Una muy fructífera carrera de casi treinta años: de 1932 a 1960. Un dignísimo sucesor de su padre, el célebre barítono Sagi-Barba. Un referente, sin duda, en el ámbito de la opereta y la zarzuela, y que —o a mí me lo parece— no ha recibido el reconocimiento que se merece. Bien sabemos que no se estila… Aun así, lo reivindicamos. A quien corresponda. Qué menos que un homenaje, ¡en vida!; y en su nombre, homenaje a sus padres también, el barítono catalán Emilio Sagi- Barba y la soprano valenciana Luisa Vela.
Sí hubo un concierto homenaje en honor de Sagi-Vela, en enero de 2006, en Torrelodones, localidad madrileña donde reside, o residía, Sagi-Vela. ¿Y qué más? Nada más. Sagi-Vela cumplió 96 años, que se dice pronto, el pasado 17 de febrero. ¿Y a qué esperan?
Debutó en el Teatro Ideal de Madrid, en la compañía de Jacinto Guerrero, como Juan Pedro en La rosa del azafrán. A la batuta, Sagi-Barba, que en marzo de 1930 estrenaba esta misma obra en el madrileño Teatro Calderón. Sagi-Vela tiene tan sólo 18 años. Era el 24 de noviembre de 1932.
Su triunfo fue inmediato. Además de en España, canta en prácticamente todos los países de América del Sur (salvo Brasil), donde fue aplaudido en numerosísimas ocasiones; en Estados Unidos, Italia y Portugal. En 1934, con veinte años, crea la ‘Compañía Lírica Luis Sagi-Vela’, con la que contribuyó a la gran popularidad de que gozó la zarzuela en Argentina, México, Chile, Perú, Bolivia… durante los años treinta y cuarenta. La compañía, heredada de su padre, cosechó éxitos durante casi veinte años; no consecutivos, debido al estallido de la guerra civil española.
Dorini de Diso y Luis- Sagi Vela, en 'La barbiana', zarzuela en dos actos de Leopoldo Magenti y Rafael Fernández Shaw, estrenada "con gran éxito" en el Teatro Ideal de Madrid el 24 de febrero de 1933 ('Mundo gráfico', 8 de marzo de 1933).
Estrenó en España un total de 25 obras. Entre ellas, La del manojo de rosas, de Pablo Sorozábal (noviembre de 1934, Teatro Fuencarral de Madrid), Me llaman la presumida, de Francisco Alonso (diciembre de 1935, Teatro Ideal de Madrid), Monte Carmelo, de Moreno Torroba (octubre de 1939, Teatro Calderón de Madrid), La Caramba, también de Torroba (abril de 1942, Teatro de la Zarzuela) y en 1944, Golondrina de Madrid, de José Serrano.
En la temporada de 1949-1950 se presenta en el Colón de Buenos Aires, como Alfredo en La traviata; y Edgardo, en Lucia di Lammermoor. Interviene también por estas fechas en el estreno argentino del oratorio de Mendelssohn Elías en el Teatro Municipal de Buenos Aires.
Maruja Vallojera y Luis Sagi-Vela, en una escena de 'Me llaman la presumida', sainete lírico en tres actos de Francisco Alonso (música) y Francisco Ramos de Castro y Anselmo C. Carreño (libreto), "que tan brillante y rotundo éxito ha tenido" ('Mundo gráfico', 1 de enero de 1936).
En su repertorio, 68 títulos, entre los que se incluyen operetas y zarzuelas.
“Sus caballitos de batalla eran los que exigían un canto elegante y una presencia escénica impecable”.
“La voz de Luis Sagi-Vela se encuentra a caballo entre la cuerda de barítono y tenor, si bien el artista debió de optar finalmente por la más grave —con esporádicas incursiones en la de tenor— por la mayor comodidad y seguridad de las tesituras baritonales para un cantante de sus características”.
“El timbre es de gran belleza, claro y aterciopelado. Los centros adolecen del peso requerido para la cuerda baritonal, aunque —dadas las condiciones exigidas para un barítono de zarzuela (tesituras muy altas y agudos brillantes)— nos encontramos con un cantante muy adecuado para la interpretación del género español”.
