26 de abril de 2010. Presentación del nuevo CD de Flórez en Madrid
I puritani en el Real: aplausos para Diego Flórez; bravos para Eglise Gutiérrez
“Vocalmente el tenor ha estado tan sublime como suele estarlo aunque tampoco se ha entregado o así lo ha entendido el público, que ha premiado ’sólo’ con aplausos al peruano durante la representación, y unos ralos ‘bravos’ cuando ha salido a saludar, acostumbrado en este coliseo a verdaderos desbordamientos de entusiasmo”
Las cancelaciones de última hora y los nuevos talentos
“Casi todos los cantantes saltan a la fama con ocasión de una sustitución. Es el ciclo vital de la ópera. Pavarotti sustituyó a Di Stefano y Ramón Vargas se hizo un nombre como el Rodolfo que no pudo encarnar Luciano”.
Una edición más de ‘Viva la ópera’ que no necesita presentación. La única audición que encontré sobre el recital de Gruberova del pasado 21 de marzo va sobre estas líneas.
Esperamos que alguien más se anime a participar y nos cuente por escrito qué escuchó, vivió, sintió… en determinada interpretación operística o recital lírico de un cantante. Vale también contarlo de viva voz, por qué no. ¿Alguien se atreve?
Insistimos: no es imprescindible que los recuerdos sean de ayer mismo. Si lo atesoran en su memoria, seguro que es bueno. Sugerencias, textos…, ya saben, a operasiempre[arroba]gmail.com
El autor de la crónica, o critica, como prefieran, que hoy llevamos a portada es Paco Roa: gracias mil.
La Gruberova dicta una clase magistral de canto y ‘artisteo’ en su despedida de Madrid
Por Paco Roa, para Ópera, siempre
Me preguntaba nuestra amable anfitriona si quería dejar en el foro una reseña del concierto lírico que la Gruberova ofreció en el Teatro Real de Madrid, el pasado día 21 de Marzo del corriente.
Supuestamente me quede algún lector, cosa que a estas alturas de tan pertinaz presencia mía (al igual que aquella famosa sequía del franquismo que bien recordamos los mayores de estos pagos) en este tan grata tertulia operística dudo razonablemente, conocerá de sobra que soy un tanto renuente a pronunciarme, ni para bien ni para mal, sobre las sopranos, toda vez que, primero, no son de mi negociado, y, segundo, cada una de ellas dispone para su uso discrecional de prietas legiones de seguidores incondicionales y rendidos admiradores —a los que, mucho ojo, se oponen en parecido número los abigarrados detractores— que ya se ocupan y preocupan por mantenerlas en el candelero, ora para endiosarlas, los primeros; ora para enfangarlas, los segundos.
Mientras que mis queridas mezzos y contraltos, pobrecitas, como no tener no tienen siquiera un perrito que les ladre (bueno, a excepción de una, la Larmore, cuyo miniaturizado can es un primor). Y que conste que no tengo absolutamente nada en contra de quienes son consideradas las reinas indiscutibles de la ópera, más bien estoy claramente a su favor (recordarán que, de hecho, no tuve el más mínimo problema en echar mi cuarto a espadas para salir en defensa de la Milanov y de la Gencer cuando entendí que se las había minusvalorado injustamente), pero, ¡caramba!, hay que equilibrar un poco la balanza, digo yo.
Bien, pues si hay una soprano en activo que, aun siendo ya ¡sesentona!, cuenta con una verdadera multitud de leales por todo el mundo repartidos e inasequibles al desaliento —desde luego, no parece que dé muestras de cansancio alguno por más que la persigan (¿atosigan?) de plaza en plaza— esa es sin el menor riesgo a equivocarnos Edita Gruberova (al concierto de referencia no faltaron, fíjense bien, ni los inevitables japoneses de cuota).
