Debutó en Hungría en el rol secundario de Conde Ceprano, en Rigoletto, y se integró a la Ópera Estatal en 1973. Su repertorio incluyó, entre muchos otros, los roles de Leporello (Don Giovanni), Gurnemanz (Parsifal), Rocco (Fidelio), Sarastro (La flauta mágica), Felipe II (Don Carlos), Don Basilio (El barbero de Sevilla) y Walter en Luisa Miller, Oroveso en Norma, Giorgio en I Puritani.
Además fue un prestigioso cantante de lieder. Ganó los concursos internacionales Dvorak (1971), Schumann (1974), Erkel (1975), Wolf (1980) y Pavarotti (Filadelfia, 1981).
Polgár y Brigitte Hahn, en 'Der Kreidekreis', de Zemlinsky. Zurich Opera, 2001.
El Gobierno húngaro lo premió con su distinción cultural más alta “Kossuth” (1990). Fue también profesor de canto en la Academia Franz Liszt de Budapest.
En 1991 aceptó un contrato y se trasladó a vivir a Zúrich, donde se dice que ganaba veinte veces lo que recibía en Hungría.
Su interpretación del rol protagónico en El castillo de Barba Azul, de Bartók, le valió el Premio Grammy 1999 en su grabación junto a Jessye Norman y Pierre Boulez dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Chicago.
Crónica en exclusiva en nuestra sección ‘Viva la ópera’. Nos la envía Yemapel, bien conocido por todos ustedes. Corresponde a una de las dos representaciones de Don Giovanni en Praga, Teatro de los Estados, del domingo 4 de octubre de 2009 (aún está en cartel). Las audiciones que ilustran el post son propuesta suya. Las fotografías son de su cosecha. Gracias mil, Yemapel.
Introducción
Me permito, con el plácet de su creadora, retomar esta sección que enriquece sobremanera ‘Ópera, siempre’ y que nos da la oportunidad de aportar nuestras experiencias e impresiones sobre lo que a todos nos une: la ópera. Aunque resulta desgraciadamente frecuente ese viejo aforismo que reza que ‘quien tiene tiempo, no tiene dinero y quien tiene dinero, no tiene tiempo’, quién más, quién menos va a ver alguna representación operística, un concierto o un recital.
Compartir impresiones lejos de la postura oficial, políticamente correcta (o incorrecta) con los demás foreros es, para mí, uno de los mayores atractivos de este blog. Más si cabe cuando tenemos la suerte de contar con expertos y entendidos en la materia, tanto en España como en ultramar, de donde salen desde hace unas décadas —conviene no olvidarlo—, muchas de las mejores voces del planeta. Por eso los animo a participar. Y para dar ejemplo, no de sabiduría musical ni de técnica de canto, sino sólo de iniciativa con algo de humor, recojo el hilo de esta sección, en el olvido desde hace ya año y medio.
Por qué Don Giovanni y por qué Praga
La ópera elegida es Don Giovanni. ¿La razón? Siempre ha sido y será una de mis óperas favoritas por pura nostalgia. Cuando España era fiel a sus tradiciones y no estaba americanizada, cuando se celebraba el día de Todos los Santos y no Halloween, en la tele se representaba el mito de D. Juan Tenorio en todas sus versiones.
En aquella fiesta la familia se reunía en torno a las aventuras y el castigo de D. Juan Tenorio en una noche de fantasmas que con los años acabó desapareciendo para dar paso a una velada de disfraces sin sentido. La ópera es una versión más que conocí posteriormente y que desde el principio me enganchó por su música y por los recuerdos de aquellos maravillosos y ya lejanos días.
Tenía ganas de verla en directo. Busqué por los teatros de España y nada hallé, por lo que amplié mis horizontes. Y así fue como encontré mi destino final: Praga. No tiene el ‘glamour’ musical de otras ciudades pero sí algo que la hace especial: aquí fue donde se estrenó dicha ópera en octubre de 1787, cuando a Mozart se la encargaron tras el éxito de Las bodas de Fígaro. No lo pensé más.
Y no sólo resultaba especial por ser en la capital checa, bella donde las haya, despojada de la multitud de turistas veraniegos que la hacen tan agobiante. Es que además el escenario donde se representaba era el Teatro de los Estados, precisamente donde tuvo lugar la ‘premier’. Un edificio varias veces destruido y reconstruido, olvidado y recuperado, renombrado y restaurado, hasta dejarle su aspecto original. No tendrá el carisma de otros coliseos pero despide un aroma dieciochesco perfecto para esta obra, con sus tabiques de madera envejecida color pastel. Un edificio vivo, que habla mediante crujidos.
En Praga hay gran afición a la música. Mientras en España a un chaval se le regala un balón de fútbol, allí se le da un violín. Basta pasear un poco para que te ofrezcan a precio asequible conciertos en iglesias o en casas señoriales, tocados por músicos anónimos que viven de otra profesión.
La entrada que cogí por Internet me costó 700 coronas, es decir, unos 28€… ¡y estaba en la segunda fila del patio de butacas! Podría decir que me senté en la misma localidad que ocuparon Mozart o Casanova, hace 222 años. ¿Cómo no van a amar la música si tienen fácil acceso? De acuerdo que los salarios son más bajos… pero el teatro estaba lleno. Y mucha gente joven. Elegantemente vestida.
La función era a las dos, porque la de las siete se me antojaba algo tardía. Sí, sí, ¡hay dos funciones diarias! Los subtítulos están en indescifrable checo y en inglés. Un buen detalle.
Escenografía
El teatro, pequeño pero coqueto, aprovecha al máximo el espacio del que dispone. En los dos primeros pisos del proscenio han colocado unas escalinatas que terminan en balcones, lo cual le permite añadir a la escena principal otras dos suplementarias. Así resultan más creíbles los momentos (y en Mozart hay muchos) en los que algún personaje murmura frases que no deben oír los demás. En vez de estar en el mismo plano, se reparten en dos o tres distintos.