El pasado 13 de enero falleció en su residencia de Piamonte, el bajo barítono italiano Wladimiro Ganzarolli. Descanse en paz.
“A lo largo de su dilatada carrera actuó en los más importantes coliseos operísticos de Europa y América, representando papeles tan significativos como los de Leporello, Scarpia, Escamillo, Lescaut o Falstaff. Asimismo realizó numerosas grabaciones para los sellos discográficos más importantes. Estaba casado con la intendente del Palau de les Arts Reina Sofía, Helga Schmidt”.
Justo Romero
“Ganzarolli contaba 78 años —los cumplió el pasado 9 de enero— y era uno de los cantantes más versátiles y completos de su gran generación. Belcantista reconocido y mozartiano cuando casi nadie interpretaba al genio de Salzburgo, su poderosa voz de auténtico barítono triunfó en los mejores teatros del mundo. Desde su debú en el Teatro alla Scala fue, durante decenios, uno de los cantantes favoritos del exigente público escalígero, al que brindó los papeles de Fígaro, Leporello, Guglielmo, Méphistophélès, Dulcamara, Ali Baba, Cardillac, Sulpice o Nevers. (…)
Fue particularmente aclamado por el cálido público del Teatro Colón de Buenos Aires, donde triunfó con óperas como La italiana en Argel, I quatro rusteghi, Las bodas de Fígaro o Guillermo Tell. También participó asiduamente en el Festival de Aix-en-Provence, donde formó una pareja emblemática con Teresa Berganza, hasta el punto de que en medios musicales se referían a este famoso festival como Festival BerGanzarolli”.
“Todavía hay quien se sorprende cuando escucha una voz propia de una mujer en un hombre de pelo en pecho, pero los contratenores ya invaden los escenarios del mundo. Max Emanuel Cencic no es uno más; parecía estar predestinado a rememorar a los castrati cuando con sólo seis años cantó como solista delante del público y también en los años que pasó como Niño Cantor de Viena. Hoy en día es uno de los imprescindibles. Cantará con Plácido Domingo en el Liceu y hoy lo hará en Donostia junto a la agrupación Moderntimes_1800 para recordar a uno de los más famosos castrati de la época, Caffarelli”.
—¿Cuándo y por qué decidió ser contratenor y no cantar con otro tipo de voz?
—Nunca lo decidí y de hecho, yo no quería ser cantante de ópera. Me eduqué en colegios muy conservadores y mi visión de la vida no era para nada la de un artista. Pero poco a poco, cuando vi que mi voz de soprano no variaba, me di cuenta de que no podía seguir llamándome niño soprano con 19 años, así que con 20 pasé a autodenominarme soprano masculino. Después, tras dejar de cantar durante dos años, decidí volver a hacerlo y mi voz de tenor era tan pobre que no me gustaba cantar así. Decidí trabajar mi voz más en el registro de alto (más grave) y empecé gradualmente una carrera como contratenor.
—¿Cree que ser contratenor implica interpretar un repertorio concreto?
—Sí, los originalmente escrito para los castrati. Éste es el único repertorio que un contratenor puede reivindicar como propio. Además está, por supuesto, la música contemporánea, en la que la voz de contratenor se ha hecho imprescindible. Y hay también varios roles que hoy en día están siendo más abordados por los contratenores como ‘Orlowsky’ en El Murciélago de Strauss y otros personajes de operetas.
—¿Es este tipo de repertorio su preferido?
—Me encanta el barroco y el clásico. A menudo me encuentro enfrentado a comentarios como “el lied alemán no está escrito para un contratenor” o “Rossini no puede ser cantado por un contratenor”. Creo que tengo fama como músico osado que rompe tabús e interpreta repertorios por los que los puristas te excomulgarían. Estoy orgulloso de haberme atrevido a cantar Rossini y de tener éxito con ello. Romper barreras es mi obsesión, mi principio de todo. Ello implica, claro está, trabajar duramente mi técnica para ser capaz de cantar muchas cosas que hasta ahora se han considerado incantables por un contratenor. Además, quiero también romper los tópicos que tiene el público sobre los contratenores.
Otra entrevista del fondo del mar (menos profundo). En esta ocasión, del barítono ruso Hvorostovsky, publicada en La Vanguardia en enero de 1993, en vísperas del recital que ofreció por esas fechas en el Liceo de Barcelona.
Desde niño soñó con ser cantante, pero no barítono, sino tenor. “El problema es que los papeles de los barítonos no son los de los héroes”. Y afirmaba, rotundo, cuatro años después, en enero de 1997: “habría muerto si no hubiera podido ser cantante”.