“El intérprete es elegante y busca en todo momento el hilo conductor de la línea de canto, logrando convencer por la musicalidad de sus interpretaciones”.
Luis Mariano, en un programa de televisión. Qué tablas, qué manera de seducir al personal.
Y cantando un zortzico, con gran sentimiento, a mi parecer; y eso que sólo entiendo la última palabra: “agur”. ¿Es ésta la letra?:
“Desde que nace el día
hasta que muere el sol
resuena en mis oídos
el eco de tu voz…”.
Siempre que escucho a Luis Mariano, con esa voz, con esa dulzura, con ese encanto, me pregunto por qué el cantante irunés no tiene un monumento como la copa de un pino en su tierra. ¿Lo tiene?
Sí, el que ven en la fotografía que ilustra este post (en Irún, en los Jardines de Luis Mariano) y sobre estas líneas, junto al que fue su secretario y amigo, Patxi Lacán:
“Él quiso mucho a Irun. No sé cómo agradecer esto. Mariano estaría orgulloso de estar aquí, en los jardines”.
Casi de anteayer, como quien dice: de junio de 2009. Muy logrado, por cierto. Algún día ocuparé una de esas sillas, y me haré una foto;-) Si es que para entonces, el recién estrenado grupo escultórico de Luis Mariano no anda en la enfermería… Porque pocos meses después, en septiembre, lo pusieron verde: atacaron con ácido la figura de Luis Mariano. Ya ven.
Nadie es profeta en su tierra. Y más vale tarde que nunca. Aunque aún no me parece que se le otorgue el reconocimiento suficiente.
Luis Mariano (1970): “Yo he nacido en un país maravilloso que se llama el País Vasco. Dicen que nací allí por azar… y es casi cierto. Por entonces, mis padres vivían en Burdeos, pero mi madre quiso en el último momento que su hijo naciera en Irún, en la misma casa donde ella vio la luz. Tuvo el tiempo justo en llegar”.
“Luis Mariano (Mariano Eusebio González García), convoca en su persona tantos perfiles, que ayudan a que su tumba tenga flores frescas durante todos los días del año. Ese aura convirtió al artista, de excelentes dotes para el canto, en un mito viviente”.
Hace tiempo que me enviaron el artículo que hoy reproduzco textualmente. Prometí publicarlo en el blog. Lo intenté. Las páginas escaneadas resultaban ilegibles y picar todo el texto —es extenso, como podrán apreciar— me exigía un tiempo que en esos momentos no tenía. Tampoco ahora me sobra, pero lo prometido es deuda.
Quería también ilustrar el texto con unas fotografías que tomé en una de las ocasiones que visité Roncal. Las perdí cuando el disco duro de mi ordenador pasó a peor vida, pero tropecé con ellas hace unos días en un CD del que ignoraba su existencia.
Como curiosidad, el precio de las localidades: de 3.500 pesetas de las de entonces (butacas), la más cara, a 950 pesetas, la más barata (principal, 3ª-6ª fila).
“La gloria del artista de teatro es como el sueño de una noche. Un pintor, un poeta, un compositor dejan sus obras. De nosotros ¿qué queda?…, nada, absolutamente nada, una generación que dice a otra ¡Cómo cantaba Gayarre!”.
La reflexión que encabeza este artículo es el resumen de la filosofía de Gayarre. Un hombre que de la nada llegó a serlo todo, de rudo pastor del Pirineo a ser admirado por príncipes, de ser un hombre de instrucción elemental a codearse con los intelectuales de su época y, sin embargo, ‘El cantor’ —como le denominaban sus queridos roncaleses— jamás se dejó deslumbrar por sus éxitos ni por el oropel de sus grandes amistades. Vivió sencillamente, pese a la inmensa fortuna que acumuló, y no se olvidó jamás de su terruño navarro, de su juego de la pelota, de sus viejos amigos ni de la lealtad a la palabra empeñada.
Destacó como el mejor cantante de su época, sin embargo, aquello no era suficiente para él. Nuestro personaje quiso formarse en un afán sin límites de aprender y, así, aquel antiguo pastor roncalés adquirió un importante bagaje cultural, bastante impropio en un mundo de adulación y falaz como el que se desenvolvía.
