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Mario del Monaco (1972): “En este arte nunca se llega y debe dárselo todo”

Miércoles, Octubre 21st, 2009

Mario del Monaco

Il Trovatore

El Coro di Zingari es por la alegría de haber encontrado esta entrevista.

ABC23 de marzo de 1972

“Con Mario del Monaco, en las Palmas de Gran Canaria”

“El tenor mundial que se acerca a los quinientos Otellos y a los treinta y cinco años de profesión”

«Vino a Las Palmas tres semanas antes del comienzo de ese Festival de los Amigos Canarios de la Ópera, que conquista con él la máxima atracción. Desde cuarenta y ocho horas antes de cada función —las dos previstas hubieron de incrementase con un Otello más, ante el lleno y las demandas que no habían podido atenderse—, Mario del Monaco se encierra en un total mutismo, reposa, duerme mucho, para que los nervios se remansen, vive sacrificado… Su esposa, compañera, complaciente, solícito y permanente apoyo, Rina, sueña con el momento en que se decida [¿al?] adiós, porque “esto no es vivir”».

  • Antonio Fernández-Cid
  • —Cierto —dice Mario—, pero inevitable. El artista ha de renunciar a todo, sacrificar su vida, evitar el juego, la bebida, el tabaco, ‘limitar el amor’, para impedir, en lo posible, el único gran peligro: no dar todo lo que el público espera de mí.


    Del Monaco

    [Dio, mi potevi scagliar..., Otello, Verdi. 'En vivo', 1959]

    –¿Y así, desde cuándo ya?
    —Podría contarle que desde siempre: desde que en 1940 comenzó mi carrera… hasta que un día la corte: quizás cuando los cerca de cuatrocientos veinticinco Otellos representados alcancen la cifra de quinientos; o cuando, en 1975, se redondeen los treinta y cinco años de profesión…

    ¿Cómo empezó a cantar?
    —Mi padre, crítico musical en Nueva York, me oía cantar en el cuarto. Me llevó a un maestro. Su consejo fue doble: que estudiase, porque había materia; que no me permitiesen cantar aún, porque era muy joven. Ya en Milán, novio de Rina, [¿?] la misma cantante, se produjo mi debut, en un teatro secundario, el Puccini. Yo era soldado. Rina consiguió vencer la [¿?] de los rectores que se negaban a [¿oírme?]. La prueba fue concluyente.

    Poco después, en días, preparé Madame Butterfly. Llevaba, claro, dos años de estudio en el Conservatorio musical ‘Rossini’ de Pésaro. El éxito determinó la carrera fulminante. A los dos años cantaba La bohème, en la Scala. Antes, las representaciones se sucedieron y hasta con circunstancias pintorescas. Estábamos en guerra cuando cantaba Butterfly en Padua. Un bombardeo terrible me hizo salir del teatro en traje de marino americano. Me tomaron por un paracaidista. Tardé en convencerles de que era un ‘Pinkerton’ de ficción.

    ¿Podría señalar algunos recuerdos esenciales de su carrera, algunos momentos de especial significación?
    —La primera vez que canté Manon Lescaut. Era, hasta entonces, obra que sólo abordaban líricos, y mi voz impresionó mucho. Cuando, en 1946, en marcado avance hacia el género y repertorio dramático, canté Aida. Cuando, en fin, el Colón de Buenos Aires me contrató para Otello. Yo había representado buen número de obras de responsabilidad —Turandot, Aida, La forza del destino, Tosca…—, pero sentí miedo. Llegué a telefonear, para decírselo, al maestro Antonino Votto. Se indignó y me dio grandes ánimos. Por entonces y durante diez años, alternaba géneros tan diversos como el de Lucia, con Lily Pons de protagonista, y Otello. Canté cuarenta y tres óperas distintas, incluida La walkyria, en alemán.

    ¿Y sin (sic) repertorios predilectos?
    —En una primera etapa, ‘Cavaradossi’, ‘Des Grieux’, ‘Chénier’… Después ‘Otello’, ‘Sansón’, ‘Don José’… Ahora me interesan las obras que me hagan sentir el placer de cantar y el de actuar, de vivir los personajes. He limitado a diez títulos mi repertorio: Otello, Andrea Chénier, Sansón y Dalila, Carmen, La Walkyria, Fedora, Ernani, Payasos, Norma y Francesca de Rimini.

