“Con un repertorio en homenaje a Carlos Gardel, el tenor granadino José Manuel Zapata abre esta noche el Fex, a las 22.30 horas en el Palacio de los Córdova, con las invitaciones ya agotadas. Lo hará acompañado de un quinteto (guitarra, contrabajo, piano, bandoneón y violín) y con la ilusión de cantar ante la gente que quiere”.
Inés Gallastegui
—En enero de 2008 tocó el cielo en su debut en el Metropolitan de Nueva York. Su carrera desde entonces, ¿ha estado a la altura de aquel hito?
—Sí. He cantado en muchos teatros muy importantes y quizá el cielo lo he tocado ahora de verdad en la ‘Armida’ de Renée Fleming, que es la diva del Metropolitan, porque era una nueva producción, iba más preparado y más tranquilo, conociendo mucho más la ciudad, a la gente… Ha sido genial. He estado tres meses. En Estados Unidos hay un mes y medio sólo de ensayos y las funciones son muy espaciadas. Esta obra tiene la particularidad de que la hacen seis tenores y una soprano, y las críticas han sido muy buenas, sobre todo para los integrantes masculinos. Yo he hecho de Gernando.
—Tiene un compromiso en La Scala de Milán, que hasta ahora se le había resistido…
—Es en octubre y noviembre de 2011, para El caballero de la rosa. Había tenido dos intentonas. La primera fue en 2003; después de debutar en el Festival de Granada con Juana de Arco en la hoguera, fui a audicionar y me contrataron para hacer el estreno de la temporada con Moisés y el Faraón de Rossini. Pero tuve un problema de salud y no pude ir. Después me llamaron para hacer El barbero de Sevilla, pero estaba ocupado. Y esta vez, si no se gafa, estaré allí cantando…
—¿Le hace especial ilusión?
—No me obsesiona. El teatro donde yo soñaba con cantar era el Metropolitan de Nueva York desde que vi La bohème en mi viaje de novios. La Scala, más que ilusión, da miedo, por lo duros que son la crítica y los espectadores. Allí han abucheado a gente como Pavarotti o Montserrat Caballé, que no se han atrevido nunca a cantar ciertos papeles míticos.
—Alguna vez ha comentado que el público americano es más cariñoso y espontáneo que el europeo…
—Es una paradoja: uno cree que el público latino se da más, pero en el mundo de la ópera no es así. El público latino va a juzgar al cantante, va con prejuicios. Es una pena. En el mundo anglosajón, en Centro Europa, en Francia, la ópera es como cualquier otro espectáculo: la gente se ríe, lo pasa bien, aplaude y, si no le gusta, lo manifiesta también. En España menos que en Italia, pero también hay muchos talibanes de la ópera que tienen la grabación del año 1935 en la que Miguel Fleta hace un ‘do’ de 11 segundos, y si llega otro que no lo hace… Somos esclavos de las tradiciones. Rayar tanto la perfección es un estrés.
La mia letizia infondere Vorrei nel suo bel core;
Vorrei destar coi palpiti Del mio beato amore
Tante armonie nell’etere,
Quanti pianeti egli ha;
Ir seco al cielo ed ergermi
Dove mortal non va!
“Ha sido uno de los más grandes Radamés de los años 70 y 80. Excelente intérprete verdiano, Gianfranco Cecchele ha representado en la cuerda de tenor a la escuela ‘delmonachiana’ con humildad y éxito”.
—Quale è stato il momento più bello della sua carriera?
—Beh, diciamo che ho avuto delle grandi soddisfazioni come cantare a fianco della Callas in una Norma a Parigi nel ‘65. E poi anche il debutto con Otello che è la mia opera preferita, è stato per me un grande traguardo che mi ha dato tante soddisfazioni.
Montserrat Caballé, Cecchele y Manuguerra en el Otello del Campoamor
Antonio Fernández-Cid
Y vamos con las tres figuras. Es indudable que el interés máximo se centraba en Montserrat Caballé, cuya condición de cantante admirable no vamos a descubrir. Quizá actuó con un cierto apagamiento en los dos primeros actos, sobre todo, con una sensación de cansancio vocal —¿físico?—.
En el tercero hubo momentos en los que la voz sonó plena, potente, redonda y bella. En el cuarto, sobre todo en la ‘Canción del sauce’, volvió por sus fueros con dulzuras, filados y matices dignos de su clase. Pudo afirmarse, con bien distinto sentido, [lo] que ‘Yago’ ante el cuerpo en tierra de Otello: ‘Ecco il Leone’.
