El propio Alagna anuncia en una entrevista concedida en exclusiva a Le Figaro, que será publicada mañana, que “ya no vive con su esposa, la diva rumana Angela Gheorghiu”.
“Es la primera vez desde el fallecimiento de mi primera esposa, Florence, que falleció cuanto yo tenía 29 años, dejándome solo con nuestra hija Ornella, que era un bebé, que conozco cierta serenidad. Veo, al fin, la belleza del instante. Angela no quiere oír hablar de divorcio. Ya veremos. Lo esencial es que ella sea feliz y tenga la fuerza de subir a escena”.
El Príncipe de la Opereta popularizó esta canción, y otras muchas que seguro también les suenan: Rossignolde mes amours, Acapulco, C’est magnifique!, I Love Paris, La Belle de Cadix, Maria Luisa, Zambra gitana, L’amour est un bouquet de violettes…
Luis Mariano Eusebio González García (Irún, 1914—París,1970), refugiado con su familia en Francia en la Guerra Civil (“mitad español, mitad francés y rotundamente vasco”),estudió canto en el Conservatorio de Burdeos y acaparó grandes éxitos en el llamado ‘teatro de variedades’. Canciones populares, opereta francesa, incluso tangos. Una veintena de películas en su haber. Nunca se pasó a la ópera, pero eso no le resta ningún mérito, porque en su género nadie le hizo sombra.
Muchos años después, noviembre de 2005, Roberto Alagna edita un disco en homenaje a Luis Mariano, uno de sus ídolos de juventud.
“Cuando yo era niño, mi madre y mi abuela siempre ponían en el magnetofón música de Luis Mariano. Recuerdo la primera vez que vi una película de él y me quedé encantado con su voz. Cuando fiché por la Universal y me propusieron hacerle un homenaje acepté encantado, era un sueño que siempre he tenido en mente. Le he dado mi personalidad”, declaraba Alagna.
“Lo he cantado con mi voz, pero como yo lo hacia cuando cantaba en el cabaret, en el que empecé con quince años y donde estuve hasta los veintitrés. He recuperado un poquito de mi juventud con este trabajo”.
“Para mí ha sido como entrar en un personaje de ópera creado por Puccini o Verdi. [...] No quería hacer una caricatura de él, sino cantar con mi propio estilo sus canciones”.
Lo cierto es que Alagna disfrutó de lo lindo homenajeando a Luis Mariano:
“Una persona cálida, que le gustaban mucho los amigos y siempre que cantaba transmitía alegría. Eso me encanta porque al escucharlo, si estás algo triste, te anima. Luis Mariano es como un rayo de sol”.
Palabras de Alagna. No hace falta que lo jure. Se le ve más contento que unas castañuelas.
Le Chanteur de Mexico fue estrenada en el Théâtre du Châtelet el 15 de diciembre de 1951. La acción se inicia en San Juan de Luz,1912. Prosigueen París y finaliza en México, claro está. Mise en scène, espectacular para aquellos años, de Mauricie Lehmann.
Más de 900 representaciones. No todas interpretadas por Luis Mariano. En el segundo año, el rol del irunés (Vincent/Miguelito) fue asumido por Rudy Hirigoyen. 2.150.000 espectadores, cuentan las crónicas, pasaron por allí.
¿A que no adivinan qué entonaba el público a coro al final de cada acto?
Hubo tres momentos significativos. El primero fue precisamente Celeste Aida. El tenor la repitió y no porque el teatro se viniera abajo, sino más bien, supongo, para mejorar la calidad del primer intento. Se empezaban a hacer palpables las debilidades más o menos encubiertas hasta ese momento en arias de Macbeth, I lombardi y La fuerza del destino. No vino a cuento la insistencia en Aida, pero al menos se veían ganas de triunfar, quizá hasta desesperadas.
El segundo momento conflictivo vino con Questa o quella, de Rigoletto, que el tenor cantó peor que cualquiera de sus arias anteriores, lo que suscitó alguna protesta y un grito de esos que cortan la respiración: “A aprender al conservatorio”. El tercer momento fue el Esultate, de Otello, donde tenor, orquesta y coro bordearon el naufragio.
