
"Diferentes expresiones del gran barítono en la ópera de Verdi" ('Actualidades', Madrid, 27 de enero de 1910).

María Galvany ('Album Salón', 1 de enero de 1906).
13 Noviembre 2010, a las 2:37
(Gracias, Victoria)

"Diferentes expresiones del gran barítono en la ópera de Verdi" ('Actualidades', Madrid, 27 de enero de 1910).

María Galvany ('Album Salón', 1 de enero de 1906).
13 Noviembre 2010, a las 2:37
(Gracias, Victoria)
30 de junio

“Nucci y Ciofi, la misma pareja que el año pasado protagonizó el momento histórico, cerraban esta noche la segunda parte del recital con ‘Sì, vendetta’ con tal apabullante acogida del público que han hecho un bis con esa misma pieza.
Tras el delirio que han provocado, varios minutos saludando en medio de una gran ovación, Ciofi (Siena, 1967) ha interpretado, como si no llevara encima dos horas de esfuerzo, el primer bis programado, ‘Chi il bel sogno di Doretta’, de La Rondine, de Puccini, y ha recibido un aplauso tan cerrado que se sujetaba la cara emocionada.
Ha tomado el relevo Nucci que ha preguntado al auditorio “¿un poco de Andrea Chénier?” para dejarle boquiabierto con su potente ‘Nemico della patria’, de Umberto Giordano.
Y cuando ya parecía imposible que pudiera haber más, después de salir varias veces más a saludar solos y junto al director, Michele Mariotti, con una sonriente pero agotada Ciofi haciendo el gesto de dispararse en la sien, ha sucedido lo inédito: Nucci ha pedido a la orquesta y al director que atacara de nuevo los compases de Sì vendetta“.

El pasado lunes 24 de mayo de 2010, falleció la soprano alemana Anneliese Rothenberger. Se le había diagnosticado un cáncer intestinal y, después de una breve enfermedad, falleció en el hospital de Münsterlingen (Suiza), cerca de su hogar, junto a la ribera del Lago Constanza.
En el Diccionario de Kutsch & Riemens consta que nació el 19 de junio de 1924, en Mannheim (Alemania). Sin embargo, según la información del investigador Rudi van den Bulck (y su espléndido sitio web ‘Opera Nostalgia’), la recientemente fallecida soprano alemana Anneliese Rothenberger se quitaba coquetamente algunos añitos y habría nacido en 1921. Es decir, al fallecer tenía 89 años.
Después de estudiar con Erika Müller, Rothenberger debutó en 1943 en la Opera Estatal de Koblenz. Desde 1946 y hasta 1973 fue miembro de la Opera Estatal de Hamburgo. Cantó también, con frecuencia, en Viena y Salzburgo.
[Rothenberger: Letzte Rose (The Last Rose of Summer), Martha, Flotow. Con Fritz Wunderlich. 1960]
Debutó en La Scala de Milán en 1960 como Sofia en El caballero de la rosa, y ese mismo año en el Metropolitan Opera como Zdenka en Arabella, ambas de Richard Strauss.

En 1961 debutó en el Teatro Colón de Buenos Aires, cantando el rol de Costanza en El rapto en el serrallo junto a Fritz Wunderlich y Sofía en El caballero de la rosa con Régine Crespin. Regresó a Argentina en 1970, nuevamente con El rapto en el serrallo junto a Horst Laubenthal, aunque ya no en un estado vocal óptimo.

Cantó con frecuencia en la televisión alemana y europea en general, y participó en varias películas musicales. En 1972 publicó su biografía con el título de Melodie meines Lebens.
Rudi en su obituario nos dice que su voz no era grande, una mezcla entre soubrette y soprano lírica, pero de gran musicalidad y enunciación. Fue una cantante encantadora y vivaz.
[Parigi, o cara. Con José Carreras. Hacia 1978]
Su show en la televisión, el “Show de Anneliese Rothenberger”, se mantuvo exitosamente por muchos años y tenía miles de seguidores no solamente en Alemania, sino también en Suiza, Bélgica y Holanda. Su popularidad en Alemania y en los Países Bajos fue enorme, y para el público en general, mayor que la de la Callas o la Tebaldi.
