hecho pocas cosas en München, pero ahora por mí han cambiado muchos planes. Desde 2009 y en los años que vienen cantaré a menudo allí. Cada año haré una nueva producción y retomaré otra. ¡Todos me dicen que desde el punto de vista de los impuestos es una locura volver a Alemania! Pero a mí me gusta mucho mi país, la gente… soy alemán en definitiva. Además, tengo muchas cosas programadas también en Berlín, Bayreuth y Salzburgo…
—¿Sus hijos están siempre con usted?
—Sí y no. Ahora están conmigo porque es verano, pero estando en el colegio no se puede llevarlos a todas partes. Son tres, además. No es fácil. También es difícil hacer un calendario de actuaciones que no demande estar fuera demasiado tiempo. Pero yo no he hecho estos niños para no estar con ellos. La familia es siempre muy importante para mí y también para estabilizarme internamente, tener una base y no volverme loco con el éxito. Cada vez se hace más difícil ser uno mismo, permanecer en uno mismo y no cambiar porque algo cambia en tu entorno.
—Es fácil tomar el otro camino…
—Mucho. Es fácil, pero al final el problema es que, según mi punto de vista, todo se deteriora. Porque también la calidad del canto depende de la calma, de la profundidad, de la estabilidad. De estar contento en uno mismo y con uno mismo. Una vez que uno sale de sí para vivir otra cosa, después es muy difícil regresar. No se encuentra más el camino.
—¿Cómo se vive un cambio tan radical en la voz como el suyo? Usted partió cantando algunos papeles de Mozart y también roles como Flavio (Norma) y Cassio (Otello), y ahora lo tenemos en Lohengrin, Werther y ya se puede pensar en usted como Otello y, por qué no, Tristán.
—Es verdad. El año 95 comencé a cambiar mi técnica completamente. Hasta entonces había cantado como un tenor muy ligero. Ni siquiera era lírico, verdaderamente ligero, ligerísimo…
Entrevista a Berganza, presidenta del Jurado del Concurso Internacional de Canto Julián Gayarre, que ayer, 10 de septiembre, comenzó su XIII edición, “con 48 jóvenes promesas de la lírica con edades comprendidas entre los 18 y los 30 años”.
Michelle Unzué
—¿Ya tiene sus favoritos en este certamen?
—No, porque no sé cómo van a cantar. He oído todas las voces en cedé, unas 80, pero para mí eso no tiene ningún interés, porque hacen muchas trampas en los discos. La voz te tiene que llegar directamente al oído y al alma, la belleza está en el directo.
—¿Qué opina de la trayectoria del concurso?
—Está en un momento muy importante, y además hablo de él por todas partes.
—¿Ejerce como embajadora?
—Sí, y han venido unos diez cantantes que conozco de concursos o de alguna clase magistral que he dado. Creo que el reglamento es muy interesante y muy justo. Está muy bien porque hay que pensar que estas criaturas que trabajan tanto y tienen tanta ilusión tienen que perfeccionarse más en todo. Sólo me he presentado a un concurso en mi vida, fue con Alfredo Kraus en Ginebra y no nos dieron el primer premio. Yo tenía 21 añitos, Alfredo era más mayor y se enfadó bastante… Sin embargo tuvimos un éxito enorme y no nos dimos a conocer por el concurso. Por eso trato de atraer al jurado a gente importante para dar el empujón a los jóvenes y que hablen de ellos. Pero sin que pierdan la cabeza, porque la están perdiendo tanto con los repertorios…
—¿Y eso?
—Porque no sólo estamos en una crisis monetaria, también es cultural. A lo mejor sale una soprano lírica que interesa a un director de teatro pero la pone como soprano dramática, y en dos años se queda sin voz. Si ellos no tienen la cabeza en su sitio y dicen “Esto no lo acepto” pueden perder las voces.
“La carrera internacional de Celso Albelo parece haber entrado en una autopista por la que el joven cantante tinerfeño —en tantos sentidos heredero del gran Alfredo Kraus—circula con más prudencia que velocidad.
