Más tristes noticias para la lírica. Ayer, 14 de junio, falleció el tenor italiano Giacinto Prandelli en su casa de Milán, a los 96 años.
Prandelli nació en Lumezzane, cerca de Brescia, el 8 de febrero de 1914. Su debut oficial fue en 1942, en La bohéme, en el Teatro Donizetti de Bérgamo.
Interpretó más de 70 títulos en sus 31 años de carrera. Sus más destacados triunfos: Adriana Lecouvreur, Francesca da Rimini, Mefistofele, Fedora, La bohème y Madama Butterfly.
Entre sus grabaciones: Cetra: Adriana Lecouvreur, Fedora, Francesca da Rimini; Columbia: La Rondine; His Master’s Voice (hoy, EMI): Amelia al Ballo (con Margherita Carosio), Il Tabarro (con Gobbi), Mefistofele (con Christoff); Decca: La bohème (con Tebaldi).
Nueva gira de Bartoli en España: “San Sebastián (el 8 de abril, en el Kursaal), Bilbao (el 10, Teatro Arriaga), Oviedo (el 12, Auditorio Príncipe Felipe), Santiago de Compostela (el 14, Auditorio de Galicia), Valladolid (el 17, Centro Cultural Miguel Delibes), Pamplona (el 19, Baluarte) y Vitoria (el 20, Teatro Principal)”.
Catarì, Catarì, pecchè me dici
sti parole amare;
pecchè me parle e ‘o core me turmiente,
Catarì?
Nun te scurdà ca t’aggio date ‘o core,
Catarì, nun te scurdà!
Catarì, Catarì, che vene a dicere stu parlà
ca me dà spaseme?
Tu nun’nce pienze a stu dulore mio,
tu nun’nce pienze, tu nun te ne cure.
Core, core ‘ngrato,
t’aie pigliato ‘a vita mia,
tutt’è passato e nun’nce pienze cchiù!
Aieressera, oì nè, me ne sagliette, tu saie addò?
Addò ’stu core ‘ngrato cchiù
dispietto farme nun pò!
Addò lo fuoco coce, ma si fuie
te lassa sta
e nun te corre appriesso,
nun te struie, ‘ncielo a guardà!
* * ¿Por qué Luigi Denza compone Funiculì, funiculà?
“Luigi Denza compone una melodía para unos versos de Peppino Turco y que se refieren a la inauguración del funicular que tenía su recorrido desde Nápoles a la cima del Vesubio.
Prevista la construcción y pasado los primeros momentos de entusiasmo luego de la inauguración, los turistas preferían subir la pendiente con los viejos métodos de bastones, o caminar abrazados, porque era más romántico.
Denza cree que cantar una canción dentro del funicular atraería más turistas y los propios napolitanos tendrían un lugar más para cantar. Por lo tanto se trata de una canción compuesta para una ocasión apostando a la suerte, como un spot publicitario, logrando el editor Ricordi vender más de un millón de copias.
En los versos de Turco, un joven invita a su amada Nina a subir con él hasta la cumbre del volcán en el nuevo y emocionante vehículo. Desde allí podrán ver el ardiente cráter y a lo lejos, el grato perfil de la distante isla de Procida, Francia y hasta las costas de España. Y cuando se cansen de mirar en derredor, podrán contemplarse desde muy cerca, uno al otro, y con amor, mirarse a los ojos. Así que démonos prisa para no perder el funicular”.
“El tenor mundial que se acerca a los quinientos Otellos y a los treinta y cinco años de profesión”
«Vino a Las Palmas tres semanas antes del comienzo de ese Festival de los Amigos Canarios de la Ópera, que conquista con él la máxima atracción. Desde cuarenta y ocho horas antes de cada función —las dos previstas hubieron de incrementase con un Otello más, ante el lleno y las demandas que no habían podido atenderse—, Mario del Monaco se encierra en un total mutismo, reposa, duerme mucho, para que los nervios se remansen, vive sacrificado… Su esposa, compañera, complaciente, solícito y permanente apoyo, Rina, sueña con el momento en que se decida [¿al?] adiós, porque “esto no es vivir”».