Por esta razón me resulta un tanto chocante que ninguno de los tertulianos, ya sean eventuales o fijos, que tiene “ópera, siempre” haya pedido la palabra para contarnos lo mucho y bueno que dio de sí la eslovaca en su esperada reaparición en el coliseo madrileño. En fin, en el primer hueco que tengo tras el alta hospitalaria de mi madre, venzo mi natural reticencia sopranil —además la ocasión ya verán que lo merece— accediendo muy gustosamente a la invitación que me hacía la gestora del foro, y en lo que sigue les dejo una modesta crítica del evento en cuestión.
Dentro del ciclo de “Grandes Voces” de la actual temporada lírica 2009-2010 del Teatro Real de Madrid, se inscribe este cuarto concierto de los anunciados que protagonizó la veterana soprano, una de las cantantes sin duda alguna más respetadas y sobresalientes de su generación, Edita Gruberova.
En atril estuvieron presentes fragmentos de celebradas partituras de Rossini, Bellini, Verdi y Massenet, seleccionados éstos para los momentos meramente orquestales, alternándose, ya en la parte vocal, con otros pertenecientes a obras no menos aplaudidas de Donizetti, Bellini, Verdi y Thomas.
Sin sorpresas, pues, en la elección de este bien ensamblado programa musical de sobra conocido por los aficionados y perfectamente acomodado al saludable estado vocal por el que atraviesa la grandísima intérprete de Bratislava. Si bien, como reza el dicho popular, más vale maña que fuerza, en ocasiones es preciso disponer y hacer uso tanto de la primera como de la segunda para conseguir llevar a buen puerto determinadas empresas que requieren de ambas cualidades.
En esa convicción dirigió la orquesta titular del Real el joven maestro alemán Michael Güttler, de una parte, con la suficiente habilidad, esmero, cuidado y como, en apariencia, dejando hacer para conducir a los profesores donde él quería sin que se notase, y así pudimos disfrutar de una matizadísima ‘Meditación’ de Thaïs—con total seguridad lo más logrado de la velada lírica instrumentalmente hablando—, colmada de sosiego y delicadeza (aquí es de justicia hacer mención expresa del primer violín de la formación, Rafael Khismatulin), pero también, de otra, sabiendo imponer su autoridad con mano firme y hasta con la adecuada dosis de contundencia, para firmar, entre lo más destacable de las piezas sinfónicas, unas rotundas oberturas de Guillaume Tell, con la que se abrió el concierto, y de La forza del destino, ya en el comienzo de la segunda parte.
Aprobaron con nota a mi juicio, pues, director y profesores, que además, lo cual no es poco, dejaron cantar, cosa que no se pudo decir del director que nos tocó en “suerte” en la precedente Andrea Chénier, Víctor Pablo Pérez.
Yo creo que a estas alturas de su carrera resultaría totalmente ocioso por mi parte, hasta incluso ridículo, pretender descubrirles a quien durante más de 40 años de ininterrumpida carrera —sin haber cosechado ni una sola mala crítica y habiéndose venido abajo todos y cada uno de los teatros por ella visitados— está considerada con toda la razón en virtud de los méritos contraídos como un prodigioso fenómeno vocal de irreprochable línea de canto, musicalidad innata, y capaz de articular sin necesidad de desmelenarse cualquiera de las intricadas agilidades del más arduo pentagrama que se le proponga a modo de desafío.
Soslayamos, pues, las presentaciones, y antes que nada sí convenga quizá indicarles brevemente cuál es la situación tanto vocal como interpretativa que después de tantos lustros cantando sin desmayo tiene en nuestros días la Gruberova.
Seguro que también muchos de Vds. conocen la evolución que ha tenido su instrumento vocal, pero como estoy de acuerdo con mi buen amigo el cátedro de Ética D. José Luis, últimamente compañero de fatigas operísticas de un servidor, cuando dice que “en los tiempos que corren no se puede dar (casi) nada por sabido”, lo dejo apuntado a vuelapluma.
