“Estos acordes pertenecen a una vieja canción tradicional que allá hace muchos años encontré en la zona Caribe, en la frontera de Venezuela y Colombia. La cantaba una mujer de color. La aprendí, me encantó, y la caminé por el mundo.
Mucha gente me la adjudica. Honor hubiera sido para mí que fuera mía, pero no lo es. Es mía en cuanto a lo que tenga de sensibilidad mi corazón de cosas receptivas. Es un tema anónimo, plural, folclórico. Es de ellos: de la gente morena de esa zona, frontera Venezuela-Colombia.
El tema es la madre que deja a su niño porque se va al cafetal a trabajar, y deja a su niño en manos de una mujer, de una vecina, hermana de ella en el color, en el destino, en la vida.
Y entonces le dice que se duerma, le pide que se duerma al niño la vecina, y le ofrece, le promete, que la madre ha de traerle cosas que todo niño negro quisiera gustar, comer, probar. Pero de adónde; a veces no se puede, la vida tiene otras letras, otra condición.
Le ofrece codornices, dos dólares la yunta: no puede ser. Carne de cerdo, tampoco: no puede ser. En fin. Como toda canción de cuna pisa la tierra y es un poco metafísica. Duerme negrito se llama”.
Nicolás Camilo: “Todo está bién… Pero la canción, a pesar de esta bella historia de Atahualpa, tiene dueño…. Sí!… La canción pertenece al músico cubano Ignacio Villa, más conocido como Bola de Nieve.
Dicen que no nos queremos
porque no nos ven hablar;
a tu corazón y al mío
se lo pueden preguntar.
Dicen que no nos queremos
porque no nos ven hablar.
Ya me despido de ti,
de tu casa y tu ventana
y aunque no quiera tu madre,
adiós, niña, hasta mañana.
Adiós, niña, hasta mañana.
Ya me despido de ti
aunque no quiera tu madre.