    ¿Puede, en su larga experiencia, decir, si han cambiado los gustos y las exigencias del público?
    —Mucho. Hoy se exige mucho más. En un momento se pudo triunfar sólo con la voz. Hoy hemos de adentrarnos en profundidades psicológicas del personaje, cuidar la figura, establecer comunicación merced al gesto, la acción, pero siempre de forma no exagerada, contenida, porque el exceso no gusta. Ha de funcionar, gobernando a nuestro corazón, nuestro cerebro. Sólo el instinto no basta.

    ¿Voz, estilo temperamento, musicalidad, acción…?
    —Primero la voz; base necesaria. El estilo, después. La interpretación, consecuencia del estilo, más tarde…

    ¿Cree en la inspiración del momento?
    —Sí, pero del momento, sobre todo, en que se toma una partitura nueva y se busca la del compositor. Cuanto más se estudia, más se encuentra. Es así como creo en la inspiración; cuando al enfrentarme por vez primera en Bohème lloré de emoción, al recibir la del músico.

    ¿Le importa, le influye el público?
    —Sí y no. En general, cuando canto, no veo al público. Pienso en mi personaje y no quiero distraerme, pero si veo que alguien lo está, me propongo ganármelo y lo hago todo para captarlo a él, al individuo, como si el resto, ya convencido, no existiese. El publico, claro, es necesario. Para él actuamos. Yo nunca lo he tenido malo. En los latinos impera el virtuosismo, la devoción a la voz y la técnica. En los germanos, la línea, el estilo, el conjunto. Muy curiosos son los japoneses, que parecen ausentes, pero están atentísimos y preparados, y que se interesan lo mismo por el conjunto que por el color de la voz.

    Del Monaco / Deserto sulla terra

    Tebaldi / Del Monaco

    [Mario del Monaco (Manrico), Renata Tebaldi (Leonora) y Ugo Savarese (Conde de Luna): Il duelo, Il Trovatore, Verdi.
    Coro del Maggio Musicale Fiorentino. Dirige: Alberto Erede. 1956]

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    Ramón Vinay (1982): “Yo no lo sabía entonces, pero Toscanini era el Papa”

    Jueves, Enero 29th, 2009

    Ramón Vinay: Dio, mi potevi scagliar…, monólogo de Otello (con Iago) del Tercer Acto, Escena III, de Otello, Verdi).
    Metropolitan Opera Orchestra. Dirige: Fausto Cleva. 1951.

    (Gracias, Chema)
    notaDio, mi potevi
    ♣ ♣ ♣

    Ramón Vinay

    Entrevista a Ramón Vinay realizada el 17 de julio de 1982 y publicada dos años más tarde,  noviembre de 1984, en la revista Correo Musical de Buenos Aires.  En julio de 1982, Vinay tiene 71 años.

    (Gracias, Juan:-)
    ♣ ♣ ♣

    Ramón Vinay, 73º aniversario

  • Por Juan Dzazópulos Elgueta
  • El 31 de agosto, día de San Ramón Nonato, cumplió 73 años de edad el más famoso de los cantantes líricos chilenos de los últimos 40 años y, sin duda alguna, uno de los más grandes intérpretes de ‘Otello’ de todos los tiempos: Ramón Vinay.

    Hace un par de años Vinay estuvo por última vez en Chile, como invitado de honor para presenciar la temporada lírica del Teatro Municipal de Santiago. El título escogido para la ocasión (12 de julio de 1982) era uno de los más apreciados por el público chileno y por Vinay, el Otello de Verdi.

    El reparto incluía a Gilda Cruz-Romo (Desdémona) y Kari Nurmela (Iago), la experta batuta de Michelangelo Veltri y la presentación en Chile, en el rol protagónico, del tenor argentino Carlos Cossutta, reputado como uno de los buenos intérpretes mundiales del difícil rol verdiano.

    Desgraciadamente, Cosutta, sea por nerviosismo o por enfermedad, falló y en la frase della gloria d’Otello è questo il fin, un tremendo gallo marcó el ‘fin’ del tenor. El resto de la ópera fue alternativamente susurrado o gritado, ante la consternación del público, que sufrió esta verdadera ‘vía crucis’ vocal.

    Cossutta regresó a Buenos Aires sin poder cumplir sus otras presentaciones y para reemplazarlo se trajo de urgencia al italiano Angelo Marenzi y al francés Gilbert Py (dos funciones cada uno), con resultados francamente mediocres.