¿Todos los cantantes que surgen del frío son así de exagerados?;-)
[Antes de escuchar el vídeo, bajen el volumen porque los aplausos son atronadores]
“Se llama Dmitri Hvorostovsky, tiene sólo 30 años y los críticos le saludan como una de los cantantes más destacables de las nuevas generaciones. Mañana, a las 21 horas, intentará demostrarlo en el Gran Teatre del Liceu —donde ya obtuvo una buena acogida en abril de 1991 gracias a su papel de Silvio en Plagiacci—, con un recital en el que estará acompañado por el pianista moscovita Mikhail Arkadiev. En el programa, canciones y arias de ópera de autores como Handel, Scarlatti, Rossini, Bellini y Antón Rubinstein”.
Marino Rodríguez
—Hasta hace muy poco era usted un perfecto desconocido y ahora los críticos le colman de elogios y los teatros de ópera se lo disputan. ¿No le parece estar viviendo un sueño?
—No, no es ningún sueño. Soñaba mucho cuando era niño, pero soñaba con ser un tenor. Así que mi sueño no se está haciendo realidad porque desgraciadamente no soy un tenor, ni podré serlo porque mis cuerdas vocales son de barítono. También quería ser escultor y tampoco he podido serlo. Todo es muy real. Simplemente trato de que la gente entienda lo que hago.
—¿No es injusto que sean los tenores los que se llevan toda la fama?
—Desafortunadamente es así. El problema es que los papeles de los barítonos no son los de los héroes. Para compensarlo trato de incluir música heroica en mis recitales, je, je, je.
—Entonces los que han sido injustos con los barítonos han sido los compositores, por no escribir mejores papeles para ellos.
—Je, je, je. ¡Tal vez!
—¿Le ha resultado duro llegar a donde está ahora?
—No especialmente. Fue todo muy natural. Comencé cantando en un coro a los 7 años, luego inicié estudios de piano, más tarde dirigí aquel coro. A los 20 años comencé los estudios superiores de canto… Mi padre sintió una gran decepción cuando comprobó que yo no sería pianista. Tuve una profesora un tanto estúpida que no fomentó mis dotes para el piano. Pero no perdí el interés por la música, que siempre ha sido mi principal afición. Mi padre, que era ingeniero químico, tocaba muy bien el piano y cantaba. Podría haber sido un gran cantante.
—En su último disco interpreta canciones populares rusas. ¿Qué les diría a quienes critican que los cantantes de ópera interpreten música popular? —Cada uno debe hacer lo que siente. Yo deseo dar a conocer esas canciones porque considero que son preciosas. También les diría que hay canciones populares que están muy por encima de algunas óperas.
—¿Cómo fue su primera experiencia en el Liceu, cuando participó en Plagiaci?
—Creo que tuve bastante éxito. Estoy muy agradecido a todo el reparto de aquel montaje, especialmente a Giuseppe Giacomini, que me dio un gran apoyo.
—¿Cómo está afectando al mundo de la ópera en Rusia la situación política y económica por la que atraviesa el país?
—Mi país está viviendo una época muy interesante porque se está abriendo al resto del mundo. Es un momento muy difícil pero muy interesante. De Rusia han surgido y siguen surgiendo en la actualidad grandes voces, pero la situación económica está afectando muy severamente a las compañías y a los teatros, de tal forma que prácticamente todos los grandes cantantes han abandonado el país. El célebre teatro Bolshoi, pongamos por ejemplo, está hoy muy lejos de lo que fue ya que funciona con lo que eran entonces los artistas de segundo plano.
—Me da la impresión de que en Rusia no podrían pagarle su ‘caché’ actual.
—Así es, pero yo suelo actuar gratis en Rusia o si cobro lo hago muy por debajo de mi cotización y destino ese dinero a las escuelas infantiles del país. Es mi manera de ser. Lo hago porque sé que hay mucha gente que quiere verme cantar y hace colas durante horas ante los teatros donde actúo. De todas formas no soy el único artista ruso que actúa gratis en nuestro país.
—¿Qué espera del recital de mañana?
—Me apetece mucho realizar este recital porque el Liceu es un teatro muy bello y de buena acústica. Espero gustarle al público todavía más que cuando canté Plagiacci.
El barítono que surgió del frío
“¿Qué temperatura hay ahora donde nació?”. “Je, je, je. Una media de 20 grados bajo cero”. No hay que darle más vueltas. Dmitri Hvorostovsky es el barítono que surgió del frío.