El tremendo papel de Otello exige voces que casi no existen hoy por el mundo. No corresponde a ese grupo heroico, de timbre oscuro y ancho volumen, la de Giancarlo Cecchele.
Una vez dicho esto cabe afirmar que cantó magníficamente su parte, sin vacilación, sin reservas, con facultades, calidad y valentía y que vivió el personaje con acierto. Para mí ha sido la intervención más redonda que le he contemplado, sin perjuicio de aceptar esa condición de origen.
Mateo Manuguerra brilló con su tan noble clase de barítono, esta vez sin catarros ni problemas respiratorios. Vocalmente es un muy buen ‘Yago’. Creo que le falta mayor sutileza e intención para el taimado personaje que desencadena el drama.
La representación discurrió entre aplausos, quizá menos calurosos que en las noches anteriores, aunque la dosis fue incrementada al final.
26 de abril de 2010. Presentación del nuevo CD de Flórez en Madrid
I puritani en el Real: aplausos para Diego Flórez; bravos para Eglise Gutiérrez
“Vocalmente el tenor ha estado tan sublime como suele estarlo aunque tampoco se ha entregado o así lo ha entendido el público, que ha premiado ’sólo’ con aplausos al peruano durante la representación, y unos ralos ‘bravos’ cuando ha salido a saludar, acostumbrado en este coliseo a verdaderos desbordamientos de entusiasmo”
Las cancelaciones de última hora y los nuevos talentos
“Casi todos los cantantes saltan a la fama con ocasión de una sustitución. Es el ciclo vital de la ópera. Pavarotti sustituyó a Di Stefano y Ramón Vargas se hizo un nombre como el Rodolfo que no pudo encarnar Luciano”.
Lauri-Volpi como Enzo en La Gioconda. Buenos Aires, 1927.
Sitúense, por favor, en el kilómetro cero. Quienes ya hayan aprendido a apreciar la voz de Lauri-Volpi en su justa medida, o estén en camino, pueden ubicarse en el 100;-)
El tiempo apremia y es muy largo de explicar. No; nada que ver con la madrileña Puerta del Sol;-) Lo entenderán a la primera si se dan un garbeo por los comentarios.
De la voz de Volpi hemos hablado más veces. Sin ir más lejos, aquí mismito. Entre versos y risas, que de todo hay en la viña de este blog.
Sobre el vibrato del tenor, precisaba ayer Mefisto (a las 6:18):
“Un vibrato típico de la escuela de canto del 1800, que él tanto defendía. Sostenía que la voz cantada tenía una extensión de tres octavas como la requerida para el primer repertorio de esa época, y que nunca se debía ‘fabricar’ el sonido para darle más armónicos graves de los que la posición descendida y relajada de la laringe podía otorgar.
Igualmente ese vibrato no lo escuchas en otras arias como ‘Cielo e mar’ de la Gioconda….;-)
Sobre el color de su voz… puede gustarnos más o menos. No creo que sea particularmente bella, al menos en grabación, aunque Toscanini no opinara lo mismo, aun siendo un ‘enemigo jurado’ del tenor. Pero no se le puede negar lo magnífico de su voz.
Magnífica en todo, hasta para cantar ‘Nessun dorma’ a sus 80″.
Cielo! e mar! L’etereo velo
splende come un santo altar.
L’angiol mio verrà dal cielo?
L’angiol mio verrà dal mare?
Qui l’attendo; ardente spira
oggi il vento dell’amor.
Ah! quell’uom che vi sospira
vi conquide, o sogni d’or!…
Per l’aura fonda
non appar né suol né monte.
L’orizzonte bacia l’onda!
l’onda bacia l’orizzonte!
Qui nell’ombra, ov’io mi giacio
coll’anelito del cor, vieni, o donna,
vieni al bacio della vita,
si della vita e dell’amor… Ah! vien!…
Seguro que Mefisto nos brinda un comentario de esos cortitos cuando no tiene tiempo;-)
“Marcelo Álvarez (Córdoba, 1962) se encuentra en plena mutación canora. La evolución vocal le había conducido del repertorio belcantista a la dimensión de tenor lírico puro, aunque sus incursiones en Carmen y en Il Trovatore sobrentienden un nuevo salto cualitativo. De otro modo no se hubiera atrevido a estrenar en la ópera de Parísel papel protagonista de Andrea Chénier de Umberto Giordano. El acontecimiento se produce el jueves e interesa a los aficionados del Teatro Real, puesto que el tenor argentino, primera figura del escalafón, acudirá a cantarlo a Madrid el próximo mes de febrero y tomando como referencia escénica la fastuosa producción que Giancarlo del Monaco, hijo del tenorísimo que dio gloria a Chénier en los años cincuenta, ha concebido para el escenario de La Bastilla”.