Atento a cada uno de sus pasos, el tenor lagunero va enriqueciendo su repertorio con nuevos personajes, obteniendo paulatinos reconocimientos, como el obtenido en los V Premios Nacionales de la Lírica, y conquistando nuevos destinos”
—Se encuentra en el festival romano que se celebra en las termas de Caracalla, representando Rigoletto, o lo que es lo mismo reencarnando al duque de Mantua, caballo de batalla de muchos tenores. ¿Cuál es su visión del personaje? ¿Sigue a través de él la línea “krausiana” que guía su trayectoria?
—Kraus siempre ha sido, para mí, referencia absoluta a la hora de afrontar los personajes. Entre ellos está, desde luego, el Duque de Mantua, pero es que además en esta ocasión tengo la oportunidad de cantar bajo la dirección del maestro Renzetti, que alguna vez dirigió a Kraus.
—Es fundamental para mí realizar un Duque elegante, basado en la palabra, remarcando las intenciones y reguladores musicales que Verdi escribe, y así destacar ese carácter libertino, caprichoso pero a la vez aristocrático del Duca. He tenido la suerte de hacer muchas veces el papel con el gran Leo Nucci, quien compartiera escenario con Alfredo, y cada vez que nos encontramos para cantar esta ópera, Leo me indica ciertos matices que me ayudan a encontrar el camino. Sin duda, otra buena guía para mí.
Con Milagros Martín, Juanma Cifuentes, Cesar San Martín, Angel Walter, Javier Ibarz, y Carmen Arribas
* *
—Quiero decirla una cosa.
—Dígame usté lo que sea, porque yo lo escucho todo.
—¿Todo?
—¡Lo que no me ofenda!
—Antes que ofenderla yo, que se me caiga la lengua.
—Si yo…
—Usté…
—Si yo…
—Termine, me da miedo.
—No lo crea. Lo que tengo que decirle se lo digo por las buenas.
—Hace tiempo que vengo al taller, y no sé a qué vengo.
—Eso es muy alarmante. Eso no lo comprendo.
—Cuando tengo una cosa que hacer, no sé lo que hago.
—Pues le veo cesante, por tumbón y por vago.
—En todas partes te veo…
—Y casi siempre a mi puerta.
—Me tiene loco ese cuerpo, retrechero y juncal, que nació en Chamberí con la gracia y la sal de Madrid.
“En EE.UU. celebrarán mi 65 cumpleaños, el 4 de julio, por todo lo alto. Nací y vivo en Madrid. Estoy casado y tengo un hijo. Mi idea política se resume en el último movimiento de la ‘Novena’ de Beethoven: todos los seres humanos tenemos que ser hermanos. Soy agnóstico”.
—¿Al cura pelirrojo le gustaba hacer tríos?
—Sí, y no precisamente musicales, que también los hizo. Era vox pópuli que Vivaldi, a pesar de ser cura, convivía con una cantante, la Giró, veinte años más joven, que era su protegida, y una hermana de esta a la que contrató como enfermera.
—Pillín. —”Como soy estrecho de pecho (asmático) —se justificaba—, no puedo decir misa y necesito una enfermera siempre conmigo”.
—Pero fue fiel a su trío.
—Efectivamente, fiel a las dos hermanas. Las costumbres en aquella época eran muy relajadas, incluso los cardenales tenían doble vida, y allí, en Venecia, los carnavales duraban casi seis meses.
—La debilidad de Bach era más prosaica.
—Sí, el orgullo. Fue una persona religiosa y de orden, fiel a sus dos mujeres, de las que tuvo 20 hijos; pero tener que estar bajo la esfera de quienes le contrataban, muchos ignorantes y cretinos, le sacaba de quicio, y tenía que tragarse el orgullo. Sin embargo, por orgullo y por cabezonería acabó encarcelado.
—¿El más feo de todos los genios?
—Probablemente Wagner, porque era bajito y cabezón.
—Pues a Haydn lo describían como a un monstruo.
—Sí, de él decían que sus piernas eran tan cortas que cuando se sentaba no alcanzaba el suelo. Su mandíbula inferior sobresalía como la de un bulldog y tenía la cara picada de viruela. Y le llamaban el Nigeriano por el color de su piel. Pero era bonachón y tenía sentido del humor. Era muy amigo de Mozart.