Vino al mundo en 1962 en la ciudad de Krasnoyarsk, en la Siberia Central, donde hizo todo su aprendizaje y donde comenzó su carrera de cantante como solista del teatro municipal de ópera. En 1988 sale por primera vez de Rusia para participar en un concurso de canto en Toulousse. Lo gana. Al año siguiente hace lo propio con el concurso de la BBC. Y de ahí a la fama. Recitales en Nueva York, Londres, Salzburgo, París… Y titulares como estos: “Llegó, cantó y venció” (The Times), “Hvorostovsky sobrepasó todas las expectativas” (Washington Post).
Ha grabado ya tres discos, uno con romanzas de Rachmaninoff y Chaikovsky, otro con arias de óperas de Verdi y Chaikovsky y el último con canciones populares rusas”.
“El triunfo más absoluto lo logró Giuseppe Giacomini, cuya voz vibrante y limpia, con los más intensos y espléndidos agudos, hizo estallar al público en bravos, especialmente después de su aria final del primer acto. Lástima que es poco actor y no se vio motivado por la producción a interpretar a su personaje más allá de sus actitudes de abatimiento.
Ana María González fue una ‘Nedda’ delicada, frágil y de voz nítida, con un registro alto de superior calidad; su dúo de amor con el espléndido barítono ruso Hvorostovsky fue el momento de mayor calidad de toda la representación, de esos que se recuerdan largo tiempo. Hvorostovsky fue el encargado de cantar el prólogo, con los agudos tradicionales, y funcionó con una voz clara y agradable y una potencia razonable“.
Y luego dice Hvorostovsky que todo se lo llevan los tenores…;-)
“Mi segunda petición será la invitación a nuestra portada de uno de los vídeos de Damrau que nuestra recordada Lillith (a la que añoramos) tiene colgado en el olimpo”.
“Ahora una mezzo dramática de auténtica raza, la brava cantante norteamericana GraceBumbry como princesa de Eboli, una de sus máximas creaciones, y concretamente propongo que la escuchemos en la segunda de sus arias, la temible en verdad O don fatale, o don crudel”.
“Y ya por último, no podía faltar, claro está, Rossini; una monodosis suya tomada de la deliciosa obra L’italiana in Algeri, la cavatina ‘Cruda sorte! Amor tiranno!’ (pongamos que en la notable interpretación que de ella siempre hizo la Berganza)”.
“Mi voz es [...] la parte más importante de mi vida, es lo que más quiero, es lo que más satisfacciones me da, y es la que me hace más sufrir también”.
“Los alemanes han dicho ‘no sabemos si es que tiene la técnica más perfecta o es que canta tan natural que es así, desde que ha nacido’. No, yo canto con una técnica, tengo una voz. Y creo que hay voces muy bonitas, muy hermosas, pero cuando no tienen técnica, cuando no hay una técnica para mantener esa voz, se nota y se siente, y sobre todo se nota a través de los años”.
“Mozart fue mi primera pasión en el canto, puesto que la primera aria que aprendí cuando empecé a aprender canto fue el Voi che sapete de Las bodas de Fígaro, el Cherubino”.
[Orquesta Sinfónica de Londres. Dirige: Claudio Abbado]
“Rossini pedía unas agilidades, un color de voz [...], un color redondo para hacer esas agilidades, y yo tenía ese color y tenía esas agilidades. Esas agilidades no las tenía, esas agilidades son parte de la técnica de canto”.
“Yo creo que a Rossini le hubiera encantado conocerme; a mí me hubiera encantado conocer a Rossini, porque pienso que hubiera escrito, como se hacía en la época, óperas para mí”.
“Yo encuentro que la mujer gitana, y gitana española, no sé, es una mujer como muy encerrada en sí misma. Y esta Carmen que he hecho yo… Yo no he hecho nada de especial en esta Carmen, no he hecho más que sé leer música y he leído muy bien esta partitura, y creo que he sido fiel a ella”.
“A la zarzuela hay que darla su importancia y su categoría y su nivel. Yo la he llevado por todo el mundo. Incluso he llegado a cantarla con una orquesta china, que me costó muchísimo, muchísimo, explicarles lo que era un chotis, porque o iban muy deprisa o iban muy despacio. Y entonces [ríe], le cogí al director y le dije ‘Venga, muy cerca de mí, agárreme, y a ver cómo marca usted este ritmo en un cuadrado así: ta, ta, tri/ ta, ta, tri/ ta, ti, ta/ ti, ri’. Y el chino lo bailó”.
He escuchado este suave vientecillo tantas veces a lo largo de las últimas semanas mientras viajaba de Madrid a Burgos, y viceversa, que casi me lo sé de memoria. Al principio tuve que bajar el volumen. Uf. No. Menos mal. El ruido no provenía del motor del coche: era el mismísimo CD que imploraba clemencia a tantas vueltas y revueltas;-)
Intenté adivinar sobre la marcha quién cantaba. Y aposté conmigo misma por la Janowitz. No hubo premio, claro. Además, de la otra soprano no tenía ni idea de quién se trataba. Y tiene delito, porque ya la tenemos en casa.