Rubén Amón
—¿Se ha convertido usted en un tenor spinto?
—Quiero aclarar que no canto ningún papel que no pueda permitirme. Tiende a pensarse que Chénier, como el Trovador, requieren voces oscuras y poderosas, pero mi impresión es que pueden abordarse con pulcritud, atención al fraseo, cuidado en los matices y escrúpulo en la línea de canto. Soy consciente de que algunos melómanos se vienen al teatro con las grabaciones de Corelli y de Mario del Monaco en los oídos.
Respeto mucho a los dos tenores, pero creo que Chénier, como las óperas de Verdi, invitan a una prestación completa. Me refiero a la dicción, a la atención de la palabra, a la paleta de colores con que se concibe el papel. Puede que mi agudo no sea tan squillante como el de Corelli ni tan poderoso como el de Del Monaco, pero sí pienso que aporto al personaje una visión válida, seria, total. Una manera de afrontar la ópera que siento está más cerca de la intención del compositor.
—Es cierto, en todo caso, que usted ha entrado en un nuevo territorio. Los precedentes de Carmen y del Trovatore le han abierto las puertas a papeles ‘di forza’. Y dentro de poco va a cantar también sus primeras Aida y Forza del destino.
—Se trata de una evolución. Razonable y hasta me atrevería a decir física. Mis cuerdas vocales comenzaban a sentirse incómodas, tensas, cuando afrontaba el repertorio belcantista y algún que otro papel lírico. No es arbitrario ponerme a cantar Carmen ni es un capricho hacer Chénier. Detrás está la opinión de los médicos que tratan mi instrumento, el consejo de mis maestros y la convicción personal.
La prueba está en que me han venido a reclamar los grandes teatros. He hecho en la ópera todo lo que quería hacer. Podría retirarme tranquilo. Mi carrera se ha disparado por encima de cuanto yo podía imaginar. Menciono todas estas razones para explicar que no me hace falta cantar Chénier. No hay una necesidad especulativa ni una ambición, sino una evolución.
Andrés Veramendi como Mario Cavaradossi en 'Tosca'. Lima, 2008.
La carrera artística del tenor peruano Andrés Veramendi no es aún muy extensa. Muy joven, con buena voz; es consciente de que ha elegido una profesión en la que el público siempre pone nota y en la que nunca se termina de aprender. Prefiere la ópera, pero no descarta la zarzuela y el recital.
Soltero. Aún no tiene hijos. Sencillo, cordial, trabajador. Empeño e ilusión no le faltan por forjarse un porvenir en el escenario lírico internacional. “A los divos hay que dejarlos en la primera mitad del siglo XX”, asegura.
–Leo en en YouTube: “Soy un Tenor Peruano que intenta salir adelante en este mundo tan complicado…”. ¿Por qué es complicado salir adelante en ese mundo tan complicado?
–Sí, mire… Toda actividad artística es de por sí compleja, ante todo porque se trata de arte, lo cual significa tener que regirse por patrones estéticos que demandan mucha dedicación, especialización, sacrificios personales, concentración y, en general, una disposición psicológica y física que no se demanda ni se espera de personas que trabajan en otras profesiones y oficios, pero sí a los artistas.
Yo soy un cantante lírico y la dedicación y esfuerzo que hago para sacar adelante mi carrera me llevan a decir que este mundo del canto lírico es complicado. Pero no lo digo como queja sino como constatación de la realidad que he escogido vivir.
–¿Considera que la Red es un excelente medio de promoción para un cantante?
–Sí, definitivamente es un excelente medio para hacernos conocidos y también para una mayor divulgación de nuestro arte.
–¿Cuándo decidió dedicarse a cantar profesionalmente?
–Tenía 16 años cuando tuve que escoger entre estudiar Derecho, que es lo que de algún modo sugería mi familia, y el canto, que es lo que a mí me gustaba. La decisión fue facilitada por los consejos de quienes habiéndome escuchado me alentaban para estudiar canto.
–¿Su debut oficial?
