Y vamos con el tercer y último de los testimonios sobre José Mojica. Publicado en marzo de 1974, remite al año 1952, cuando Mojica visita Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en dicha ciudad.
“Personalmente lo conocí en 1931 cuando actuó en el Liceo. Muchos años después, una mañana al entrar en el Círculo del Liceo para asistir a la ‘peña’, matutina de la ‘pecera’, quedé asombrado al escuchar mi nombre pronunciado por un religioso muy alto, con cabello blanco, que con los brazos abiertos se dirigía hacia mí desde la arquería del coliseo, con la sonrisa más simpática.
Mojica / Ecco ridente in cielo
“Era el mismo y no era el mismo. Estaba de paso en Barcelona —vivía entonces en Madrid, en el Convento de San Francisco el Grande— y no había resistido la tentación de pisar el Liceo de su ‘Barbero’ .
Entró conmigo en El Casino y tuve la entrevista más interesante y menos preparada que puedo anotar en mi vida periodística. Me dijo que en medio de la vorágine de su vida, contemplando a esas muchachas que presumen de hombres y a esos hombres que parecen mujeres, temiendo a las histéricas ‘fans’ que sin saber música le arrancaban botones de la chaqueta cuando cantaba, observando la vaciedad que desde su interior y en su exterior sentía profundamente, había oído la voz de Dios.
Que no quería tener lazo alguno ni con su egoísmo, ni con su mundo. Y que después de un largo, pensado y meditado período de recogimiento, había profesado en la Orden Fanciscana en 1943 en San Antonio de la Recoleta de Cuzco.
«(…) Lo que sí quería es, aprovechando que de refilón salió a colación el tenor rossiniano por excelencia de los últimos años y uno de los cantantes que meritoriamente más contribuyó al renacimiento de la obra de Rossini en nuestros días, hacer una mínima semblanza de Rockwell Blake que, así lo creo, bien se lo tiene merecido.
Como pueden ver, al final siempre cada loco con su tema. Tenemos que reconocer además que el norteamericano, no obstante su exitosa y premiada carrera en repertorio tan exigente, apenas sí gozó de predicamento alguno entre los “foristas” y eso es algo que me propongo reparar. Vamos, pues, con ello.
Blake contó de partida, mal asunto, con dos no pequeños hándicaps, de esos que, diría yo, sistemáticamente hacen que el grueso de la afición —mucho más entregada y rendida (¿sin condiciones?) a las voces grandes, opulentas, con brillo y bien timbradas que poseen otros tipos de bizarros tenores más “agraciados”— postergue a un segundo término, casi a la marginalidad, a quienes “adolecen” de los mismos: un instrumento vocal pequeño y, para más inri, a decir de muchos acidulado y falto de belleza.
Si a esto añadimos la elección de un repertorio altamente especializado que no está al alcance ni en el interés del gran público, irremediablemente la carrera del norteamericano estaba predestinada a una minoría, la que gusta salirse de los caminos más trillados y que aprecia en los cantantes otras cualidades además de una robusta voz más o menos bonita.
Tras formarse musicalmente en su localidad natal de Plattsburgh, muy cerca de Nueva York, y perfeccionar la técnica canora con la que ha sido su única maestra, Renata Carisio Booth, consiguiendo al cabo su proverbial fiato y una perfecta emisión en la “máscara” que le es característica, en 1977 Blake debuta profesionalmente en el Kennedy Center de Nueva York, siendo el Lindoro de La Italiana en Argel.
Desde un primer momento me interesa subrayar un aspecto fundamental de la particular forma en la que ha entendido la profesión este fantástico tenor, toda vez que el mismo será el santo y seña de tan grande artista desde sus comienzos: jamás Rockwell Blake, y eso que, dada la enorme facilidad para el virtuosismo que posee y una agilidad vocal sin parangón hubiera sido lo más cómodo, sucumbió a la tentación de hacer de éstos un fin en sí mismos, un permanente alarde sin más de sus soberbias facultades canoras, antes al contrario, tan privilegiada capacidad para la más compleja coloratura quedó siempre al servicio de las exigencias teatrales.
Y así ha conseguido, antes que nada, sabiendo velar cualquier signo exterior de semejante superioridad que pudiera interpretarse como un lucimiento personal al margen de la dramática, y, en última instancia, vía introspección y concienzudo estudio de los rasgos esenciales y del modo de ser de cada personaje por él abordado, memorables caracterizaciones dentro de su repertorio que hoy están consideras como no superadas (véase, p.ej., su más que lograda composición del Conde Almaviva que ha paseado por todo el mundo).
Y fíjense que este, cómo diríamos, complicarse la vida sin necesidad para, en definitiva, hacer buen teatro, podría servirnos de percha en la recuperación de aquel otro estimulante debate de hace algunos meses sobre la voz versus la interpretación en ópera.
Seguimos. Un dato acaso no demasiado conocido del currículo de este cantante, es su proclamación como ganador de la primera edición del prestigioso Concurso de Canto Richard Tucker, allá por el año 1978, lloviéndole a partir de ese triunfal momento no pocos contratos hasta llegar su debut, tres años más tarde, en el más importante coliseo norteamericano, el Metropolitan.