No obstante haber llamado la atención esta genial intérprete desde sus inicios profesionales porque, aun pudiendo ser clasificada correctamente como una soprano coloratura, su instrumento resultaba mucho más grande, voluminoso, amplio y, al cabo, de superior vigor “tímbrico” que el de sus colegas de agilidad —pongamos, qué sé yo, una Sills o una Serra, de voces, además, punto monocromáticas—, nunca se apartó en esos primeros años de carrera de los papeles que conforman el repertorio al uso de las cantantes “jilguero”, dejándonos así indelebles creaciones, impecablemente cantadas y no por ello peor escenificadas, de las Lucia, Reina de la Noche (¡11 temporadas teniéndola en repertorio, hasta cumplidos los cuarenta años de edad!), Zerbinetta, Olympia, Norina, Oscar (no confundir con el tertuliano D. Óscar, al que aprovecho para saludarle afectuosamente), Lakmé, Amina, Konstanze…
Pero no bien entrada la década de los noventa del pasado siglo, la voz en evolución de Edita Gruberova comienza a experimentar un mayor ensanche y expansión, se sombrea paulatinamente su zona aguda, va ganando en facilidad para el canto spianato y consigue una correcta emisión de las notas de centro, por lo que deviene apta ya para transitar hacia personajes no exentos de ornamentación vocal bien que de un mayor fuste dramático.
De este modo, acomete con total garantía sus primeras reinas Tudor, Dña. Ana, la Condesa, Violetta (ya probada en su juventud), Elvira, Julieta, Semíramis, y más recientemente Norma o Lucrezia Borgia (2009), mientras que, por otra parte, rechaza sistemáticamente cuantas proposiciones se le hacían para avanzar hacia terrenos de superior peso vocal aún al de estos últimos papeles incorporados.
Con lo dicho, pues, a lo que cabe añadir una gradual reducción selectiva de sus actuaciones operísticas en los últimos años —no oculta una total discrepancia con no pocos escenógrafos— para centrarse mucho más en los recitales, tenemos bien definido, creo, su momento actual como intérprete que ha logrado lo que no todos pueden decir, la total plenitud de la que hoy disfruta: canta y actúa mejor que nunca todo cuanto quiere (y debe), como quiere, cuando quiere, y donde quiere.
Una más que probada inteligencia a la hora planificar la carrera, a lo que hay que sumar una dosificación adecuada, además de, claro está, estudio y trabajo sin descanso, y, en última instancia, interpretando en cada momento únicamente lo que más le convenía han obrado el “prodigio” de preservar su voz (casi) intacta, sin apenas desgaste perceptible, en su año ¡cuarenta y dos! de profesión. “¡A ver si aprenden otras!”. Repetía una y otra vez no bien concluía cada interpretación la Gruberova el caballero que teníamos justo a nuestras espaldas, en la fila anterior del patio de butacas.
Y es que hay que reconocer que muy pocas sopranos (ciertas de no poca nombradía que se consideran coloratura no saben ni trinar, y no me tiren de la lengua), si acaso alguna, han conseguido lo que ella a su ya avanzada edad, la casi absoluta ausencia de vibrato, no digamos ya siquiera el más mínimo asomo de trémolo alguno, unos agudos y sobreagudos que aún son verdaderos chupinazos, una cosa ciertamente astral, conservar (casi) la misma amplitud dinámica que tenía de joven, y, en fin, una voz, antes que fenecida como la de sus colegas de “quinta”, increíblemente lozana; y todos estos recursos puestos a la disposición de un programa que hubiera arredrado a la más intrépida de las veinteañeras.
