«Perfeccionista, Bartoli ha logrado que la lírica más exigente, la nota más lúcida y la ligazón con el gran público sean parte de una misma comunión: la que persigue por encima de purismos o convencionalismos, volver a sentir con Bellini y Rossini o con las huellas de la revolucionaria María Malibrán.
Vender millones de discos como una estrella del pop y, a su vez, recoger calificativos de alabanza constituyen dos extremos que conviven con naturalidad en la cantante italiana. Cecilia Bartoli, que comenzó a cantar a los 8 años interpretando el pastor de Tosca de Puccini, fundamenta cada interpretación, cada gira en un universo musicológico, documental y artístico donde lo vocal es un proceso siempre en proyección.
Para evitar la trascendencia y el rito recuerda el valor del respeto y nunca elude el sentido del humor: “¿Ser la nueva Callas? Yo no tengo un Onassis al lado”».
—Me gustaría que comentara esta gira que ha sido más reducida que en ocasiones anteriores. Y, sobre todo, ¿por qué ha elegido un programa casi monográfico, cerrado?
—Esta gira es diferente a la última que realicé porque esta vez sólo he cantado papeles de Handel en estado puro y para mujer. Creo que su música es la más bonita, fue el compositor más importante del siglo XVIII, y con más talento. En el programa, aquí en Santander, como en Madrid o en Barcelona, se ofrecieron varios aspectos de la mujer a través de la música de Handel como hilo conductor. Estaba la mujer celosa, la mujer ansiosa, la mujer dulce, la mujer horrible, la mujer muy fea. Es increíble cómo puede transmitir con la música esos sentimientos, el carácter de las mujeres. Y eso es el reto para ser expresado por la coloratura de la voz y el saber que están a mi lado los componentes de Il Giardino (Armonico).
—Siempre hablamos de los repertorios que se seleccionan, ¿pero qué opinión le merece el público? ¿Aprecia determinados cambios y evoluciones?
—Me encanta el público español. Le encanta la música fuerte, pero también la de tonos suaves. Es un espectador que explota con los agudos, pero también aquí hay mucho público al que le gusta la música dulce, profunda y melancólica. Ello me toca el alma. Es una característica al alza que me inspira mucho. Es importante saber que existe un público silencioso, que escucha y que no parte siempre del aplauso. Hay veces que la música está escrita para recibir un aplauso de impulso. Pero también la hay que necesita más concentración, energía especial para escuchar con recogimiento, con silencio, con respeto.
—Tiene recitales y proyectos muy diversos, algunos secretos, pero también está su gran reto para 2012: asume la dirección del Festival de Pentecostés de Salzburgo. ¿Cómo se lo ha planteado?
—Es interesante y diferente. Es un privilegio y un honor. Su propia duración, esos cinco días, me encanta. Es una pasión. Además es la primera vez que una mujer tiene esta posición. Mujer y de mi generación. Mi vínculo con el festival se remonta a mis inicios, así que esta oportunidad me parece maravillosa porque puedo unir mi experiencia de cantante a la de espectadora, que también lo soy. Además, no me limitará a proyectos barrocos sino que la colaboración se extenderá a todos los ámbitos artísticos.
—La clave de una cantante, ¿es saber cuáles son límites, no dar pasos en falso?
—Sí, es así. Creo que la calidad de una voz, de un músico en general consiste en cuidar su instrumento, de escucharse, pero también de aprovechar sus recursos aunque siempre con mimo y cuidado.
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«Y después de casi tres horas de recital, ni el público se cansaba de ovacionar con auténtico delirio, ni ella de salir incansable a agradecer las muestras de afecto y admiración, aunque las dos últimas veces ya no quedara ningún miembro de la orquesta en el escenario y hasta los más devotos empezaran a aceptar que ya 