—Mozart sufría una extraña fobia. —Sí. Un trompetista dejó un documento en el que explica que cuando Mozart era pequeño tenía terror a la trompeta. Su padre lo invitó a su casa y le pidió que tocara para ver sí así se le pasaba la fobia; pero en cuanto se puso a tocar, Mozart se desmayó. Sufría trompetofobia.
—¿Qué es lo que más le sorprende de la vida íntima de los grandes músicos?
—Vivaldi fue cura porque, al ser pobre, su padre tuvo dos opciones: o hacerlo cura o castrarlo; pero Liszt se hizo sacerdote por vocación después de haber tenido hijos y siguió acostándose con todas las señoras —eso sí, de alta alcurnia— que podía. Que un abate fuera un promiscuo quizá es lo que más me choca.
—Mucho pecado de faldas, veo.
—El de Wagner fue, además de la autoidolatría, la infidelidad hacia sus mejores amigos y protectores: se la pegaba con sus mujeres.
—¿El más atormentado, Chaikovski?
—Sí, ser homosexual en la época de la Rusia zarista significaba irse a vivir a Siberia. Intentó ocultar su homosexualidad (a la que consideraba una enfermedad) casándose. El matrimonio fue un desastre y vivió amargado. Pero tuvo una relación con Nadejda von Meck, una acaudalada viuda rusa que tenía 11 hijos y que estaba enamorada de él.
—¿Qué tipo de relación?
—Ella le mantenía y sólo le puso una condición: que no se conocieran. Estuvieron carteándose durante catorce años.
—¿Beethoven era el de peor carácter?
—En una ocasión, como tantas, estaba tocando el piano y un príncipe susurró algo a una señora. Beethoven cerró la tapa del piano y gritó: “¡Yo no toco para esos cerdos!”. Luego se arrepentía; mandaba a la porra a un amigo y a los diez minutos le escribía una carta: “¡Querido corazoncito!, por favor, ven, perdóname. Te besa tu Beethoven, también llamado albóndiga”. Su música es así.
—Ciclotímica.
—Sí. Nunca cuajó con ninguna mujer, prefería las fulanas, a las que llamaba fortalezas.
—No está mal.
—Y Brahms tocaba desde los 11 años en prostíbulos de Hamburgo. Durante toda su vida tuvo un amor incondicional hacia ellas, decía que eran mejores que cualquier dama.
—La mayoría de los músicos provenía de estratos sociales bajos.
—Sí, los artistas eran parte de la servidumbre, se utilizaba a los músicos como ahora se usa un CD, no estaban considerados.
—¿Cuál es la historia de amor más bella?
—La de Brahms con Clara Schubert, bastante mayor que él y esposa de su mejor amigo y protector. Brahms se enamoró de Clara nada más verla. Cuando Schubert enloqueció y tuvieron que internarlo, Brahms no lo traicionó, incluso cuando murió siguieron enamorados toda la vida, pero sin casarse.
—Había genios esforzados y genios iluminados.
—Cierto. Beethoven era un genio pero le costaba; en cambio, Mozart… En la Capilla Sixtina, una vez al año se abría un cofre que contenía una obra, el Miserere de Allegri a ocho voces, se interpretaba y se volvía a guardar bajo llave y bajo pena de excomunión a quien la copiara.
—¿Una obra complicada?
—Mucho. Mozart, con 14 años, escuchó el Miserere de Allegri una vez, llegó a casa y lo escribió sin un solo fallo. ¿Cómo es posible? Yo creo que era un savant.
—¿El síndrome del sabio?
—Sí, personas con desórdenes mentales como el autismo que pese a sus discapacidades poseen sorprendentes habilidades mentales específicas. A Mozart era como si alguien le dictara la música, nunca corregía.
Anna Netrebko: “Cuanto canto un aria, soy más cantante, pero cuando tengo a mi lado a un compañero atractivo, actúo como mujer. La ópera es un arte sensual, y siempre trato de dotar a mis heroínas de un espíritu erótico-amoroso”.
“¿Cuánto tiempo puede cantarse Don Juan? Estaría bien ir haciendo otra cosa ya. Siempre le empujo [se refiere a su pareja, el barítono uruguayo Erwin Schrott] a que haga algo nuevo, pero, lamentablemente, es un poco vago”.