Realizó numerosas grabaciones, entre las que destacan Martha, Las bodas de Fígaro, Hansel y Gretel, El rapto en el serrallo, La flauta mágica, Undine y Arabella, además de operetas como El Murciélago y El vendedor de pájaros.
Para que luego digan que la ópera no es popular…
* *
1 de mayo, a las 7:26
(Gracias, Aarón)
[Gruberova: Pâle et blonde..., aria de la locura (segunda parte) Hamlet, Thomas. Teatro Real, 21 de marzo de 2010]
Una edición más de ‘Viva la ópera’ que no necesita presentación. La única audición que encontré sobre el recital de Gruberova del pasado 21 de marzo va sobre estas líneas.
Esperamos que alguien más se anime a participar y nos cuente por escrito qué escuchó, vivió, sintió… en determinada interpretación operística o recital lírico de un cantante. Vale también contarlo de viva voz, por qué no. ¿Alguien se atreve?
Insistimos: no es imprescindible que los recuerdos sean de ayer mismo. Si lo atesoran en su memoria, seguro que es bueno. Sugerencias, textos…, ya saben, a operasiempre[arroba]gmail.com
El autor de la crónica, o critica, como prefieran, que hoy llevamos a portada es Paco Roa: gracias mil.
La Gruberova dicta una clase magistral de canto y ‘artisteo’ en su despedida de Madrid
Me preguntaba nuestra amable anfitriona si quería dejar en el foro una reseña del concierto lírico que la Gruberova ofreció en el Teatro Real de Madrid, el pasado día 21 de Marzo del corriente.
Supuestamente me quede algún lector, cosa que a estas alturas de tan pertinaz presencia mía (al igual que aquella famosa sequía del franquismo que bien recordamos los mayores de estos pagos) en este tan grata tertulia operística dudo razonablemente, conocerá de sobra que soy un tanto renuente a pronunciarme, ni para bien ni para mal, sobre las sopranos, toda vez que, primero, no son de mi negociado, y, segundo, cada una de ellas dispone para su uso discrecional de prietas legiones de seguidores incondicionales y rendidos admiradores —a los que, mucho ojo, se oponen en parecido número los abigarrados detractores— que ya se ocupan y preocupan por mantenerlas en el candelero, ora para endiosarlas, los primeros; ora para enfangarlas, los segundos.
Mientras que mis queridas mezzos y contraltos, pobrecitas, como no tener no tienen siquiera un perrito que les ladre (bueno, a excepción de una, la Larmore, cuyo miniaturizado can es un primor). Y que conste que no tengo absolutamente nada en contra de quienes son consideradas las reinas indiscutibles de la ópera, más bien estoy claramente a su favor (recordarán que, de hecho, no tuve el más mínimo problema en echar mi cuarto a espadas para salir en defensa de la Milanov y de la Gencer cuando entendí que se las había minusvalorado injustamente), pero, ¡caramba!, hay que equilibrar un poco la balanza, digo yo.
Bien, pues si hay una soprano en activo que, aun siendo ya ¡sesentona!, cuenta con una verdadera multitud de leales por todo el mundo repartidos e inasequibles al desaliento —desde luego, no parece que dé muestras de cansancio alguno por más que la persigan (¿atosigan?) de plaza en plaza— esa es sin el menor riesgo a equivocarnos Edita Gruberova (al concierto de referencia no faltaron, fíjense bien, ni los inevitables japoneses de cuota).
Por esta razón me resulta un tanto chocante que ninguno de los tertulianos, ya sean eventuales o fijos, que tiene “ópera, siempre” haya pedido la palabra para contarnos lo mucho y bueno que dio de sí la eslovaca en su esperada reaparición en el coliseo madrileño. En fin, en el primer hueco que tengo tras el alta hospitalaria de mi madre, venzo mi natural reticencia sopranil —además la ocasión ya verán que lo merece— accediendo muy gustosamente a la invitación que me hacía la gestora del foro, y en lo que sigue les dejo una modesta crítica del evento en cuestión.
