('Caras y caretas', Buenos Aires,11 de agosto de 1906).
“Poseyó una voz poderosa y homogénea, que le permitió abordar con comodidad el vasto dominio del repertorio italiano, desde fragmentos belcantistas hasta declamaciones veristas”, reseña Patrón Marchand sobreRiccardo Stracciari(1875-1955) en su libro Cien grandes cantantes del pasado.
Se sentía realmente identificado con los personajes que interpretaba. “La voz que nos dejan oír las viejas grabaciones Fonotipia y Columbia luce pareja y suntuosa en la mayoría de los casos y lo coloca, sin ninguna duda, entre los primeros barítonos de su generación como De Luca, Scotti, Galeffi, Ruffo, Danise y Amato“.
“La carrera internacional de Celso Albelo parece haber entrado en una autopista por la que el joven cantante tinerfeño —en tantos sentidos heredero del gran Alfredo Kraus—circula con más prudencia que velocidad.
Atento a cada uno de sus pasos, el tenor lagunero va enriqueciendo su repertorio con nuevos personajes, obteniendo paulatinos reconocimientos, como el obtenido en los V Premios Nacionales de la Lírica, y conquistando nuevos destinos”
—Se encuentra en el festival romano que se celebra en las termas de Caracalla, representando Rigoletto, o lo que es lo mismo reencarnando al duque de Mantua, caballo de batalla de muchos tenores. ¿Cuál es su visión del personaje? ¿Sigue a través de él la línea “krausiana” que guía su trayectoria?
—Kraus siempre ha sido, para mí, referencia absoluta a la hora de afrontar los personajes. Entre ellos está, desde luego, el Duque de Mantua, pero es que además en esta ocasión tengo la oportunidad de cantar bajo la dirección del maestro Renzetti, que alguna vez dirigió a Kraus.
—Es fundamental para mí realizar un Duque elegante, basado en la palabra, remarcando las intenciones y reguladores musicales que Verdi escribe, y así destacar ese carácter libertino, caprichoso pero a la vez aristocrático del Duca. He tenido la suerte de hacer muchas veces el papel con el gran Leo Nucci, quien compartiera escenario con Alfredo, y cada vez que nos encontramos para cantar esta ópera, Leo me indica ciertos matices que me ayudan a encontrar el camino. Sin duda, otra buena guía para mí.
21/06/09:
67 años y casi 3.000 representaciones. 433 Rigolettos en sus 42 años de carrera. “¡No se necesitan ‘registi’ –directores de escena– para el espectáculo más perfecto del mundo!”, clamaba Leo Nucci la víspera de su debut en el Teatro Real de Madrid, con Rigoletto. “Hago lo que quiero”, afirmaba categórico en la entrevista que concedió a EFE.
“Rigoletto es un hombre horriblemente deforme y, si eso no se comprende, ni la historia, ni la música, que cada vez que él entra marca sus desacompasados pasos, tiene sentido”.
“Es un abuso y una arrogancia apropiarse de la inteligencia de los otros, y eso es lo que hacen los directores”.
23/06/09:
Sin joroba y sin pierna renqueando, por favor, le pidió la directora. Leo Nucci dijo que nanay. ¡Si la dirección que precisa su personaje la pautó al milímetro Verdi hace 158 años!, alega el barítono. Y Nucci triunfó. Por más de mil.
Al día siguiente, no pudo dormir. “En su mente se agolpaban los rostros que han conformado el paisaje de sus 67 años de vida. Sus orígenes, hijo de minero muerto de silicosis; su trabajo de adolescente en la herrería familiar; sus estudios de canto pagados con esfuerzo y sacrificio, y los años viajando de teatro en teatro”.
“Nunca me suele ocurrir, pero justo antes de salir al escenario pedí las partituras. Había algo que me provocaba cierta zozobra y no sabía qué era. Salí a escena y me sentí reconfortado. Canté con una tranquilidad absoluta. Fue apoteósico”.
“Todavía ahora me cuesta digerirlo. No soy un divo, nunca lo he sido. Por eso ese tipo de cosas me siguen emocionando. Pensé en mi vida”.
“En mi primer Rigoletto mi esposa estaba embarazada. En mi último soy abuelo de dos nietas. Ésa es la fuerza de mi personaje, la experiencia”.
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“Desde el primer momento en que Nucci ha aparecido arrastrando una pierna y con joroba, el silencio ha reinado en el auditorio, que ha aplaudido prácticamente cada una de sus intervenciones, especialmente el dueto con su hija, una soberbia Patricia Ciofi, que ha bordado Caro nome”.
La cantante tilda de “parásitos” a los directores de escena y pide a los intérpretes que se rebelen contra su dictadura.
G. Rodas
La soprano rumana Ileana Cotrubas fue aclamada durante décadas, hasta su retirada de los escenarios en 1990, por sus papeles de Mimi (La Bohème), Susana (Las Bodas de Fígaro) y Violeta (La Traviata); pero también fue temida por sus exigencias, lo que le llevó a abandonar algunas producciones al discrepar con el director de escena (en Viena, en 1973, con Eugene Onegin o en el Met en 1980, con Don Pasquale).
