El pasado 13 de enero falleció en su residencia de Piamonte, el bajo barítono italiano Wladimiro Ganzarolli. Descanse en paz.
“A lo largo de su dilatada carrera actuó en los más importantes coliseos operísticos de Europa y América, representando papeles tan significativos como los de Leporello, Scarpia, Escamillo, Lescaut o Falstaff. Asimismo realizó numerosas grabaciones para los sellos discográficos más importantes. Estaba casado con la intendente del Palau de les Arts Reina Sofía, Helga Schmidt”.
Justo Romero
“Ganzarolli contaba 78 años —los cumplió el pasado 9 de enero— y era uno de los cantantes más versátiles y completos de su gran generación. Belcantista reconocido y mozartiano cuando casi nadie interpretaba al genio de Salzburgo, su poderosa voz de auténtico barítono triunfó en los mejores teatros del mundo. Desde su debú en el Teatro alla Scala fue, durante decenios, uno de los cantantes favoritos del exigente público escalígero, al que brindó los papeles de Fígaro, Leporello, Guglielmo, Méphistophélès, Dulcamara, Ali Baba, Cardillac, Sulpice o Nevers. (…)
Fue particularmente aclamado por el cálido público del Teatro Colón de Buenos Aires, donde triunfó con óperas como La italiana en Argel, I quatro rusteghi, Las bodas de Fígaro o Guillermo Tell. También participó asiduamente en el Festival de Aix-en-Provence, donde formó una pareja emblemática con Teresa Berganza, hasta el punto de que en medios musicales se referían a este famoso festival como Festival BerGanzarolli”.
En mayo de 2004, tuve la fortuna de entrevistar al tenor catalán Juan Oncina. Lo recuerdo con un cariño especial. Alto, elegante, aún muy atractivo. Sencillo, cordial, sumamente atento; todo un caballero. De los que ya no quedan. O de los que ya quedan muy pocos, recuerdo que pensé mientras bajaba las escaleras de su casa aquella mañana de mayo y le daba al play, no fuera que la grabadora me hubiera hecho una pirula (no me ha pasado nunca, pero a veces la cinta se queda en blanco).
¿Para siempre? Yo la sentí a su lado, y no sólo porque en su casa, donde ambos habían sido sin duda muy felices, rebosara de fotografías y recuerdos de Tatiana; de Tatiana y Juan, de Juan y Tatiana. Sobre el impresionante piano de cola, en la sala de estar, en la salita, en el pasillo…; por todos los rincones de su casa de Barcelona.
Cuando hablaba de ella, se le iluminaban los ojos y, a mí me lo pareció, se le velaba ligeramente la voz. No pronunció la palabra ‘ausencia’; no dijo en ningún momento cuánto la extraño, cuánto la amé, cuánto la quiero, pero no había que ser muy hábil para darse cuenta de que le dolía tanto que ella ya no estuviera físicamente junto a él que todo lo demás importaba apenas nada.
El pasado 29 de diciembre falleció Juan Oncina. A los 88 años de edad. Descanse en paz. Allá donde esté, estoy segura de que se sentirá feliz de reencontrarse con Tatiana, a quien tanto amó y con quien tanto quería.
Subo a portada lo más completo que existe ahora mismo en la Red sobre la vida y carrera artística de Juan Oncina (gracias, Salvador). ¿Salió en la prensa la noticia de su fallecimiento? No veo nada. Claro que no sé de qué me extraño.
Cuando nos despedimos, Juan Oncina me regaló un CD con grabaciones suyas, de su archivo personal. Llevo ni sé las horas intentando subir alguna de ellas, pero, no sé por qué razón, no lo consigo. Las meigas:-( Otro día será. Junto con la entrevista.
“Juan Oncina Espí nació en el célebre Paralelo de Barcelona, donde se crió. Era hijo de Rafael Oncina, natural de Elche y con buena voz de barítono, pero cuando le dijo Chapí los sacrificios que debía hacer para ser cantante dijo que para su tía, que él quería vivir. Su madre, Consuelo Espí, era de Jijona, trabajadora como ella sola y apoyo de Rafael en cuantos negocios se metía. Era el menor de cuatro hermanos, Camelia, Rafaela, Pepita y Juan. Otro hermano, Rafael, había muerto a los siete años, dos antes de que Juan naciera.
