[Ezio Pinza: Deh, vieni alla finestra, serenata de Don Juan del Segundo Acto, Escena III, Don Giovanni, Mozart. 1930]
Crónica en exclusiva en nuestra sección ‘Viva la ópera’. Nos la envía Yemapel, bien conocido por todos ustedes. Corresponde a una de las dos representaciones de Don Giovanni en Praga, Teatro de los Estados, del domingo 4 de octubre de 2009 (aún está en cartel). Las audiciones que ilustran el post son propuesta suya. Las fotografías son de su cosecha. Gracias mil, Yemapel.

Introducción
Me permito, con el plácet de su creadora, retomar esta sección que enriquece sobremanera ‘Ópera, siempre’ y que nos da la oportunidad de aportar nuestras experiencias e impresiones sobre lo que a todos nos une: la ópera. Aunque resulta desgraciadamente frecuente ese viejo aforismo que reza que ‘quien tiene tiempo, no tiene dinero y quien tiene dinero, no tiene tiempo’, quién más, quién menos va a ver alguna representación operística, un concierto o un recital.
Compartir impresiones lejos de la postura oficial, políticamente correcta (o incorrecta) con los demás foreros es, para mí, uno de los mayores atractivos de este blog. Más si cabe cuando tenemos la suerte de contar con expertos y entendidos en la materia, tanto en España como en ultramar, de donde salen desde hace unas décadas —conviene no olvidarlo—, muchas de las mejores voces del planeta. Por eso los animo a participar. Y para dar ejemplo, no de sabiduría musical ni de técnica de canto, sino sólo de iniciativa con algo de humor, recojo el hilo de esta sección, en el olvido desde hace ya año y medio.

Por qué Don Giovanni y por qué Praga
La ópera elegida es Don Giovanni. ¿La razón? Siempre ha sido y será una de mis óperas favoritas por pura nostalgia. Cuando España era fiel a sus tradiciones y no estaba americanizada, cuando se celebraba el día de Todos los Santos y no Halloween, en la tele se representaba el mito de D. Juan Tenorio en todas sus versiones.
En aquella fiesta la familia se reunía en torno a las aventuras y el castigo de D. Juan Tenorio en una noche de fantasmas que con los años acabó desapareciendo para dar paso a una velada de disfraces sin sentido. La ópera es una versión más que conocí posteriormente y que desde el principio me enganchó por su música y por los recuerdos de aquellos maravillosos y ya lejanos días.
[Salvatore Baccaloni: Madamina, il catalogo è questo, aria de Leoporello, Acto I, Escena V. 1936]
Tenía ganas de verla en directo. Busqué por los teatros de España y nada hallé, por lo que amplié mis horizontes. Y así fue como encontré mi destino final: Praga. No tiene el ‘glamour’ musical de otras ciudades pero sí algo que la hace especial: aquí fue donde se estrenó dicha ópera en octubre de 1787, cuando a Mozart se la encargaron tras el éxito de Las bodas de Fígaro. No lo pensé más.

Y no sólo resultaba especial por ser en la capital checa, bella donde las haya, despojada de la multitud de turistas veraniegos que la hacen tan agobiante. Es que además el escenario donde se representaba era el Teatro de los Estados, precisamente donde tuvo lugar la ‘premier’. Un edificio varias veces destruido y reconstruido, olvidado y recuperado, renombrado y restaurado, hasta dejarle su aspecto original. No tendrá el carisma de otros coliseos pero despide un aroma dieciochesco perfecto para esta obra, con sus tabiques de madera envejecida color pastel. Un edificio vivo, que habla mediante crujidos.

En Praga hay gran afición a la música. Mientras en España a un chaval se le regala un balón de fútbol, allí se le da un violín. Basta pasear un poco para que te ofrezcan a precio asequible conciertos en iglesias o en casas señoriales, tocados por músicos anónimos que viven de otra profesión.
La entrada que cogí por Internet me costó 700 coronas, es decir, unos 28€… ¡y estaba en la segunda fila del patio de butacas! Podría decir que me senté en la misma localidad que ocuparon Mozart o Casanova, hace 222 años. ¿Cómo no van a amar la música si tienen fácil acceso? De acuerdo que los salarios son más bajos… pero el teatro estaba lleno. Y mucha gente joven. Elegantemente vestida.
La función era a las dos, porque la de las siete se me antojaba algo tardía. Sí, sí, ¡hay dos funciones diarias! Los subtítulos están en indescifrable checo y en inglés. Un buen detalle.
Reparto
Nombres impronunciables de ortografía imposible. Elimino los circunflejos:
Don Giovanni: Martín Bárta
Leporello: Frantisek Zahradnicek
Donna Anna: Yvetta Tannenbergerová
Donna Elvira: Pavla Vykopalová
Don Ottavio: Ales Briscein
Masetto: Zdenek Plech
Zerlina: Yukiko Srejmová Kinjo
Il Commendatore: Miloslav Podskalsky