–Fue un poco apresurado y fruto de esas circunstancias escénicas que a veces suceden. Se estrenaba en Lima la zarzuela Los Gavilanes; el tenor se enfermó la víspera y el director del coro –pues yo simplemente formaba parte del coro– dijo: “Hay un chico del coro que puede hacerlo”. Hubo una audición, me escogieron, y con 18 años y muerto de susto debuté. El público me aplaudió mucho, pero ahora estoy convencido de que lo que más aplaudieron fue mi audacia.
–¿Cómo definiría su voz?
–Pues… De acuerdo a los estándares, soy un tenor lírico. Se trata de una voz con brillo muy timbrada.
–Entre las personas que le alentaron o ayudaron en su carrera, ¿de quién no se olvidará nunca?
–Hay muchas personas y sería injusto dejar de mencionar algunas, pero afectivamente quiero agradecerle a todos los que me han ayudado en la persona de una cantante que fue mi primera maestra en España, y que ya no está con nosotros. Me refiero a ÁngelesChamorro. Ella me acogió con mucho cariño y desinterés y me ayudó a entender lo exigente que era prepararse para ser un buen cantante.
–Isabel Penagos, Ángeles Chamorro, Vittorio Terranova, Pedro Lavirgen, Ernesto Palacios, Enrique Ricci…: ¿qué es lo más importante que le han aportado cada uno de sus maestros?
–Primero, amar el canto; segundo, buscar permanentemente igualar los sonidos sin forzar –de esta manera se adquiere una buena línea de canto que, por ende, produce el cantar bien–; asumir el repertorio que corresponda a mi edad y a mi evolucion vocal. No caer en el error de buscar algo artificial, ortopédico, por decirlo de algún modo. Es decir, buscar siempre la naturalidad del canto reforzada con la técnica. Todos ellos han insistido, y les estoy agradecido por ello, en que debo trabajar mucho y trabajar siempre la técnica.
–¿Con quién completa su formación en la actualidad?
–Desde 2005, con mi maestra IsabelPenagos preparo todas mis obras. Gracias a ella estoy solidificando la parte técnica de mi canto y, por ende, la musical e interpretativa. Ella es muy exigente en cómo debo abordar mi repertorio y en verdad le debo mucho, sobre todo en estos últimos tres años de mi carrera. Tambien trabajo desde hace dos años repertorio con Enrique Ricci en Barcelona y recibo consejos técnicos e interpretativos de Ernesto Palacio.
–¿Le parece España un buen lugar para vivir?
Resido en Madrid desde el año 2001. España es un país muy bello y estoy contento de vivir aquí.
–¿Es más exigente el público por estos lares?
–En general, el público con mayor conocimiento sobre lírica es más observador y exigente. Como en todos lados, el oído de la persona habituado a escuchar música clásica suele ser más refinado y, por tanto, más exigente también.
Nessun dorma. Orquesta del Teatro Lírico Nacional de Donetks (Ucrania)
–Domingo, Flórez, Álvarez, Alagna: ¿el orden en que los cita coincide con su orden de preferencia?
–No.
–¿Quién considera que es en la actualidad el tenor más importante?
–Pregunta difícil, porque creo que va siempre ligada a los gustos personales. Pero depende. Entre el repertorio belcantista, sin duda, Juan Diego Flórez; y en el repertorio lírico grande creo que comparten Plácido Domingo y Roberto Alagna junto a Ramón Vargas y Marcelo Álvarez. También está Kaufmann.
–¿Ópera, zarzuela, concierto? Si puede elegir, ¿con cuál se queda?
–Los tres tienen su momento y al decir ópera dejo constancia de que no excluyo ni la zarzuela ni el recital.
–Interpretación y voz. ¿Cuál sería en su opinión el porcentaje ideal de cada uno de estos elementos clave que debe aportar un cantante en la representación de una ópera?
–Van juntos; no puedo separar desde una perspectiva de exigencia artística la voz y la interpretación. La voz sola no es nada y la interpretación sola es cosa del teatro o del cine, pero no del canto lírico.
–Que necesariamente deban ir juntas no significa que necesariamente hayan de ir en igual proporción. ¿Podría decirse que mitad y mitad?
–Sí se podría llegar a decir, pero igualmente pienso que la voz sola no es nada. Hay cantantes que tienen una voz no especialmente bonita, y poseen, sin embargo, una musicalidad y un legato increíbles que hacen de su canto un canto bello. De igual modo, hay quien tiene una bella voz pero no canta bien o su voz es demasiado fría y no llega a transmitir.
