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Anna Netrebko: “Quienes mandan son los directores de escena. Muchos se han empeñado en tumbarnos en el escenario. ¡Dios mío! ¿Por qué?”

Saturday, March 21st, 2009

  • [Arioso de Iolanta]
  • Jesús Ruiz Mantilla
  • «Desde que cantó Guerra y paz por todo el mundo y La traviata en Salzburgo, el éxito no le ha dado tregua a la diva rusa. “Sólo deseo cantar. No quiero ser una estrella”, dice. Ella encabeza una nueva generación que ya está bajo los focos.

    Frente a frente, Anna Netrebko resulta más un espejismo que otra cosa. Su poder en escena, su imagen sensual, esas poses provocativas que la han convertido en la reina de una generación de cantantes de ópera entregada a la seducción en igual medida que a la voz, desaparecen. Lleva el pelo recogido, la cara lavada, una ropa oscura y discreta. Se ha presentado en un cuartito angosto y oscuro del Covent Garden londinense, donde ha cantado estos días atrás I Capuleti e i Montecchi, de Bellini, como si sintiera melancolía de la muchacha que fue cenicienta antes que diva.

    Porque la historia de Netrebko tiene tanto ya de leyenda como de futuro brillante. Lleva camino de alcanzar una madurez asentada en la que heredará el trono de las grandes. Su historia comenzó en Rusia. En el teatro Mariinski de San Petersburgo. Allí fregaba suelos y el zar de la ópera rusa, Valeri Gergiev, no daba la impresión de haber caído en ella cuando la muchacha caminaba y se cruzaba con él por los pasillos vestida con una bata. “Al tiempo estudiaba canto. Gané un concurso y me presenté a unas pruebas para entrar en la compañía del teatro. Gergiev me dijo: ‘Ah, pero usted también canta’. Parece que sí se había fijado en mí”, comenta Netrebko.

    Pero no le gusta recordar esos días. Según ella, se han manipulado demasiado. No ocurre lo mismo con los siguientes. A partir de entonces, el director musical la lanzó hacia el estrellato. “Me gustaba su manera de tratar con jóvenes cantantes. Nos lanzaba a la arena casi sin tiempo para que nos preparáramos. Es bueno que alguien te deje estrellarte. La única manera de aprender”.

    Triunfó por todo el mundo con Guerra y paz, de Prokófiev. “La única vez que he cantado en Madrid. Aquel montaje gigantesco con 400 personas en el escenario”. Una escala graciosa. “Recuerdo el escándalo que se montó cuando un compañero, que estaba enfermo, mezcló medicamentos con alcohol. Estaba tan mareado que no se tenía en escena. Debía dar unos pasos de baile y yo le dije: ‘No te muevas, ya los doy yo”.

    Luego llegaría el gran bombazo. En Salzburgo. Con La traviata y junto al mexicano Rolando Villazón, en 2003. Aquella relativamente desconocida cantante rusa dio la vuelta al mundo. Primero en las críticas de los periódicos. Luego en los DVD. Había llegado a la cumbre con una interpretación carnal y trágica de Violeta Valery.

    Empezó el fenómeno Netrebko. Tanto que un año después, la revista Time la escogía entre la lista de personas destacadas e influyentes del momento. Cumplía un sueño al tiempo que empezaba a asustarse. “Me veía por todos sitios. No era capaz de controlar la fama. Llegué a plantearme dejarlo todo. Escapar. La competencia es durísima y siempre debes estar en un nivel para que no crean que estás acabada”, asegura. “Ahora ya he conocido la notoriedad. No me gusta, aunque la creo necesaria para ciertas cosas. Sólo deseo cantar. No quiero ser una estrella”.

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