“El legado de Alfredo Kraus, de quien el jueves se conmemoran los 10 años de su muerte, protagonizará la pretemporada musical con homenajes como el del Villamarta de Jerez. Citas que servirán al recuerdo de un tenor que supo enlazar en un mismo estilo modernidad y tradición belcantista.
La muerte, hace ahora diez años, de Alfredo Kraus hizo desaparecer a un insólito representante del belcantismo de la segunda mitad del siglo XX. La voz se conservaba sorprendentemente joven en un hombre de 71 años, pero el cansancio y la atonía muscular ya se empezaban a sentir, más después de la muerte de su esposa en 1997.
En recuerdo de su desaparición se realizó a primeros de agosto, en La Granda, Asturias, un curso de tres días en el que distintos especialistas estudiaron de arriba abajo su arte singular. Iniciativa a la que se suma, el día 18 de este mes, el Teatro Villamarta de Jerez, reinaugurado precisamente por el tenor canario en 1996, con un concierto In Memoriam protagonizado por el tenor jerezanoIsmael Jordi, al que acompañará el pianista Rubén Fernández. El recital, con el que el teatro inaugurará la temporada, estará integrado por algunas de las arias favoritas de Kraus, tales como ‘Tombe degli avi miei’ de Donizetti o ‘Por el humo se sabe’ de Vives.
Asimismo, está previsto que la Asociación Kraus de Oviedo lleve a cabo numerosas ponencias y, ya a finales de noviembre, coincidiendo con la fecha de nacimiento del tenor, tendrá lugar en Las Palmas de Gran Canaria el tradicional concierto-homenaje en la Sala de Cámara del auditorio que lleva su nombre. Actuarán la soprano canaria Yolanda Auyanet y el pianista Juan Francisco Parra.
El artista canario representaba un tipo de cantante que aunaba el tenor de gracia con el lírico o el lírico-ligero, y que hoy no existe; ni se otean posibles sustitutos. No lo es el excelente Juan Diego Flórez, un cantante más liviano y aéreo, de menor densidad vocal, especialista sobre todo en ciertas partes rossinianas”. (más…)
“Si tuviéramos que escoger, siempre a modo de juego, la “versión de referencia” para que algún estudiante, o alguien que no conociera nada sobre la ópera, la escuchara… ¿Qué versión sería? ¿Qué versión, y de qué cantantes, prefieren ustedes para El elixir de amor?”.
“Y ya si alguien me puede hablar de algun Elixir que viera entero en un teatro… pues ya sí que sería no para darle las gracias sino para darle dos besos ( o un abrazo, XD)”.
Quien dice la mejor, dice la que más nos gusta. Por las razones que sean. Iremos añadiendo audiciones o vídeos (siempre que sea posible) a medida que ustedes se pronuncien.
“Me quedo con una versión que hizo en 1990 en la Plaza de Las Ventas dentro de una gala denominada “Opera Stars” y es que esa noche Alfredo tenía como un plus que hacía como si estuviera en estado de gracia…”.
Nemorino: “La ‘lágrima’ de Kraus no deja de sorprenderme, no dejo de escucharla una y otra vez; ésta de las Ventas o la mayoría de las que nos interpreta nuestro Alfredo del alma”.
8 Septiembre 2009, a las 12:11
Nemorino: “Me quedo con la versión de las Ventas. Por cierto, mil perdones a Werther, ¡cómo me pude olvidar! El único atenuante es que hace ya más de dos años (5 abril 2007) que él mismo me dedicó en su blog una maravillosa ‘Quanto è bella’ interpretada por el maestro. Ahí os dejo el enlace, con el permiso de Werther”.
(Gracias, Nemorino)
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7 Septiembre 2009, a las 10:00
Antonio: “Me gusta muchísimo la versión de Schipa, pero me quedo con la de Kraus. Por cierto, además de las versiones que aquí se han mencionado (me refiero a las de Kraus), en e-mule encontré una en directo en París (o, al menos, eso ponía) que también es impresionante”.
9 Septiembre 2009, a las 9:47
Antonio: “Ahí va mi votación, según el ‘nuevo formato’:
1. Kraus
2. Schipa
3. Aquí tengo más dudas, pero recuerdo que hace tiempo, Gio, dedicaste otra entrada a esta misma aria. Allí aparecía una versión de Di Stefano que me gustó bastante (a diferencia de una que tengo en disco, que no me gusta nada), así que, aunque hasta ahora no haya aparecido, creo que la voy a elegir como nº 3.
(Gracias, Antonio)
Giuseppe Di Stefano (1944)
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8 Septiembre 2009, a las 8:37
Werther nos saca de dudas (como siempre): “Efectivamentehay ‘Una furtiva…’ de Kraus en París. La misma tuvo lugar en la Ópera Garnier a finales de 1987 en un memorable recital conjunto de Kraus con June Anderson y bajo la batuta de Michelangelo Veltri [aquí]”.
(Gracias, Werther)
Tito Schipa (1929)
4 Septiembre 2009, a las 10:20
Dinora: “Me quedan muchas versiones por escuchar, pero de momento hay una que me gusta mucho, quizás por esa delicadeza y pasión con la que canta Tito Schipa”.
“Me gusta [esta de Gigli, 1933] aunque la escala final en esta versión… ejem… qué puntillosa soy jejeje bueno, seguiremos en ello…”.
(Gracias, Dinora)
——————— 5 Septiembre 2009, a las 1:57
Yemapel: “A mí, como a Dinora, la que más me gusta es la de Schipa de 1929. La voz parece pura glucosa. Hay dos más muy interesantes: Carlo Bergonzi en directo (1967, también algo lenta) y Cesare Valletti(creo que de 1952)”.
6 Septiembre 2009, a las 1:48
Yemapel: “La de Schipa está entera, aunque con la imagen fija. Aunque es otra versión, es también de 1929″.
(Gracias, Yemapel)
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7 Septiembre 2009, a las 3:43
José Carmelo Rugna: “Hay muchas y muy buenas versiones pero destaco dos tenores por sobre el resto, Tito Schipa y Beniamino Gigli, la de Gigli la tengo en un viejo LP con un terrible ruido a púa, pero igual o quizás por eso me pone “la piel de gallina cada vez que lo escucho”.
9 Septiembre 2009, a las 2:21
José Carmelo Rugna: “Dije Schipa y Gigli como las que mas me gustan, pero si debo decidir voto: 1º Schipa 2º Gigli.
Por supuesto que también son excelentes las versiones de Bergonzi y Kraus”.
