—¿Cuánto le debe su voz a su adolescencia rockera?
—Más que mi voz soy yo el que le debe mucho a esa riqueza, a ese “background”. Uno es lo que ha vivido y la suma de las experiencias que lleva dentro. Mi voz es fruto de mis aventuras, de mi forma de cantar, de mi modo de expresar. Aquella banda de rock de cuando era joven me dio mucho. Cantaba versiones de los Beatles y de Led Zeppelin. Y lo hacía a garganta pelada. No sabía nada de música clásica. Desde los quince años daba conciertos para mis amigos del colegio y actuaba en el pub que regentaba mi madre en Lima cuando les fallaba el cantante. Podía estar toda la noche actuando entre humos, sin parar. Imagínate.
—Y de ahí a la cima del canto…
—Bueno, no fue tan sencillo. Eso sí, tuve suerte de no joderme la voz… Lo que tengo claro es que ésta, antes que en la garganta, está en el cerebro. Nosotros hacemos que suene en verdad una nota porque la hemos “escuchado” en nuestra mente. Eso es mágico. Una nota es una posición exacta del sonido. Y hay que ajustarla a la voz de cada uno, a sus posibilidades. La voz se maneja con las sensaciones. Y en ópera esa cuestión es llevada al límite porque la ambición es la excelencia.
«(…) Lo que sí quería es, aprovechando que de refilón salió a colación el tenor rossiniano por excelencia de los últimos años y uno de los cantantes que meritoriamente más contribuyó al renacimiento de la obra de Rossini en nuestros días, hacer una mínima semblanza de Rockwell Blake que, así lo creo, bien se lo tiene merecido.
Como pueden ver, al final siempre cada loco con su tema. Tenemos que reconocer además que el norteamericano, no obstante su exitosa y premiada carrera en repertorio tan exigente, apenas sí gozó de predicamento alguno entre los “foristas” y eso es algo que me propongo reparar. Vamos, pues, con ello.
Blake contó de partida, mal asunto, con dos no pequeños hándicaps, de esos que, diría yo, sistemáticamente hacen que el grueso de la afición —mucho más entregada y rendida (¿sin condiciones?) a las voces grandes, opulentas, con brillo y bien timbradas que poseen otros tipos de bizarros tenores más “agraciados”— postergue a un segundo término, casi a la marginalidad, a quienes “adolecen” de los mismos: un instrumento vocal pequeño y, para más inri, a decir de muchos acidulado y falto de belleza.
Si a esto añadimos la elección de un repertorio altamente especializado que no está al alcance ni en el interés del gran público, irremediablemente la carrera del norteamericano estaba predestinada a una minoría, la que gusta salirse de los caminos más trillados y que aprecia en los cantantes otras cualidades además de una robusta voz más o menos bonita.
Tras formarse musicalmente en su localidad natal de Plattsburgh, muy cerca de Nueva York, y perfeccionar la técnica canora con la que ha sido su única maestra, Renata Carisio Booth, consiguiendo al cabo su proverbial fiato y una perfecta emisión en la “máscara” que le es característica, en 1977 Blake debuta profesionalmente en el Kennedy Center de Nueva York, siendo el Lindoro de La Italiana en Argel.
Desde un primer momento me interesa subrayar un aspecto fundamental de la particular forma en la que ha entendido la profesión este fantástico tenor, toda vez que el mismo será el santo y seña de tan grande artista desde sus comienzos: jamás Rockwell Blake, y eso que, dada la enorme facilidad para el virtuosismo que posee y una agilidad vocal sin parangón hubiera sido lo más cómodo, sucumbió a la tentación de hacer de éstos un fin en sí mismos, un permanente alarde sin más de sus soberbias facultades canoras, antes al contrario, tan privilegiada capacidad para la más compleja coloratura quedó siempre al servicio de las exigencias teatrales.
Y así ha conseguido, antes que nada, sabiendo velar cualquier signo exterior de semejante superioridad que pudiera interpretarse como un lucimiento personal al margen de la dramática, y, en última instancia, vía introspección y concienzudo estudio de los rasgos esenciales y del modo de ser de cada personaje por él abordado, memorables caracterizaciones dentro de su repertorio que hoy están consideras como no superadas (véase, p.ej., su más que lograda composición del Conde Almaviva que ha paseado por todo el mundo).
Y fíjense que este, cómo diríamos, complicarse la vida sin necesidad para, en definitiva, hacer buen teatro, podría servirnos de percha en la recuperación de aquel otro estimulante debate de hace algunos meses sobre la voz versus la interpretación en ópera.
