
Entrevista en La Stampa con Mirella Freni:
Nadie mejor que Mirella Freni para hablar de Luciano Pavarotti, explica el entrevistador. Tenían todo en común: la misma nodriza (ambas madres trabajaban como cigarreras en Módena), el mismo año de nacimiento, la misma ciudad, infinidad de actuaciones juntos en todos los teatros del mundo… Él la llamaba siempre Nana, y ella, naturalmente, Nano.
—Pavarotti decía que con usted había hecho todo, salvo el amor. Vero?
—Verissimo. Lo quiero molto bene (y habla en presente), “pero como a un hermano”.
Revela Freni que Pavarotti le pidió al inicio de la última fase de su enfermedad que le ayudara a reencontrarse con su primera mujer, a quien no veía hacía demasiado tiempo, y que Adua y Luciano hablaron a menudo por teléfono, se reconciliaron y se vieron en tres ocasiones “en la casa de Saliceta Panaro, donde residieron juntos tantos años”. “Si detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, en efecto Adua lo ha ayudado durante toda la vida, ha criado a sus hijas, ha administrado sus bienes, ha cuidado de sus padres…”.
Cuando Freni cantó La traviata en La Scala, en el 68, con Karajan en el podio, allí estaba Luciano para rescatarla de los periodistas, que la asediaban en cuanto asomaba la nariz: “Nana, trae la maleta, te llevo a casa. Dos horas después estaba en Módena”.
Bolonia, 1974, ensayo general de La favorita. Pavarotti estaba hecho una furia: el director de orquesta le había hecho equivocarse. Y allí estaba Nana, que bloqueó la puerta del camerino con los brazos abiertos. “Me preocupaba porque el director era un hombrecillo pequeñino y Luciano una especie de coloso”. Y así se evitó la riña.
Le pareció, dice la Freni, que en el funeral de Pavarotti, faltaron muchos colegas cantantes, de ópera, se entiende. Pero “escriba que no faltaron demasiados”, solicita al entrevistador, cosa que no cumplió (jamás cuenten un secreto a un periodista).