Tras una estimulante obertura de Guillaume Tell, salió a escena, acogida con gran cariño y una interminable ovación de las que sólo se reservan para las muy grandes ocasiones, una bien elegante Edita Gruberova preparada para sentar cátedra con sus muchas tablas y su insuperable oficio canoro. De los cuales ya nos dio sobrada muestra en las mismas páginas iniciales ‘Tranquillo ei posa… Com’ è bello! Quale incanto’ y ‘Respiro io qui… Ma la sola, ohimè!, son io… Ah! la pena in lor piombò’, de Lucrezia Borgia y Beatrice di Tenda, respectivamente, sabiéndoles imprimir el carácter propio de dichas páginas y haciendo gala de un firme registro central, de una buena disposición dramática, y también, lógicamente, de su confesado talón de Aquiles, nadie es perfecto: los graves.
Pero lo mejor estaba aún por llegar de la mano de Verdi, antes de irnos al descanso y justo después de la ‘Música de ballet’ de Macbeth, más Verdi ahora con el aria del primer acto de La Traviata, ‘È strano… Ah, fors’è lui… Sempre libera’, que he de confesarles todavía resuena en mis oídos. Aquí, amigos míos, la Gruberova echó el resto: plena intensidad interpretativa e inteligente control de sus fabulosos medios vocales, es verdad que con alguna puntual nota alta mal negociada, para dejarnos en el recuerdo la imborrable delectación de una sublime Violetta nunca antes así cantada.
Ya en el descanso, no se hablaba de otra cosa más que de lo que recién se había escuchado y que aún nadie daba crédito, y es que, verdaderamente, parece no tener explicación humana lo que hace esta señora con su instrumento.
En fin, cambió de vestuario nuestra soprano para afrontar la segunda mitad del concierto, ahora vestido de raso largo de color negro, y vino lo que me resultó menos satisfactorio, acaso fruto del necesitado relajo tras la tensión generada en la endiablada aria de la frívola cortesana, una un punto acomodaticia Belliniana ‘O rendetemi la speme…Qui la voce sua soave…Vien, diletto, è in ciel la luna’, cantada con distancia, como únicamente para coger fuerzas, sacar el arresto necesario y poder hacer justicia a ese verdadero “tour de force” interminable que es la escena de la locura ‘A vos jeux, mes amis’ de la Ofelia “hamletiana”.
Y visto lo visto, cómo desentrañó tanto con el gesto como con la voz el alma de este atormentado personaje, frágil de cuerpo y de mente, que es Ofelia, todos nos pusimos en pie para premiar con vítores esta generosa muestra del talento y el arte de la Gruberova. Con las dos propinas fuera de programa concedidas –Linda de Chamonix y El Murciélago, que sirvió para sacar el lado más cómico de la genial intérprete— se cerró, tras quince minutos de aplausos, el triunfal concierto.
Una sensación agridulce nos quedó al final a todos: por un lado, felicidad completa por haber podido gozar hasta lo indecible de una jornada musical que cabe ya calificar de histórica, y, por otro, la pena de que, casi con toda seguridad, no se volverá a repetir en Madrid. Su edad y, el que supone un obstáculo mucho mayor, Gérad Mortier nos lo impedirán.
Muchas gracias de antemano a la gentil anfitriona por la publicación de esta crónica, saludos cordiales y hasta una próxima ocasión.
Nueva gira de Bartoli en España: “San Sebastián (el 8 de abril, en el Kursaal), Bilbao (el 10, Teatro Arriaga), Oviedo (el 12, Auditorio Príncipe Felipe), Santiago de Compostela (el 14, Auditorio de Galicia), Valladolid (el 17, Centro Cultural Miguel Delibes), Pamplona (el 19, Baluarte) y Vitoria (el 20, Teatro Principal)”.
13 de enero de 1892, Teatro Real de Madrid, segundo aniversario del fallecimiento de Gayarre, inauguración de la colocación de un busto del tenor roncalés en el foyer del coliseo madrileño, obra de Benlliure.