Hoy contamos con algunas cartas dirigidas a familiares y amigos, ilustrativas de la gran grandeza moral del tenor navarro, las cuales nos vienen a demostrar que no sólo fue un artista excepcional sino también un hombre excepcional.
Los tópicos y las leyendas se han cebado en la figura de Gayarre como en pocos personajes. Desde cantar las más bellas romanzas de su repertorio en plena calle, para socorrer a un pobre ciego (anécdota atribuida también a otros dos artistas vascos, Iparraguirre y Sarasate) hasta acudir en los topes de un tren a Italia, hospedarse en los soportales del Teatro de la Scala, para, finalmente, debutar en la Scala de Milán sustituyendo, en el último momento, al tenor de turno.
Todo ello es falso y absolutamente pueril. Gayarre demostraba su filantropía con los pobres de otra forma; cuando viajó a Italia lo hizo por tren, en segunda clase, y en barco, y, por supuesto, no se alojó en los soportales de la Scala sino en un hotel, y no debutó improvisadamente. En la Scala, ayer como hoy, los espectáculos no se improvisan, ya que en esta institución musical se sigue al artista de cerca desde su inicio, y sólo cuando existe una información exhaustiva y compulsada se le contrata para su debut, si ello va a suponer un éxito artístico y económico.
Con esta advertencia queremos romper todas las fábulas existentes sobre Gayarre, personaje mucho más profundo de lo que las anécdotas apócrifas cuentan.
Sus padres, modestos labradores, apenas pueden darle la más elemental educación, pese a la viveza del muchacho, que destaca por su aptitud matemática en la escuela, según su maestro roncalés.
Hacia 1857 sus padres le trasladan a Pamplona como dependiente de una mercería a cambio de su manutención. Al poco tiempo es despedido del comercio por abandonarlo cuando una fanfarria militar marcaba sus aires marciales por las calles de Pamplona.
Tras su experiencia como ‘comerciante’ su padre le busca un empleo como aprendiz de herrero en Lumbier. Aquel trabajo no le disgustaba, sin embargo, le minaba la salud de tal forma que tiene que volver a Roncal a reponerse.
Los aires del Valle del Roncal le devuelven la salud, pero dada la escasez de medios económicos familiares, tiene que volver a Pamplona, en donde se coloca como oficial de herrería. Mientras forja el hierro, de su garganta brotan las más viriles jotas navarras, lo que hace que sus compañeros le animen a apuntarse al Orfeón pamplonés, donde pronto destaca como solista.
En 1865 el futuro divo tiene la gran fortuna de topar con otro navarro músico y metido en la Corte, D. HilariónEslava, quien entusiasmado con la voz de Gayarre le aconseja trasladarse a Madrid a estudiar música y canto, previa una beca que le gestionaría.
Sin embargo, aquella beca duraría poco, ya que al estallar la ‘Revolución de Setiembre’, se suprimen las becas, por lo que Gayarre tiene que colocarse de corista en una compañía de zarzuela, aceptando los papeles más ínfimos.
Finalmente consigue una beca de la Diputación de Navarra para estudiar en Italia. En Milán, y por un limitado precio, consigue ser alumno del Maestro Lamperti, el mejor profesor de canto, sin duda, de su época. Rápidamente el maestro italiano corrige sus defectos y selecciona las obras más adecuadas a su tesitura.
Pronto debuta en Varese en una compañía muy mediocre, con un papel secundario en I Lombardi. En aquel debut, sólo se salva del fracaso el tenor navarro, a quien se le ofrece el papel protagonista en L’elisir d’amore. En el debut de esta obra sucede un hecho que parece novelesco, pero que, por desgracia, es cierto.
Momentos antes de salir a escena a cantar la famosa aria ‘Una furtiva lacrima’, recibe un telegrama que literalmente decía: “Con un profundo pesar te comunico que tu pobre madre ha dejado de existir”. Gayarre entonces cantó esta aria de forma tan sublime que el público, según los cronistas de la época, salió enfervorizado, sin saber si cantaba para el cielo o para aquel reducido público.
Gayarre nació en el barrio de Arana de Roncal, muy cerca de la iglesia de San Julián. Sobre el solar de aquella casa, el tenor mandó construir una nueva en 1879. Hoy en día, alberga la Casa Museo Gayarre.
