—España ha vivido un boom económico en los últimos años que se ha materializado en la creación de auditorios y orquestas. ¿Cree que la crisis por la que atraviesa el país puede frenar esa tendencia?
—La historia de la ópera tiene más de cuatrocientos años a sus espaldas. Cuántas guerras, cuántos desastres, cuántas catástrofes habrán pasado por ella? ¡Como para que ahora llegue una crisis a a cargársela! La ópera lo superará. Los únicos teatros que se cierran son los teatros vacíos. El político que cierra un teatro que se llena pierde votos mientras que el que cierra salas vacías los gana. El teatro es como la política: se gana en el centro. El teatro debe aspirar también a ese equilibrio, siendo receptivo a las nuevas ideas pero conservando su centro.
A sus 65 años, Giancarlo del Monaco luce un aspecto casi juvenil, todo gracias a una saludable receta al alcance de muy pocos: “Mi trabajo es también mi hobby”. “Empecé cuando las grandes voces iniciaban su decadencia; he conocido toda la carrera de Domingo y ahora trabajo con la nueva generación”.
Respecto a las voces actuales, Del Monaco no ha escatimado críticas, pero cuando se le pregunta si los cantantes líricos son criaturas malcriadas y caprichosas, opta por un matiz conciliador: “La ópera es un mundo emotivo, hecho de amor y de odio. Los cantantes son eternos niños que viven de los sentimientos y de la música interpretados.
Y muchas veces la realidad y la escena se confunden, como sucede en Pagliacci. Claro que el teatro y la vida no son la misma cosa, pero sí lo son para el cantante, lo que explica que vivan en una esfera masoquista. El mundo de los cantantes es un bosque de mimosas. Hay que conocerlos. Necesitan ser bien tratados y, a veces, para su propio beneficio, maltratados también”.

