Anna Netrebko: “Cuanto canto un aria, soy más cantante, pero cuando tengo a mi lado a un compañero atractivo, actúo como mujer. La ópera es un arte sensual, y siempre trato de dotar a mis heroínas de un espíritu erótico-amoroso”.
“¿Cuánto tiempo puede cantarse Don Juan? Estaría bien ir haciendo otra cosa ya. Siempre le empujo [se refiere a su pareja, el barítono uruguayo Erwin Schrott] a que haga algo nuevo, pero, lamentablemente, es un poco vago”.
Algo interesante que me envían por mail. ¿Ópera? Hoy no. Canto y guitarras. Ronda de guitarreros de estilo cordobés, de la Córdoba de allende los mares. Si les queda cerca, no se lo pierdan: seguro que merece la pena. Al final del post pueden escuchar unas grabaciones del dúo ‘Los Dedos Mochos‘. Saben a poco (aviso;-) pero llegan al alma.
“Así cantan las guitarras cordobesas, francas, sinceras, alegres, elegantes y profundas. Todo cabe en ellas…. cuenco eterno y gracioso. Hasta lo que perdimos está allí… esperando a que bebamos de él”.
Sábado 6 de febrero, en Espacio Cultural Bordes, Marcelo T. de Alvear (Córdoba, Argentina) a las 21:30, Ronda de guitarreros de estilo cordobés.
Bono contribución $ 10.-
Inauguración del ciclo 2010 de la ronda de guitarreros cordobeses
Compartirán sus guitarras y vivencias:
Benito Casas: Guitarrero de larga trayectoria en la difusión del estilo serrano norteño. Estudiante de guitarra del Indio Pachi y compositor.
José “Lalo” Altamirano (Lunita de Alberdi): Dirige el Centro Cultural Lunita de Alberdi y el programa radial del mismo nombre. Narrador del patrimonio oral de la historia de Córdoba.
Víctor Cabezas: El cantautor del norte cordobés. Tras más de 60 años de composición para la zona, fue declarado ciudadano ilustre de Villa de María de Río Seco.
Carlos Bordón y Rodolfo Moisés, “Los Dedos Mochos”: Amadrinados por Teresa Chavero (sobrina pergaminense de Atahualpa Yupanqui), se dedican a componer en los estilos cordobeses, labor que actualmente desarrollan junto con el famoso compositor Hedgar Di Fulvio, cuya labor dejarán entrever el día 6.
¿Hoy es lunes? No había caído;-) Hace mucho tiempo que no odiábamos los lunes… Y qué mejor que una canción para capear el temporal; digo los lunes. Yo me quedo con la Milonga del solitario y su bordoneo. ¿Y ustedes? No vale decir que no saben lo que es el desamor. No vale. Porque no nos lo creemos.
“La milonga es de la pampa y el hombre de la pampa usa rollo largo para enlazar porque no tiene obstáculos; el norteño tiene piedras y por eso usa el rollo corto. Mucho lazo, galope abierto, un señor de a caballo en la pampa es un dominador del espacio, entonces cuando toma la guitarra no canta dos minutos, usa cuatro décimas, canta diez minutos porque tiene llanura y tiempo”.
“No miro mucho para atrás: he vivido cuarenta y cinco vidas en el tiempo de una sola, he pasado pobrezas, angustias, rebeliones, tristezas, humillaciones, olvidos, ingratitudes; yo mismo he sido ingrato y olvidador. Prefiero mirar para adelante. Porque detrás de mí lo único que he hecho es ir acumulando una serie de vivencias, de acontecimientos, de eso que la gente llama experiencia.
Yo tenía un amigo a quien recuerdo “muy siempre”, como decimos en el campo, un amigo que murió hace treinta años o algo parecido, el autor de ‘Los ejes de mi carreta’, Don Romildo Risso. Don Romildo me decía: “hay dos clases de viejos –él era un hombre de canas y yo un mocoso de veinticinco años– “dos clases de viejos –me decía Don Romildo Risso–: aquel que pasó la vida acumulando experiencia y aquel otro que se pasó la vida amontonando zonceras y se cree que es experiencia”.