Seguimos. Un dato acaso no demasiado conocido del currículo de este cantante, es su proclamación como ganador de la primera edición del prestigioso Concurso de Canto Richard Tucker, allá por el año 1978, lloviéndole a partir de ese triunfal momento no pocos contratos hasta llegar su debut, tres años más tarde, en el más importante coliseo norteamericano, el Metropolitan.
Bajo la tutela del célebre bajo-barítono ya retirado George London, cuyo interés había despertado el debutante, Houston, Filadelfia, Chicago y, entre otras renombradas plazas de su país, San Francisco serán testigo en estos primeros años de carrera de sonados éxitos personales que irán afianzado al joven intérprete en la que habrá de ser su especialidad belcantista por la que, sin tardar, le llegará el reconocimiento mundial, Rossini.
Del maestro de Pésaro, Rockwell Blake ha cantado con igual buena fortuna hasta un total de dieciocho títulos, convirtiéndose así en el mayor experto de esta obra de su cuerda y, así lo creo, el más destacado epígono contemporáneo del legendario Giovanni David, el primer contraltino rossiniano de la historia; Blake, explicitando la perfecta comunión que mantiene con su operista de cabecera, llegó a afirmar que “Rossini está hecho para mí y yo estoy hecho para Rossini”.
“¡No iba a estar nervioso, con lo que había que torear!”, bromea José Bros cuando recuerda cómo estaba un año atrás en el concierto con el que abrió el ciclo Grandes Voces del Teatro Real. La cita era importante pues “celebraba los diez años de mi debut en él”.
De aquel día no quedan tan sólo recuerdos pues se ha traducido en un disco, Giuramento (Decca), que sale a la venta mañana. Una grabación de la que Bros se muestra muy satisfecho, “porque no eran obras fáciles”. Il juramento, de Mercadante; I puritani e Il pirata, de Bellini; Roberto Devereux y Il duca d´Alba, de Donizetti, son algunas de las partituras sobre las que el tenor vertió su “ilusión de dar a conocer obras poco frecuentes, que no se interpretan habitualmente”.
Juan Diego Flórez (Lima, 1973) tiene un amigo filósofo que se ha arreglado la vida para trabajar sólo por las mañanas y dedicar las tardes a la lectura. “La verdad es que envidio a esa gente”, comenta el que ostenta el título oficioso del mejor tenor belcantista de la actualidad. Cuando se repara en esta condición, parece incomodarse un tanto y matiza sus palabras: “La expresión lo es todo. Sería muy aburrido si todo fueran fuegos de artificio, virtuosismo, sin expresión”.
Tan bien canta este tenor peruano de 34 años que rompió la prohibición antidivos impuesta por el mítico Toscanini en 1933. Ofreció en febrero un bis en la Scala de Milán mientras representaba La fille du régiment, de Donizetti, ante los emocionados aplausos del público. Ayer, con su hablar pausado, quitó importancia al suceso en el Palau de les Arts de Valencia, donde ofrecerá un recital lírico mañana (2 de mayo). Cosas de la prensa. “No creo que fuera un hito”, dice. Recuerda otras veces, otros bises en Viena, Londres, Bolonia, Japón…
Él nació en el seno de una familia de tradición musical, pero ajena a la ópera. Su padre cantaba y tocaba la guitarra acompañando a la célebre cantante criolla Chabuca Granda. El propio Flórez empezó entonando rancheras, baladas, temas de The Beatles, Led Zeppelin. Llegó a tener una banda de rock. “Crecer con toda esa música me ha ido enriqueciendo y todo sirve en la ópera. Me aficioné a la ópera ya en el conservatorio. A veces, en la ópera, aunque la técnica es fundamental, nos olvidamos de la expresión y para lograrla puede ser bueno pensar, por ejemplo, en cómo se canta un bolero”.
Flórez, a los 16 años (Festival de la Canción por la Paz. Lima, 1989).
Expresión es el término recurrente en el discurso del tenor. “Como me he especializado en el bel canto, he aprendido un poco cómo tengo que cantar y qué se necesita, aunque nunca se acaba de dominar el estilo. Estás desnudo. Tú y tu voz, porque no hay orquestación que te vista, que te ayude. Se nota todo. Si desafinas, si un agudo no es brillante… En el bel canto es muy importante la limpieza y tener mucha técnica, pero la expresión lo es todo. Sería muy aburrido si todo fueran fuegos de artificio, todo virtuosismo, sin expresión”.