    Ramón Vinay

    Es que cantar Otello en la patria de Zanelli y Vinay es realmente empresa arriesgada. Pasada la accidentada primera función, quise tener una breve conversación con Ramón Vinay, para saber su opinión de lo sucedido, etc. El sábado 17 de julio de 1982 me invitó a desayunar con él a las 8:30 de la mañana en su suite del Hotel El Conquistador. Lo que siguió fueron más de dos horas, no de entrevista, sino de un largo, intenso y amenísimo monólogo, salpicado de recuerdos y anécdotas, análisis serios y risueños acerca de la ópera, los cantantes y los directores… Durante este ‘show’ privado no sólo se habló de ópera. Las comidas, los vinos y las mujeres (eterna pasión del cantante) tuvieron en Vinay acertados e irónicos comentarios.

    Ramón VinayNo se le escapó la política, ni nacional ni internacional. El problema limítrofe chileno-argentino, la guerra de las Malvinas y otros, que por razones obvias no corresponde incluir  en esta publicación.

    Sin embargo, lo más importante para mí fue ver la vitalidad de este ‘joven’ de 71 años, que me actuó y cantó, primero a media voz y luego a todo pulmón, frases de Carmen, Otello y Parsifal…, y sus movimientos, sus ojos, sus gestos. Toda una clase magistral que, desgraciadamente, no puedo transcribir al papel.

    Vinay: Yo he sido un hombre de suerte…,  de una suerte escandalosa. Permítame recordar que Napoleón Bonaparte decía “Yo quiero generales con suerte…” y, bueno, permítame recordar su nombre, como yo soy Ramón…

    Dzazópulos: Juan…
    —¡Juan! Y nos tuteamos, por favor. Mi padre era francés. Nació a 5 km de la frontera italiana, a 120 km al norte de Niza, de una familia campesina. De allí, hace 200 años,  todos los mayores de la familia emigran a México, donde la industria textil está en manos de  gente del lugar. Mi padre fue allá de joven y luego pasó a Chile… Tenía una fábrica de espuelas en Chillán, donde yo nací, un 31 de agosto de 1911. A mi madre casi no la conocí, murió muy joven y está enterrada aquí en Santiago.

    Mi padre regresó a Francia en marzo o abril de 1914 para comprar maquinaria para su fábrica y allá lo pescó el 2 de agosto la declaración de la guerra (Primera Guerra Mundial)… y soldado. No pudo regresar hasta 1917, que le dieron un permiso más largo, un mes de descanso. Se fue a su tierra y allí desertó… y se volvió a Chile.

    En 1920 vino una amnistía y mi padre nos llevó a mí y a mis hermanos a Francia. A los tres meses estaba hablando francés. Estudié en Francia pero no llegué a estudiar el bachillerato, porque en septiembre de 1926, o sea, a los 15 años, me enviaron a México para trabajar en uno de esos grandes negocios que eran de mi misma familia… Allí se empezaba desde abajo y a los 10 ó 15 años eras jefe. Ése era el destino que teníamos…

    ¿Tenías más hermanos?
    —Tenía un hermano, Otto, que murió hace poco en México, y una hermana que murió en 1934 a los seis meses de casada… En fin, yo tenía una fábrica de cajas de cartón. A los 22 años ya contaba con 30 operarios que trabajaban para mí… Siempre tuve afición a la música. Tocaba el violín desde los cinco años (desgraciadamente el piano no). Descubrí que tenía un poco de voz, y me dije “a lo mejor la voz se puede educar”.

    Bellas Artes

    En México mi maestro de canto fue un señor de ascendencia francesa, José Pierson, que tenía un estudio en el número 39, primer piso, de la calle Independencia, prolongación de 16 de Septiembre (Pierson fue el maestro de la generación de cantantes mexicanos: Ortiz Tirado, Arvizu, Pedro Vargas y Jorge Negrete, entre otros). A él le encantó inmediatamente mi voz, pero no sabía dónde ubicarme. Primero canté como bajo Vecchia zimarra. Luego debuté el 16 de septiembre de 1931 como Alfonso en La Favorita, en el Bellas Artes de México, donde las puertas de los palcos aún tenían maderas y tuvimos que poner unas telas… Así que esa fue como una preinauguración del teatro…, un teatro bellísimo.

    El conjunto parece que no pasó a mayores. La contralto Josefina Alonso, el tenor Joaquín Álvarez…
    —¡No! Si eran todos estudiantes de este maestro…Hay una parte de mi vida privada de la cual hablo lo menos posible… Me casé con una mexicana que era terriblemente celosa. Bueno, y yo no puedo estar distante de las faldas. Me casé, pues, muy joven, cuando aún hacía cajas de cartón y empezaba mi carrera. Empecé cantando en radio y lugares así, donde ganaba 10, 15 ó 20 dólares. Pero esos dólares no tenía que sacarlos de mis ganancias de la fábrica, las que eran para comprar más maquinaria.