Antonio Fernández-Cid
—Cierto —dice Mario—, pero inevitable. El artista ha de renunciar a todo, sacrificar su vida, evitar el juego, la bebida, el tabaco, ‘limitar el amor’, para impedir, en lo posible, el único gran peligro: no dar todo lo que el público espera de mí.
–¿Y así, desde cuándo ya?
—Podría contarle que desde siempre: desde que en 1940 comenzó mi carrera… hasta que un día la corte: quizás cuando los cerca de cuatrocientos veinticinco Otellos representados alcancen la cifra de quinientos; o cuando, en 1975, se redondeen los treinta y cinco años de profesión…
—¿Cómo empezó a cantar?
—Mi padre, crítico musical en Nueva York, me oía cantar en el cuarto. Me llevó a un maestro. Su consejo fue doble: que estudiase, porque había materia; que no me permitiesen cantar aún, porque era muy joven. Ya en Milán, novio de Rina, [¿?] la misma cantante, se produjo mi debut, en un teatro secundario, el Puccini. Yo era soldado. Rina consiguió vencer la [¿?] de los rectores que se negaban a [¿oírme?]. La prueba fue concluyente.
Poco después, en días, preparé Madame Butterfly. Llevaba, claro, dos años de estudio en el Conservatorio musical ‘Rossini’ de Pésaro. El éxito determinó la carrera fulminante. A los dos años cantaba La bohème, en la Scala. Antes, las representaciones se sucedieron y hasta con circunstancias pintorescas. Estábamos en guerra cuando cantaba Butterfly en Padua. Un bombardeo terrible me hizo salir del teatro en traje de marino americano. Me tomaron por un paracaidista. Tardé en convencerles de que era un ‘Pinkerton’ de ficción.
—¿Podría señalar algunos recuerdos esenciales de su carrera, algunos momentos de especial significación?
—La primera vez que canté Manon Lescaut. Era, hasta entonces, obra que sólo abordaban líricos, y mi voz impresionó mucho. Cuando, en 1946, en marcado avance hacia el género y repertorio dramático, canté Aida. Cuando, en fin, el Colón de Buenos Aires me contrató para Otello. Yo había representado buen número de obras de responsabilidad —Turandot,Aida, La forza del destino, Tosca…—, pero sentí miedo. Llegué a telefonear, para decírselo, al maestro Antonino Votto. Se indignó y me dio grandes ánimos. Por entonces y durante diez años, alternaba géneros tan diversos como el de Lucia, con Lily Pons de protagonista, y Otello. Canté cuarenta y tres óperas distintas, incluida La walkyria, en alemán.
—¿Y sin (sic) repertorios predilectos?
—En una primera etapa, ‘Cavaradossi’, ‘Des Grieux’, ‘Chénier’… Después ‘Otello’, ‘Sansón’, ‘Don José’… Ahora me interesan las obras que me hagan sentir el placer de cantar y el de actuar, de vivir los personajes. He limitado a diez títulos mi repertorio: Otello, Andrea Chénier, Sansón y Dalila, Carmen, La Walkyria, Fedora, Ernani, Payasos, Norma y Francesca de Rimini.
—¿Puede, en su larga experiencia, decir, si han cambiado los gustos y las exigencias del público?
—Mucho. Hoy se exige mucho más. En un momento se pudo triunfar sólo con la voz. Hoy hemos de adentrarnos en profundidades psicológicas del personaje, cuidar la figura, establecer comunicación merced al gesto, la acción, pero siempre de forma no exagerada, contenida, porque el exceso no gusta. Ha de funcionar, gobernando a nuestro corazón, nuestro cerebro. Sólo el instinto no basta.
—¿Voz, estilo temperamento, musicalidad, acción…?
—Primero la voz; base necesaria. El estilo, después. La interpretación, consecuencia del estilo, más tarde…
—¿Cree en la inspiración del momento?