Los últimos negocios de su padre en Barcelona fueron ‘Le Petit Noé’, un restaurante, y una taberna en el puerto. Antes tuvo otro bar-restaurante y, al llegar a Barcelona, una barbería, ya que el oficio con el que llegó fue el de barbero.
En este ambiente se crió Juan con su mala salud a cuestas. Todos los años cogía unas pulmonías que hacían temblar a la familia hasta que, por consejo del médico, su padre decidió cambiar de aires y se fue a Orán con toda la familia exceptuando a Rafaela, que ya se había casado.
Juan tenía entonces nueve años e inauguró su estancia en Orán con un paludismo que lo tuvo a punto de morir pero el tratamiento de quinina y baños de mar lo dejó inmunizado para el resto de su vida. En Orán vivían todos los hermanos de su padre por lo que, una vez pasado el paludismo, pudo llevar una vida familiar activa rodeado de sus padres, hermanos, tíos y primos.
Se abrió un nuevo ‘Petit Noé’ que atendían la madre con las hijas y un barbería que atendía el padre ayudado por Juan cuando sus deberes escolares se lo permitían.
Poco a poco, conforme crecía, fue definiendo sus aficiones: el remo y cantar. Acompañándose con la guitarra hacía las delicias de las reuniones en las que a las chicas se le caía la baba. Todos los veranos ganaba el concurso de canción melódica.
También, mientras fregaba los platos del restaurante ayudando a sus hermanas, escuchaba por radio las retransmisiones de ópera que se daban desde La Scala. Sus ídolos eran Beniamino Gigli, Tito Schipa y Feruccio Tagliavini. De todas formas, no había pasado por mi mente dedicarme a la música.
A los 17 años, como dos chicas que les gustaban a su amigo Juanito Sola y a él habían tenido la ocurrencia de matricularse en el Conservatorio, allá fueron los dos Juanes. A Sola no lo admitieron y a Oncina sí. La responsable del área de canto del Conservatorio era la gloria de la ópera francesa Jeanne Camprodon, nacida en Orán y cuñada del Prefecto, que le acogió en sus clases.
Cuando le dijo que podría cantar como Gigli o Schipa ya no hubo sacrificio que no fuera capaz de hacer. Su ilusión fue ser cantante a pesar de que su padre, acostumbrado a su propia voz de barítono, al oír la de tenor ligero de su hijo, le decía: ‘Tú no tienes voz ni para vender periódicos’. Su madre le hacía un guiño de complicidad y luego le decía: ‘No le hagas caso, y estudia’.
Estudió tanto como para hacer en tres años los seis cursos de carrera. Cuando su maestra le dijo que ya había llegado el momento de volar lo quiso mandar a París, donde tenía buenos contactos, pero Juan a donde quería ir era a Italia y nunca estudiaría en Francia.
Antes de irse a Italia tuvo que hacer la ‘mili’, a pesar de que su padre estaba enfermo; y después de muchas aventuras que empezaron en Melilla y siguieron en Algeciras, tras pasar por Madrid, acabó en Barcelona con permisos uno tras otro para que pudiera estudiar canto. Mientras tanto había muerto su padre y les tocó a su madre y a sus hermanas seguir atendiendo ‘Petit Noé’.
En Barcelona estaba su hermana Rafaela, que con su marido, otro alicantino llamado Severino Cortés, tenía una horchatería en la calle Aribau. Entre los clientes de la horchatería había una señora que se llamaba Mercedes Capsir, una formidable soprano, que tras haber cantado en los mejores teatros del mundo estaba haciendo las últimas representaciones en su tierra.
Rafaela le contó a Mercedes, ésta lo escuchó y Juan acabó siendo el ojito derecho de Mercedes entre todos sus alumnos. Tanto es así que el año 1945 le hizo debutar en el Teatro Municipal de Gerona cantando junto a ella en el papel de ‘Renato Des Grieux’ en Manon.
En esta época de estudiante tuvo contacto con todos los cantantes y relacionados con la música que también empezaban su carrera en Barcelona, entre ellos, el tenor Miguel Fleta, hijo; la soprano Victoria de los Ángeles, Rosa Sabater, la gran pianista tempranamente desaparecida; el barítono Raimundo Torres, la soprano Carmen Gracia, la mezzo Conchita Velázquez… Las reuniones para cantar y charlar eran en casa de Victoria o de la hermana de Juan. Se formó una buena relación entre todos ellos.