(Gracias, José Carmelo)
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5 Septiembre 2009, a las 8:59
Jussi Björling
e.arroyo: “A mí me gusta Björling y después Schipa”.
(Gracias, e.arroyo)
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5 Septiembre 2009, a las 5:58
Allforthemusic: “Bueno, yo también quiero dejar versiones para que al menos, con un clic podamos escucharlas… y decidirnos! John McCormack (1910), Enrico Caruso, Alfredo Kraus joven (versión que aparece en la película Gayarre; 1958), Cesare Valleti(Quanto è bella, quanto è cara…; 1954).
Yo todavía sigo escuchando, ya decidiré”.
(Gracias, Allfor)
John McCormack (1910)
Carlo Bergonzi (1967)
7 Septiembre 2009, a las 4:56
Yemapel: “Bueno, tengo que votar, que sólo he aconsejado versiones:
1. La que más me gusta, la del irlandés McCormack, propuesta por Allforthemusic. Se puede dejar sólo la voz y seguiría siendo espléndida.
2. Tito Schipa, por lo dicho en otros comentarios.
3. Carlo Bergonzi. Magnífico, como siempre”.
Beniamino Gigli.
Londres, 27 de marzo de 1933. Orquesta de La Scala de Milán. Dirige: Sir John Barbirolli.
(Nota bene: creo que esta versión de Gigli no se corresponde con la que señala Mefisto, pero a alguna le tenemos que poner la flor;-) Sobre la versión de Caruso, él mismo lo especifica)
7 Septiembre 2009, a las 2:58
Mefisto: “Para mí la versión del gran Caruso, una que tengo en disco de Gigli me parece muy buena, y la de Schipa”.
8 Septiembre 2009, a las 6:38
Mefisto: “La versión de Caruso acompañado por piano donde juega magistralmente con los claroscuros, los tiempos están llevados atrás, tiene muchas florituras no escritas y utiliza su fiato para tocar (literalmente) al oyente. Creo que es la de un link de Allforthemusic, pero no estoy seguro porque de la que yo dispongo tiene menos tratamiento digital, especialmente en la compresión del sonido.
“La versión de Gigli es la del sello EMI en discos (7) con toda su discografía en obras sueltas catalogadas por época bajo el nombre de Historical Archives, Arie da opere, Beniamino Gigli La sua storia, la sua voce.
En cuanto a la de Schipa es la del´29″.
(Gracias, Mefisto)
——————— 9 Septiembre 2009, a las 8:20
Nicolás Camilo Gesén: “Yo me quedo con el Elixir de Bergonzi, Scotto, Taddei de 1967, el video está un poco bajo en calidad, pero es una versión muy buena, creo que es la que más prefiero y lo he dicho ya en otros comentarios. (…)
Asumiendo que las versiones aquí citadas son todas magníficas, la elección va más por el gusto personal y nada más. Si hubiese sido La favorita, mi voto indiscutido habría estado con Kraus. En este caso mi elección es otra.
1.- Carlo Bergonzi
2.- Beniamino Gigli
3.- Tito Schipa
4.- Nicola Monti
5.- Ferruccio Tagliavini
Reitero que todas me parecen exelentes… es solo mi más personal gusto”.
Allforthemusic: “Más versiones (me he tomado la libertad de buscar algunas de las que votáis, para que no queden en ‘algo que he oído’ sino en ‘MIRAD cómo canta este pájaro’, espero que no moleste a nadie)”.
Antonio: “Yo no sé si con tanta lágrima estaremos a punto del desbordamiento, pero me gustaría añadir una más. Es de Simoneau, creo que vale la pena”.
(Gracias, Antonio)
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19 Febrero 2011, a las 8:12
Casi año y medio después, añadimos una lágrima que nos recomienda Victoria. Ya la señaló en su momento Alforthemusic, pero por aquellos tiempos llovieron tantas lágrimas que no a todas las dejamos asomarse a los ojos… (Gracias, Victoria)
Roberto Falcone: “Recomiendo también escuchar a Giuseppe Distefano, en esta canción. Hay una grabación en vivo, en Mexico del año 1952, que es extraordinaria y a la altura de las tres de referencia”.
Ricardo de Cala:
“Kraus es referente ineludible en, al menos, 23 papeles, ¿cuántos cantantes pueden decir lo mismo?”.
“Siempre ponía por delante la preservación de la salud de su voz. Desdeñaba los esfuerzos suplementarios. Además, buscaba la interacción con el público. Siempre eligió con mucho gusto”.
“Era capaz de controlar y administrar su aliento y mantener una línea de canto sin descomponer ni su figura ni su voz. Su facilidad no era un milagro, sino el uso adecuado de todos los resortes”.
“Era un atleta. Ofrecía un canto desahogado, irreal y maravilloso”.
«El libro y 2Cds ‘Alfredo Kraus, Una voz universal’, que conmemora el X aniversario del fallecimiento del tenor español, se publicará el próximo 1 de septiembre en una edición excepcional e incluye dúos con Montserrat Caballé, María Callas, Pilar Lorengar, Renata Scotto y Beverly Sills, entre otras grandes voces.
“Gracias Maestro por tu lección magistral y gracias también por tu caballerosidad para con todos tus colegas que siempre te hemos admirado y apreciado”.
Son palabras de Montserrat Caballé refiriéndose a Alfredo Kraus, el genial tenor español del que el 10 de septiembre de 2009 se conmemora el 10º aniversario de su fallecimiento».
Gayarre falleció en Madrid, el 2 de enero de 1890. Casi seis años y medio antes, el 23 de agosto de 1883, ya había dejado por escrito el célebre tenor navarro a quiénes nombraba sus herederos universales y a quiénes y en qué cuantía legaba parte de fortuna.
Entre los legados en metálico que donó el tenor figura el nombre de una niña quien, con diferencia, resultó ser la mayor beneficiada. Ni siquiera en su testamento quiso confirmar Gayarre el parentesco que le unía a ella, y se limita, sin más, a consignar su nombre: “La niña María Mantilla”.
No obstante, existía en el testamento una cláusula reservada, que lógicamente no se hizo pública. La prensa de aquel entonces dedujo –concedamos que con más datos e información de los que contamos hoy en día– que aquella cláusula privada estaba relacionada con su hija.
Por lo que se sabe –muy poco, a ciencia cierta–, María Montilla era hija de la soprano del mismo nombre y del tenor Julián Gayarre. Gayarre no le dio su apellido, pero, obras son amores; es evidente que velaba por ella.
La soprano María Mantilla caracterizada, probablemente, de Anna Bolena.
