
Algunas de las películas protagonizadas por José Mojica obtuvieron gran éxito en España, Norteamérica e Hispanoamérica. A decir de la prensa española de aquellos años, especialmente “entre el género femenino”.
Entre sus films: One Mad Kiss /El precio de un beso (1930), Cuando el amor ríe /Ladrón de amor (1930), Hay que casar al príncipe (1931), La ley del harem (1931), Mi último amor (1931), El caballero de la noche (1932), El rey de los gitanos (1933), Melodía prohibida (1933), Un capitán de cosacos (1934), Las fronteras del amor (1934), La cruz y la espada (1934), El capitán aventurero (1938), La canción del milagro (1940), Melodías de América (1941), El pórtico de la gloria (1953), Yo, pecador (1959), Seguiré tus pasos (1966).
En diciembre de 1930, aún faltan trece años para que el divo José Mojica se convierta, convencido y por vocación, en el Padre José Francisco de Guadalupe Mojica. Pero aún siguió ofreciendo recitales, especialmente por la radio. Las tres últimas películas en las que interviene, ya como Fray José Mojica (El pórtico de la gloria, Yo, pecador, Seguiré tus pasos) son posteriores a su ordenación como sacerdote franciscano, en 1943. Pero las intenciones son muy otras: recaudar fondos destinados a la formación de nuevos sacerdotes, a la fundación de un seminario en Arequipa (Perú) y otras causas benéficas.
(Gracias, Nicolás, por el vídeo y las grabaciones)
El segundo testimonio sobre Mojica (frívolo, decíamos;-) El tercero y último, mañana.

Instantáneas de la estancia en Madrid de José Mojica
José Mojica, el famoso tenor mejicano y estrella primerísima de films hispanoparlantes —cuya biografía ha publicado hace poco, en estas mismas columnas, un querido compañero radicado en Los Ángeles— acaba de pasar por Madrid. Y le han limpiado los zapatos tres o cuatro veces cada día. Él miraba orgulloso el cuero reluciente, y me decía:
—En Estados Unidos no es costumbre esto de engrasar el calzado en el café…
Luego, subía a su habitación del hotel, se ponía otro par de zapatos, y bajaba de nuevo al café:
—Camarero: ¿quiere hacerme el favor de avisar al limpia?…
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Chocolate a la española. A Mojica le encanta. A Leopoldo Rosales—su amigo, más que su secretario— le entusiasma. Y mientras ellos mastican churros y más churros, yo charlo distraídamente con míster Sanders, pianista de Mojica. De pronto suelto, sin poderlo evitar, una carcajada, al ver cómo los dos mejicanos hincan el diente en los azucarillos…