Aquello fue la puerta del éxito, Roma, Bolonia, San Petersburgo, Moscú, Viena… hasta llegar a la Scala, en donde debutó con La favorita. Pese a la frialdad de los milaneses en los ensayos, Gayarre alcanzó un éxito inconmensurable en la representación. Desde hacía más de 20 años en la Scala no se habían oído tantos aplausos como en aquella ocasión. Críticos tan exigentes como Filippi, dijeron de Gayarre: “Acabo de asistir a la consagración de un genio”.
A partir de entonces todo sería más fácil para el tenor roncalés. Ponchielli le eligió para el estreno de La Gioconda, imponiéndole Gayarre la composición de un aria para él, y así nació la famosa romanza ‘Cielo e mare’, que la cantó de tal manera que hubo de ser bisada.
Después vino Londres, París, Buenos aires, Lisboa, Madrid… Su repertorio era ya gigantesco, más de 50 obras, y su prodigiosa voz se igualaba a su capacidad de estudio. Gayarre afrontaba óperas tan diferentes como el repertorio italiano, el D. Giovanni, Der Freischutz, Una vida por el Zar, Le Prophête, etc.
Pese a sus grandiosos éxitos, Gayarre era un hombre a quien jamás su encumbramiento logró cambiar, en los más mínimo, su naturalidad y sencillez. De otro lado, era un hombre dado a la melancolía, que sufría grandes depresiones psíquicas.
Los más negros presentimientos le atormentaban día a día, y la razón de ellos había que buscarla en el terror que tenía Gayarre a la muerte, sobre todo si tenemos en cuenta que sus dos hermanos habían fallecido en plena juventud, de tuberculosis. Si a ello añadimos el afán de inmortalidad del artista, comprenderemos que, pese a su inmensa fortuna y éxito personal, su vida no fue un camino de rosas.
"Julián Gayarre nació en esta casa, año 1844. Homenaje de sus paisanos".
El 8 de diciembre de 1889 el Teatro Real de Madrid hervía de público y expectación por verle en Los pescadores de perlas. Gayarre no se encontraba bien, sin embargo, actuaba para salvarle al empresario de una difícil papeleta. En el primer acto su voz sonaba límpida y pura, pero al adentrarse en el aria ‘Mi par d’udir ancora’, su emisión comenzó a debilitarse y en el primer agudo apenas esbozó un sonido ahogado, luego emitió como pudo un jadeo sordo y al afrontar la nota final, ésta se quebró en su garganta, mientras un silencio profundo se apoderaba del público. Gayarre, con inmensa tristeza, dijo entonces aquella frase de “No puedo cantar…, esto se acabó”. Aquella fue la última vez que el gran roncalés salía a escena.
Pocos días después del 2 de enero de 1890 y víctima de la gripe —el famoso trancazo—, Gayarre moría serena y tranquilamente en su apartamento madrileño, pronunciando las palabras “¡Fernando… Fernando!”. Aquella invocación al personaje de La favorita podría interpretarse como un homenaje que Gayarre rindiera al papel que tantos éxitos le había proporcionado.
Hoy su restos reposan en Roncal, en el famoso mausoleo, obra de Benlliure.
¿Cómo era la voz de Gayarre? Desgraciadamente, no hay ninguna versión fonográfica del gran tenor, por lo que tenemos que basarnos en los criterios de las personas que tuvieron la fortuna de escucharle.
Primer plano de la cruz ( (foto superior, ángulo inferior derecho) con el nombre de Julián Gayarre forjado en hierro.
En primer término, cabe destacar que su repertorio era de más de 50 obras, si buen muchas de ellas fueron rechazadas por no irle a sus facultades vocales o por no ser pedidas por el público. Por ello, al final, en su repertorio no incluía más de 10 obras, Rigoletto, Pescadoresde perlas, La Africana, Gioconda, Mefistófeles, Lucrezia Borgia, Lohengrin y, sobre todo, La favorita y Los puritanos.
Para hacernos una idea de cómo era su voz, oigamos la versión que nos dan tres grandes divos del pasado, Enma Calvé, Gemma Bellincioni y Enrico Caruso, recogidas en el libro de Isidoro FagoagaRetablo Vasco.