Pero ¿quién fue la soprano María Mantilla? No existe mucha información sobre su trayectoria artística (nada vemos en la Red), pero sí se sabe, por ejemplo, que cantó en el Teatro Real en la temporada 1872-1873.
Debutó con Anna Bolena el 10 de octubre de 1872, y continúo con Gemma di Vergy, ambas obras de Donizetti y ambas estreno en el Real. Intervino después en Los Hugonotes, Il trovatore y Don Giovanni, junto a Roberto Stagno.
En 1873 canta el Moisés de Rossini y la Norma de Bellini. Su última intervención en el coliseo madrileño fue en un concierto sacro: el oratorio de La Creación de Haydn en marzo de ese mismo año.
Gayarre debutaría en el Teatro Real casi cinco años después que Mantilla, el 4 de octubre de 1877, con La favorita.
¿Cantó María Mantilla en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona? Parece ser que sí, a juzgar por lo que en la hemeroteca hemos hallado:
“La empresa del Gran teatro del Liceo ha contratado, en sustitución de la señora Pierson, a la distinguida prima donna María Mantilla”, publican en La Vanguardia el 29 de abril de 1885.
Y el 8 de mayo de ese mismo año, 1885, se comunica que asumirá el rol de Leonora en Trovador:
Con la ópera ‘II trovatore’ debutará mañana domingo en el Gran teatro el tenor don AndrésAntón, que viene precedido de gran fama por los ruidosos éxitos que ha obtenido recientemente en el teatro Real de Madrid. También debutará en dicha ópera el barítono señor Rubirato, habiéndose encargado de la parte de Azucena la distinguida artista señora Pasqua y de la de Leonor la señorita Mantilla.
Por aquellos años, los cronistas y/o críticos de prensa del teatro lírico, y en general de cualquier otro espectáculo, las más de las veces se limitaban a anunciar qué se cantará, dónde se cantará y quiénes cantarán, y generalmente sólo hacían referencia a las figuras principales. Pero todo apunta a que la soprano María Mantilla cantó en el Liceo en la primavera de 1885 (lo verificaremos con más tiempo otro día).
“Gayarre no se resistió a los caprichos de Cupido y en más de una ocasión se dejó caer en los brazos del amor. Quizás la historia de amor que más huella le dejó fue la que mantuvo con la tiple María Mantilla. Fruto de esta relación nació una niña a la que dieron el nombre de María y el apellido materno llamándose entonces como su madre.
Poco o casi nada se sabe de esta niña.
Aunque se conoce muy poco del testamento de Gayarre, por lo que se publicó en la prensa de la época se sabe que el tenor otorgó “a la niña María Mantilla 25.000 duros”. Toda una fortuna para la época. Años más tarde la hija del tenor adoptó el apellido paterno, pasándose a llamar María Gayarre”. 1
1.- Testimonio de Dña. Alicia López de Garretxena, a quien se lo contó un matrimonio que conoció a la hija de Gayarre.
Cuando en 1882, Julián Gayarre da su palabra al empresario don Luciano de Urizar de que se presentará en Bilbao, organiza el tenor una compañía de cantantes españoles, con el objetivo de cantar en la capital vizcaína y quizás en alguna otra ciudad española. Entre el elenco de aquella compañía, se encontraba la soprano María Mantilla.
En seguida Julián empezó a disponer la temporada que un mes más tarde [hasta últimos de marzo de 1882, Gayarre se encuentra en Roma] habría de iniciar en Bilbao. Organizador y empresario de la compañía lo era el maestro José Lago, un gallego tan diligente como astuto y tan capaz como emprendedor. […] En poco tiempo le unió al tenor una gran amistad y fueron muchos los negocios teatrales que hicieron juntos.
Tales gestiones y la presencia de una agente americano que deseaba contratar a Gayarre hicieron que por el ambiente teatral corriese el rumor de que el roncalés formaba compañía con cantantes españoles para emprender una jira [sic] artística por los países americanos.
Julián hubo de desmentirlo, aunque la oferta, con respecto a él, era cierta, lo mismo que la formación de la compañía, pero ésta no tenía otros propósitos que actuar en la capital de Vizcaya y, si acaso, en alguna otra provincia española. Tratándose de una empresa en la que él tenía parte, según había acordado con don Luciano de Urizar, Julián procuró rodearse de buenos amigos, que fueran a la vez artistas excelentes.
Así aseguróse la participación de la soprano María Mantilla, a la que acompañaba por entonces con muy expresiva asiduidad; de José Kaschmann, una de las más bellas voces de baritono que han existido, compañero suyo en muchas noches de triunfo; del bajo Pedro Meroles [muy probablemente se refiere al bajo Pablo Meroles], muy apreciado por todos los públicos, y del barítono Eugenio Labán, que llegó a ser uno de sus mejores amigos”.
Se da por cierto, pues, que la soprano María Mantilla era la madre de la hija natural de Julián Gayarre. Sin embargo, Marta Herrero Subirana, descendiente del tenor, y Francisco Moreno Bardají, su esposo, autores del libro Julián Gayarre. Un tenor histórico. Un navarro universal, editado por la Fundación Gayarre, ponen en duda ciertos aspectos de la vida privada del tenor roncalés, y así lo adelantan en la Presentación:
En algunos puntos de la vida de Gayarre nos hemos apartado del tratamiento que les han dado en esas biografías [se refieren a las escritas por Máximo de Arredondo, Anselmo González, Hernández Girbal, Oscar Muñoz, citados expresamente]; preferimos ofrecer en este libro la versión que de estos acontecimientos se ha mantenido en el seno de nuestra familia; incluso en algún tema importante como la identidad de la madre de María, la hija natural de Gayarre.
Y así, en el capítulo III.III ‘Las mujeres y los amigos’, Marta Herrero Subirana, nieta de Fermina Gayarre e hija esta última de Ramón, uno de los dos hermanos del tenor, especifica:
María Mantilla.
Lógicamente la discreción que Gayarre exigió a su entorno en estos temas la llevó al máximo cuando las relaciones amorosas dieron su fruto lógico.
De estas relaciones la más conocida es la que mantuvo con María Mantilla, importante soprano española con la que compartió tardes de triunfo en Madrid y que actúo con él en Bilbao en 1882, y “a la que acompañaba con muy expresiva asiduidad”.
La existencia de la hija de ambos, María, fue admitida por Julián al legarla en su testamento la cantidad de 125.000 pesetas.
Esta niña, a la que Julián no reconoció legalmente, cambió posteriormente su apellido materno por el paterno de Gayarre, aunque no lo transmitió por morir sin descendencia de su matrimonio.