—[...] ¿Sabe, a propósito, que voy a regresar a La Scala?
—No, no había trascendido nada.
—Si me hubiera venido abajo después de la Aida habría entrado en el círculo vicioso del “no van a llamarme, se acabó Milán”. Y ocurre que el otro día me contactó Stéphane Lissner [sobreintendente de La Scala] para decirme que quería contar conmigo. No sólo eso: me puso encima de la mesa hasta cinco proyectos distintos. Me ha hecho mucha ilusión porque es una manera de resolver el incidente del pasado.
—¿Y qué le ha ofrecido?
—La primera cosa a la que he dicho que sí es el Simón Boccanegra. No sólo porque es una ópera de Verdi que me atrae mucho. También porque voy a cantarla al lado de Plácido Domingo. Que, como saben, es el protagonista de la obra como… barítono. ¿Puede imaginarse la ilusión que me hace volver a Milán y en esas condiciones? También hemos hablado de un Romeo, de un Don Carlo, incluso de una Carmen, aunque hay que ver cómo se ajustan las fechas y las posibilidades.
Existe una lógica aplastante en el mundo de Roberto Alagna. Puede que no sea la lógica de usted, ni siquiera la del mundo mundial, pero es incontestable. La filosofía de este tenor con el carácter de un vendaval, que se marchó el pasado mes de noviembre de La Scala en plena segunda representación de Aida y que el día 7 de junio debuta en Madrid con Il trovatore, de Verdi, tiene una coherencia propia que va desde el discurso del insomnio hasta la negación del ego o la justificación del divismo por gracia de Dios. Al fin y al cabo, ésa es precisamente la palabra que precede esa manera de comportarse encima de los escenarios y que sirve para definir a los grandes de la ópera.
Dice Roberto Alagna que siempre ha sido feliz. Con ese pensamiento positivo, él, que cumplirá 44 años el mismo día que pise el escenario del Teatro Real, ha ido sorteando las desgracias de la vida, que en su caso fueron muy tempranas. Se quedó viudo sin haber cumplido los 30, con una niña de año y medio en los brazos que luego ha ayudado a criar su segunda mujer, la soprano rumana Angela Gheorghiu. Con ella ha formado una de las parejas más atractivas y discutidas de la ópera actual por sus éxitos y sus conflictos en algunos teatros; el Real incluido, donde la cantante, que volvió a Madrid el pasado día 20 a dar un recital, dio una sonada espantada el primer día de ensayo de una Traviata que dirigía Pier Luigi Pizzi hace cuatro años.
Quizá jugar al rugby durante 10 años le convirtió en una especie de roca que resistía como nadie los golpes. Pero no, no sólo eso. Otras cosas le han ayudado más que saber escabullirse de una melé salvaje. Lo primero, la familia. Se crió en un suburbio de París de esos en los que hoy es fácil ver arder coches. Fue el primero de los 30 descendientes de su bisabuela, a la que conoció hasta que él cumplió 20 años en crecer lejos de la Sicilia siempre añorada por sus padres. Habían emigrado hacia el país más rico del Mediterráneo en busca de una vida mejor, pero el poco dinero que ganaba su padre como obrero de la construcción no les evitó conocer a fondo la pobreza a Roberto y a sus tres hermanos, dos de los cuales, más pequeños que él, están también metidos en el negocio del canto.
Roberto se crió en la calle y siempre se sintió desarraigado. Italiano en Francia, francés en Italia. Y español de descendencia: “Alagna es Alaña, con eñe; de los primeros españoles que llegaron a Sicilia”, afirma en el patio de un más que lujoso hotel parisiense, donde se ha presentado sonriente, atusándose el flequillo hacia atrás, con una camisa roja bordada y desatada por debajo de su pecho toro, pantalones blancos, zapatos de cuero relucientes y fular también blanco.