Dentro del ciclo de “Grandes Voces” de la actual temporada lírica 2009-2010 del Teatro Real de Madrid, se inscribe este cuarto concierto de los anunciados que protagonizó la veterana soprano, una de las cantantes sin duda alguna más respetadas y sobresalientes de su generación, Edita Gruberova.
En atril estuvieron presentes fragmentos de celebradas partituras de Rossini, Bellini, Verdi y Massenet, seleccionados éstos para los momentos meramente orquestales, alternándose, ya en la parte vocal, con otros pertenecientes a obras no menos aplaudidas de Donizetti, Bellini, Verdi y Thomas.
Sin sorpresas, pues, en la elección de este bien ensamblado programa musical de sobra conocido por los aficionados y perfectamente acomodado al saludable estado vocal por el que atraviesa la grandísima intérprete de Bratislava. Si bien, como reza el dicho popular, más vale maña que fuerza, en ocasiones es preciso disponer y hacer uso tanto de la primera como de la segunda para conseguir llevar a buen puerto determinadas empresas que requieren de ambas cualidades.
En esa convicción dirigió la orquesta titular del Real el joven maestro alemán Michael Güttler, de una parte, con la suficiente habilidad, esmero, cuidado y como, en apariencia, dejando hacer para conducir a los profesores donde él quería sin que se notase, y así pudimos disfrutar de una matizadísima ‘Meditación’ de Thaïs —con total seguridad lo más logrado de la velada lírica instrumentalmente hablando—, colmada de sosiego y delicadeza (aquí es de justicia hacer mención expresa del primer violín de la formación, Rafael Khismatulin), pero también, de otra, sabiendo imponer su autoridad con mano firme y hasta con la adecuada dosis de contundencia, para firmar, entre lo más destacable de las piezas sinfónicas, unas rotundas oberturas de Guillaume Tell, con la que se abrió el concierto, y de La forza del destino, ya en el comienzo de la segunda parte.
Aprobaron con nota a mi juicio, pues, director y profesores, que además, lo cual no es poco, dejaron cantar, cosa que no se pudo decir del director que nos tocó en “suerte” en la precedente Andrea Chénier, Víctor Pablo Pérez.
Yo creo que a estas alturas de su carrera resultaría totalmente ocioso por mi parte, hasta incluso ridículo, pretender descubrirles a quien durante más de 40 años de ininterrumpida carrera —sin haber cosechado ni una sola mala crítica y habiéndose venido abajo todos y cada uno de los teatros por ella visitados— está considerada con toda la razón en virtud de los méritos contraídos como un prodigioso fenómeno vocal de irreprochable línea de canto, musicalidad innata, y capaz de articular sin necesidad de desmelenarse cualquiera de las intricadas agilidades del más arduo pentagrama que se le proponga a modo de desafío.
Soslayamos, pues, las presentaciones, y antes que nada sí convenga quizá indicarles brevemente cuál es la situación tanto vocal como interpretativa que después de tantos lustros cantando sin desmayo tiene en nuestros días la Gruberova.
Seguro que también muchos de Vds. conocen la evolución que ha tenido su instrumento vocal, pero como estoy de acuerdo con mi buen amigo el cátedro de Ética D. José Luis, últimamente compañero de fatigas operísticas de un servidor, cuando dice que “en los tiempos que corren no se puede dar (casi) nada por sabido”, lo dejo apuntado a vuelapluma.