Todos los biógrafos aceptan que la madre de la niña era la soprano María Mantilla; pero en casa, las pocas veces que oí comentar el tema, el nombre que se citaba era el de Teresa; quizá la niña se llamaba Teresa en lugar de María; o quizá la madre era Teresa, una hermana de María que daba conciertos de arpa.
Parece que la niña María o Teresa no fue el único fruto de la relaciones amorosas que mantuvo Julián. Aunque también es lógico que quisieran atribuirle paternidades diversas. En la investigación que Oscar Muñoz, su más reciente historiador, está realizando sobre la correspondencia inédita de Julián aparecen cartas firmadas por una Lola, que trata a Julián con mucho cariño… y le dice que su hijo le llama “papá”.
¿Se llamaba, pues, la niña María? ¿Se llamaba Teresa? Es extraño que el propio tenor confundiera el nombre de su hija en su testamento. ¿Era hija de la soprano María Mantilla o de su hermana Teresa? ¿Se llamó quizás María Teresa y fue conocida por ambos nombres? Recordemos que María era también el primer nombre de la madre de Gayarre, la devoción que siempre sintió por ella el tenor y la tradición secular de imponer, generación tras generación, los nombres de los familiares más próximos, especialmente el de los abuelos.
¿Podría haber adoptado la niña María Mantilla el apellido Gayarre, o cambiar el apellido Mantilla por el de Gayarre, sin que su padre, que ya no vivía, la hubiera reconocido legalmente como su hija? ¿Podría haber transmitido su apellido si éste no le pertenecía legalmente? ¿Es posible que en aquella cláusula privada del testamento, Gayarre reconociera postúmamente su paternidad y que ésta fuera la razón de que años más tarde María Mantilla pasara a llamarse María Gayarre?
Julio Enciso, amigo, biógrafo y albacea testamentario del tenor.
Demasiadas incógnitas después de casi 120 años de la muerte de Gayarre. Y en realidad no importan. Lo que sí parece evidente es que Gayarre se preocupó por que no se supiera públicamente y con absoluta certeza que la niña María Mantilla era hija suya.
Sus familiares respetaron a rajatabla sus deseos, incluso después del fallecimiento del tenor. También, y especialmente, Julio Enciso, su mejor amigo, casi un hermano, y autor de las Memorias de Gayarre:
Las tachaduras que Gayarre realizó en las Memorias son flagrantes; por ejemplo, al relatar Enciso las aventuras amorosas que Julián tuvo en San Petersburgo, escribe: “en cambio, abundaron las grandes aventuras, y allá va una”; punto y aparte. “Desde aquella época solía recibir siempre Gayarre en determinado día del año una flor dentro de un sobre…”. Al buen Enciso se le olvidó corregir la redacción después de que el original hubiera sido mutilado por el protagonista de la aventura”. [Julián Gayarre. Un tenor histórico. Un navarro universal]
Quizás al buen Enciso no se le olvidó. Quizás fue su forma de dejar constancia, sin dejar de ser leal, de que le hubiera gustado contar más cosas de la vida privada del tenor (es obvio: de no ser así, Gayarre no hubiera tachado párrafos enteros del manuscrito original), pero que no le dejaron. Que el propio Gayarre no se lo permitió.
Por si quedara alguna duda de la férrea intención del tenor de desvelar lo menos posible sobre sus historias de amor o íntima amistad con el género femenino, recordemos que Gayarre encargó a Enciso que cuando él falleciera “destruyese todas las cartas con firma de mujer existentes en la casa de Roncal, encargo que Enciso llevó a cabo con la destrucción de más de trescientas cartas”. [Julián Gayarre. Como el de casa ninguno]
De nada sirve lamentarse del gran valor histórico y documental que sin duda se perdió para siempre entre aquellas cartas. Así lo decidió el tenor. Y así lo asumió Enciso. Tempus fugit…
Sebastián Julián Gayarre Garjón nace en Roncal el 9 de enero de 1844. Era hijo de Mariano Gayarre Mainz y de María Ramona Garjón Jandúa. Sus dos hermanos, Ramón y Victoriano, tenían 5 y 3 años, respectivamente, cuando nace el benjamín de la familia, Sebastián Julián. Recibe el primer nombre por la devoción que María Ramona sentía por este santo; y el segundo, por el santo del día en que nació, 9 de enero, San Julián. Sus padres tenían 43 y 41 años, respectivamente, cuando nace el tenor.
Gayarre recibe la noticia del fallecimiento de su madre en Varese, el 20 de septiembre de 1869, justo en los días en que por primera vez canta en Italia (debutó con I vespri siciliani, de Verdi). De todos es conocido cómo recibió la triste noticia el tenor y cómo el sentimiento y el dolor con que cantó Una furtiva lacrima le catapultó a la fama.
Su hermano Ramón estaba casado con Gabriela Arregui. Del matrimonio nacieron dos hijos, Fermina, en 1869; y Valentín, en 1870. Ramón fallece en el verano de 1871, a los 32 años, víctima de la tisis. Por aquellos días firma Gayarre su primer contrato, con Baldini, el empresario que le dio su primera oportunidad en Varese.
Su hermano Victoriano también fallece joven, a los 34 años, el 18 de octubre de 1875. Estaba soltero y también murió a causa de la tuberculosis. A Gayarre le contratan por esas fechas para cantar por primera vez en la Scala.
Julián Gayarre con su padre, Mariano Gayarre Mainz (frente al tenor) y sus primos Gregorio y Pedro María Garjón.
El tenor roncalés asociaba la coincidencia entre la pérdida de sus seres queridos y algunos de los éxitos clave en su carrera con la idea de que sus mejores triunfos artísticos se los estaba cobrando la vida con la muerte de aquellos a quienes más quería. Este presentimiento, sumado a su carácter, de natural melancólico, se acentúa aún más cuando fallece su padre, don Mariano, el 27 de agosto de 1882, en Roncal.
¿Ves estas tierras? Pues ahí venía yo de niño a trabajar con mi padre y mis hermanos. Mi madre nos traía un puchero de habas y un trozo de pan que constituía nuestra comida. Entonces era pobre… hoy en cambio soy rico, millonario, pero ¿dónde están mis seres queridos? Cambiaría todo ahora mismo: mi dinero, mi fama, todo por verme de nuevo con ellos como entonces… como un humilde campesino. [Memorias de Julián Gayarre (1844-1890)]
Hace tiempo que me enviaron el artículo que hoy reproduzco textualmente. Prometí publicarlo en el blog. Lo intenté. Las páginas escaneadas resultaban ilegibles y picar todo el texto —es extenso, como podrán apreciar— me exigía un tiempo que en esos momentos no tenía. Tampoco ahora me sobra, pero lo prometido es deuda.