Escenografía
El teatro, pequeño pero coqueto, aprovecha al máximo el espacio del que dispone. En los dos primeros pisos del proscenio han colocado unas escalinatas que terminan en balcones, lo cual le permite añadir a la escena principal otras dos suplementarias. Así resultan más creíbles los momentos (y en Mozart hay muchos) en los que algún personaje murmura frases que no deben oír los demás. En vez de estar en el mismo plano, se reparten en dos o tres distintos.
[Léopold Simoneau: Come mai creder deggio... Dalla sua pace, recitativo y aria de Don Octavio, Acto I, Escena XIV. 1956]
Con pocos medios pero con una lógica aplastante, algo de talento y mucha sobriedad, logran escenificar la obra sin desvirtuarla. La única licencia que se toman son unos chambelanes haciendo breves piruetas. Nada de montajes de Ikea (o sea, mucha luz, dos paredes y una mesa), ni provocativos, ni minimalistas, ni ultramodernos. Tienen claro lo que representan y lo hacen sin complejos. Por ejemplo, en el dúo del primer acto entre Masetto y Zerlina, cada verso se culmina con una rosa blanca clavada en el suelo por un chambelán, hasta formar un corazón que envuelve a ambos. Original y bonito.
La escena final en la que el Comendador se presenta en la cena para llevarse a Don Giovanni es muy efectista. Aparece la estatua con los ojos rojos, entre luces y sombras, y se abre el pedestal, de donde sale el Comendador para enviar al casanova a los infiernos. Muy luminosas las escenas de la boda de Masetto-Zerlina y la fiesta en el palacio. Ésta última es una de mis preferidas, porque hay tres ‘miniorquestas’ que tocan piezas por su cuenta.
Otra genialidad del austriaco inmortal es la inclusión de fragmentos de tres óperas: Una cosa rara, de su amigo y rival Vicente Martí y Soler, otra no muy conocida (Fra i due litiganti) y la propia Las bodas de Fígaro. En ésta cambia la letra del aria Non più andrai, farfallone amoroso, y la anuncia con un audaz “¡ésta la conozco de sobra!”.

Valoración musical
Carezco de los conocimientos suficientes como para saber si la orquesta lo hizo bien, si el director (Robert Jindra) controló los tempi o si los cantantes no desafinaron. Sólo sé que la orquesta sonó muy bien y no aprecié ningún fallo clamoroso, al menos en las partes más conocidas de la obra. Las orquestas centroeuropeas suelen ser soberbias y las del Met, Scala, Londres, incluso Madrid, se nutren muchas veces de su inagotable cantera.
En cuanto a las voces, las más flojas, a mi entender, fueron las de Don Giovanni y Leporello. Al primero le faltaba algo de potencia, sobre todo en los graves. Un aceptable Là ci darem la mano y algo decepcionantes sus dos arias principales, la del champán (Fin ch’han dal vino) y Deh, vieni alla finestra. En aquélla le falló la agilidad y sin embargo en ésta le sobró, lo que afectó a la musicalidad y a la seducción que se supone ha de desprender.
Leporello (pongo los personajes porque sus nombres reales son terroríficos) con más potencia pero igualmente falto de agilidad, que no afecta a los recitativos pero sí al aria del catálogo. Un poco más y hay que hacerle el boca a boca.
Un Don Ottavio bastante decoroso, pétreo en la actuación pero bien desde el punto vocal. Tuvo la desgracia (o la suerte) que se cantó la versión original y, por lo tanto, no estaban las tres escenas que añadió Mozart para su estreno en Viena ni tampoco la preciosa aria Dalla sua pace.
Los secundarios fueron un verdadero lujo. Las sopranos vejadas por el galán español estuvieron más que dignas y realmente convincentes. Por un momento pensé que Donna Elvira le iba a arrear a Don Giovanni un guantazo de antología. Desde luego, no eran Della Casa ni Schwarzkopf pero cumplieron con solvencia. Voces bastante bonitas, bien en los agudos sin resultar hirientes. Zerlina era una japonesa de voz dulce que acometió con seguridad sus dúos con Don Giovanni y Masetto. Muy emotiva su súplica a aquél.
Ahora bien, el mejor de la tarde fue sin duda Masetto, un jovenzuelo de unos 150 kilos de peso, que cada vez que se movía retumbaba medio patio de butacas. Simpatiquísimo, expresivo, gracioso en sus nada lentos —pese a su peso— movimientos y una voz espectacular, muy bonita y seductora. Era un torrente, al menos desde la segunda fila. No sabría decir si era barítono o bajo, me inclino más por la segunda opción. En cuanto pierda peso y gane edad, el personaje de Don Giovanni es suyo.
Por último, el Comendador cumplió muy bien su papel, insignificante en el primer acto pero impactante en el final de la ópera. Me recordó bastante a nuestro Carlos Chausson: entrado en años pero con voz más que suficiente para increpar y condenar al disoluto español sin que la orquesta lo eclipse.
Epílogo
Aplausos para todos. No me imagino a los checos abucheando al personal. Tampoco ovacionan con pasión, ni tiran ramos de flores. En el punto medio se halla la virtud. Fue una gran experiencia que espero poder repetir y que aconsejo. Confío en no haber hecho una crónica muy aburrida, ni demasiado pesada. Me conformo con que sea secundada, obviando mi atrevimiento. Y aprender de los que tienen vastos (y no bastos) conocimientos musicales.