Tras el debut de Gerona volvió a cantar otra vez, junto a Mercedes, en Reus y Vic la Manón de Massenet, que también cantaría en el Teatro Calderón de Barcelona.
La soprano sueca Elisabeth Söderström falleció en Estocolmo el pasado 20 de noviembre, a los 82 años de edad.
“Refinada intérprete, poseía una brillante y flexible voz así como notables dotes naturales de actriz que le permitieron componer inolvidables interpretaciones de los grandes personajes femeninos de las óperas de Jánacek Katia Kabanova, Jenufa y Emilia Marty, de El caso Makropoulos, que difundió por el mundo junto con el director de orquesta británico Charles Mackerras. Strauss fue también uno de sus compositores favoritos y en su larga carrera llegó a interpretar todos los personajes femeninos El caballero de la rosa“.
“El reinado de los directores teatrales terminará y el gran canto hermoso estará de vuelta”
Juan Antonio Muñoz H.
—Después de cantar música tan distinta como la de Mozart y Janácek, la de Monteverdi y Berg, ¿hay algún repertorio en que se haya sentido más cómoda? —Durante mi larga carrera, que comenzó en 1947 y que aún no termina, he tenido la fortuna de cantar una gran variedad de música. Mi debut profesional fue en el Teatro de la Corte de Drottningholm, después de realizar estudios en Estocolmo. En 1950 llegué a ser miembro de la Opera Real con un contrato que me permitió desarrollar una carrera internacional.
Cuando tenía 20 años, ofrecí mis primeros recitales con acompañamiento de piano, orquesta y grupos de cámara. Tuve compromisos para actuar en Alemania, Gran Bretaña, Francia y los países escandinavos como una cantante de concierto. Mi repertorio consistía de obras en alemán, italiano, francés, inglés y ruso. Opera, opereta, Lieder y hasta música popular. Me sentía cómoda con todo. Para mí siempre ha sido bastante natural expresarme a través del canto y realmente no podría decir si hay un repertorio en específico en el que me sienta mejor.
—Usted es una cantante de referencia para Richard Strauss y
Leos Janácek. En su opinión, ¿qué exigen estos compositores a sus cantantes? —Aprendí pronto que Strauss era un maravilloso hombre de teatro. Sus óperas se tienen que interpretar tanto con una buena actuación como con un buen canto. No necesariamente tiene que existir una gran voz, sino que se debe saber cómo articular y utilizar la declamación dramática. Los mismos valores se necesitan en la música de Janácek. Tanto Strauss como Janácek son hombres expertos en drama y dan mucho quehacer en la parte escénica. Uno tiene que descubrir qué quieren decir entre las líneas cantadas.
Y hablando de Mario del Monaco, recordé hoy uno de esos estupendos programas de Antonio Lagatta Mazzeo… Eso es, La ópera y sus intérpretes. Un viaje a las voces del pasado.
El programa está centrado esta vez en las primeras grabaciones de Mario del Monaco, entre 1948 y 1951.
“Mario del Monaco nació en Florencia, el 27 de julio de 1915 y (…) si bien estudió canto por algunos meses con Raffaelli y Melocchi y (…) luego se inscribió en la Escuela Lírica de la Ópera Real de Roma; en realidad, el cantante fue un autodidacta.
Durante su juventud se ejercitó estudiando y analizando los discos de Enrico Caruso, Aureliano Pertile, Miguel Fleta, Beniamino Gigli y Giacomo Lauri-Volpi, a efectos de aprender la parte técnica e interpretativa; y fue así que Mario del Monaco tuvo la voz, el estilo de canto, y de interpretación, que él quiso tener”.
Canta Mario del Monaco (y en el siguiente orden):
Un dì all’azzurro spazio, Andrea Chénier, Giordano
O paradiso, La Africana, Meyerbeer
Nessun dorma, Turandot, Puccini
Da voi lontan, Lohengrin, Wagner
♣ Grabaciones del 22 de noviembre de 1948
Esultate!