—Sí, pero del momento, sobre todo, en que se toma una partitura nueva y se busca la del compositor. Cuanto más se estudia, más se encuentra. Es así como creo en la inspiración; cuando al enfrentarme por vez primera en Bohème lloré de emoción, al recibir la del músico.
—¿Le importa, le influye el público?
—Sí y no. En general, cuando canto, no veo al público. Pienso en mi personaje y no quiero distraerme, pero si veo que alguien lo está, me propongo ganármelo y lo hago todo para captarlo a él, al individuo, como si el resto, ya convencido, no existiese. El publico, claro, es necesario. Para él actuamos. Yo nunca lo he tenido malo. En los latinos impera el virtuosismo, la devoción a la voz y la técnica. En los germanos, la línea, el estilo, el conjunto. Muy curiosos son los japoneses, que parecen ausentes, pero están atentísimos y preparados, y que se interesan lo mismo por el conjunto que por el color de la voz.
Sólo cantó la primera de las tres ‘Bohème’ de las que hablábamos ayer (y el despiste es mío). En las otras dos, asumió el rol de Mimì la soprano barcelonesa Enriqueta Tarrés: “Fue una Mimí expresiva, sensible, brillante en los agudos y variada y convincente en los acentos. El público la aplaudió con toda efusividad a lo largo de la representación e insistió en los cálidos aplausos al final de los actos, requiriéndola al proscenio”.
La foto, como bien pueden apreciar, es del Metropolitan. No encuentro del Liceo. Además, está divina:-)
Y esto fue lo que el crítico de La Vanguardia U. F. Z. (el mismo que el de la Callas) escribió sobre esta última representación de la Tebaldi, y que apareció publicado dos días después (antaño no había periódicos los lunes; también el entrecomillado sobre Tarrés pertenece a esta crónica).
Éstas fueron sus palabras:
“Liceo. Despedida de Renata Tebaldi”
«A Renata Tebaldi, en su última actuación por esta temporada, había que demostrarle cuánto se la admira y quiere en Barcelona, demostración que, después de todo, no ha dejado de hacerse patente ni un solo instante. Pero había que insistir, y anteayer por la tarde, el teatro se llenó de modo que parecía haberse hecho elástico, y las ovaciones y ¡bravos! fueron inacabables y ensordecedores, e imponente la ofrenda de flores y regalos.
La eminente soprano, sobreponiéndose a la emoción que la dominaba, cantó “Tosca” como la canta siempre: maravillosamente, estupendamente.El “Vissi d’arte”, una creación magistral, subrayada por las aclamaciones de la sala, teniéndose que repetir la famosa romanza.
La ilustre diva salió ayer, en avión, para Nápoles y Milán, donde tiene contraídos compromisos, y después de cumplirlos, marchará a Nueva York, también contratada para cantar en el Metropolitan».
U. F. Z.
La Vanguardia (’Música, Teatro y Cinematografía’, pág.29), 24 de noviembre de 1959.
Cuentan los veteranos que en un recital de 1959 la Callas fue recibida en el escenario de la Rambla al grito de “¡Tebaldi, Tebaldi!”. Los irreductibles de los pisos altos consideraron una afrenta que allí donde había señoreado la gran dama italiana osara una griega impetuosa tratar de enmendarle la plana.
Y sin embargo la Callas, a diferencia de Alagna, aguantó el tipo. En la exposición puede verse una foto, tomada en Nueva York en 1968, con las dos divas sonrientes junto a Rudolf Bing, célebre empresario del Metropolitan. Y no es la única foto que reunió a las dos estrellas en actitud nada beligerante. Cierta o d’arte, la rivalidad dicen las crónicas que surgió en 1951 en Brasil, donde la Tebaldi había triunfado y a la Callas las cosas no le habían ido tan bien. Fue la griega quien más la alimentó, entre otras con una frase que equiparaba su voz con el champán y la de la Tebaldi, con la Coca-Cola. A lo que la italiana, para solaz de los paparazzi, replicó impertérrita: “No olvidemos que el champán se agria”.