“La Fundación creada en honor de la destacada soprano española, Victoria de los Ángeles, fallecida el 15 de enero de 2005, prepara un sentido homenaje luctuoso a la ilustre cantante, al cumplirse un lustro de su desaparición”.
¿Ya andan preparando el festejo de mañana? ¿Tienen todos los ingredientes para la cena? ¿Serán ustedes el cocinero, la cocinera? ¿Y con qué van a sorprender a su familia?
En operasiempre.es también vamos a preparar una receta… musical. Con la colaboración de todos ustedes. También nos gusta que nos sorprendan.
Desde este momento y hasta el día 25 incluido (incluido también el fun, fun, fun;-) se admiten ideas, sugerencias, proposiciones…
Obviamente, de un villancico. Bueno, no tiene por qué ser propiamente un villancico. Admitimos incluso que nadie cante;-) Algún aria que les recuerde la Navidad. Una pieza musical con la que poder celebrar que estamos juntos y en familia (vale, sí, virtualmente;-)
Bien sencillo: basta con indicar un enlace que podamos escuchar todos. Si además añaden el porqué de su elección, miel sobre hojuelas. Pero no es imprescindible, que ya sabemos que en vísperas de fiestas, el ingrediente más preciado es el tiempo.
♣ ♣ ♣ Hace unas horas, trabajando en otra historia, encontré una entrevista de Victoria de los Ángeles de hace casi veinte años, que deseo compartir con todos ustedes.
Fue publicada en el diario La Vanguardia el domingo 14 de mayo de 1989. Cinco días después, el viernes 19 de mayo de 1989, celebraba Victoria en el Palau de la Música sus 45 años en la lírica.
Intuyo, por las fotografías que ilustran el texto, que la conversación tuvo lugar en su casa de Barcelona. Se la ve espléndida al pie de una celosía artesanal tras la que se adivinan sólidos ficus, frágiles rosas; serena, vital, engalanada para la ocasión con una túnica en la que predomina el color rojo.
El titular de la entrevista es impactante: “Busco el afecto, no la veneración”. Es uno de esos titulares que los periodistas rezamos para que surjan, cuando nos disponemos grabadora en mano a cumplir nuestro trabajo. Sabía que Victoria era así de sencilla, pero desconocía que alguna vez ella lo hubiera expresado públicamente de manera tan diáfana y contundente.
En mayo de 1989, Victoria de los Ángeles tiene 66 años. Apenas le quedaban dos meses para cumplir los 67, el 1 de noviembre de 1989.
Mientras leen la entrevista, pueden escucharla cantar El cant dels ocells (El canto de los pájaros). Siempre me he preguntado cómo una canción tan hermosa puede derramar tanta tristeza con ese nombre.
El próximo viernes, Victoria de los Ángeles celebrará el 45 aniversario de su debut en el Palau de la Música. “Espero vivir de nuevo aquella felicidad”, afirma la cantante.
Fue un 19 de mayo. El debut. Victoria de los Ángeles tenía 21 años, y el escenario era el Palau de la Música. El mismo sitio al que vuelve el próximo viernes, día 19, cuarenta y cinco años después. Y nos hubiera gustado reconstruir aquella fecha con todos sus detalles. Algo que empezara, por ejemplo, con un “me levanté a las…”. Pero Victoria es implacable.
—Uy, uy —se ríe— ¡no me acuerdo de nada!
—Pero…
—Nada. Sólo que fue muy bonito, un éxito, muchas flores. Nada más.
—…
—Mire, aquello fue algo natural. Cantar en el Palau es siempre un placer y yo disfruté mucho. El viernes espero vivir de nuevo aquella felicidad. La felicidad de estar con el público. Todo lo demás, qué quiere que le diga…
—Todo lo demás son 45 años de carrera.
—Sí, sí. Pero yo nunca he dado mucha importancia a estas cosas a, los elogios, a los éxitos. Me impresiona mucho más que me quieran o no. Esto sí que me impresiona. La cosa afectiva. En este sentido, creo que el concierto será algo especial, porque finalmente tengo la impresión de que soy muy querida en esta ciudad.
—¿Finalmente?
—Me quieren tanto que a veces pienso que me quieren demasiado. Y hablo del público, del público sencillo.
—Su concierto se anuncia sin instituciones, sin ningún apoyo. Victoria y su público.
—Ay, ay, ay… Es un tema tan complejo. Digamos que es una forma natural de decirles a las instituciones que no se preocupen, que se olviden de Victoria, y así nos quedamos tranquilos los dos. Yo hago mi concierto y allá ellos.