Bajo la tutela del célebre bajo-barítono ya retirado George London, cuyo interés había despertado el debutante, Houston, Filadelfia, Chicago y, entre otras renombradas plazas de su país, San Francisco serán testigo en estos primeros años de carrera de sonados éxitos personales que irán afianzado al joven intérprete en la que habrá de ser su especialidad belcantista por la que, sin tardar, le llegará el reconocimiento mundial, Rossini.
Del maestro de Pésaro, Rockwell Blake ha cantado con igual buena fortuna hasta un total de dieciocho títulos, convirtiéndose así en el mayor experto de esta obra de su cuerda y, así lo creo, el más destacado epígono contemporáneo del legendario Giovanni David, el primer contraltino rossiniano de la historia; Blake, explicitando la perfecta comunión que mantiene con su operista de cabecera, llegó a afirmar que “Rossini está hecho para mí y yo estoy hecho para Rossini”.
«El libro y 2Cds ‘Alfredo Kraus, Una voz universal’, que conmemora el X aniversario del fallecimiento del tenor español, se publicará el próximo 1 de septiembre en una edición excepcional e incluye dúos con Montserrat Caballé, María Callas, Pilar Lorengar, Renata Scotto y Beverly Sills, entre otras grandes voces.
“Gracias Maestro por tu lección magistral y gracias también por tu caballerosidad para con todos tus colegas que siempre te hemos admirado y apreciado”.
Son palabras de Montserrat Caballé refiriéndose a Alfredo Kraus, el genial tenor español del que el 10 de septiembre de 2009 se conmemora el 10º aniversario de su fallecimiento».
Cuando la maestra Rosa Mercedes Ayarza de Morales escuchó cantar al joven cadete de la MarinaLuis Alva, le dijo apuntándole con el dedo: “Tu futuro no está en la Marina; está en tu voz”.
La profesora de canto resultó ser además una gran pitonisa, pues desde que a fines de la década del 40 el joven tenor partiera a Italia, el éxito no dejó de sonreírle. Por entonces, Lima era un verdadero páramo para la ópera. La ciudad estaba sumergida en un triste letargo lírico, recuerda Alva, quien a los 81 años lleva a la empresa Prolírica a su última aventura.
[Orquesta Sinfónica de Londres. Dirige: Claudio Abbado]
Alva recuerda cómo comenzó todo. En 1976, el tenor se encontraba en Salzburgo participando en el prestigioso festival de ópera austríaco, y se le acercó un señor que hablaba un español marcadamente germánico. Se trataba de Óscar Heineberg, entonces el presidente de la Sociedad Filarmónica de Lima. “Me dijo que querían festejar los 70 años de vida de esta institución, la más antigua de toda América, con algo que no sea un concierto. Yo pensé que eso sería muy difícil, especialmente en una Lima en la que no había ni actividad ni infraestructura para la lírica. Entonces le propuse una obra ganadora, con un probado impacto de público, muy alegre: Il matrimonio segreto (El matrimonio secreto), de Domenico Cimarosa. Era una ópera fácil de montar, tiene seis personajes, no hay coro, y la orquesta es de cámara. Y él aceptó”, señala el tenor y regista.
Entonces el director teatral Osvaldo Cattone hizo la dirección artística y el vestuario fue un generoso préstamo de La Scala de Milán. “Recuerdo que en lugar de las tres funciones programadas, hicimos cinco dado el interés del público que llenó el Teatro Municipal”, comenta Alva.
El éxito fue tan sonoro, que al año siguiente la Municipalidad de Lima quiso auspiciar una nueva temporada de ópera para la ciudad, y Alva cantó en esa ocasión L’elisir d’amore, de Donizetti , acompañado por intérpretes extranjeros que vinieron a nuestro país por amistad con el buen Luigi.
Al año siguiente, conversando con amigos como el empresario minero Luis Rodríguez Mariátegui, nació la idea de formar una asociación de amigos para promover la ópera. Y así nació la recordada Fundación Pro Arte Lírico (Fupal), el origen de la actual Prolírica.
Treinta años casi sin interrupciones, muchas veces nadando contra la corriente, capeando las crisis económicas, la falta de auspicios, la indiferencia del gobierno. Sin embargo, el octogenario tenor ya siente que el trabajo en Lima se le ha vuelto demasiado pesado y, con pena, anuncia el retiro.
—Quien lo ve dirigir, aprecia su estilo tranquilo y conciliador con su equipo. ¿Cómo fueron sus primeras direcciones? ¿Era un regista mucho más ansioso y gritón?
—Yo he tenido mucha suerte, siempre he tenido un buen diálogo con los directores importantes con los que he actuado. El primero fue Giorgio Strehler, director del Piccolo Teatro de Milano, en 1955. Él me agarró totalmente virgen. Yo tenía mi modo de presentarme, ponía los pies de determinada manera, y no sabes de qué manera me gritaba. Nos odiamos, pero después terminamos besándonos. Era un director de quien aprendí mucho. Posteriormente he trabajado con Franco Zeffirelli, haciendo Falstaff, de Verdi, en el Metropolitan. Y se decía que yo era un buen actor. Yo no pienso solo en la voz. La voz es el instrumento, pero hay que vestirla con el gesto adecuado, de modo que el público tenga interés en ti, pero sin hacer payasadas. Por supuesto, yo he hecho muchas payasadas, pero donde cabía hacerlas…