Quería también ilustrar el texto con unas fotografías que tomé en una de las ocasiones que visité Roncal. Las perdí cuando el disco duro de mi ordenador pasó a peor vida, pero tropecé con ellas hace unos días en un CD del que ignoraba su existencia.
Como curiosidad, el precio de las localidades: de 3.500 pesetas de las de entonces (butacas), la más cara, a 950 pesetas, la más barata (principal, 3ª-6ª fila).
“La gloria del artista de teatro es como el sueño de una noche. Un pintor, un poeta, un compositor dejan sus obras. De nosotros ¿qué queda?…, nada, absolutamente nada, una generación que dice a otra ¡Cómo cantaba Gayarre!”.
La reflexión que encabeza este artículo es el resumen de la filosofía de Gayarre. Un hombre que de la nada llegó a serlo todo, de rudo pastor del Pirineo a ser admirado por príncipes, de ser un hombre de instrucción elemental a codearse con los intelectuales de su época y, sin embargo, ‘El cantor’ —como le denominaban sus queridos roncaleses— jamás se dejó deslumbrar por sus éxitos ni por el oropel de sus grandes amistades. Vivió sencillamente, pese a la inmensa fortuna que acumuló, y no se olvidó jamás de su terruño navarro, de su juego de la pelota, de sus viejos amigos ni de la lealtad a la palabra empeñada.
Destacó como el mejor cantante de su época, sin embargo, aquello no era suficiente para él. Nuestro personaje quiso formarse en un afán sin límites de aprender y, así, aquel antiguo pastor roncalés adquirió un importante bagaje cultural, bastante impropio en un mundo de adulación y falaz como el que se desenvolvía.
Hoy contamos con algunas cartas dirigidas a familiares y amigos, ilustrativas de la gran grandeza moral del tenor navarro, las cuales nos vienen a demostrar que no sólo fue un artista excepcional sino también un hombre excepcional.
Los tópicos y las leyendas se han cebado en la figura de Gayarre como en pocos personajes. Desde cantar las más bellas romanzas de su repertorio en plena calle, para socorrer a un pobre ciego (anécdota atribuida también a otros dos artistas vascos, Iparraguirre y Sarasate) hasta acudir en los topes de un tren a Italia, hospedarse en los soportales del Teatro de la Scala, para, finalmente, debutar en la Scala de Milán sustituyendo, en el último momento, al tenor de turno.
Todo ello es falso y absolutamente pueril. Gayarre demostraba su filantropía con los pobres de otra forma; cuando viajó a Italia lo hizo por tren, en segunda clase, y en barco, y, por supuesto, no se alojó en los soportales de la Scala sino en un hotel, y no debutó improvisadamente. En la Scala, ayer como hoy, los espectáculos no se improvisan, ya que en esta institución musical se sigue al artista de cerca desde su inicio, y sólo cuando existe una información exhaustiva y compulsada se le contrata para su debut, si ello va a suponer un éxito artístico y económico.
Con esta advertencia queremos romper todas las fábulas existentes sobre Gayarre, personaje mucho más profundo de lo que las anécdotas apócrifas cuentan.
Sus padres, modestos labradores, apenas pueden darle la más elemental educación, pese a la viveza del muchacho, que destaca por su aptitud matemática en la escuela, según su maestro roncalés.
Hacia 1857 sus padres le trasladan a Pamplona como dependiente de una mercería a cambio de su manutención. Al poco tiempo es despedido del comercio por abandonarlo cuando una fanfarria militar marcaba sus aires marciales por las calles de Pamplona.
Tras su experiencia como ‘comerciante’ su padre le busca un empleo como aprendiz de herrero en Lumbier. Aquel trabajo no le disgustaba, sin embargo, le minaba la salud de tal forma que tiene que volver a Roncal a reponerse.
Los aires del Valle del Roncal le devuelven la salud, pero dada la escasez de medios económicos familiares, tiene que volver a Pamplona, en donde se coloca como oficial de herrería. Mientras forja el hierro, de su garganta brotan las más viriles jotas navarras, lo que hace que sus compañeros le animen a apuntarse al Orfeón pamplonés, donde pronto destaca como solista.
En 1865 el futuro divo tiene la gran fortuna de topar con otro navarro músico y metido en la Corte, D. HilariónEslava, quien entusiasmado con la voz de Gayarre le aconseja trasladarse a Madrid a estudiar música y canto, previa una beca que le gestionaría.
Sin embargo, aquella beca duraría poco, ya que al estallar la ‘Revolución de Setiembre’, se suprimen las becas, por lo que Gayarre tiene que colocarse de corista en una compañía de zarzuela, aceptando los papeles más ínfimos.
Finalmente consigue una beca de la Diputación de Navarra para estudiar en Italia. En Milán, y por un limitado precio, consigue ser alumno del Maestro Lamperti, el mejor profesor de canto, sin duda, de su época. Rápidamente el maestro italiano corrige sus defectos y selecciona las obras más adecuadas a su tesitura.
Pronto debuta en Varese en una compañía muy mediocre, con un papel secundario en I Lombardi. En aquel debut, sólo se salva del fracaso el tenor navarro, a quien se le ofrece el papel protagonista en L’elisir d’amore. En el debut de esta obra sucede un hecho que parece novelesco, pero que, por desgracia, es cierto.
Momentos antes de salir a escena a cantar la famosa aria ‘Una furtiva lacrima’, recibe un telegrama que literalmente decía: “Con un profundo pesar te comunico que tu pobre madre ha dejado de existir”. Gayarre entonces cantó esta aria de forma tan sublime que el público, según los cronistas de la época, salió enfervorizado, sin saber si cantaba para el cielo o para aquel reducido público.
Gayarre nació en el barrio de Arana de Roncal, muy cerca de la iglesia de San Julián. Sobre el solar de aquella casa, el tenor mandó construir una nueva en 1879. Hoy en día, alberga la Casa Museo Gayarre.
Aquello fue la puerta del éxito, Roma, Bolonia, San Petersburgo, Moscú, Viena… hasta llegar a la Scala, en donde debutó con La favorita. Pese a la frialdad de los milaneses en los ensayos, Gayarre alcanzó un éxito inconmensurable en la representación. Desde hacía más de 20 años en la Scala no se habían oído tantos aplausos como en aquella ocasión. Críticos tan exigentes como Filippi, dijeron de Gayarre: “Acabo de asistir a la consagración de un genio”.
