Les presento la sexta edición de ‘Viva la ópera’. Crítica de la representación Un ballo in maschera en el Teatro Real de Madrid del pasado 10 de octubre de 2008. Allí estuvo Paco Roa, y así nos lo cuenta (gracias mil).
Estaría bien que alguien más se animara a participar. No es imprescindible que el texto haga referencia a la representación de hace unos pocos días. Puede ser de hace más tiempo. Sí, de aquella representación, o concierto, que tuvieron la suerte de presenciar y que probablemente nosotros nos perdimos. La extensión de la critica, o la crónica, la eligen ustedes (se agradecen las no demasiado extensas). Todas serán bienvenidas:-)
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“Un baile de horrible visión y deleitable audición”
«Amable anfitriona, apreciados tertulianos, quisiera ser totalmente honesto con todos ustedes, y antes que nada he de hacerles una necesaria confesión acerca de mi escaso dominio sobre el autor de Un baile de máscaras, toda vez que mis inquietudes y preferencias líricas, como bien saben los dos o tres lectores que todavía me soportan —¡madre mía, qué aguante!—, han discurrido a lo largo de los años, desde aquel ya lejano de 1981 en el que me inicié en este “negocio”, por otra dirección canora (casi) opuesta a la que hoy nos ocupará.
Así, el conocimiento verdaderamente cabal que pueda poseer sobre la, por otra parte, enorme producción del que sin duda alguna es el operista italiano por antonomasia, mayoritariamente favorito de los aficionados y, por ende, uno de los más significativos e importantes de la historia de la lírica toda, Giuseppe Verdi, queda circunscrito a una media docena larga de títulos completos, aquellos que por distintas cuestiones de orden personal más me cautivaron y lograron ciertamente espolear mi interés, a los que, si acaso, añadiría algunos cuadros sueltos o, a lo sumo, unos cuantos actos correspondientes a otras tantas obras; y, al cabo, también me resultaron muy estimulantes y dignos de atención determinados personajes magníficamente perfilados por Verdi que, desde mi punto de vista al menos, disponen de un perdurable atractivo dramático-vocal: particularmente ejercieron sobre servidor de ustedes una enorme fascinación los grandes roles para mezzo, qué sé yo, Azucena, Amneris o, cómo no, la inquietante princesa de Eboli.
Mi relación, pues, con el canto verdiano cabe calificarse de baja intensidad, muy fragmentada y un tanto esporádica. Razón por la que, aunque me esfuerce para que ello no suceda, en lo que sigue bien podría caer en errores de apreciación o incluso de bulto, recurrir a trillados lugares comunes y, en definitiva, resultar escasamente novedoso. Bueno, pido de antemano disculpas por cuantas faltas y deslices cometa, y espero contar con la benevolencia de todos los “foristas” que tengan la amabilidad de leer estas líneas.

Apostando sobre el papel a caballo ganador sube con ganas el telón de la temporada lírica madrileña 2008-09. Pero no nos engañemos con falsas expectativas, pues ya se ciernen los más negros nubarrones sobre el futuro más inmediato del coliseo de la Plaza de Oriente, conocidos, entre otros muchos problemas no menores que no dejan de aflorar, la no renovación del reputado López Cobos, una lástima, ni la del prescindible Moral, cuya discreta gestión está pasando con más pena que gloria, los nulos resultados que hasta el momento se están produciendo para sustituirlos —parece que nadie de verdadero renombre internacional quiere trabajar en el Real—, y sabida también la cascada de cancelaciones de algunas figuras que amenaza con cargarse más de un título de esta misma temporada.
¿Otra vez malos tiempos para la lírica? Pues tal parece. En fin, yo a lo mío, que no es otra cosa que saldar el compromiso adquirido con el foro de dar noticia de cuanto dio de sí, en la función del pasado día 10 de los corrientes, la puesta en escena por el Teatro Real de la vigésimo primera obra del gran autor de Parma, Un baile de máscaras, coproducida con el Covent Garden (2004), montaje debido a Mario Martone y dirección musical del maestro titular del Real, por el momento, López Cobos.
Pues muy bien, a partir de aquí y hasta el final nos vamos a organizar del siguiente modo: me parecería totalmente ocioso por mi parte el que diera aquí pormenorizada cuenta del argumento de esta ópera, cuadro por cuadro y acto por acto, pues les supongo a todos ustedes al corriente y, en todo caso, hay sobrados medios, incluido este de la red de redes, para conocerlo con el detalle que se quiera; por lo que, para empezar, sólo un mínimo apunte sobre cuál es el motor que activa el dispositivo dramático de esta ficción; a continuación me detendré algo más en las (casi) insuperables trabas que tuvo que salvar Verdi para poder estrenar ópera tan comprometida en aquel convulso tiempo de la Italia de mediados del XIX; y por último, sustanciada esta breve introducción, mi crítica de la citada función del Real por este orden: de lo peor a lo mejor; primero, lo menos afortunado, el pobre y muy desubicado montaje “censurado”; después el foso, notable tanto para el director como para los profesores que encontraron el necesario nervio verdiano; y, para concluir, el equipo vocal, todos, excepto el barítono que dio (mala) vida a Renato, cumplieron de forma sobresaliente.