—Lo dice como si…
—¡Hombre! Es que llega un momento. La pregunta debería usted hacerla al Gobierno catalán. ¿Qué pasa con Victoria? Yo ya lo he preguntado algunas veces.
—¿Y qué le han contestado?
—¡Qué me quieren mucho!
—¿Entonces?
—Mire, yo no creo que las instituciones deban hacerme ningún homenaje. En absoluto. Lo que pasa es que Victoria es una persona que ha hecho cosas, que ha cantado por todo el mundo, que ama este país… Todo esto merece un respeto. Que no se hagan tantas diferencias. A Victoria, sin embargo, se la ha dejado de lado.
—¿Esto la ha hecho infeliz?
—Me ha hecho llorar mucho. Durante los últimos años, sin embargo, he luchado para poder cantar en Cataluña, he hecho todo lo posible para que la gente sepa que existo, que estoy aquí. Y he descubierto finalmente que el público sabe estar por encima de estos problemas ridículos.
—El mundo de los cantantes es un poco…
—¡Pedreste! Ja, ja. Bueno, digamos que hay de todo. Los Fischer-Dieskau, Schwarzkopf, tienen otra categoría. Pero los italianos, la ópera, esta ostentación estrafalaria, esto nunca ha sido lo mío. Yo estoy al margen. Una de las cosas que aprendí de mi padre, un sencillo bedel de la Universidad, es que la vanidad, las cosas superfluas, no tienen nada que ver con la vida.
—¿Esto se lo han confirmado 45 años de carrera?
—¡Por supuesto! Finalmente mi carrera ha resultado ser sólo la música, la comunicación. Comunicación con el público y conmigo misma. Lo otro no es nada. Pura vanidad. La música ha sido mi compañera más fiel. Me ha ayudado a conocerme. A conocer a los demás. A entregarme tal como soy.
—Usted ha viajado por todo el mundo, ha conocido reyes y presidentes.
—Y me ha servido para llegar a la misma conclusión. Descubres que todo se reduce al amor por los demás, a la sensibilidad por los problemas ajenos.
—¿Cúal es su estado de ánimo de cara al concierto del viernes?
—Sigo trabajando y haciéndolo lo mejor posible. Soy una persona que vive rodeada de los amigos más íntimos, de la familia, pero que también ha tenido la suerte de poder vivir los problemas del mundo, y que le preocupa la paz, la ecología, el hambre. En este sentido, me gusta pensar que mi música ha aportado a los demás algo de felicidad. La misma felicidad que yo he recibido de ella.
—¿No le cansa ir siempre de un lado para otro?
—Lo que me cansa es no hacer nada. Si no pudiera cantar me sentiría como una inválida. Cantar, cantar, necesito hacerlo.
—¿Nunca ha sentido miedo en un escenario?
—¿Miedo? No, la música es un placer. Desde siempre. Desde que era una niña. Siempre ha sido lo mismo. Los escenarios llegaron en mi vida como algo natural. Recuerdo que mi madre tenía que perseguirme por los patios de la Universidad. Allí estaba yo cantando. En los patios, en las aulas. Cogía libros de poesía, les ponía música y a cantar. Me la inventaba, probaba las distintas acústicas.
La Universidad era mi castillo encantado. Con sus ogros y sus princesas. El jardín era entonces un bosque en el que casi no entraba la luz del sol. ¡Y aquellas noches de luna llena! Cogía la guitarra y acompañaba a mi padre en su ronda, y cantaba. Los vecinos salían a las ventanas. “Venga, canta otra”. “Cántanos un tango, niña”. “Cántanos una samba”. Hasta que daban las tres de la madrugada.
—Su madre…
—¡Tenía una voz bellísima! Yo estaba siempre deseando que hubiera una reunión familiar porque venía mi tío con el acordeón ¡y a cantar! Cantábamos en casa, cantábamos cuando íbamos los domingos a Las Planas, al campo, cantábamos siempre.
Recuerdo aquellas Navidades. Nos cerrábamos siete días en casa, en la Universidad. Y yo esperaba la hora del café: era la hora de hacer música. Incluso durante la guerra, cuando había los bombardeos. Todas las familias de los trabajadores de la Universidad, nos refugiábamos donde ahora hay el bar. Y nadie se quería ir a dormir hasta que no les cantara algo. Yo sigo siendo aquella niña. No me siento una diva. No me interesa Victoria de los Ángeles.
—¿Detesta al personaje?