A partir de entonces todo sería más fácil para el tenor roncalés. Ponchielli le eligió para el estreno de La Gioconda, imponiéndole Gayarre la composición de un aria para él, y así nació la famosa romanza ‘Cielo e mare’, que la cantó de tal manera que hubo de ser bisada.
Después vino Londres, París, Buenos aires, Lisboa, Madrid… Su repertorio era ya gigantesco, más de 50 obras, y su prodigiosa voz se igualaba a su capacidad de estudio. Gayarre afrontaba óperas tan diferentes como el repertorio italiano, el D. Giovanni, Der Freischutz, Una vida por el Zar, Le Prophête, etc.
Pese a sus grandiosos éxitos, Gayarre era un hombre a quien jamás su encumbramiento logró cambiar, en los más mínimo, su naturalidad y sencillez. De otro lado, era un hombre dado a la melancolía, que sufría grandes depresiones psíquicas.
Los más negros presentimientos le atormentaban día a día, y la razón de ellos había que buscarla en el terror que tenía Gayarre a la muerte, sobre todo si tenemos en cuenta que sus dos hermanos habían fallecido en plena juventud, de tuberculosis. Si a ello añadimos el afán de inmortalidad del artista, comprenderemos que, pese a su inmensa fortuna y éxito personal, su vida no fue un camino de rosas.
"Julián Gayarre nació en esta casa, año 1844. Homenaje de sus paisanos".
El 8 de diciembre de 1889 el Teatro Real de Madrid hervía de público y expectación por verle en Los pescadores de perlas. Gayarre no se encontraba bien, sin embargo, actuaba para salvarle al empresario de una difícil papeleta. En el primer acto su voz sonaba límpida y pura, pero al adentrarse en el aria ‘Mi par d’udir ancora’, su emisión comenzó a debilitarse y en el primer agudo apenas esbozó un sonido ahogado, luego emitió como pudo un jadeo sordo y al afrontar la nota final, ésta se quebró en su garganta, mientras un silencio profundo se apoderaba del público. Gayarre, con inmensa tristeza, dijo entonces aquella frase de “No puedo cantar…, esto se acabó”. Aquella fue la última vez que el gran roncalés salía a escena.
Pocos días después del 2 de enero de 1890 y víctima de la gripe —el famoso trancazo—, Gayarre moría serena y tranquilamente en su apartamento madrileño, pronunciando las palabras “¡Fernando… Fernando!”. Aquella invocación al personaje de La favorita podría interpretarse como un homenaje que Gayarre rindiera al papel que tantos éxitos le había proporcionado.
Hoy su restos reposan en Roncal, en el famoso mausoleo, obra de Benlliure.
¿Cómo era la voz de Gayarre? Desgraciadamente, no hay ninguna versión fonográfica del gran tenor, por lo que tenemos que basarnos en los criterios de las personas que tuvieron la fortuna de escucharle.
Primer plano de la cruz ( (foto superior, ángulo inferior derecho) con el nombre de Julián Gayarre forjado en hierro.
En primer término, cabe destacar que su repertorio era de más de 50 obras, si buen muchas de ellas fueron rechazadas por no irle a sus facultades vocales o por no ser pedidas por el público. Por ello, al final, en su repertorio no incluía más de 10 obras, Rigoletto, Pescadoresde perlas, La Africana, Gioconda, Mefistófeles, Lucrezia Borgia, Lohengrin y, sobre todo, La favorita y Los puritanos.
Para hacernos una idea de cómo era su voz, oigamos la versión que nos dan tres grandes divos del pasado, Enma Calvé, Gemma Bellincioni y Enrico Caruso, recogidas en el libro de Isidoro FagoagaRetablo Vasco.
EnmaCalvé, en su libro Yo he cantado bajo todos los cielos, al referirse a Gayarre, escribe: “… cantó anoche en La favorita. ¡Qué voz asombrosa y qué alientos increíbles! Los seis primeros compases del aria Spir’to gentil los canta de un solo aliento, y las notas tenidas y los calderones los ‘fila’ y prolonga hasta límites tan extremos que el oyente termina por sentir una sensación de ahogo… ¡Me temo que estos alardes, de seguir así, le reporten grave daño a su salud”.
La versión de Gemma Bellincioni, considerablemente más extensa, es sobre todo exhaustiva en cuanto se refiere a la calidad y cualidades de la voz y el arte del tenor roncalés. Por otra parte, cuanto dice la referida señora del hombre y del artista que fue Gayarre tiene un mérito singular, ya que, además de gran cantante, era la esposa ejemplar de otro ilustre tenor, Roberto Stagno, uno de los más dignos rivales de Gayarre.
He aquí lo que al respecto escribe la señora Bellincioni en su libro autobiográfico Yo y el escenario:
“Entre los recuerdos que me han dejado más profunda impresión, debo señalar el que me produjo Julián Gayarre la primera vez que le oí. Fue en Lisboa, en 1886, y ya entonces se notaban en el artista algunos síntomas claros de su quebrada salud. Estaba contratado para contadas funciones extraordinarias, y las localidades, no obstante venderlas con un elevado sobrecargo sobre las tarifas normales, se agotaban días antes de la representación. Gayarre era muy querido de los lisbonenses, y con razón, pues era un auténtico Eletto (elegido), más que por su arte, por el prodigio natural de su voz. Una voz de maravillosa dulzura, llena de un hechizo extraño que hacía soñar y que provocaba escalofríos de conmoción. Jamás oí otra voz igual. Era una voz de paraíso, una voz angélica como con razón la calificaron los adoradores de Giuliano…”.
Luego nos presenta un retrato físico del cantor navarro que juzgamos de interés su reproducción, ya que es un claro exponente de cómo le veían los ojos de una mujer inteligente y observadora:
“Giuliano era natural de Navarra —prosigue la Bellincioni—; no tenía las facciones bellas y su tipo era más bien común. Tenía el pelo y la barba rojizos, los ojos pequeños y vivaces, y la estatura más bien mediana. En una palabra, no había en él nada que pudiera atraer como hombre. Añádese a esto una expresión casi dura, probable reflejo de su estado de ánimo marcadamente melancólico. Rara vez se sonreía, quizá porque el mal que lo llevó a la tumba tan prematuramente ya germinaba en él…”.
Busto de Gayarre en Roncal de Fructuoso Orduna, discípulo de Benlliure. Al fondo, el frontón que el tenor donó a su pueblo en 1887.