“El año pasado solemnizamos en el Teatro Real el primer aniversario de la muerte de Gayarre. Se cantó la Misa de Réquiem de Verdi, hubo procesión de Comisiones, hubo coronas, la orquesta tocó el Sp’rto gentil, y aunque la concurrencia no fuese todo lo numerosa que era de desear (la función se verificó fuera de abono), quedó, según parece, suficientemente honrada la memoria del gran tenor. Este año no ha habido nada el 2 de Enero, pero anoche hemos celebrado dignamente la colocación del busto de Gayarre en el foyer del regio coliseo.
Ahora hemos hecho las cosas con menos boato. Nada de función extraordinaria, nada de procesiones, nada de coronas al son de la romanza de Donizetti. Una modesta función de abono, histoire de atraer concurrencia al tercer turno, que es el más flojo de los tres, y de llevar, por ende, unas cuantas pesetas a la contaduría.
La empresa ha contribuido a dar variedad al espectáculo con un centón compuesto del segundo acto de Los Puritanos, el cuarto de La Africana y el primero de La Favorita.
Con lo cual el busto ha quedado inaugurado, el público ha pasado la velada discretamente, ha habido una buena entrada y la empresa vería seguramente con gusto que el año próximo celebrásemos el primer aniversario de la colocación del busto de Gayarre con una revisión, que dice Bofill, y me permito también decir yo, de la función de anoche.
Quien quizás se opondría a esa revisión o reaudición serla el distinguido tenor señor De Marchi, que, al hacer el sacrificio de cantar el acto cuarto de La Africana, fue el único artista que dio su verdadero carácter a la función, obligándonos a no separar nuestro recuerdo de Julián Gayarre. Hay que señalar la abnegación del señor De Marchi, y aplaudirla como merece.
Cuanto al señor De Lucia, con decir que fue muy aplaudido en la romanza del acto primero do La Favorita y que el dúo obtuvo los honores de la repetición, comprenderá el lector el triunfo que obtuvo el reputado artista y lo orgulloso que puede estar de tan halagüeño resultado.
El éxito de De Lucía permite parodiar aquellos conocidos versos:
Derramemos una lágrima
a la memoria de aquél
que fue nuestro amigo,
y luego nos iremos a comer.
De la manera siguiente:
Derramemos una lágrima
por el colosal artista
y después aplaudiremos
a Fernando De Lucia.
Éxitos como el de anoche deben envanecer al señor De Lucia, a quien mando mi cordial enhorabuena.
La sinfonía de Cleopatra, admirablemente ejecutada por la orquesta y dirigida por el ilustre autor de esa obra tan popular en España, obtuvo el éxito de siempre y fue repetida.
La señorita Pacini arrancó en el acto de Los Puritanos aplausos entusiastas; la señora Tetrazzini detalló, como gran artista que es, el dúo de La Africana; la señora Pasqua compartió con De Lucia la ovación del dúo de La Favorita, y los señores Tabuyo, Uetam y Cotogni prestaron el concurso de sus talentos al mejor resultado de la función”.
«Nino Machaidze (Tblisi, Georgia, 1983) ha irrumpido con fuerza en el circuito de la ópera. Su voz y su imagen —alguien la llamó la ‘Angelina Jolie de la ópera’— han atraído la atención. En Valenciainterpreta uno de los papeles más exigentes, con algunas de las notas más agudas del belcanto. Uno sólo advierte cierto reproche si se le insinúa si es la ‘nueva Anna Netrebko’».
Alfons García
—¿En qué piensa cuando tras representar la locura de Lucia, el público irrumpe en aplausos durante unos minutos? —Soy sólo muy feliz, porque lo que hacemos es para el público y los aplausos demuestran que les ha gustado. Si puedo emocionar es que he conseguido mi objetivo.
—¿Es felicidad también por superar el reto del momento técnicamente más complicado? —No, porque la ópera es un continuo, no hay un punto que tengas que hacer mejor, es de la primera a la última nota.