—Cuando Victoria de los Ángeles está por encima de Victoria, la detesto. Yo quiero ser una persona. Una persona que tiene la virtud de poder comunicarse a través de la música. Busco el afecto, no la veneración. Busco el amor, la comunicación, cantar, cantar siempre. ¿La decadencia? No la temo. La muerte está muy bien organizada, es la afirmación de la vida, el físico empieza a adormecerse lentamente, todo llega de un modo natural, por esto pienso celebrar los 50, los 55…
Victoria de los Ángeles. El viernes en el Palau. Cuarenta y cinco años de música. Ella y su público.
Jaume Aragall: “Me ha pasado una cosa que nunca me había ocurrido y que ha sido enamorarme de una de las canciones que interpreto. Esa canción es Damunt de tu, només les flors, que cada vez que la canto me llega verdaderamente al corazón”.
Damunt de tu només les flors.
Eren com una ofrena blanca:
la llum que daven al teu cós
mal més seria de la branca.
Tota una vida de perfum
amb el seu bes t’era donada.
Tu resplendies de la llum
per l’esguard clós atresorada.
¡Si hagués pogut ésser sospir de flor!
Donar me com un llir a tu,
perqué la meva vida s’anés marcint,
s’anés marcint sobre’l teu pit.
I no saber mai més la nit
que al teu costat fora esvaida.
Alguien preguntó una vez en este blog; en sus inicios, si no recuerdo mal: “¿Hay que ser siempre tan serio?”.
Pues no. Y de hecho creo que no lo somos. Para hablar de ópera no hay que ponerse necesariamente de tiros largos.
La semana ha terminado y vamos a despedirla con una sonrisa. Ya que anduvimos durante casi siete días venga ir y tornar a Surriento, ya que nos volvimos locos con la napolitana perdida y hallada en el Olimpo, escuchemos a aquel que, allá donde esté, debe de andar muy enojado con nosotros (perdón, conmigo) por haberle tomado por otro.
Hace tiempo que me llamó la atención un artículo del gran pianista Miguel Zanetti, fallecido el pasado 19 de febrero, que tituló (o así se lo titularon quizás) El pianista acompañante.
Reivindica Zanetti en su escrito (desconozco la fecha exacta de redacción, pero él mismo dice que se encontraba ya en la etapa final de su carrera) una verdad de la que con frecuencia solemos olvidarnos:
“El pianista que se sienta al piano junto a un cantante, es un músico que hace auténtica música de cámara, y no acompaña”.
“Insisto una vez más —subraya Zanetti— en que al pianista que se sienta a interpretar un lied o una sonata (ya no lo llamo acompañante) hay que considerarle de una vez para siempre un pianista de cámara y olvidar esa santa palabra de acompañante”.
♣ ♣ ♣
El pianista acompañante
Por Miguel Zanetti
Hace varios años una buena amiga y música, una de las mejores profesoras de Solfeo que ha habido en España, Remedios de la Peña, y yo, nos pasamos varios meses buscando una palabra que sustituyera a la peyorativa “zarzuelero”, por otra que valiera para los que nos gusta muchísimo la zarzuela, sin que se nos tachase de tener mal gusto. Por fin encontramos la palabra “zarzuelístico”. La verdad es que ahora llevamos años enteros intentando buscar una que sustituya a la de “pianista acompañante”, y aún no la hemos encontrado.
En casi todas las lenguas se llama de una forma parecida. “Accompanist” en Inglés, “Begleiter” en alemán”, “Pianista accompagnatore” en Italiano, y “Accompagnateur” en francés. En Alemania se denomina a las canciones de concierto con el género específico de “lied”, o también el de “gesänge” a las de menos transcendencia; en Francia “melodies”, en España “canciones de concierto”.
Sin embargo, es curioso que sea precisamente en Italia donde las Canciones de los operistas, que son de todas en las que menos importancia tiene el piano, sean conocidas como “composizione di camera”. Pero en el fondo lo que tenemos que hacer no es encontrar una nueva palabra, sino reivindicar que al pianista colaborador de cantantes o instrumentistas se le dé otro rango distinto del que se le viene dando hasta ahora. Como yo ya estoy al final de mi carrera, espero que nadie crea que lo hago para echar harina a mi costal, sino solamente pensando en la profesión y en los que vienen detrás.
Y no podemos quejarnos; yo recuerdo unos viejos discos de 78 rpm, con nada menos que las dificilísimas canciones “Playeras” de Oscar Esplá (sobre todo para el pianista), en los que no recuerdo el nombre de la cantante, pero en la carátula del disco, ni siquiera figuraba el nombre del pianista.