    Por entonces, el maestro Guido Picco, un italiano que dirigía en México, contrató a Lázaro, que estaba en Cuba retirado, para que viniera al Arbeu a cantar Cavalleria, Pagliacci, Aida, etc. (Fue en 1942. Carlos Díaz Du-Pond, en 50 años de Ópera en México, recuerda que Vinay fue un “excelso” Rigoletto y un impecable Scarpia, para el Duque y el Cavaradossi de Lázaro).

    Lázaro vino y cantó Aida y le salió todo un gallinero en un trono vicino al sol, tanto así que los gallos salieron quemados por el sol…, y, bueno, abandonó todo. Pero como la temporada estaba pagada, se me ocurrió llevar la compañía a Monterrey. El tenor mexicano que iba a hacer de Turiddu estaba muerto de miedo. Yo era barítono (Alfio) pero le dije: “si te canto la ‘Siciliana’, ¿sales a cantar?”. Él accedió y yo le dije al maestro: “Baje el tono…”. Jamás vi tantos agudos juntos: O Lola bianca come fior di spino…; nunca la había cantado antes, pero lo hice y salió bien. Cuando volví a México, estaban preparando la ópera para el año siguiente y me dijeron: “Tú vas a debutar como tenor”. Y así fue.

    Lushanya MobleyMi primera Desdémona fue Stella Roman y mi primer Iago Franck Valentino (1944, luego fue Carlo Morelli). También canté dos óperas que no eran para mí: Manon Lescaut, con Dorothy Kirsten y Carlo Morelli; y Tosca (ambas en 1945) con una joven cantante americana, muy linda, que pudo haber hecho una carrera de primera, pero en segunda liga: Lushanya Mobley… Te decía que yo no puedo estar distante de unas faldas… Lushanya se convirtió en mi segunda mujer… (Vinay queda pensativo. Respeto su silencio y cambiamos el tema).

    Ramón Vinay

    ¿Copiaste de alguno de tus antecesores algo en el rol de Otello?
    —No vi a nadie cantar el Otello. Yo canté mi primer Otello en el Metropolitan reemplazando a un sueco o a danés, no sé cómo se llamaba…

    —¿Torsten Ralf?
    —¡Torsten Ralf! ¡Exacto! Pero yo no estaba contratado para cantar Otello. Yo debuté allí el 22 de febrero, el día de George Washington, con la Carmen… Y a los pocos días me llaman a las seis de la tarde. ¡Torsten Ralf no podía cantar esa noche! Corrí al teatro para un pequeño ensayo al piano, pero como yo venía de las manos de Toscanini no tuve ningún problema. Recuerdo que un crítico dijo: “A pesar de haber sido llamado a último momento y de cantar por primera vez Otello en nueva York, se sintió a sus anchas en ese inmenso escenario…”.

    —¿Cómo conociste a Toscanini?
    —¡Ja! Una historia absolutamente verídica… Toscanini en el verano de 1947 estaba en París y con algunos amigos discutía que él quería hacer el Otello en forma de concierto, pues era una obra que no había aún grabado, pero no encontraba un Otello que le satisficiera. Le dijeron: “Acaba de debutar en el Metropolitan un joven, chileno parece que es y no lo hace del todo mal, tomando en cuenta que son sus primeras actuaciones”.

    Toscanini pidió una audición. Yo estaba en Río de Janeiro cuando me llamó y pude conseguir 4 días para volar a Nueva York. La audición se hizo a las diez de la mañana en el Estudio Número 8 del Rockefeller Center, donde él tocaba con la Sinfónica. Yo estaba con mi agente y mi pianista esperando abajo. Viene una limusina y se baja un hombre chiquito, todo vestido de oscuro. Era el maestro. Entró. Nosotros esperamos 5 minutos y entramos también. Yo iba pálido. “Así deben [de] ir los que van a la guillotina”, me dije. Nos recibió el hijo del maestro y dijo: “Ahí viene papá”. Entró el maestro y me presentaron. Le hablo en italiano. Él contesta: “Ben…, sentiamo…”. —“Maestro, dove vuole che incommincie?” —”Caro mio, dove vuoi”. —”Bene… Página 21 della edizione Ricordi, Esultate”…

    Menos mal que salió bien… Pasamos al duetto Gia nella notte densa. Comienzo a cantar y de pronto me doy cuenta, Toscanini se había sentado al piano. Mi pianista había desaparecido y el maestro me cantaba la Desdémona con esa voz rasposa que tenía y no siempre entonada. Me interrumpe y me dice: “Ma qui non c’è passione, non c’è desiderio, non c’è erotismo. Ma tu che fai con una donna…?”.

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