«Berganza ha pedido que músicos y cantantes sean incluidos en las titulaciones universitarias. “¿No merecemos, ya que somos capaces de crear belleza, armonía y arte, el reconocimiento que merecen otras disciplinas artísticas?”».
Como esa Granadina ya la tenemos en casa (versión magistral, sí), busqué entre mis CDs y di con la de Fleta. Y, de camino, encontré, sin querer queriendo, Cuando salí de Marbella (Malagueña), que también habla de las fatigas del querer. ¡Ay!
♣ ♣ ♣ Hace unas horas, trabajando en otra historia, encontré una entrevista de Victoria de los Ángeles de hace casi veinte años, que deseo compartir con todos ustedes.
Fue publicada en el diario La Vanguardia el domingo 14 de mayo de 1989. Cinco días después, el viernes 19 de mayo de 1989, celebraba Victoria en el Palau de la Música sus 45 años en la lírica.
Intuyo, por las fotografías que ilustran el texto, que la conversación tuvo lugar en su casa de Barcelona. Se la ve espléndida al pie de una celosía artesanal tras la que se adivinan sólidos ficus, frágiles rosas; serena, vital, engalanada para la ocasión con una túnica en la que predomina el color rojo.
El titular de la entrevista es impactante: “Busco el afecto, no la veneración”. Es uno de esos titulares que los periodistas rezamos para que surjan, cuando nos disponemos grabadora en mano a cumplir nuestro trabajo. Sabía que Victoria era así de sencilla, pero desconocía que alguna vez ella lo hubiera expresado públicamente de manera tan diáfana y contundente.
En mayo de 1989, Victoria de los Ángeles tiene 66 años. Apenas le quedaban dos meses para cumplir los 67, el 1 de noviembre de 1989.
Mientras leen la entrevista, pueden escucharla cantar El cant dels ocells (El canto de los pájaros). Siempre me he preguntado cómo una canción tan hermosa puede derramar tanta tristeza con ese nombre.
El próximo viernes, Victoria de los Ángeles celebrará el 45 aniversario de su debut en el Palau de la Música. “Espero vivir de nuevo aquella felicidad”, afirma la cantante.
Fue un 19 de mayo. El debut. Victoria de los Ángeles tenía 21 años, y el escenario era el Palau de la Música. El mismo sitio al que vuelve el próximo viernes, día 19, cuarenta y cinco años después. Y nos hubiera gustado reconstruir aquella fecha con todos sus detalles. Algo que empezara, por ejemplo, con un “me levanté a las…”. Pero Victoria es implacable.
—Uy, uy —se ríe— ¡no me acuerdo de nada!
—Pero…
—Nada. Sólo que fue muy bonito, un éxito, muchas flores. Nada más.
—…
—Mire, aquello fue algo natural. Cantar en el Palau es siempre un placer y yo disfruté mucho. El viernes espero vivir de nuevo aquella felicidad. La felicidad de estar con el público. Todo lo demás, qué quiere que le diga…
—Todo lo demás son 45 años de carrera.
—Sí, sí. Pero yo nunca he dado mucha importancia a estas cosas a, los elogios, a los éxitos. Me impresiona mucho más que me quieran o no. Esto sí que me impresiona. La cosa afectiva. En este sentido, creo que el concierto será algo especial, porque finalmente tengo la impresión de que soy muy querida en esta ciudad.
—¿Finalmente?
—Me quieren tanto que a veces pienso que me quieren demasiado. Y hablo del público, del público sencillo.
—Su concierto se anuncia sin instituciones, sin ningún apoyo. Victoria y su público.
—Ay, ay, ay… Es un tema tan complejo. Digamos que es una forma natural de decirles a las instituciones que no se preocupen, que se olviden de Victoria, y así nos quedamos tranquilos los dos. Yo hago mi concierto y allá ellos.
—Lo dice como si…
—¡Hombre! Es que llega un momento. La pregunta debería usted hacerla al Gobierno catalán. ¿Qué pasa con Victoria? Yo ya lo he preguntado algunas veces.
—¿Y qué le han contestado?
—¡Qué me quieren mucho!
—¿Entonces?
—Mire, yo no creo que las instituciones deban hacerme ningún homenaje. En absoluto. Lo que pasa es que Victoria es una persona que ha hecho cosas, que ha cantado por todo el mundo, que ama este país… Todo esto merece un respeto. Que no se hagan tantas diferencias. A Victoria, sin embargo, se la ha dejado de lado.
—¿Esto la ha hecho infeliz?
—Me ha hecho llorar mucho. Durante los últimos años, sin embargo, he luchado para poder cantar en Cataluña, he hecho todo lo posible para que la gente sepa que existo, que estoy aquí. Y he descubierto finalmente que el público sabe estar por encima de estos problemas ridículos.