La señora Bellincioni, quien, en sus memorias, consagra a Gayarre —como actor y cantante— mayor espacio que a su esposo, Roberto Stagno, describe a continuación las alternativas y contrastes que provocó su presentación ante el público del San Carlos:
Gayarre —a quien ella llama casi siempre Giuliano— se presentó ante el público lisbonense con La favorita. Corría el invierno de 1882 a 1883. Gayarre tenía 38 años, le quedaban apenas cuatro de penosa y gloriosa existencia. La Bellincioni, que empezaba su carrera, contaba sólo 18 primaveras.
“En los ensayos pudimos observar que Giuliano no estaba bien; tosía constantemente, con una de esas toses secas, ásperas, que tanto nos apenaba a todos. La noche de su debut, el teatro se hallaba repleto de público. Giuliano poseía una especie de fascinación por atraer a las multitudes. Cuando apareció en escena, todo el auditorio, puesto de pie, le aclamó ruidosamente.
Esa noche, como lo comprobé enseguida, la voz del artista no se hallaba en su mejor momento. Conservaba el timbre puro y aquel hechizo inexplicable que le hizo tan célebre, pero se notaba que el estado de sus bronquios no era satisfactorio. El primer acto pasó fríamente. Durante el intermedio, los intransigentes de las butacas, los llamados ‘feroces pateadores’ (en español en el original) se agitaban insatisfechos. “Cuando se está mal —gritaban furibundos— se queda en casa para curarse y no se viene al teatro a cobrar 5.000 pesetas!”.
Me he enamorado de esta canción, qué lo vamos a hacer. Y ahora tengo una duda por más de mil: ¿cuál me gusta más, la de Aragall o la de Fleta? Ya, que no se pueden mezclar las cosas… Bueno. Ya, que no tengo por qué elegir, que me puedo quedar con las dos. Sí, si lo sé. Pero… No puedo evitarlo. ¿Ustedes sí? Me lo pensaré este fin de semana;-)
Mujer de los negros ojos,
la de la trenza morena.
Mujer de los labios rojos
como la flor del amor.
Mujer de perfil gitano,
que tiene sangre agarena.
Mujer de cuerpo pagano
eres llama, verso y flor.
Raquel, tras de esos muros prisionera,
mi amor, de tu prisión vengo a librarte.
Mujer, el que te dio la vida entera, morirsabré por ti para salvarte.
Aragall canta muy bien acompañado; y Fleta lo hace casi a capella. No sé quién de los dos se inventa la letra, aunque lo sospecho;-) ¿Y qué me dicen del morir de ambos dos? Detalles como éste son los que me matan;-)
Alfredo Kraus canta por primera vez en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en la temporada 1958-1959, el 6 de diciembre de 1958, como Duque de Mantua en Rigoletto. Fueron en total tres representaciones: 6, 11 y 14 de diciembre.
El elenco al completo: Alfredo Kraus (Duque de Mantua), Gianna D’Angelo (Gilda), Raimundo Torres/Orazio Gualtieri (Rigoletto), Ferruccio Mazzoli (Sparafucile), Lola Pedreti (Maddalena), Josefina Navarro (Giovanna), Juan Rico (Conde Monterone), José Manuel Bento (Marullo), José Farré (Borsa), Eduardo Soto (Conde Ceprano), María Teresa Pujolà (Condesa Ceprano), María Teresa Casabella (Paje). Dirigió: Nino Verchi. [Anuari del Gran Teatre del Liceu 1947-1997]
Ésta fue la crítica de prensa que apareció en el diario La Vanguardiaal día siguiente de la primera representación, el 7 de diciembre de 1958:
Con Rigoletto volvía anoche al escenario de sus grandes triunfos Raimundo Torres, el excelente barítono español, a quien los constantes compromisos en el extranjero tienen alejado de Barcelona; pero, apenas aquí llegado, la picara gripe ha hecho presa en él, y ayer, antes de comenzar el acto tercero, hubo de solicitar, por mediación de un servidor de la Empresa, la benevolencia del público, que no le fue negada.
Raimundo Torres es cantante de escuela y de recursos, y sobreponiéndose a la enfermedad que le aquejaba, logró realizar una labor que no dejó de ser satisfactoria.
Desde luego, demostró comprender y entender bien, muy bien, el personaje de Rigoletto, al qué aportó estimabilísimas cualidades, de las que descolló la fina inteligencia dramática. Dijo más que correctamente el monólogo “Pari siamo” y sostuvo sin aparente fatiga las difíciles escenas del acto tercero, llegando a la “vendetta” de modo que se le otorgaron incondicionales aplausos.
El tenor Alfredo Kraus, otro artista español, también aguardado con interés vivísimo, pues de él se tenían las mejores referencias, produjo una impresión altamente grata. Su voz, empleada, con artística seguridad, sonó siempre, adecuadamente matizada.
Cantó con desenvoltura la baladita del primer acto, se vio acompañado por la fortuna en el dúo del segundo, tuvo convincentes acentos en la romanza “Parmi veder le lagrimes” y se vio obligado a bisar la segunda estrofa de la archipopular “Donna è mobile”, aquella canción que Verdi, seguro de que una simple audición bastaría para retenerla en el oído y luego repetirla, impuso para los ensayos en Venecia la prohibición absoluta de que asistieran curiosos y extraños.
De la soprano ligera Gianna D’Angelo, estaba aún vivo el recuerdo de su éxito como intérprete del papel de Gilda, éxito que anoche refrendó con su voz dulce, ágil y apta para toda clase de adornos.
Expresiva en los dúos, se superó en el “Caro nome”, donde, sin esperar al final de la página, el punto de verdadero compromiso, el auditorio le tributó una ovación estruendosa.
Óptima Magdalena fue la mezzo-soprano Lola Pedretti. No desdijo en méritos, como Sparafucile, el bajo Ferruccio Mazzoli, y en los demás papeles se portaron correctamente Josefina Navarro, Juan Rico, Eduardo Soto, María Teresa Pujolá, José Manuel Bento, José Farré y María Teresa Casavella.
El coro, inteligentemente preparado, como siempre, por el maestro Gaetano Riccitelii, se portó bravamente .En la dirección orquestal, el maestro Nino Verchi puso calor, cuidado y precisión de estilo.
Teatro lleno y brillante, y aplausos fervorosísimos, intensificados a la conclusión de los actos, obligando a descorrer la cortina muchas veces en honor de los principales artistas y del maestro Verchi.
Tropecé ayer en la hemeroteca digital de La Vanguardia (¡es una mina!) con una crítica de prensa de Alfredo Kraus. Y no pude evitar empezar a tirar de la madeja… Eché un vistazo al más reciente libro sobre Kraus y me pareció que no está incluida esta actuación, al menos en la cronología, que he podido ver más despacio. Creo que merece la pena contarlo y documentarlo.
