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Lina Bruna Rasa y Beniamino Gigli, en Cavalleria rusticana, dirigidos por Mascagni (1940)

Wednesday, April 21st, 2010

  • Beniamino Gigli: O Lola, c’hai di latti la cammisa, aria de Turiddu del Preludio de Cavalleria rusticana, Mascagni.
  • En la misma grabación
  • nota

  • Tu qui, Santuzza? (Gigli y Rasa): primera parte
  • nota

  • Y segunda (Ah!, lo vedi, che hai tu detto?)
  • Lina Bruna Rasa: Voi lo sapete, o mamma.
  • Grabación realizada en Milán (abril de 1940): Lina Bruna Rasa (Santuzza), Beniamino Gigli (Turiddu), Gino Bechi (Alfio), Maria Marcucci (Lola), Giulietta Simionato (Mamma Lucia), dirigidos por el propio Mascagni. Coro y Orquesta de La Scala de Milán.
  • (Gracias, Mefisto)

    Lina Bruna Rasa

    “Bruna Rasa, bellísima mujer, rostro lleno de encanto, cuerpo escultural, se presentó en la Scala, en Guillermo Tell al lado de Benvenuto Franci y Lauri-Volpi, en el centenario de la ópera. ‘Selve opache’, la suave melodía rossiniana, dio alas a su voz y al corazón del gran público milanés.

    Pero la ópera en la que la Rasa ha dejado un sello personalísimo es Cavalleria rusticana. Mascagni la prefería a cualquier otra intérprete. Su sinceridad en ‘Voi lo sapete, o mamma’ —confesión saturada de presentimientos y de espanto— cautivaba a cualquiera que tuviera en el corazón un mínimo de sensibilidad. Cuándo ella lloraba, Mascagni lloraba. Y muy pocos de los oyentes hubieran podido hacer otra cosa que imitarla.

    El camino de la gloria estaba abierto a la magnífica criatura, resplandeciente de fascinante feminidad. Pero parece que la naturaleza golpea a ciegas a sus víctimas. La locura tenía que perturbar aquel nobilísimo intelecto: una enajenación intermitente y dramática. Se la conducía a la fuerza al camerino, y la pobrecilla se obstinaba en su mutismo. Alguien tenía que zarandearla, abofetearla incluso, y después acompañarla entre bastidores.

    Pero bastaba que de la orquesta se elevaran las primeras ondas sonoras para ver aquel rostro iluminarse, vibrar, serenarse, sonreír. Bruna Rasa entraba en escena como volviendo en sí misma. No era ella quien se poseía, sino el personaje el que entraba en ella y participaba en la representación, como un ‘doble’ mágico, venido o enviado quién sabe de dónde.

    La aventura concluía al cabo de unas horas como por sortilegio. Una gentil, vibrante loca, cantaba en gloria de voz como Santuzza no ha tenido jamás tan misteriosa ni conmovedora [Lauri- Volpi, en Voces paralelas]”.

    (Gracias, Enrique)