Ya ha manifestado la soprano en más de una ocasión que tiene cuerda para rato. Hace nada, este mismo mes de diciembre, volvió a dejar bien claro, con el gran sentido del humor que le caracteriza, que no figura en su agenda despedirse de los escenarios: “Cantaré hasta el último momento. Sólo dejaré de hacerlo cuando se me lleven con los pies por delante. No me veo sentada en el salón de casa haciendo punto de cruz”.
No le falta razón, con lo aburrido y de los nervios que debe de ser la crucetilla. Tampoco es eso…
Montserrat Caballé, genio y figura hasta la sepultura. Pero ¿de verdad necesita demostrarlo hasta ese aciago día del que esperamos y deseamos de corazón que aún faltenmuchos años?
La crítica del concierto que les anunciaba:
Agustí Fancelli
“Como los turrones de la canción, Montserrat Caballé volvió anoche a casa. Su casa no es otra que el Liceo de Barcelona, el teatro que ella colocó en el mapamundi lírico. Ahora, cuando la soprano se halla al final de su carrera, es justo que el teatro le devuelva el afecto y la consideración que se merece.
El problema, en este tipo de situaciones, es el tipo de espectáculo que se escoge. Es obvio que las condiciones vocales de Montserrat Caballé no son hoy las que en su día maravillaron al planeta. Los años pasan también para las estrellas y recurrir al show, un punto autoirónico, es un buen recurso. El formato fue el de Montserrat Caballé and her friends. Los amigos eran el tenor ruso Nikolai Baskov —quien antes de dedicarse a la lírica transitó por la música pop—, el bajo ucranio Serghiy Mahera y el fiel pianista argentino Manuel Burgueras. Estaba previsto que actuara también su hija, Montserrat Martí, pero al final causó baja por problemas de salud. (…)
Derrochó picardía y vis cómica la soprano con ‘¡Ay, malhaya!’, de La boda de Luis Alonso, a lo que replicó el tenor con una vistosa interpretación de ‘No puede ser’, de La tabernera del puerto. A Blaskov el dominio del pop le vino como anillo al dedo para meterse al público en el bolsillo. Como mandan las reglas del show, la apoteosis llegó con los bises: ‘La Tarántula’, el célebre vals de Léhar —bailado graciosamente por tenor y soprano— y ‘Ojos negros’, en versión trío. No tardarán estas versiones en asomarse al YouTube.
Para entonces, el público, que llenó el aforo, palmeaba y reía todas las gracias de los artistas. Acabó puesto en pie, ovacionando a Montserrat Caballé. Finalmente, era de lo que se trataba”.
¿Y qué dicen sobre el recital en La Vanguardia de Barcelona? El titular es muy elogioso: “Montserrat Caballé regresa a su casa con otra lección de canto”. Y lo que sigue: “Un recital de Montserrat Caballé en el Liceu es siempre algo fascinante por su capacidad indudable de ganarse al público, sea cual sea el programa, las piezas y su modo de cantarlas”. ¿Y lo que sigue a lo que sigue? Pues también.
[Entrevista a Caballé en su 40 aniversario en el Liceo.
Gran Teatro del Liceo de Barcelona, 2002]
—Yo creo que también hay una creación cuando alguien es un artista, ¿no?
—Bueno, tú vives esa creación. Y a veces lo que tienes que procurar es no traicionar la creación misma. No siempre te puede salir bien. Porque los espíritus son distintos, como las yemas de las digitales nuestras. Entonces, yo creo que eso también influye. Pero, por poco que te guste la música, si escuchas, te llega; te llega el mensaje del creador. Y entonces…, no digo que sea fácil, pero te envuelve: es el gran abrazo de la música que te envuelve y te penetra.
Yo siempre he dicho que es como una droga que corre por las venas; por los ríos de sangre de nuestras venas. ¡Y es cierto!, porque en escenas de locura, en escenas de muerte, en escenas de amor; de repente, cuando baja el telón, dices ‘ostras, qué he hecho…’ (risas). Pero sucede.