Son anunciadas en la prensa nueve representaciones, patrocinadas por el Ayuntamiento de Barcelona, entre el 22 y el 30 de junio, “9 únicos días”. Kraus interviene sólo en las tres primeras.
En la cuarta, es sustituido por el tenor mexicano Julio Julián: “Cumplidas las tres previstas actuaciones de Alfredo Kraus, en el Teatro Griego de Montjuich, se ha impuesto el cambio de intérprete de la parte de Jorge en la ópera Marina, de Arrieta. Otro tenor y otras exigencias del público, de acuerdo con la notable reducción de los precios de las localidades”.
Crítica de prensa de aquella primera Marina del 22 de junio de 1959, por Urbano Fernández Zanni, crítico musical de La Vanguardia:
La Vanguardia, 24 de junio de 1959
En la Marina de anteanoche en Montjuich todo fue merecedor del más sincero elogio: la interpretación, la ambientación escénica, muy lograda con los decorados de Burman, realizados por López Sevilla, los bellos figurines de Manuel Muntañola: la inteligente dirección artística de Luis Escobar, que dio visos de realidad al movimiento escénico.
De los cantantes, el tenor canario Alfredo Kraus, el “esperado”, triunfó, como había triunfado la temporada última en el Liceo. Su voz melodiosa, segura en la entonación y fácil en la emisión, siempre gratamente timbrada, se ajustó a las exigencias de la música de Arrieta, arrancando calurosísimos aplausos del público en aquellas páginas que la tradición ha impuesto como de prueba.
Algo cohibida al principio. Conchita Domínguez pronto volvió por sus fueros de soprano ligera de medios vocales extensos, ágiles y educados. En el “rondó” final, especialmente, hizo verdaderas filigranas y fue ovacionada.
Muy discretos el barítono Norberto Carmena y el conocido bajo Julio Catania, y Sigfredo Sardevi, Yolanda G. Otero, Pablo Pascual y Juan Valentino completaron decorosamente el reparto.
En un puesto de honor hay que colocar al coro, que, instruido por el maestro José Parera, lució en todo momento sus frescas, afinadas y expresivas voces, y la orquesta, de lo que el maestro Enrique Estela, gran conocedor de la partitura, sacó un espléndido partido.
Coro y orquesta quedan colocados entre lo mejor de la velada. Para el brillante conjunto instrumental hubo particulares aplausos del preludio del último acto, donde el trompa solista destacó notablemente.
El ‘ballet’ del Teatro de la Zarzuela, de Madrid, ejecutó en el acto central, con acompañamiento de una “cobla” situada en el bosque, una sardana que mereció plácemes. En cambio no los mereció la realización coreográfica del acto tercero, que, por su improcedencia, está pidiendo a gritos la supresión.
Al término de las jornadas los aplausos, muy calurosos y reiterados en el curso de la representación, se intensificaron, recogiéndolos, al lado de los cantantes, los maestros Estela y Parera y Lola Rodríguez de Aragón.
El teatro estuvo regularmente concurrido. Honró el espectáculo, con su presencia el gobernador civil, don Felipe Acedo Colunga.
Cuatro días después de aquella primera Marina, Manuel del Arco, periodista de La Vanguardia, publica una breve entrevista del tenor en su sección diaria ‘Mano a mano, muy popular en su tiempo.
Del Arco ilustraba sus textos con una caricatura del entrevistado realizada por él mismo, siempre un personaje de actualidad (pueden ver la de Kraus haciendo clic en la última imagen de esta entrada). Entre 1953 y 1971 publicó más de 4.000 entrevistas. Muchas de ellas aún mantienen viva su frescura.
La Vanguardia, 26 de junio de 1959
‘Mano a mano’
Alfredo Kraus
—¿Es usted tan antieconómico como dicen?
—Depende de cómo se mire; para cantar zarzuela en España, sí; porque yo cobro como cantante de ópera.
—Usted es canario. ¿De dónde le viene su apellido Kraus?
—Kraus, con una sola ese, viene de Viena; mi padre es austríaco. Yo me inicié en el canto en Canarias y luego hice mi carrera en Italia.
—¿Le gustó el marco del Teatro Griego de Montjuich?
—Me sorprendió la acústica; pero hay un inconveniente para los cantantes: la humedad.
—¿No le pareció anacrónica la representación de Marina, ante una naturaleza de roca viva, con decorados estilizados y barbas de guardarropía?
—A mí me lo parece siempre la ópera al aire libre. Pero yo no puedo hacer nada en este sentido.
—¿Sabe usted que levantar el telón simbólico del Teatro Griego, por su intervención, costó cada actuación suya ciento diez mil pesetas?
—Desconozco estas cuestiones de orden económico.
—No hubiera sido posible sin subvención.
—Sé que la subvención existe todos los años; por mí o por otro cualquiera.
—¿Tan mal está el género lírico que no puede defenderse?
—La zarzuela en España necesita protección. Marina es casi una zarzuela. Si yo tuviera en mis manos su defensa, la protegería, pero orientando su preparación para futuros cantantes y orquestas, y creando un ambiente para celebrar temporadas fijas.
—Usted accidentalmente canta zarzuela, pero es tenor de ópera. ¿Qué le ocurrió en el Liceo?
—Yo me esperaba un trato y una cortesía distinta a la que en realidad demostraron conmigo. Y esto motivó que no nos hayamos entendido este año.
—¿Dinero?
—Todo influye.
—¿No volverá?
—Si las condiciones que me ofrecen son las mías, sí.
—¿Por qué exige usted tanto?
—Puede que exija menos de lo que pueda exigir.
—Sin embargo, usted, hecho en Italia, no ha cantado todavía en la Scala de Milán. ¿Por qué?
—Para mí la Scala es punto de llegada, no punto de partida, y hoy ocurre al revés: suelen empezar a cantar ahí y, como no tienen base, no duran. Mi ambición es, si llego a la Scala, permanecer.
—¿Su escapada al cine haciendo “Gayarre”?
—Conveniente, artísticamente: popular y económicamente interesante.
—¿Por qué son ustedes tan intasados?
—Porque cuesta muchísimo vivir en este ambiente.
—¿Es difícil mantenerse en divo?
—No pretendo serlo; eso ya se usa poco. El cantante es una persona normal que administra su voz.
El año anterior, en diciembre de 1958, debuta Alfredo Kraus en el Gran Teatro de Liceo de Barcelona, como Duque de Mantua en Rigoletto; y pocos días después, asume el rol de Edgardo en Lucia de Lammermoor. De esas actuaciones también hallamos crónicas, pero mejor las dejamos para otro día.