Flórez ha hecho del estilo promovido por su admirado Rossini, donde la orquestación es mero acompañante de la voz, su tarjeta de visita. Con el inquieto compositor italiano comparte también otra gran afición: la gastronomía. Además de un magnífico músico, el bon vivant de Rossini fue un excelente cocinero que ha pasado también a la posteridad por prestar su nombre a populares platos como el turnedó o los canelones Rossini. El tenor peruano no aspira a tanto, reconoce con media sonrisa. “Además, he dejado de cocinar. Ahora es mi mujer la que lo hace. Me gusta mucho, pero no tengo apenas tiempo”, apostilla. Sí que encontraría un hueco en su muy apretada agenda para volver en cualquier momento al restaurante El Bulli, de su chef preferido, Ferran Adrià. “¡Ojalá!”, exclama por encima del murmullo, con el habla como si se estuviese aclarando la voz continuamente.
El tenor ha decidido cantar en el futuro más obras de Mozart. “Será como un elixir para la voz, después de cantar vocalidades tan extremas”, apunta. Su debut como profesional se produjo en el Festival Rossini de Pesaro en 1996. Fue la sensación del certamen. Aprovechó la indisposición del tenor Bruce Ford para mostrar su don natural tamizado por sus estudios en Filadelfia y California. Y muy pronto se abrió paso en los más prestigiosos escenarios del mundo hasta alcanzar el estrellato en la escena internacional del belcantismo. Su especialidad son Rossini, Bellini y Donizetti, los compositores que mejor se adaptan a su voz.
En el Palau de les Arts, con Vicenzo Scala al piano, cantará obras de los tres, fragmentos de ópera de Mozart y de algunas zarzuelas, como Doña Francisquita, de Amadeo Vives. Ofrecerá “una primicia”, un avance de su próximo disco, dedicado al tenor Giovanni Battista Rubini, All’udir del padre Afflitto, de Bianca e Fernando, de Donizetti.
Flórez está diversificando su repertorio. Cantará por primera vez Rigoletto, de Verdi. Será el abril del próximo año, en su ciudad natal, Lima, y después viajará con la ópera a Europa. También pretende investigar más en el repertorio belcantista con el ánimo de descubrir partituras ocultas y relanzar obras apenas conocidas. Además, quiere implicarse en proyectos sociales desde su condición de cantante. En junio, participará en Lima en un concierto cuya recaudación se destinará a los niños.
Uno de sus principales referentes es Alfredo Kraus. “Por su elegancia en el canto, por su filosofía, por ser consecuente con sus ideas y su repertorio, por su trabajo con la técnica, por su manera de sentir. Pude hablar con él por teléfono y supe por otros que me apreciaba como cantante, lo que satisface especialmente”. También destaca el “fraseo, la sensibilidad“, la forma de cantar “sensual, llena de sensualidad y de sentimiento” de Montserrat Caballé. Y cita también a Plácido Domingo, entre otros.
Con 34 años, tiene muchas cosas por delante, pero prefiere tomárselo con tranquilidad. Ahora, por fin, va a tener más vacaciones para hacer más cosas que cantar. Las planificó “hace tres o cuatro años”, como el resto de sus actividades. Lleva un ritmo frenético. Le compensa, pero quiere frenar un poco. “Por ejemplo, nunca puedo estar en casa. Mi mujer me tiene que enviar por e-mail el piso que tenemos que elegir para nuestra casa que estamos montando en Pesaro”, se lamenta. Aprovecha las horas muertas de los viajes en avión para leer. Ahora está inmerso en El pez en el agua, de su compatriota Mario Vargas Llosa, con el que tiene previsto un programa para Canal +, y acaba de leer Viaje al fin de la noche, de Céline.
Lleva 10 años de carrera y le quedan “muchas cosas que hacer“.
Toscanini (1867-1957), el más célebre director en la historia de la Scala, no tenía una gran opinión sobre los intérpretes operísticos. Para él, había tres categorías humanas despreciables: los tontos, los muy tontos y los tenores. Su prohibición de los bises en el templo milanés no se basaba, sin embargo, en manías personales, sino en la convicción de que la música estaba por encima de las voces, de los instrumentos y del público, y no debía verse alterada por arrebatos de entusiasmo o egolatría.
El non possumus de Arturo Toscanini rigió de forma indiscutida hasta que el peruano Juan Diego Flórez, con la arrogancia que le permitían su juventud, 34 años recién cumplidos, y sus apabullantes dotes naturales, anunció que aspiraba al bis en el estreno scalífero de La fille du régiment, de Gaetano Donizetti. Fue todo un desafío al público y, sobre todo, a Stephan Lissner, el superintendente del teatro. Flórez ya había obtenido en Londres un gran triunfo con La fille du régiment. ¿Iba a rendirse Milán ante él?