No obstante haber llamado la atención esta genial intérprete desde sus inicios profesionales porque, aun pudiendo ser clasificada correctamente como una soprano coloratura, su instrumento resultaba mucho más grande, voluminoso, amplio y, al cabo, de superior vigor “tímbrico” que el de sus colegas de agilidad —pongamos, qué sé yo, una Sills o una Serra, de voces, además, punto monocromáticas—, nunca se apartó en esos primeros años de carrera de los papeles que conforman el repertorio al uso de las cantantes “jilguero”, dejándonos así indelebles creaciones, impecablemente cantadas y no por ello peor escenificadas, de las Lucia, Reina de la Noche (¡11 temporadas teniéndola en repertorio, hasta cumplidos los cuarenta años de edad!), Zerbinetta, Olympia, Norina, Oscar (no confundir con el tertuliano D. Óscar, al que aprovecho para saludarle afectuosamente), Lakmé, Amina, Konstanze…
Pero no bien entrada la década de los noventa del pasado siglo, la voz en evolución de Edita Gruberova comienza a experimentar un mayor ensanche y expansión, se sombrea paulatinamente su zona aguda, va ganando en facilidad para el canto spianato y consigue una correcta emisión de las notas de centro, por lo que deviene apta ya para transitar hacia personajes no exentos de ornamentación vocal bien que de un mayor fuste dramático.
De este modo, acomete con total garantía sus primeras reinas Tudor, Dña. Ana, la Condesa, Violetta (ya probada en su juventud), Elvira, Julieta, Semíramis, y más recientemente Norma o Lucrezia Borgia (2009), mientras que, por otra parte, rechaza sistemáticamente cuantas proposiciones se le hacían para avanzar hacia terrenos de superior peso vocal aún al de estos últimos papeles incorporados.
Con lo dicho, pues, a lo que cabe añadir una gradual reducción selectiva de sus actuaciones operísticas en los últimos años —no oculta una total discrepancia con no pocos escenógrafos— para centrarse mucho más en los recitales, tenemos bien definido, creo, su momento actual como intérprete que ha logrado lo que no todos pueden decir, la total plenitud de la que hoy disfruta: canta y actúa mejor que nunca todo cuanto quiere (y debe), como quiere, cuando quiere, y donde quiere.
Una más que probada inteligencia a la hora planificar la carrera, a lo que hay que sumar una dosificación adecuada, además de, claro está, estudio y trabajo sin descanso, y, en última instancia, interpretando en cada momento únicamente lo que más le convenía han obrado el “prodigio” de preservar su voz (casi) intacta, sin apenas desgaste perceptible, en su año ¡cuarenta y dos! de profesión. “¡A ver si aprenden otras!”. Repetía una y otra vez no bien concluía cada interpretación la Gruberova el caballero que teníamos justo a nuestras espaldas, en la fila anterior del patio de butacas.
Y es que hay que reconocer que muy pocas sopranos (ciertas de no poca nombradía que se consideran coloratura no saben ni trinar, y no me tiren de la lengua), si acaso alguna, han conseguido lo que ella a su ya avanzada edad, la casi absoluta ausencia de vibrato, no digamos ya siquiera el más mínimo asomo de trémolo alguno, unos agudos y sobreagudos que aún son verdaderos chupinazos, una cosa ciertamente astral, conservar (casi) la misma amplitud dinámica que tenía de joven, y, en fin, una voz, antes que fenecida como la de sus colegas de “quinta”, increíblemente lozana; y todos estos recursos puestos a la disposición de un programa que hubiera arredrado a la más intrépida de las veinteañeras. 
Tras una estimulante obertura de Guillaume Tell, salió a escena, acogida con gran cariño y una interminable ovación de las que sólo se reservan para las muy grandes ocasiones, una bien elegante Edita Gruberova preparada para sentar cátedra con sus muchas tablas y su insuperable oficio canoro. De los cuales ya nos dio sobrada muestra en las mismas páginas iniciales ‘Tranquillo ei posa… Com’ è bello! Quale incanto’ y ‘Respiro io qui… Ma la sola, ohimè!, son io… Ah! la pena in lor piombò’, de Lucrezia Borgia y Beatrice di Tenda, respectivamente, sabiéndoles imprimir el carácter propio de dichas páginas y haciendo gala de un firme registro central, de una buena disposición dramática, y también, lógicamente, de su confesado talón de Aquiles, nadie es perfecto: los graves.