Es complicado definir qué factor de los dos es más importante o si ambos deben darse en igual proporción. Creo que para lograr una buena interpretación hace falta también ser una persona de sentimientos nobles y tener la capacidad de ser expresivo y llegar al público. En suma, conseguir que el espectador viva y sienta lo que estás cantando. Si a esto se le agrega además una bella voz, creo que hablamos de un cantante lírico completo.
–Fue seleccionado para el rol de Alfredo en La traviata del Municipal de Chile entre más de un centenar de aspirantes. ¿Qué sintió al ser elegido?
–Para mí fue un momento muy especial de mi experiencia artística. Por un lado me sentí muy gratificado. Por el otro, sentí que asumía una gran responsabilidad. Ese día, por supuesto, salté de alegría y me emocioné. Sentí que mi lucha y mis estudios me estaban permitiendo conquistar un logro importante en mi carrera ganado honestamente y fruto de mi trabajo.
Andres Veramendi y Martina Zadro en el brindis de 'La traviata'. Teatro Municipal de Santiago de Chile. Mayo, 2009.
La responsabilidad de los ensayos, la tremenda responsabilidad en las funciones, ha constituido para mí una experiencia enriquecedora como artista y como persona. Me siento satisfecho de haber actuado en el Teatro Municipal de Chile, cuna de grandes intérpretes y grandes espectáculos. Y agradezco en especial al señor Andrés Rodríguez, intendente del Teatro Municipal de Chile, así como a todo el personal artístico del teatro que creyó en mí y me brindó esta gran oportunidad.
–¿De qué actuación se siente especialmente orgulloso?
–La carrera del cantante lírico es también la suma de los diferentes roles que va asumiendo a lo largo de su trayectoria artística. La mía no es aún muy extensa, pero siento que no puedo ser ingrato con lo que me enseñó la asunción de cada personaje, el enriquecimiento que cada uno de ellos me ha ido aportando, tanto en zarzuela como en ópera.
El Javier Moreno de Luisa Fernada o el Fernando de Doña Francisquita han sido para mí experiencias muy gratas que han quedado en mi repertorio y que espero volver a cantar. Pero también tengo tantas cosas que agradecerle al Cavaradossi de Tosca o a este Alfredo de Traviata que no puedo dejar de mencionarlos y espero reencontrarme con ellos muchas veces.
–¿Es laborioso interpretar por primera vez a un personaje? ¿Con cuál se ha sentido más identificado?
–Todos dan mucho trabajo y sin huir de la pregunta debo decir que, si uno no se identifica con el personaje, jamás lo cantará bien.
–¿Por qué en su profesión nunca se termina de aprender?
–Esta carrera es así: cada personaje nuevo o uno que regresa después de varios años exige estudio. Además tienes que adaptarte a la propuesta del regista y al tempo con que el director de orquesta concibe la obra. Siempre es un comenzar de nuevo.
Hay que estudiar la obra, lo primero, y también hay que conocer y leer con atención a los autores, y en el caso de las óperas, los libretos o las obras en que han sido basadas. Todo lo relacionado con mi profesión, con la ópera y la zarzuela, absorbe gran parte de mi tiempo, pero procuro también dejar un hueco para otras inquietudes. Tengo mucha curiosidad por los experimentos científicos de nuestro tiempo, por ejemplo.
–¿El propio cantante es quien mejor sabe qué nuevos retos puede afrontar?
–Considero que para tomar una decisión hay que escuchar primero a tu maestro. No olvidemos que, a diferencia de otras profesiones, el cantante y su maestro están juntos siempre. Yo consulto mucho a mis maestros, tanto para decir sí como para decir no a invitaciones de roles que para mí eran prematuros.
–¿Qué proyectos inminentes figuran en su agenda?
–Tengo por delante cantar de nuevo La traviataen la temporada de ópera de Lima y un proyecto aún sin fecha definitiva para hacer La vida breve en Turquía. También, varios conciertos programados así como diversas audiciones.
–¿Le preocupa la denominada por algunos de sus colegas “dictadura” de los directores de escena?
–No, en absoluto. Son roles y funciones, y hay que saber adaptarse. Eso sí, manteniendo una línea de respeto por el autor de la obra, por el artista, por el arte. Lo que sí me parece importante señalar es que el divismo ya pasó de moda.
–¿No sólo de divos vive la ópera?
–Así es. Creo que a los divos hay que dejarlos en la primera mitad del siglo XX.