EnmaCalvé, en su libro Yo he cantado bajo todos los cielos, al referirse a Gayarre, escribe: “… cantó anoche en La favorita. ¡Qué voz asombrosa y qué alientos increíbles! Los seis primeros compases del aria Spir’to gentil los canta de un solo aliento, y las notas tenidas y los calderones los ‘fila’ y prolonga hasta límites tan extremos que el oyente termina por sentir una sensación de ahogo… ¡Me temo que estos alardes, de seguir así, le reporten grave daño a su salud”.
La versión de Gemma Bellincioni, considerablemente más extensa, es sobre todo exhaustiva en cuanto se refiere a la calidad y cualidades de la voz y el arte del tenor roncalés. Por otra parte, cuanto dice la referida señora del hombre y del artista que fue Gayarre tiene un mérito singular, ya que, además de gran cantante, era la esposa ejemplar de otro ilustre tenor, Roberto Stagno, uno de los más dignos rivales de Gayarre.
He aquí lo que al respecto escribe la señora Bellincioni en su libro autobiográfico Yo y el escenario:
“Entre los recuerdos que me han dejado más profunda impresión, debo señalar el que me produjo Julián Gayarre la primera vez que le oí. Fue en Lisboa, en 1886, y ya entonces se notaban en el artista algunos síntomas claros de su quebrada salud. Estaba contratado para contadas funciones extraordinarias, y las localidades, no obstante venderlas con un elevado sobrecargo sobre las tarifas normales, se agotaban días antes de la representación. Gayarre era muy querido de los lisbonenses, y con razón, pues era un auténtico Eletto (elegido), más que por su arte, por el prodigio natural de su voz. Una voz de maravillosa dulzura, llena de un hechizo extraño que hacía soñar y que provocaba escalofríos de conmoción. Jamás oí otra voz igual. Era una voz de paraíso, una voz angélica como con razón la calificaron los adoradores de Giuliano…”.
Luego nos presenta un retrato físico del cantor navarro que juzgamos de interés su reproducción, ya que es un claro exponente de cómo le veían los ojos de una mujer inteligente y observadora:
“Giuliano era natural de Navarra —prosigue la Bellincioni—; no tenía las facciones bellas y su tipo era más bien común. Tenía el pelo y la barba rojizos, los ojos pequeños y vivaces, y la estatura más bien mediana. En una palabra, no había en él nada que pudiera atraer como hombre. Añádese a esto una expresión casi dura, probable reflejo de su estado de ánimo marcadamente melancólico. Rara vez se sonreía, quizá porque el mal que lo llevó a la tumba tan prematuramente ya germinaba en él…”.
Busto de Gayarre en Roncal de Fructuoso Orduna, discípulo de Benlliure. Al fondo, el frontón que el tenor donó a su pueblo en 1887.
La señora Bellincioni, quien, en sus memorias, consagra a Gayarre —como actor y cantante— mayor espacio que a su esposo, Roberto Stagno, describe a continuación las alternativas y contrastes que provocó su presentación ante el público del San Carlos:
Gayarre —a quien ella llama casi siempre Giuliano— se presentó ante el público lisbonense con La favorita. Corría el invierno de 1882 a 1883. Gayarre tenía 38 años, le quedaban apenas cuatro de penosa y gloriosa existencia. La Bellincioni, que empezaba su carrera, contaba sólo 18 primaveras.
“En los ensayos pudimos observar que Giuliano no estaba bien; tosía constantemente, con una de esas toses secas, ásperas, que tanto nos apenaba a todos. La noche de su debut, el teatro se hallaba repleto de público. Giuliano poseía una especie de fascinación por atraer a las multitudes. Cuando apareció en escena, todo el auditorio, puesto de pie, le aclamó ruidosamente.
Esa noche, como lo comprobé enseguida, la voz del artista no se hallaba en su mejor momento. Conservaba el timbre puro y aquel hechizo inexplicable que le hizo tan célebre, pero se notaba que el estado de sus bronquios no era satisfactorio. El primer acto pasó fríamente. Durante el intermedio, los intransigentes de las butacas, los llamados ‘feroces pateadores’ (en español en el original) se agitaban insatisfechos. “Cuando se está mal —gritaban furibundos— se queda en casa para curarse y no se viene al teatro a cobrar 5.000 pesetas!”.