Pero lo mejor estaba aún por llegar de la mano de Verdi, antes de irnos al descanso y justo después de la ‘Música de ballet’ de Macbeth, más Verdi ahora con el aria del primer acto de La Traviata, ‘È strano… Ah, fors’è lui… Sempre libera’, que he de confesarles todavía resuena en mis oídos. Aquí, amigos míos, la Gruberova echó el resto: plena intensidad interpretativa e inteligente control de sus fabulosos medios vocales, es verdad que con alguna puntual nota alta mal negociada, para dejarnos en el recuerdo la imborrable delectación de una sublime Violetta nunca antes así cantada.
Ya en el descanso, no se hablaba de otra cosa más que de lo que recién se había escuchado y que aún nadie daba crédito, y es que, verdaderamente, parece no tener explicación humana lo que hace esta señora con su instrumento.
En fin, cambió de vestuario nuestra soprano para afrontar la segunda mitad del concierto, ahora vestido de raso largo de color negro, y vino lo que me resultó menos satisfactorio, acaso fruto del necesitado relajo tras la tensión generada en la endiablada aria de la frívola cortesana, una un punto acomodaticia Belliniana ‘O rendetemi la speme…Qui la voce sua soave…Vien, diletto, è in ciel la luna’, cantada con distancia, como únicamente para coger fuerzas, sacar el arresto necesario y poder hacer justicia a ese verdadero “tour de force” interminable que es la escena de la locura ‘A vos jeux, mes amis’ de la Ofelia “hamletiana”.
[Vien, diletto, è in ciel la luna, Puritani, Bellini. 1985.]
Y visto lo visto, cómo desentrañó tanto con el gesto como con la voz el alma de este atormentado personaje, frágil de cuerpo y de mente, que es Ofelia, todos nos pusimos en pie para premiar con vítores esta generosa muestra del talento y el arte de la Gruberova. Con las dos propinas fuera de programa concedidas –Linda de Chamonix y El Murciélago, que sirvió para sacar el lado más cómico de la genial intérprete— se cerró, tras quince minutos de aplausos, el triunfal concierto.
Una sensación agridulce nos quedó al final a todos: por un lado, felicidad completa por haber podido gozar hasta lo indecible de una jornada musical que cabe ya calificar de histórica, y, por otro, la pena de que, casi con toda seguridad, no se volverá a repetir en Madrid. Su edad y, el que supone un obstáculo mucho mayor, Gérad Mortier nos lo impedirán.
Muchas gracias de antemano a la gentil anfitriona por la publicación de esta crónica, saludos cordiales y hasta una próxima ocasión.

“Iba a ser el espectáculo que clausurase la temporada lírica en la capital italiana. Franco Zeffirelli, realizador de películas como Jesús de Nazareth y Hermano sol, hermana luna, director escénico de varias óperas y amigo-admirador de Berlusconi, afrontaba una nueva Traviata de Verdi y, fiel a su imagen de cascarrabias, sembró el montaje de polémica. La soprano Daniela Dessì (Génova, 1960), que iba a encarnar a Violeta, tuvo que abandonar el espectáculo antes de su estreno debido a los continuos comentarios públicos de Zeffirelli sobre la figura de la cantante.
La soprano, que actuará en el Teatro Real de Madrid (el 17 y 28 de febrero, interpretando a la Maddalena de Coigny de Andrea Chénier) y en el Teatro de la Maestranza de Sevilla (del 18 al 25 de marzo, como la Liu de Turandot) responde a los ataques de Zeffirelli en una entrevista con El Mundo“.
[Dessì: Addio del passato, aria de Violetta del Tercer Acto, Escena IV, de La traviata, Verdi].
—¿Es verdad que Zeffirelli dijo de usted: “Es una señora entrada en años y rolliza, por lo que no resulta creíble como Violeta”?