Clara y rotunda, pero sin afectación ni divismos. Barbara Hendricks, cantante de ópera, activista en pro de la paz y Premio Príncipe de Asturias de las Artes en el año 2000, confiesa que está “muy emocionada” ante el concierto que dará el día 22 en el Palacio Valdés de la mano del Centro Niemeyer. La soprano habló ayer para La Voz de Avilés y dio su visión de una carrera que cumple este año treinta y cinco años de trayectoria sobre el escenario. “La música es la forma que tengo de expresarme, y lo ocurrido hasta ahora me llena de satisfacción”, asegura.
—¿Cómo se siente ante su nueva visita a Asturias?
—Me hace muy feliz volver. Desde el Premio Príncipe de Asturias he procurado visitar la región, y lo he hecho unas cinco veces. Sigo maravillándome ante un lugar tan verde y tan tranquilo.
—¿Qué recuerdos tiene de aquella visita, y de España en general?
—Que me concediesen el Premio de las Artes fue un gran honor. Y compartir la presencia con los premiados en las otras categorías, en un galardón tan importante, es un recuerdo imborrable. Siempre se me ha dispensado un trato excelente en España, y estoy muy agradecida por ello.
—¿Qué puede decir del repertorio que va a abordar en el concierto avilesino?
—Los autores de estas piezas siempre me han emocionado. Tanto Schubert y Poulenc como Mahler o Falla me llegan muy hondo, y es un placer cantar estas composiciones. Me acompañará Love Derwinger al piano, y el repertorio, como siempre, lo he elegido yo, por todo lo que significa para mí. Realmente, necesito cantar obras que me emocionen. Eso es esencial para comunicar.
—¿Conoce la importancia del Centro Niemeyer?
—Estoy segura de que el futuro lo convertirá en una referencia cultural, y eso es siempre positivo.
—Usted tiene un extenso currículum como cantante, pero en un principio se decantó por estudiar ciencias. ¿Qué le llevó a dedicarse a la ópera?
—Si le digo la verdad, no lo sé (risas). Yo estudié matemáticas y química, pero el escenario me atrajo con muchísima fuerza. Quise probar si tenía talento, y al final me acabé dedicando a cantar. La música me eligió a mí, y no al revés. Y no lo pude evitar. No fue una opción, sino una vocación a la que no pude oponerme. No sé si ha sido un error (risas).
—Su gran especialidad son Mozart y Brahms. ¿En qué obras ha dado lo mejor de sí misma?
—Realmente, me entrego por igual en todo lo que hago. Es cierto que La flauta mágica cosechó mucho éxito, pero no podría decidirme por una obra concreta. Hay tantos autores maravillosos… Mozart es muy cercano a mis sentimientos, pero a mí me gustan todos los papeles que he hecho. Es como escoger entre tus propios hijos. Nunca podría decantarme por uno solo.
—¿Qué ha supuesto para su carrera actuar bajo las órdenes de Karajan, Bernstein o Zubin Metha?
—Un orgullo, desde luego, y un lujo que no olvidaré jamás. Lo más importante es lo que aprendí de ellos. La experiencia con Bernstein fue de las más bellas, tanto por su exigencia como por su humildad. Y de Karajan ¿qué puedo decir? Ha sido el mejor director, lo que hizo por la música es irrepetible. Yo he tenido el honor de trabajar con los más grandes directores del siglo, como fueron ellos dos y Giulini.
—También recibió clases de la diva por excelencia, María Callas. ¿Qué recuerda de ella?
—Bueno, es un recuerdo extraño. Ella era una excelente intérprete, lo que ocurre es que aquellas clases, además de alumnos, tenían público, y eso nos ponía un poco nerviosos a todos. Creo que Callas no estaba cómoda, y no era una profesora al uso. Lo considero algo interesantísimo, y ella tenía una personalidad fascinante. Además de ser, como usted ha dicho, la Diva, con mayúsculas.
—No es usual que una soprano dé un giro como el suyo, actuando en el Festival de Jazz de Montreaux de 1994. ¿A qué se debió ese golpe de timón?
—Bueno, yo nací en Arkansas, y el jazz, el blues y los espirituales es la música de mi niñez. Realmente, no es tan extraño que hiciese ese repertorio. Hubo críticas muy positivas, aunque otras dijeron que era bajar de nivel. Yo creo que las críticas no deben afectar a un artista, y asumir riesgos es necesario para cualquier carrera musical. Si la crítica es constructiva, se puede y se debe admitir, pero también es cierto que hay que seguir el instinto y hacer lo que uno cree.