Ora e per sempre addio
Dio, mi potevi scagliar
♣ Otello, Verdi. Grabaciones del 16 enero de 1951
Celeste Aida, Aida, Verdi
Vesti la giubba, Pagliacci, Leonvavallo
No! Pagliaccio non son!, Pagliacci, Leonvavallo
Niun mi tema, Otello, Verdi
♣ Grabaciones del 5 de abril de 1951
Donna non vidi mai, Manon Lescaut, Puccini
Testa adorata, La bohéme, Leoncavallo
♣ Grabaciones de septiembre de 1951
Il fiore che avevi a me tu dato, Carmen, Bizet
Addio a la mamma, Cavalleria rusticana, Mascagni
♣ Grabaciones del 20 de diciembre de 1951
Oviedo: Gianna D’Angelo, Mario del Monaco, Alfredo Kraus y Giuseppe Taddei, en las jornadas líricas del Campoamor
“La jornada inaugural del ciclo mateíno que todos los años rinde culto a la ópera en el Campoamor ovetense, registró una excelente versión de I Puritani, sobre la que brindaremos inmediato resumen. No sin antes adelantar la referencia sobre el Otello que escuchamos en la segunda velada.
Porque no es corriente la situación que pudo registrarse ese día: la actuación de un gran artista, con la responsabilidad de desempeñar el cometido protagonista en una obra compleja, musical y escénicamente, cuando desde su patria llegaban las más graves noticias sobre la salud de su padre que, en efecto, falleció pocas horas antes de comenzar la representación, aunque tal desenlace se ocultó al interesado hasta el final de la misma.
Puedo asegurar que pocas veces Mario del Monaco supo responder más y mejor a su condición de ’superdivo’ que todavía nos gana con su arte excepcional, con el chorro de una voz de volumen generosísimo y el mordiente de unos agudos que vibran y encienden. Es de suponer hasta qué punto el esfuerzo habrá sido sobrehumano y de reconocer que el público, advertido, volcó en él su admiración, simpatía y respeto.
Desde su primera, impresionante frase en el ‘Esultate’, fueron todo larguísimas ovaciones, unánimes, entusiastas… y merecidas tanto por el cantante, el actor, como por el hombre.
Su Otello, para un crítico que ha visto muchos a lo largo de varios lustros de profesión, sería memorable por el puro valor intrínseco, pero lo será más por las circunstancias.
De cuantos rodeaban al insigne tenor, resaltó la gran personalidad de Giuseppe Taddei, que hace un Yago, como cantante y actor, de nivel sobresaliente.
22 Octubre, a las 23:05
Mefisto nos envía lo que nos prometió esta mañanita. Presten atención, porque es una primicia.
“Fue grabada en 1975 por el secretario privado de Mario del Monaco desde un palco. Como ya saben, Del Monaco se retiró haciendo, a sus 60 años, once Pagliacci en veinte días. Fue la última vez que cantó esta aria y esta ópera”.
23 Octubre, a las 4:22
“Me parece increíble que a sus 60 años cantara así. Entre lo más notable encuentro que su voz resalta claramente frente a la orquesta. En esta grabación no hay micrófonos que permitan equilibrar la voz del tenor con la orquesta. Y no sólo eso, sino que cantó todo a mezza voce hasta el LA tenido, que utiliza para abrir la garganta al punto de casi enmascarar completamente la orquesta”.
“En Youtube hay algunas escenas del Otello de Buenos Aires, que tomaron su esposa y su hijo Giancarlo. Es un documento interesantísimo, donde aparecen también Carlos Guichandut y Delia Rigal (mis queridos maestros)”.
Hoy no. Hoy, La leyenda del beso. Y, para empezar, su bellísimo Intermedio. Que digan lo que digan, nada tiene que ver con esto;-)
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14 de junio de 1972
Brillantísima clausura del IX Festival de la Ópera, con Turandot
“Por la enorme dificultad de su parte, sea para Ángeles Gulín la primera referencia. Voz poderosísima, voluminosa, potente, extensa, pechó sin desmayo con la responsabilidad. No hay artista que en este papel no acuse algún momento destemplado y también lo hubo en el trabajo de nuestra soprano, que se mostró más atenta, disciplinada y contenida que otras veces, cuando tan fácil es pasarse aquí. Ángeles Gulín tiene una voz como para cantar Turandot en la Arena de Verona… y que se oiga en Mantua”.