—Es cierto que Zeffirelli dijo eso en Roma, e incluso otras cosas más ofensivas. Creo que ha sido un episodio muy triste para la ópera en general. En el momento histórico en el que vivimos deberíamos pensar en el género operístico de la manera más práctica y positiva posible y no crear problemas inútiles por los caprichos de una persona anciana. Me gustaría aclarar que fue el señor Zeffirelli y no el Teatro de la Ópera de Roma quien puso problemas para mi participación en esta Traviata.
—¿Va a emprender algún tipo de acción legal contra el señor Zeffirelli?
—Sí, estoy en contacto con mis abogados en Roma para que estudien el caso de este absurdo y grave episodio.
—¿Cómo definiría su relación con él? ¿Cree que es un hombre difícil?
—He trabajado con Zeffirelli en varias ocasiones y la verdad es que anteriormente no me había encontrado con grandes dificultades. Sus propuestas en la dirección de escena están basadas más en el movimiento de masas que en la creación de un personaje con los solistas, por lo menos en las producciones en las que hemos colaborado. Pero, por las declaraciones que ha venido haciendo últimamente al referirse a algunas personalidades del mundo del espectáculo, no creo que sea una persona muy serena.
—¿Cómo ve el poder que tienen hoy los directores escénicos en el mundo de la ópera?
—Todos sabemos que ha sido excesivo en los últimos tiempos, a veces incluso por encima del poder del director de orquesta y de los cantantes. Afortunadamente, también existen directores de escena que tienen poder y lo usan para el bien del espectáculo; otros, en cambio, lo usan para satisfacer sus propios caprichos o para llamar la atención.
—Usted, como soprano con experiencia, ¿cuánta importancia cree que tiene en la actualidad el aspecto físico de los cantantes?
—Creo muchísimo en la apariencia física del cantante. De hecho, mido 1,70 m y peso 65 kilos, y siempre he procurado cuidar mi aspecto, ya que también soy reconocida como cantante-actriz. El aspecto es importante, pero siempre y cuando vaya acompañado de un gran talento vocal. En todo caso, somos cantantes y debemos tener respeto por nuestra voz: ser demasiado delgado tampoco es bueno. En el arte lírico todo debe tener un equilibrio. Por otro lado, recordemos que la ópera es teatro y el teatro es ficción. ¡Qué maravillosa Violeta (de La Traviata) escuché de Montserrat Caballé! Era fantástica y hasta me parecía delgada al final de la ópera. ¡No se canta con el físico sino con la voz!
—¿Cuál cree que es el origen de todas estas polémicas que suelen rodear al género operístico?
—Creo que en este momento hace falta pensar en el bien de la ópera, en la salud de los teatros y en la supervivencia de este arte maravilloso. Actitudes caprichosas y discusiones inútiles como las que ha creado Zeffirelli en Roma, reduciendo el estreno de La Traviata a un fracaso, es la muerte de la ópera. Desearía decir, en todo caso, que respeto profundamente el pasado artístico de Franco Zeffirelli, pero no tengo ninguna admiración por su actual forma de crear polémica.
—Después de este lío, ¿cómo afronta su próxima visita a España?
—Me gustaría decir que estoy felicísima de volver al maravilloso Teatro Real de Madrid y trabajar con un gran director de escena como es mi amigo Giancarlo del Monaco.

Dessì, en facebook (01-01-10):
Andrea Chénier, la nostra canzone: “Io e l’opera Andrea Chénier siamo legate da un ricordo bellissimo! Fu proprio durante un concerto (a Baveno in occasione della consegna del premio Giordano), che iniziò la mia oramai decennale storia d’amore con il tenore Fabio Armiliato. Sulle rive del lago Maggiore al chiar di luna! Dopo quella volta continuiamo a interpretare l’opera nei più importanti teatri del mondo e l’abbiamo eletta come la “nostra opera”: è il tema musicale del nostro amore. A febbraio la canteremo a Madrid, al Teatro Real”.
“¡Mi voz está de vuelta! Estoy muy feliz de poder decirles que estoy cantando”.
“Solo estoy puliendo detalles para volver tan pronto como sea posible al escenario. Estoy muy, muy emocionado de estar hoy en esta posición”.
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