Lejos de relajarse con el paso del tiempo, la diva sigue manteniendo una cruzada contra los que hoy dirigen las producciones y contra quienes pretenden politizar la ópera: “En la ópera actual se ha impuesto la fealdad”, denunció ayer [6 de mayo] en un descanso del curso de canto que imparte en el Conservatori Superior de Música de les Illes Balears.
Cotrubas (nacida en Galati en 1939 y hoy dedicada a formar a jóvenes intérpretes de todo el mundo), confesó estar “rabiosa y triste” ante lo que ella denomina “la dictadura” de los directores de escena, a los que tildó de “parásitos” y a quienes reprochó que usan a los cantantes como “marionetas” y les “destruyen el alma”.
“Hacen lo que quieren, cortan y recortan por donde quieren y al final hacen verdaderas porquerías. Si los cantantes no se preparan para luchar contra esto, en diez años no habrá ópera”, aseguró la soprano, que obtuvo renombre internacional cuando el 7 de enero de 1975 tuvo que reemplazar a Mirella Freni en La Scala como Mimi. Tuvo que volar desde su casa de Kent y llegó quince minutos antes de que se alzara el telón. Su actuación le abrió las puertas de la fama.
“¿Qué fue de la belleza?”, se preguntó la soprano. “Hoy las producciones operísticas apuestan por lo sexual, por lo sanguinolento, lo feo es lo importante y no otra cosa”, añadió.
Alfredo Kraus canta por primera vez en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en la temporada 1958-1959, el 6 de diciembre de 1958, como Duque de Mantua en Rigoletto. Fueron en total tres representaciones: 6, 11 y 14 de diciembre.
El elenco al completo: Alfredo Kraus (Duque de Mantua), Gianna D’Angelo (Gilda), Raimundo Torres/Orazio Gualtieri (Rigoletto), Ferruccio Mazzoli (Sparafucile), Lola Pedreti (Maddalena), Josefina Navarro (Giovanna), Juan Rico (Conde Monterone), José Manuel Bento (Marullo), José Farré (Borsa), Eduardo Soto (Conde Ceprano), María Teresa Pujolà (Condesa Ceprano), María Teresa Casabella (Paje). Dirigió: Nino Verchi. [Anuari del Gran Teatre del Liceu 1947-1997]
Ésta fue la crítica de prensa que apareció en el diario La Vanguardiaal día siguiente de la primera representación, el 7 de diciembre de 1958:
Con Rigoletto volvía anoche al escenario de sus grandes triunfos Raimundo Torres, el excelente barítono español, a quien los constantes compromisos en el extranjero tienen alejado de Barcelona; pero, apenas aquí llegado, la picara gripe ha hecho presa en él, y ayer, antes de comenzar el acto tercero, hubo de solicitar, por mediación de un servidor de la Empresa, la benevolencia del público, que no le fue negada.
Raimundo Torres es cantante de escuela y de recursos, y sobreponiéndose a la enfermedad que le aquejaba, logró realizar una labor que no dejó de ser satisfactoria.
Desde luego, demostró comprender y entender bien, muy bien, el personaje de Rigoletto, al qué aportó estimabilísimas cualidades, de las que descolló la fina inteligencia dramática. Dijo más que correctamente el monólogo “Pari siamo” y sostuvo sin aparente fatiga las difíciles escenas del acto tercero, llegando a la “vendetta” de modo que se le otorgaron incondicionales aplausos.
El tenor Alfredo Kraus, otro artista español, también aguardado con interés vivísimo, pues de él se tenían las mejores referencias, produjo una impresión altamente grata. Su voz, empleada, con artística seguridad, sonó siempre, adecuadamente matizada.
Cantó con desenvoltura la baladita del primer acto, se vio acompañado por la fortuna en el dúo del segundo, tuvo convincentes acentos en la romanza “Parmi veder le lagrimes” y se vio obligado a bisar la segunda estrofa de la archipopular “Donna è mobile”, aquella canción que Verdi, seguro de que una simple audición bastaría para retenerla en el oído y luego repetirla, impuso para los ensayos en Venecia la prohibición absoluta de que asistieran curiosos y extraños.
De la soprano ligera Gianna D’Angelo, estaba aún vivo el recuerdo de su éxito como intérprete del papel de Gilda, éxito que anoche refrendó con su voz dulce, ágil y apta para toda clase de adornos.
Expresiva en los dúos, se superó en el “Caro nome”, donde, sin esperar al final de la página, el punto de verdadero compromiso, el auditorio le tributó una ovación estruendosa.
Óptima Magdalena fue la mezzo-soprano Lola Pedretti. No desdijo en méritos, como Sparafucile, el bajo Ferruccio Mazzoli, y en los demás papeles se portaron correctamente Josefina Navarro, Juan Rico, Eduardo Soto, María Teresa Pujolá, José Manuel Bento, José Farré y María Teresa Casavella.
El coro, inteligentemente preparado, como siempre, por el maestro Gaetano Riccitelii, se portó bravamente .En la dirección orquestal, el maestro Nino Verchi puso calor, cuidado y precisión de estilo.
Teatro lleno y brillante, y aplausos fervorosísimos, intensificados a la conclusión de los actos, obligando a descorrer la cortina muchas veces en honor de los principales artistas y del maestro Verchi.