[Ángeles Gulín (Rivadavia, Orense, 14 de febrero de 1939- Madrid, 10 de octubre de 2002): In questa reggia. Teatro Municipal de Bogotá, 1981]
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14 de octubre de 2002
Alberto González Lapuente
El adiós a una voz de hierro
“Hay voces esencialmente bellas que se recrean en sí mismas conformándose con adornar de forma naturalmente atractiva cuanto hacen; otras que anteponen la inteligencia, colocando al servicio de la interpretación su propia idiosincrasia; las hay también innatas, fornidas, capaces de adentrarse, sin tregua, en el corazón del oyente con la finura de un estilete y la inquietud de lo verdaderamente pasional. A esa estirpe pertenecía la voz de la soprano Ángeles Gulín, fallecida hace unos días en Madrid.
(…)
Los hitos en su biografía están al lado de nombres como Frühbeck de Burgos, Giulini, Maag o de colegas como Domingo, a quien acompañó en su presentación madrileña y en el postrero estreno de El poeta de Moreno Torroba en 1980, Pavarotti, Ludwig, Gedda, Caballé, Talvela o Del Monaco.
Todos ellos se relacionan ahora en una biografía que no olvida el de su marido, el barítono Antonio Blancas, con quien inició su verdadera carrera en Italia, y sobre todo Alemania, después de las primeras actuaciones por Sudamérica a raíz del debú en la ciudad de Montevideo en 1958.
Para los más jóvenes, la voz de Gulín es hoy una rareza conservada en unas pocas grabaciones de zarzuela y otras operísticas cuya realización ‘en vivo’ engrandece su vibrante naturaleza: un Stiffelio grabado en Nápoles y una Alzirade 1972, un Oberto en registro de 1977 en Bolonia, además de La leyenda del beso, Los gavilanes, Me llaman la presumida o La del soto del parral.
Por el contrario, los más veteranos recuerdan algo más difícil de guardar: su condición de verdadera soprano dramática, indomable y tenaz como el hierro, poseedora de una gran extensión y de una potencia realmente excepcionales como para adentrarse en el terreno de la leyenda.
Ángeles Gulín, nacida en la localidad orensana de Rivadavia, ha dejado ese poso y un saber que ahora se prolonga en la voz de su hija, la soprano Ángeles Blancas, continuadora de una labor que toma como modelo a quien ha sido una intérprete de raza”.
“Amo la música en general, y el momento de hacer un programa es un verdadero problema para mí, porque nunca sé qué poner: lo pondría todo, y no pondría nada (…). En cuanto a la música, lo pondría todo; en cuanto a mí…, entonces llega mi exigencia y empiezo a pensar en que esto todavía no está a punto, o que lo otro está demasiado ya gastado o, en fin, una serie de problemas que, si fuera por mí, no haría ningún programa”.
“Si Plácido Domingo grabara un disco de jota, como hizo con la copla, la zarzuela, la ranchera o el tango, nadie se lo podría reprochar porque cantaría a la tierra de sus ancestros. Su abuela paterna, María Ferrer Ripol, procedía de La Codoñera (Teruel) y su padre, del que heredó nombre, apellido y hasta profesión (era barítono), vino al mundo en 1907 en Zaragoza (como sus hermanos, Pedro y Enriqueta), porque los abuelos montaron un restaurante en el Tubo. La sangre aragonesa bulle por las venas del conocido tenor, aunque nació en Madrid en 1941 y se formó en México, donde murió su padre a los 80 años”.
Ricardo de Cala:
“Kraus es referente ineludible en, al menos, 23 papeles, ¿cuántos cantantes pueden decir lo mismo?”.
“Siempre ponía por delante la preservación de la salud de su voz. Desdeñaba los esfuerzos suplementarios. Además, buscaba la interacción con el público. Siempre eligió con mucho gusto”.
“Era capaz de controlar y administrar su aliento y mantener una línea de canto sin descomponer ni su figura ni su voz. Su facilidad no era un milagro, sino el uso adecuado de todos los resortes”.
“Era un atleta. Ofrecía un canto desahogado, irreal y maravilloso”.