“Lo que calla la montaña y el canto eterno del río, el fuego del horizonte y la nostalgia del frío. El milagro y la justicia del caballo y de los cardos, el gorrión y los horneros, la esperanza, el sol, el campo.
Todo eso lo sabía por tu guitarra y tu canto, don Atagualpa Yupanqui, que abriste puerta y ventana pa’ que nosotros podamos contar al mundo la patria. Ahora canto tu milonga pa’ darle gusto a mi alma, y después haré silencio. Y eso es pa’ darte las gracias”.
Yo fui vigilante de pájaros. O por lo menos fui cómplice convicto y confeso. Mi hermano C. siempre se sabía algún nido, y allá que nos íbamos los dos sin dar cuenta a nadie de nuestras andanzas. La mejor época era el inicio del estío, cuando los pajarillos tenían crías y nosotros no teníamos escuela.
La teoría de mi hermano —que iba para atisbador de aves y terminó en profesor de latín— era que si te topabas con un pájaro con cebo en el pico, había que vigilarlo de cerca, porque tarde o temprano, él solo te llevaría a su nido.
Pasamos muchas tardes observando a una pareja de lavanderas blancas, que hacen sus nidos entre los huecos de las piedras, en parajes donde el agua y las tierras de labranza no andan lejos. Las lavanderas son inquietas, menudas, pizpiretas; se las distingue enseguida porque son muy andariegas y caminan como a saltitos. A veces se las confunde con las collalbas. De hecho, nosotros las llamábamos así.
Aquellas tardes vigilando a las lavanderas blancas, que como cada verano habían hecho su nido en la desmoronada pared de una era, no muy lejos del arroyo del Manzano donde las mujeres aún bajaban a lavar, es uno de los recuerdos más felices de mi infancia.
Nos pasábamos las horas muertas viendo entrar al macho o a la hembra con alimento para sus polluelos. Los veíamos rondar su territorio, revolotear, corretear, remolonear entre las piedras: que sí, que no, que no sé yo si no me verá nadie…, para terminar penetrando como una flecha en el nido.
Y vuelta a cazar de nuevo: salían disparados. Les llevaban saltacapas, moscas —decíamos—, lombrices… Prismáticos no teníamos, claro; pero desde nuestro escondite —un desvencijado carro sin los tentemozos puestos en el que tras varios sustos morrocotudos a las pobres lavanderas aprendimos a calcular el sitio justo donde había que ubicarse para evitar que se pusiera de varas y con un ruido de mil demonios— distinguíamos perfectamente con qué manjar sorprendían a sus crías. Lo distinguíamos o lo imaginábamos. A saber. No había mucho donde elegir en la dura estepa castellana. Eran incansables. O sus polluelos unos tragones. O tenían más polluelos de los que podían mantener. A saber también.
Tuvimos con la mosca tras la oreja a la dueña de la era del castillo, que no acertaba a explicarse qué hacían por allí esos dos chiguitos a las horas de mayor chicharrina (lo del castillo no es literatura, así se llama la zona más elevada del pueblo; aunque puede que sí, porque nunca hubo castillo).
Como siempre nos sorprendía mirando a la pared, dedujo que nuestra intención era acarrear piedras y nos amenazó con que se lo iba a decir a nuestra madre. Se lo dijo. No hubo caso. Además, el carro era nuestro. Desplazado por cosechadoras y tractores, hacía ya años que se había convertido en uno de esos aperos que no sirven para nada. Salvo para vigilar pájaros… Pero ni se nos ocurrió mencionarlo. Pocos secretos eran mejor guardados entonces por un niño como revelar dónde y desde cuándo te sabías un nido.
Hasta que un buen día, los vigilados fuimos nosotros. Nunca más volvieron a anidar lavanderas blancas en la pared de la era del castillo. También eran niños quienes robaron los polluelos. Y hoy me vino aquella tristeza al escuchar esta canción. De los años que hace, ni les cuento;-)