Vive en Suiza, pero también tiene una casa en París, donde aprovecha para parir discos superventas, como el reciente dedicado a Luis Mariano —que ha vendido más de 400.000 copias sólo en Francia— o como el que ha estado estos días grabando, de canciones sicilianas, antes de trasladarse a Madrid para los ensayos de Il trovatore. Le han advertido de que el público madrileño es duro de pelar.También le han contado que a José Cura le abuchearon cuando la cantó. Llega cauto, pero llega, pese a que muchos dudaron de que se le viera en el Real después de ese episodio en La Scala esta misma temporada…
Desde entonces ha cambiado. Es un poco más cauto, pero sólo un poco. Conserva el carácter explosivo y habla claro sobre lo que pasa, ha pasado y lo que pasará. No sabe si volverá al templo sagrado. Actualmente está en pleito con él: “Se equivocaron conmigo”, dice. De todas formas, La Scala es un teatro que se le atraganta. Ya había tenido su desencuentro 10 años antes en el mismo sitio, cuando Alagna y Gheorghiu discutieron con el entonces todopoderoso Riccardo Muti y abandonaron el teatro, interrumpiendo una relación casi paterno-filial entre el director y el tenor. La vuelta de Alagna esta temporada a Milán le fue brindada por otro de sus más que influyentes amigos, Stéphane Lissner, actual responsable de La Scala, que fue también el primer director artístico del Real. Pero todo se fue al traste, entre otras cosas, y según Alagna, “por una conspiración política”.
Un año después del disco-homenaje a Luis Mariano, y entre los escándalos antes y después de su paso por La Scala el pasado mes de diciembre, Roberto Alagna repite la experiencia con canción mejicana. El tenor franco-italiano habla de su carrera y acepta sin complejos la influencia de la canción popular, un género que le abrió más tarde las puertas de la ópera.
Otras se le están empezando a cerrar. La del teatro milanés, sin ir más lejos.
Realizamos esta entrevista tres semanas antes de la Aida que abría temporada en La Scala; y que se saldó con la airosa reacción de un tenor que parece contradecirse en sus respuestas: “El público siempre tiene razón”, afirma. Nos hubiera gustado, mientras se retiraba del escenario del teatro lombardo, preguntar a Roberto Alagna si se retractaba de lo que nos había dicho. Rápido (quizá demasiado) en sus respuestas ante el periodista que tiene delante, Alagna habla por los descosidos. Hijo de la inmigración italiana, el tenor posee la espontaneidad itálica pero la capacidad de discutir y de rebatir propias de la racionalidad francesa en la que se ha educado y en la que piensa cada día. No tiene nada por demostrar, aunque se mantiene apasionadamente pegado a lo que constituye su razón de ser artística y humana: el canto.
(…)
—¿Seguro que el público siempre tiene razón?
—Sí, porque el público recibe una emoción por parte nuestra y que es más fuerte que la emoción natural. No viene a pedirnos que seamos de un modo u otro, acude al teatro para soñar, para recibir una vibración y si no la recibe es normal que la pida, porque están ahí para divertirse y olvidar su vida diaria. No tienen por qué asumir si hemos dormido mal o si tenemos problemas con los impuestos. Se trata de teatro, y eso es lo que me gusta del papel de Canio de I Pagliacci, y cuando canto el “Recitar” entiendo que esa es la vida del artista que, a pesar de tener problemas en la vida privada, debe entregarse al público, porque este ha pagado, ha venido a recibir y es un honor que vengan a escucharte. “Siempre hay que respetar al público”.
Entrevista del pasado día 15 en El País con Roberto Alagna.
Por Marie-Aude Roux:
—El pasado domingo, abandonó el escenario de la Scala en plena representación de Aida, de Verdi, tras haber sido abucheado. ¿Por qué?
—Estaba en estado de shock. Acababa de terminar el aria Celeste Aida, se oyó un bravo que inmediatamente fue sofocado por abucheos. Jamás me habían abucheado. Sentí que el suelo se hundía bajo mis pies. No podía respirar. Me desabroché la coraza de soldado y saludé como tengo por costumbre, a lo Cyrano, con una mano en la frente y estirando luego el brazo. Y me fui. Pensé volver, pero el cantante suplente, Antonello Palombi, entró en escena empujándome sin que la orquesta dejara de sonar un instante.