—El mundo de los cantantes es un poco…
—¡Pedreste! Ja, ja. Bueno, digamos que hay de todo. Los Fischer-Dieskau, Schwarzkopf, tienen otra categoría. Pero los italianos, la ópera, esta ostentación estrafalaria, esto nunca ha sido lo mío. Yo estoy al margen. Una de las cosas que aprendí de mi padre, un sencillo bedel de la Universidad, es que la vanidad, las cosas superfluas, no tienen nada que ver con la vida.
—¿Esto se lo han confirmado 45 años de carrera?
—¡Por supuesto! Finalmente mi carrera ha resultado ser sólo la música, la comunicación. Comunicación con el público y conmigo misma. Lo otro no es nada. Pura vanidad. La música ha sido mi compañera más fiel. Me ha ayudado a conocerme. A conocer a los demás. A entregarme tal como soy.
—Usted ha viajado por todo el mundo, ha conocido reyes y presidentes.
—Y me ha servido para llegar a la misma conclusión. Descubres que todo se reduce al amor por los demás, a la sensibilidad por los problemas ajenos.
—¿Cúal es su estado de ánimo de cara al concierto del viernes?
—Sigo trabajando y haciéndolo lo mejor posible. Soy una persona que vive rodeada de los amigos más íntimos, de la familia, pero que también ha tenido la suerte de poder vivir los problemas del mundo, y que le preocupa la paz, la ecología, el hambre. En este sentido, me gusta pensar que mi música ha aportado a los demás algo de felicidad. La misma felicidad que yo he recibido de ella.
—¿No le cansa ir siempre de un lado para otro?
—Lo que me cansa es no hacer nada. Si no pudiera cantar me sentiría como una inválida. Cantar, cantar, necesito hacerlo.
—¿Nunca ha sentido miedo en un escenario?
—¿Miedo? No, la música es un placer. Desde siempre. Desde que era una niña. Siempre ha sido lo mismo. Los escenarios llegaron en mi vida como algo natural. Recuerdo que mi madre tenía que perseguirme por los patios de la Universidad. Allí estaba yo cantando. En los patios, en las aulas. Cogía libros de poesía, les ponía música y a cantar. Me la inventaba, probaba las distintas acústicas.
La Universidad era mi castillo encantado. Con sus ogros y sus princesas. El jardín era entonces un bosque en el que casi no entraba la luz del sol. ¡Y aquellas noches de luna llena! Cogía la guitarra y acompañaba a mi padre en su ronda, y cantaba. Los vecinos salían a las ventanas. “Venga, canta otra”. “Cántanos un tango, niña”. “Cántanos una samba”. Hasta que daban las tres de la madrugada.
—Su madre…
—¡Tenía una voz bellísima! Yo estaba siempre deseando que hubiera una reunión familiar porque venía mi tío con el acordeón ¡y a cantar! Cantábamos en casa, cantábamos cuando íbamos los domingos a Las Planas, al campo, cantábamos siempre.
Recuerdo aquellas Navidades. Nos cerrábamos siete días en casa, en la Universidad. Y yo esperaba la hora del café: era la hora de hacer música. Incluso durante la guerra, cuando había los bombardeos. Todas las familias de los trabajadores de la Universidad, nos refugiábamos donde ahora hay el bar. Y nadie se quería ir a dormir hasta que no les cantara algo. Yo sigo siendo aquella niña. No me siento una diva. No me interesa Victoria de los Ángeles.
—¿Detesta al personaje?
—Cuando Victoria de los Ángeles está por encima de Victoria, la detesto. Yo quiero ser una persona. Una persona que tiene la virtud de poder comunicarse a través de la música. Busco el afecto, no la veneración. Busco el amor, la comunicación, cantar, cantar siempre. ¿La decadencia? No la temo. La muerte está muy bien organizada, es la afirmación de la vida, el físico empieza a adormecerse lentamente, todo llega de un modo natural, por esto pienso celebrar los 50, los 55…
Victoria de los Ángeles. El viernes en el Palau. Cuarenta y cinco años de música. Ella y su público.
—En su carrera operática internacional, esta presencia de la música española ¿ocupa un lugar secundario?
—Si se le da la categoría que se merece esa música, no. Si se le da a la gente que no sabe cantar, esa música no vale nada, pero tampoco valdrían entonces Mozart y los demás grandes. Mozart es genial en el papel, pero no lo puedes soportar si no tiene buenos intérpretes.
La canción popular hay que saberla cantar, hay que tener el estilo de cada país. No es lo mismo cantar el Norte que cantar el Sur, cantar a Cataluña que cantar a Galicia. Cada lugar es diferente, cada ser humano de estos lugares es otro. Hay que estudiarlos y si me han interesado es porque me gusta mucho la vida, toda la vida, desde un pájaro que canta –observar qué canta, cómo lo hace– hasta de dónde proceden las músicas”.
“Narciso Yepes era un ser extraordinario, como todos los grandes artistas, un hombre muy espiritual, un gran músico, una gran amigo. Mi colaboración con él fue muy bonita, con algunas dificultades, porque él veía muy mal, y al leer la música había que tener paciencia”.
Teresa Berganza: medio siglo de canto. Jean-Jacques Lafaye. Diciembre 2002